Fue muy divertido porque, veréis, yo sabía que Toni fumaba. O sea, se pinchaba, ¿cómo no iba a fumar?, vamos... Entonces me acerqué a él tan borracha como estaba y le dije: «¿Me das uno?». Así que él, con esa sonrisilla de seductor que tiene, saca la cajetilla del bolsillo izquierdo de su pantalón y me da UN CHICLE. O sea... ¡un puto chicle! [Ríe]. Y yo: «A ver, un chicle no; ¡un cigarrillo!». Y va y me suelta que ya no fuma. ¡Ja! Ni de coña. Me empecé a reír en su cara y dice: «Si no lo quieres tú, me lo como yo», y ¡se lo mete en la boca! Y no se lo pierdan: guarda el envoltorio dentro del paquete para tirarlo más tarde a la papelera. Yo seguía riéndome. Apoyé mi frente en su hombro mientras me descojonaba y él siguió a su bola haciendo pompas y fingiendo que yo no estaba ahí; así que le acepté uno.
Al día siguiente, en la hora del recreo, Toni se me acerca como quien no quiere la cosa, se sienta a mi lado en las gradas, junta su rodilla con la mía, yo me río, él se me queda mirando muy seriamente y dice: «¿Quieres un chicle?». [Lanza una breve carcajada que termina en suspiro].
Y que conste que se portó como un auténtico caballero esa noche, ¿eh? De verdad. Después de que nos pillaran en la terraza, él y yo bajamos juntos y nos escabullimos por una calle bastante solitaria. Yo no sabía a dónde me estaba llevando hasta que reconocí su portal; subimos a su casa y pasamos al comedor. Se quitó los zapatos y me dijo que yo podía hacer lo mismo si quería; me quité los tacones y dejé mi sombrero de bruja en la mesa. Fue a la cocina y trajo dos vasos llenos de agua; me dio uno y me lo bebí. [Entre risas]. No tenía ni idea de lo sedienta que estaba hasta que me lo terminé.
Le pregunté por su madre y me dijo que esa semana curraba de noches. Se sentó en el sofá, muy pegado a mí. Me abrazó. Sentí un cosquilleo recorriendo mi cuerpo. Nos besamos; suave, dulcemente. El cosquilleo se me concentró en una parte muy íntima; tanto que automáticamente me coloqué encima de él y empecé a hacer movimientos adelante y atrás rozando mi vulva con su entrepierna. Los besos subieron de nivel; nos quitamos las camisetas, los pantalones, el tutú; nuestros dientes chocaron sin que eso afectara a nuestra forma de besar. Y se hizo superreal.
Yo le dije a Hadi que me había acostado con él, pero... [niega con la cabeza]. A ver... Él me susurró al oído: «Vamos a la cama», me cogió en volandas y me llevó hasta el dormitorio de su madre. Yo me asusté un poco, nunca lo había hecho; se lo dije, y me dijo que no pasaba nada. Se quitó los calzoncillos, me quitó las bragas junto con las medias, que, por cierto, yo creía que me las iba a romper y no: las quitó perfectas. Dijo: «Espera» y salió corriendo de la habitación. Yo aproveché para quitarme el sujetador y llegó él con un condón. Se colocó encima mío [sic], me besó y empezó a tocarme el clítoris con una mano mientras con la otra se masajeaba la polla.
Entonces se puso el condón y empezó a metérmela.
Dios... No tienen NI IDEA del sufrimiento. En serio, ¡qué dolor!
¡No te rías! Lo pasé fatal... Le pedí que parara en seguida. Bueno, le grité. Me preguntó asustado qué ocurría y dejó de metérmela. [Entre risas]. Pobrecillo, qué cara puso. Le dije que lo sentía, que no sabía por qué me pasaba eso, pero que me dolía muchísimo y que lo sentía. Me dijo que no pasaba nada y que probaríamos otra cosa. Me puse yo encima para ver qué tal, pero me hacía el mismo daño. Hundí mi cara entre las manos y me eché a llorar. [Entre risas]. Iba cieguísima.
No, en serio, quería desaparecer en ese mismo instante. Jamás pensé que me ocurriría algo así con un chico. Me ofrecí a chupársela, pero me dijo que no hacía falta. Respiramos hondo, me relajé un poco, lo probamos en un par de posturas más y desistimos. Me sentía muy avergonzada; pero él no paraba de repetir que no tenía de qué preocuparme, que era normal, que no era la primera chica a la que le ocurría y que ya encontraríamos una solución. Me abracé a él y estuvimos así largo raro. Luego, creo que sobre las tres, nos levantamos, nos vestimos y me acompañó a casa.
Al lunes siguiente, mientras competíamos por ver quién hacía la pompa de chicle más grande, me dijo que había dejado las drogas. Le recordé entre risas que, por si se le había olvidado, el alcohol era una droga. «No bebí nada», fue su respuesta, y la verdad es que no recordaba haberlo visto beber en ningún momento.
Y no sé... Empezamos a vernos de vez en cuando, pero sin acostarnos. Aunque al final lo conseguimos, [entre risas] a base de insistir. Y alguna que otra ayudita, ya saben... Lubricante y paciencia; muuucha paciencia. El dolor, aunque poco a poco, siempre desaparece; parecido a cuando me masturbo.
Lo gracioso es que ahora follamos un montón. Y, entre tú y yo, casi siempre soy yo la que lleva la voz cantante. [Guiña un ojo a un servidor].
Al día siguiente, en la hora del recreo, Toni se me acerca como quien no quiere la cosa, se sienta a mi lado en las gradas, junta su rodilla con la mía, yo me río, él se me queda mirando muy seriamente y dice: «¿Quieres un chicle?». [Lanza una breve carcajada que termina en suspiro].
Y que conste que se portó como un auténtico caballero esa noche, ¿eh? De verdad. Después de que nos pillaran en la terraza, él y yo bajamos juntos y nos escabullimos por una calle bastante solitaria. Yo no sabía a dónde me estaba llevando hasta que reconocí su portal; subimos a su casa y pasamos al comedor. Se quitó los zapatos y me dijo que yo podía hacer lo mismo si quería; me quité los tacones y dejé mi sombrero de bruja en la mesa. Fue a la cocina y trajo dos vasos llenos de agua; me dio uno y me lo bebí. [Entre risas]. No tenía ni idea de lo sedienta que estaba hasta que me lo terminé.
Le pregunté por su madre y me dijo que esa semana curraba de noches. Se sentó en el sofá, muy pegado a mí. Me abrazó. Sentí un cosquilleo recorriendo mi cuerpo. Nos besamos; suave, dulcemente. El cosquilleo se me concentró en una parte muy íntima; tanto que automáticamente me coloqué encima de él y empecé a hacer movimientos adelante y atrás rozando mi vulva con su entrepierna. Los besos subieron de nivel; nos quitamos las camisetas, los pantalones, el tutú; nuestros dientes chocaron sin que eso afectara a nuestra forma de besar. Y se hizo superreal.
Yo le dije a Hadi que me había acostado con él, pero... [niega con la cabeza]. A ver... Él me susurró al oído: «Vamos a la cama», me cogió en volandas y me llevó hasta el dormitorio de su madre. Yo me asusté un poco, nunca lo había hecho; se lo dije, y me dijo que no pasaba nada. Se quitó los calzoncillos, me quitó las bragas junto con las medias, que, por cierto, yo creía que me las iba a romper y no: las quitó perfectas. Dijo: «Espera» y salió corriendo de la habitación. Yo aproveché para quitarme el sujetador y llegó él con un condón. Se colocó encima mío [sic], me besó y empezó a tocarme el clítoris con una mano mientras con la otra se masajeaba la polla.
Entonces se puso el condón y empezó a metérmela.
Dios... No tienen NI IDEA del sufrimiento. En serio, ¡qué dolor!
¡No te rías! Lo pasé fatal... Le pedí que parara en seguida. Bueno, le grité. Me preguntó asustado qué ocurría y dejó de metérmela. [Entre risas]. Pobrecillo, qué cara puso. Le dije que lo sentía, que no sabía por qué me pasaba eso, pero que me dolía muchísimo y que lo sentía. Me dijo que no pasaba nada y que probaríamos otra cosa. Me puse yo encima para ver qué tal, pero me hacía el mismo daño. Hundí mi cara entre las manos y me eché a llorar. [Entre risas]. Iba cieguísima.
No, en serio, quería desaparecer en ese mismo instante. Jamás pensé que me ocurriría algo así con un chico. Me ofrecí a chupársela, pero me dijo que no hacía falta. Respiramos hondo, me relajé un poco, lo probamos en un par de posturas más y desistimos. Me sentía muy avergonzada; pero él no paraba de repetir que no tenía de qué preocuparme, que era normal, que no era la primera chica a la que le ocurría y que ya encontraríamos una solución. Me abracé a él y estuvimos así largo raro. Luego, creo que sobre las tres, nos levantamos, nos vestimos y me acompañó a casa.
Al lunes siguiente, mientras competíamos por ver quién hacía la pompa de chicle más grande, me dijo que había dejado las drogas. Le recordé entre risas que, por si se le había olvidado, el alcohol era una droga. «No bebí nada», fue su respuesta, y la verdad es que no recordaba haberlo visto beber en ningún momento.
Y no sé... Empezamos a vernos de vez en cuando, pero sin acostarnos. Aunque al final lo conseguimos, [entre risas] a base de insistir. Y alguna que otra ayudita, ya saben... Lubricante y paciencia; muuucha paciencia. El dolor, aunque poco a poco, siempre desaparece; parecido a cuando me masturbo.
Lo gracioso es que ahora follamos un montón. Y, entre tú y yo, casi siempre soy yo la que lleva la voz cantante. [Guiña un ojo a un servidor].