En mi primer trabajo en grupo en el instituto, me tocó estar con Richy. Pero, claro, no podía decirle que no a Álex, con esa forma tan dulce de pedírmelo, y no sólo porque Ivette también estuviera dentro.
Según parece, Ivette se lo había propuesto a Richy, con la intención de poder ir a su casa y ligárselo. Richy había aceptado, pero la profesora había especificado que los grupos tenían que ser de cuatro, así que le preguntó a Ivette si tenía alguna preferencia y, como ésta dijo que no, se lo pidió a Álex. A Álex, lógicamente, no le caía bien Richy; pero Richy le había dicho que podía elegir al cuarto miembro y, como sabía que yo seguía sin grupo, aceptó y vino a preguntarme.
Yo me había decepcionado un poco al saber que Ivette ya no estaba disponible, así que me emocioné más de lo conveniente cuando me enteré de que me estaban pidiendo que formara parte de su grupo. Era la única de las cuatro que iba a estar con la persona que le gustaba sin haberse arriesgado a parecer desesperada pidiéndoselo.
Obviamente, yo sabía que no tenía posibilidades con Ivette; pero, mientras siguiera gustándome y yo no hiciera daño a nadie, iba a seguir fantaseando con ella. Ahora sé que, desgraciadamente, sí hacía daño a alguien.
Álex se empezó a fijar en mí cuando, en el colegio, le dije que tenía un pelo muy bonito y que ojalá mis padres me dejaran dejármelo largo. Para esa pequeña niña fui la primera, sin contar a su familia más cercana, en aceptarla tal y como era; y eso se le quedó grabado en el pecho. Entonces hizo lo mismo que yo hice con Ivette cuando la conocí: hacerse mi amiga. Y mientras siguiera queriéndome y no hiciera daño a nadie, iba a seguir fantaseando conmigo.
Fui la primera en llegar a casa de Richy. No era muy grande, pero teníamos sitio de sobra en el comedor. Su padre estaba en casa para poder ayudarnos, a pesar de que el trabajo no era de matemáticas sino de castellano. Álex fue la siguiente en llegar. Richy se había arreglado; parecía tener intención de ligarse a Álex, una chica de la que se burlaba cuando estaba con sus amigos. No me explicaba, y sigo sin explicarme, cómo podía pensar en serio que tenía alguna posibilidad.
Ivette nunca ha sido nada puntual. No por despiste o pereza, sino porque siempre le ha gustado entrar a lo grande, captar la atención, que todos se giren para verla llegar. Además, era una de esas chicas que van adelantadas al resto. Digo «era» porque ahora todas hemos crecido, pero en esa época Ivette parecía más mayor que las demás y estaba más desarrollada. Estar desarrollada parece una forma sutil de decir que ya le han crecido las tetas, pero no me refiero a eso; aunque ya le estaban creciendo, aún le faltaban un par de años para que se le formara del todo el pecho. No, quiero decir que Ivette pensaba y hacía cosas que yo, por ejemplo, empezaría a hacer en dos o tres años.
Era un viernes por la tarde cuando quedamos por primera vez para hacer el trabajo. Lo bueno y malo de tener un padre profesor es que te obliga a no dejarlo para última hora, así que nuestro grupo fue el primero en entregarlo. Por la mañana habíamos tenido educación física, así que lo normal habría sido pensar que por la tarde no era yo la única que iba en chándal. Habría sido un error pensar lo normal. Álex, por supuesto, llevaba un vestido verde lima a juego, pobre, ni hecho aposta, con las paredes de la entrada de la casa de Richy. Richy había aprovechado para ponerse una camisa que, todo sea dicho, le quedaba bastante bien, fingiendo que esa era la ropa que solía usar los viernes. Ivette llegó a casa de Richy más guapa, si cabe, de lo normal.
En su plan de seducir al hijo del profesor de matemáticas, había encontrado un obstáculo que no sé cómo no previó: Richy había decidido que Álex estaría en su equipo. Tal vez Ivette pensara que, aunque él quisiera a Álex en el grupo, ella se negaría. Evidentemente, no fue el caso. Al saber que yo también estaba dentro, dicho obstáculo se había vuelto menos peligroso, pero aun así no quería arriesgarse. Cuando había clase de educación física, ella siempre iba en mallas, y las mallas son ropa de deporte bonita, así que no hacía falta que se cambiara. Pero su intención era crear tal impacto en su llegada que el shock hiciera que Richy empezara a fijarse en ella; así que apareció por la puerta con una minifalda negra, unas botas de ante con apenas tres centímetros de tacón también negras, una camiseta ajustada con la que se marcaba su ombligo, una finísima gargantilla elástica y los ojos y los labios ligeramente pintados.
No sé si Ivette pretendía fingir que esa era la ropa que llevaba los viernes o de verdad se vestía así cuando no había clase, pero a partir de ese momento empezó a vestir más provocativa para ir al instituto. También empezó, de vez en cuando, sobre todo los días en los que no había educación física, a maquillarse. Pero los tacones los guardaba para algunos fines de semana.
Fue entonces, una vez estuvimos los cuatro sobre la mesa del comedor, cuando el profesor de matemáticas, que había pasado de nosotros desde que yo había llegado, nos ofreció su ayuda. Richy le dijo que no hacía falta; no quería que su padre entorpeciera sus ya de por sí torpes intentos de seducir a Álex. Pero aun así él se sentó en el sofá, bolígrafo y cuaderno de crucigramas en mano, cerca del grupo, palabras textuales: «Por si me necesitáis».
Según parece, Ivette se lo había propuesto a Richy, con la intención de poder ir a su casa y ligárselo. Richy había aceptado, pero la profesora había especificado que los grupos tenían que ser de cuatro, así que le preguntó a Ivette si tenía alguna preferencia y, como ésta dijo que no, se lo pidió a Álex. A Álex, lógicamente, no le caía bien Richy; pero Richy le había dicho que podía elegir al cuarto miembro y, como sabía que yo seguía sin grupo, aceptó y vino a preguntarme.
Yo me había decepcionado un poco al saber que Ivette ya no estaba disponible, así que me emocioné más de lo conveniente cuando me enteré de que me estaban pidiendo que formara parte de su grupo. Era la única de las cuatro que iba a estar con la persona que le gustaba sin haberse arriesgado a parecer desesperada pidiéndoselo.
Obviamente, yo sabía que no tenía posibilidades con Ivette; pero, mientras siguiera gustándome y yo no hiciera daño a nadie, iba a seguir fantaseando con ella. Ahora sé que, desgraciadamente, sí hacía daño a alguien.
Álex se empezó a fijar en mí cuando, en el colegio, le dije que tenía un pelo muy bonito y que ojalá mis padres me dejaran dejármelo largo. Para esa pequeña niña fui la primera, sin contar a su familia más cercana, en aceptarla tal y como era; y eso se le quedó grabado en el pecho. Entonces hizo lo mismo que yo hice con Ivette cuando la conocí: hacerse mi amiga. Y mientras siguiera queriéndome y no hiciera daño a nadie, iba a seguir fantaseando conmigo.
Fui la primera en llegar a casa de Richy. No era muy grande, pero teníamos sitio de sobra en el comedor. Su padre estaba en casa para poder ayudarnos, a pesar de que el trabajo no era de matemáticas sino de castellano. Álex fue la siguiente en llegar. Richy se había arreglado; parecía tener intención de ligarse a Álex, una chica de la que se burlaba cuando estaba con sus amigos. No me explicaba, y sigo sin explicarme, cómo podía pensar en serio que tenía alguna posibilidad.
Ivette nunca ha sido nada puntual. No por despiste o pereza, sino porque siempre le ha gustado entrar a lo grande, captar la atención, que todos se giren para verla llegar. Además, era una de esas chicas que van adelantadas al resto. Digo «era» porque ahora todas hemos crecido, pero en esa época Ivette parecía más mayor que las demás y estaba más desarrollada. Estar desarrollada parece una forma sutil de decir que ya le han crecido las tetas, pero no me refiero a eso; aunque ya le estaban creciendo, aún le faltaban un par de años para que se le formara del todo el pecho. No, quiero decir que Ivette pensaba y hacía cosas que yo, por ejemplo, empezaría a hacer en dos o tres años.
Era un viernes por la tarde cuando quedamos por primera vez para hacer el trabajo. Lo bueno y malo de tener un padre profesor es que te obliga a no dejarlo para última hora, así que nuestro grupo fue el primero en entregarlo. Por la mañana habíamos tenido educación física, así que lo normal habría sido pensar que por la tarde no era yo la única que iba en chándal. Habría sido un error pensar lo normal. Álex, por supuesto, llevaba un vestido verde lima a juego, pobre, ni hecho aposta, con las paredes de la entrada de la casa de Richy. Richy había aprovechado para ponerse una camisa que, todo sea dicho, le quedaba bastante bien, fingiendo que esa era la ropa que solía usar los viernes. Ivette llegó a casa de Richy más guapa, si cabe, de lo normal.
En su plan de seducir al hijo del profesor de matemáticas, había encontrado un obstáculo que no sé cómo no previó: Richy había decidido que Álex estaría en su equipo. Tal vez Ivette pensara que, aunque él quisiera a Álex en el grupo, ella se negaría. Evidentemente, no fue el caso. Al saber que yo también estaba dentro, dicho obstáculo se había vuelto menos peligroso, pero aun así no quería arriesgarse. Cuando había clase de educación física, ella siempre iba en mallas, y las mallas son ropa de deporte bonita, así que no hacía falta que se cambiara. Pero su intención era crear tal impacto en su llegada que el shock hiciera que Richy empezara a fijarse en ella; así que apareció por la puerta con una minifalda negra, unas botas de ante con apenas tres centímetros de tacón también negras, una camiseta ajustada con la que se marcaba su ombligo, una finísima gargantilla elástica y los ojos y los labios ligeramente pintados.
No sé si Ivette pretendía fingir que esa era la ropa que llevaba los viernes o de verdad se vestía así cuando no había clase, pero a partir de ese momento empezó a vestir más provocativa para ir al instituto. También empezó, de vez en cuando, sobre todo los días en los que no había educación física, a maquillarse. Pero los tacones los guardaba para algunos fines de semana.
Fue entonces, una vez estuvimos los cuatro sobre la mesa del comedor, cuando el profesor de matemáticas, que había pasado de nosotros desde que yo había llegado, nos ofreció su ayuda. Richy le dijo que no hacía falta; no quería que su padre entorpeciera sus ya de por sí torpes intentos de seducir a Álex. Pero aun así él se sentó en el sofá, bolígrafo y cuaderno de crucigramas en mano, cerca del grupo, palabras textuales: «Por si me necesitáis».