jueves, 28 de mayo de 2026

XI

El tercer curso nos sorprendió con un Toni con el pelo corto y sin un cigarro en la oreja entrando por la puerta; por la puerta del instituto, claro, porque venía para cursar otra vez primero. Dudábamos entre acercarnos o no para hablar con él, pero al final fue él mismo quien vino a saludar. Nos dimos la mano, besos, abrazos. Le dimos una especie de pésame, sin saber muy bien qué decir y qué no; nos dio las gracias. Nos dijo que venía para hacer primero, a ver qué tal, que iba a empezar a tomárselo en serio. Le preguntamos por su madre; nos dijo que bien. Le dijimos que creíamos que se había cambiado de instituto; nos dijo que no, que su madre había entrado en una profunda depresión por la muerte de su hermano y habían decidido irse al pueblo en el que ella había nacido, para estar con sus padres, los abuelos de Toni, pero que ya estaba mucho mejor, que se había recuperado bastante y no estaba tan enferma.
    Toni ahora tenía tres años más que sus compañeros de clase. Si no me equivoco, le dejaron quedarse porque no llegaba a los dieciséis. Creo que, si hubiera tenido un año más, habría tenido que pasar directamente a la escuela de adultos. O algo así. Pero por su situación, la dirección del instituto, o quien sea, de nuevo, que se encargue de esas cosas, le permitió quedarse siempre y cuando no repitiera ningún curso a partir de ese momento.
    Al ser tan mayor en comparación con los de su clase, salía solo al patio. Nosotros ya no nos dividíamos chicas por un lado y chicos por otro, ahora hacíamos grupos mixtos; y mi grupo, por llamarlo de alguna manera, solía ir a hacerle compañía. En parte por eso decidimos hacer nuestro primer botellón.
    El treinta y uno de octubre, decidimos quedar toda la clase para celebrar la fiesta de Halloween. La idea la tuvimos un par de semanas antes. Ya no había tantos roces entre nosotros, lo digo sobre todo por la pobre Álex, y era hora de empezar a salir por la noche. Algunos ya lo hacían y a otros sus padres no les dejaron quedar, pero para la mayoría de nosotros ésa fue nuestra primera vez.
    Algunos chicos tuvieron la idea de invitar a Toni, por eso de que no se sintiera marginado, pero sobre todo porque Toni sabía cómo y dónde comprar alcohol. Pusimos cinco euros cada uno porque nos pareció una buena cifra. Éramos como mínimo veinte, así que hagan ustedes las cuentas: los vasos y los hielos no nos costaron apenas, y sólo compramos dos coca-colas y dos fantas de limón; el resto lo gastamos en bebidas alcohólicas. El par de euros o así que sobró lo gastamos en chucherías. A Toni decidimos invitarlo por haber tenido que ir a comprar.
    Para que nadie tuviera que responsabilizarse solo de todo, decidimos guardar el alcohol en diferentes casas. No en todas, claro, porque no todos teníamos dónde esconderlas, pero en total hicimos cinco o seis reparticiones. Además, así después sería más fácil transportarlo al lugar de encuentro. Ya saben, por el peso.
    No, jo en casa no guardí res.
    Empezamos el botellón en la terraza de Jaime. Dejamos todo el alcohol en el suelo, sobre una toalla que imagino subiría Jaime, y nos fuimos sirviendo. Los vasos no estaban justos, pero escatimaban un poco, así que había que guardarlos para repetir.
    El motivo de beber en la terraza era, primero, evitar que nos pillara la policía o alguien que nos conociera y pudiera chivarse a nuestros padres o a otro alguien que pudiera chivarse a nuestros padres. Después, la finca de Jaime estaba un poco deshabitada; sin ir más lejos, en el último piso había dos casas vacías. Al principio decidimos colocarnos encima de dichos pisos, para molestar lo menos posible y que no nos oyeran los vecinos, pero poco a poco el alcohol hizo que nos diera un poco igual el ruido y nos fuimos desperdigando como gotas salidas de un aspersor. Por último, esa terraza tenía, bueno, tiene unas vistas preciosas.
    Ivette y yo fuimos juntas al punto de encuentro. Ella podría haber guardado perfectamente algunas botellas en su casa, pero se las arregló para no tener que hacerlo; no le apetecía nada tener que cargar peso. La verdad es que iba guapísima. Decidimos que, ya que era Halloween, podríamos disfrazarnos. No todos se disfrazaron. Las chicas sí, todas; pero algunos chicos llevaban la misma ropa con la que habían ido esa mañana al instituto. Eran unos sosos.
    Ivette, ya les digo, muy guapa. Llevaba un vestido negro ceñido al cuerpo por arriba y acabado por debajo con una falda tipo tutú; unas medias de rayas horizontales negras y rojas, semitransparentes, que recordaban a las piernas de una bruja de dibujos animados; unos zapatos de tacón negros, creo que de charol o algún material igualmente brillante; y el típico sombrero puntiagudo de ala ancha y redondeada que no dejaba de toquetear coquetamente con las manos. Iba maquillada con los ojos principalmente negros y unos labios rojos impresionantes. Álex iba mucho más sencilla; había desgarrado una vieja camiseta y la había manchado con sangre falsa, que había usado también para mancharse un poco la cara. Yo me disfracé del típico zombi.
    Bebimos bastante en esa terraza; tanto que ni nos dimos cuenta de lo alta que teníamos la música. Yo veía a todo nuestro grupito que era la clase de tercero A repartido en trocitos por toda la superficie. Jaime, Roberto, Dani y Antón hablando en una esquina. Lucía, Jesús y Elena admirando las vistas. Clara y Alberto bailando un ritmo totalmente distinto al que salía del pequeño altavoz portátil de Lucas. Ivette riendo con Toni. El pesado de Richy mirando a Álex. Álex sentada a mi lado. Un señor mayor parado en el centro dando voces.
    Todo está un poco borroso y no me acuerdo de lo que hacía cada uno de mis compañeros de clase, pero sí de que fui la primera en ver al hombre y que cuando avisé al resto la reacción general fue la de decirme que iba muy pedo. Tampoco voy a culpar sólo al alcohol, por supuesto: todo estaba muy oscuro, era normal no verlo a la primera. E incluso verlo no era señal de reconocerlo; yo tardé unos minutos en comprender lo que estaba ocurriendo. Pero insistí. Insistí en que había alguien ahí. Y ya en cuanto los demás se dieron cuenta de que no me lo estaba imaginando, salimos corriendo por la puerta metálica. Algunos incluso se arriesgaron a pararse a coger alguna botella de alcohol, ya que habían puesto el dinero, pero yo pasé de eso.
    Ya en la calle terminamos de separarnos. Fue todo un caos porque cada uno corrió en una dirección sin mirar atrás. No sé qué sería del resto, sólo sé que yo me quedé con Isa, Jaime y Álex.
    Jaime era uno de los que habían arriesgado la vida por una botella de vodka sabor piruleta, que además estaba bastante llena, así que nos sentamos en un banco solitario y nos la bebimos a morro entre los cuatro. Después seguimos paseando por la calle dando eses y escondiéndonos de la policía como si de verdad nos estuvieran buscando. Riendo y cayendo al suelo como fichas de dominó. Un cuadro. Giramos una esquina y nos encontramos con Richy, Elena y Antón, que sorprendentemente había perdido a su amigo del alma. Estuvimos un rato juntos y al final hicimos un intercambio: Jaime se fue con los chicos y Elena se vino con nosotras.
    No sé hasta qué hora estuvimos las cuatro en la calle, y tampoco sé hasta qué hora y por dónde se quedarían los otros tres. Al lunes siguiente, no todos recordaban exactamente qué había pasado después de que el vecino nos descubriera. Algunos no se acordaban ni de haberse ido corriendo de la terraza y, quién sabe, a lo mejor de verdad alguno logró quedarse allí arriba, a merced de todas las bebidas abandonadas.
     Sé que dejamos a Isa en su casa y después a Elena. También sé que, cuando fui a darle a Álex dos besos en su portal, ella me besó en los labios. Me quedé muy sorprendida porque no tenía ni idea de que ella quisiera besarme. De repente echaba de menos ese «Hadi ♥» que tanto me había molestado durante todo el curso de primero. Me pidió perdón y automáticamente la besé yo a ella. Fue un acto reflejo, no sabía que fuera capaz de aquello. Después la luz se apagó y entramos en su patio, cerramos la puerta para que no nos vieran desde fuera y nos besamos una tercera y última vez; esta vez abrazadas y con lengua. Mi maquillaje de zombi se corrió en su boca y noté un bulto sobre mi pubis. Un desconocido y, lo cierto es que, agradable cosquilleo recorrió mi cuerpo. Volvió a encenderse la luz y me marché a casa.
 

jueves, 14 de mayo de 2026

X

Esto es anónimo, ¿verdad? O sea... No va a salir de aquí, ¿no?
    Vale. A ver. Yo les dije que Lucas era mi novio, pero no lo era. Pero tampoco era ésa la única mentira y mucho menos la más grave, o sea... Sí que lo conocí mientras yo estaba en Maulévrier, pero ¡no en persona!
    Más o menos... No. A ver. Yo estaba en la casa de mis abuelos viendo la tele, aburridísima junto con mi hermana y mis primas. Bueno, nuestras primas. El caso es que de repente me vibró el móvil y yo, pues, fui a mirar qué era. Vi que tenía una nueva notificación de Facebook y abrí creyendo que igual era algún like en la foto que había subido apenas unos minutos antes. O algún comentario. Porque la verdad es que el paisaje de allí es precioso y obviamente nunca pierdo la oportunidad de fardar de pueblo siempre que voy. ¡Ni que estuviera loca! Pero no era ningún like, sino una petición de amistad de un tal Lucas. Hice clic en su perfil para ver quién era; no lo conocía de nada pero era muy guapo, así que acepté.
    Las chicas se quejaban de que sólo tenía una foto, pero no es verdad; había alguna más de él, lo que pasa es que no le gustaba subir fotos de su cara...
    Hadiya y Alejandra.
    [Entre risas]. Sí, claro, quién [sic] van a ser si no.
    Bueno, nada más aceptar su petición, me mandó un mensaje privado. Puedo enseñárselo, por si quiere escribirlo también en el ordenador. Es esto: lo primero. [Entrega su teléfono móvil]
 
Eey, hola Ivette 
    No nos conocemos pero the visto de casualidad x el feis i me as parecido muy guapa. Tu nombre tambien mola. Espero q no t moleste q t haya agregado [Sic]

    [Entre risas]. Tiene un montón de faltas de ortografía, pero me pareció adorable.
    Yo le contesté en seguida; es lo que hay justo debajo.
    Desliza un poco, sí.
    Sí, ponlo también si quieres. Bueno... Lo que vean, que yo no... 
 
Holaa. Noo no te preocupes, no me molesta :) Tú también me pareces muy guapo. De donde eres?? [Sic]

    A partir de ahí empezamos a hablar prácticamente todos los días. Al principio hablábamos de cosas muy generales: qué música escuchábamos, qué libros habíamos leído, qué deportes hacíamos... No sé... Muchas cosas, está todo ahí, en el móvil; sigue deslizando hacia abajo. Hablábamos de los estudios; Lucas acababa de empezar segundo de bachiller. Se había metido en la rama de ciencias porque quería estudiar... No me acuerdo, la verdad, algo de ciencias.
    Empezó a tontear conmigo en seguida. Cada vez que subía una foto al Face, él me enviaba un mensaje privado diciéndome lo sexy que salía o que qué pena no estar ahí él para hacerme la foto desde otro ángulo o chorradas de ese estilo. A mí me hacía gracia. Me hacía sentirme importante; me hacía sentirme deseada. En clase había muchos chicos medio colados por mí, pero se conformaban con darme likes y comentar emoticonos; hablaban de mí, pero ninguno se acercaba a ligar conmigo.
    Se hizo Instagram aposta para seguirme porque yo le dije que si quería ver todo lo que subía tenía que seguirme en Instagram. ¡Hay fotos que no puedo compartir en Facebook, con toda la familia mirándome!
    Pero si tú haces lo mismo, ¿qué me estás contando? Pf.
    Poco a poco empezamos a enviarnos algo más que mensajes. Me refiero a canciones que nos recordaban al otro o vídeos de YouTube que creíamos que le iban a gustar. Ese tipo de cosas. Le envié una foto del corazón con nuestras iniciales que pinté en una barandilla el primer día de insti; le gustó mucho, dijo que era muy tierna. [Ríe].
    Cuando llegó el día de Navidad, le envié una foto para que viera lo guapa que iba a ir a la cena con la familia. ¡Ah, bueno, es verdad! Después de seguirnos en Instagram, también nos dimos nuestros números de teléfono para hablar por WhatsApp porque es mucho más cómodo que el chat del Facebook. Y en el WhatsApp tiene una foto totalmente diferente a la de Facebook, o sea que eso de que sólo existe una foto de su cara es mentira.
    Bueno, yo le envié una foto de mí con la ropa que me iba a poner para la cena y él me envió una foto de la ropa que pensaba ponerse. Le dije que la camisa que había escogido no pegaba nada con los pantalones y me mandó una foto de otras posibles camisas. El pobre no tenía mucha idea de vestirse, ¡menos mal que estaba yo ahí!
    Yo estaba supercontenta y no podía parar de hablarles de él a las chicas de clase. Y aunque digan ahora que yo era una pesada, ya les digo yo que ellas también me preguntaban. E incluso intentaban averiguar cosas por su propia cuenta; o sea, Hadi, por ejemplo, averiguó que se llamaba Lucas porque vio que el único «Lu» que tenía de amigo en Facebook que ella no conociera era él. Porque hay un Lucas en clase y un Louis que es el novio de un primo mío y Hadi sabe quién es. O sea, no es que lo conozca personalmente, pero sabe de su existencia, quiero decir.
    Lo que no sabían era el apellido, ya que no lo tenía puesto en Facebook ni en Instagram; por eso me preguntaron si era francés. Yo intenté no mentirles, pero es que tampoco podía decirles que era español y que me preguntaran entonces por qué no quedábamos. No sabía qué decirles; pero no sabía qué decirles porque ni siquiera yo lo entendía. O sea, vale, sí: si es de Extremadura, por ejemplo, o de Galicia, pues obviamente no nos podemos ver porque está en la otra punta. Pero no sé... Yo les dije que no era francés, pero que vivía en Francia, en Maulévrier, y así me evitaba más comidas de coco. Se extrañaron un poco, pero les recordé que yo soy francesa y vivo aquí. También les dije que hablábamos en los dos idiomas; a veces en francés, a veces en castellano; para que fuera creíble. [Entre risas]. No habría tenido ningún sentido que les dijera que Lucas no entendía ni papa de francés.
    Les dije que no teníamos fotos juntos porque no se nos había ocurrido. Durante el verano que habíamos pasado, supuestamente, juntos, pues lo habíamos pasado disfrutando y no se nos había ocurrido hacernos fotos. Que besaba muy bien y olía a desodorante Axe. No, obviamente no se lo había contado a mis padres; no se lo conté a ésta de aquí, así que imagínense.
    [Entre risas]. Qué tonta. Si je t’aime.
    Un día, bueno, una noche, así, de repente, me dijo que se aburría y me pidió que le mandara una foto de mí en ropa interior. Me hice un montón de fotos en sujetador y bragas porque no sabía desde qué ángulo hacérmela. Al final le mandé una en la que parecía que tenía más tetas. Me dejó en visto y me sentí un poco indignada; encima de que me lo curro... Al cabo de un rato lo vi escribiendo. Me dijo que le gustaba mucho la foto y que se acababa de masturbar mirándola. Luego nos despedimos, eliminé de mi móvil todas las fotos que me había hecho y me fui a dormir porque al día siguiente había clase.
    Como se pueden imaginar, empezamos a enviarnos ese tipo de imágenes más seguido. Al principio yo le enviaba fotos de mí en ropa interior y él me enviaba una foto de su paquete en calzoncillos; para enseñarme cómo le había hecho empalmarse, ya saben. Era como una especie de juego porque las fotos eran cada vez más provocativas. Una vez yo, por ejemplo, le envié una foto sin sujetador pero tapándome las tetas con el brazo; y él me respondió con el calzoncillo medio bajado enseñando los pelillos de más arriba, pero sin mostrar nada más: sólo pelo.
    No, no conservo las fotos. Las borraba justo después. [Entre risas]. Por si acaso alguien me cogía el móvil y se ponía a cotillear, claro. ¡Me da un infarto como me pase eso!
    Ni idea. Yo imagino que sí... Por el mismo motivo, ¿saben? Por si, yo qué sé, va a enseñarle una imagen en concreto a su madre, su madre empieza a pasar las fotos y se encuentra con el percal. Pero no lo sé seguro porque nunca hablamos de eso.
    ¡Llegamos incluso a mandarnos vídeos! Vaya tela... Una foto aún tiene su punto, pero un vídeo... Pfff... [Cubre su rostro con las manos]. Vaya tela.
    ¡Empezó él! Después de enviarle yo una foto completamente desnuda, me mandó un vídeo de él haciéndose una paja. Literalmente. No se veía nada más; era un vídeo de su polla empinada, cegada por el flash, y su mano derecha arriba, abajo, arriba, abajo, arriba, abajo. [Gesticula con la mano y la cabeza].
    ¡Sí! Como un partido de tenis, pero en vertical. Y me envió varios vídeos así. Sabía que no eran el mismo porque se le veían diferentes calzoncillos, pero el cariz no cambiaba en absoluto. Una vez hasta me mandó uno con un mensaje de texto que ponía: «Chúpamela».
    [Entre risas]. Sí, sí, tal cual. Yo flipaba con el pavo. Creo que contesté con una carita sonrojada o yo qué sé. El vídeo no creo, pero a lo mejor mi respuesta sigue estando ahí. [Mira su teléfono móvil].
    Bueno, no la encuentro, da igual.
    Él volvió a repetir el mensaje: «Chúpamela». Me quedé un poco parada y le pregunté si iba en serio; me dijo que sí y yo le dije que vale. Supongo que fue ese el momento en el que me di cuenta de que la cosa se estaba poniendo un poco turbia. Dejé el móvil en la mesita y me fui a hacer otra cosa; deberes o algo; fregar los platos, no sé. Al rato vi que tenía un nuevo mensaje suyo y leo: «¿Me la has chupado ya?». Claro, respondí que sí, ¡por decirle alguna cosa! Creo que quería que lamiera la pantalla, ¿no? Eso parecía. Luego me escribió algo como... Si me había gustado, supongo. Le dije que sí, mucho, carita sonrojada, y me contestó que ojalá me hubiera visto hacerlo, que quería agarrarme del pelo mientras se la chupaba o rodearme el cuello o no sé qué historias. [Entre risas]. Se le iba un poco la pinza.
    Pero no fue ahí cuando decidí romper con él. De hecho, días más tarde, yo también intenté enviarle un vídeo masturbándome. Porque me lo pidió, claro. Y... no sé... Quería probar yo también. Eso sí: me resultó muy complicado.
    ¡Porque me faltaban manos! O sea, necesitaba una mano para coger el móvil, otra para abrir los labios de la vagina y otra para meterme los dedos por el coño. Era imposible. Pero al final lo conseguí: dejé el móvil en la cama y yo me arrodillé justo encima de la cámara para masturbarme.
    Al principio no me sentí muy cómoda. Entre el dolor de meterme un par de dedos y el pensar que luego él me estaría mirando... Estaba muy nerviosa. Intenté relajarme respirando hondo. Ya me había quitado las bragas para el vídeo, así que simplemente las cogí y me froté toda la zona con ellas; porque, si lo hago sin nada de por medio, siento como un escozor. No es un escozor, es que no sé cómo explicarlo. Da igual.
    Cuando ya parecía haber lubricado un poco, dejé las bragas arrugadas a un lado, lamí mi dedo corazón de la mano derecha y lo introduje. Hice círculos dentro del músculo para relajarlo. Luego saqué el dedo y lo volví a chupar, pero esta vez también junto con el dedo anular. Los introduje los dos en la vagina, sintiendo daño. Siempre me pasa igual, pero me he dado cuenta con el tiempo de que el daño se pasa mientras me masturbo; así que, como no era un dolor insoportable, no los saqué.
    Moví verticalmente mis dedos hasta que ese dolor se convirtió en placer; y seguí así hasta que dejé de estar pendiente del teléfono móvil y la vagina empezó a contraerse, a palpitar, más bien, contribuyendo al orgasmo. Lancé un gemido y me senté encima de la pantalla. Saqué los dedos de mi cuerpo y fui al baño a lavarme. Después vi el vídeo tapándome la cara de vergüenza y lo envié sin pensármelo demasiado, no fuera a ser que al final no se lo enseñara. No lo volví a hacer.
 

jueves, 30 de abril de 2026

IX

Por suerte, en segundo de la ESO, la cosa cambió; la gente que en primero se metía conmigo dejó de marearme. O al menos dejó de marearme tanto. Y, aunque me... fastidie, tengo que confesar que gran parte de esa “suerte” [hace el gesto de comillas con las manos] fue Ivette.
    A ver, hay que tener en cuenta que a ella siempre le ha gustado ser el centro de atención; por eso se decoloró el pelo a escasos dos días de reanudar el instituto. Claro... todo el mundo fijándose en ella. Y tampoco es que me queje, o sea... Yo me había cortado flequillo ese verano y me daba miedo que me miraran y lo usaran como motivo de burla, así que por ese aspecto debo estarle agradecida; porque ella desvió la atención hacia sí. Pero no era la única con un cambio de look, ¿saben? Dani, por ejemplo, se había rapado el pelo. Lucía se había hecho mechas de colores. A Hadi le estaba creciendo tanto el pelo que su propio peso estaba deshaciendo la forma de pompón tan graciosa que hasta ahora había llevado. Pero no es por esto por lo que digo que Ivette, hmm... contribuyó a que yo me sintiera menos... objeto de burla.
    Bueno, claro, tampoco sería sólo por ella. En el colegio se metieron mucho conmigo durante todo un curso y al siguiente se cansaron un poco; aquí pasaría lo mismo, digo yo. Pero el hecho de que Ivette dejara de tratarme tan mal ayudó un montón a que yo no me sintiera tan cohibida.
    Aunque yo seguía teniendo miedo; me quité el flequillo en menos de un mes por si acaso resultaba que aún no se habían dado cuenta de que lo tenía y se reían entonces de mí. Nadie dijo nada, o sea que supongo que nadie se fijaba en mí. Pero, bueno, ¡Ivette! Tenía novio. ¡O eso decía ella, claro! Que no sé yo... Me lo dijo Hadi, y luego fuimos juntas a preguntarle a Ivy por él. Nos dijo que lo había conocido en su pueblo. Mau... ¿lévre [sic]? Algo así. Ya les digo que nosotras no lo conocimos en ningún momento; ni oímos su voz en ningún audio ni nada. Yo, sinceramente, creo que se lo inventó para llamar la atención.
    Hadi sí que se lo creía, no dudaba nunca de su palabra, pero Ivette sólo nos pudo enseñar una foto suya: la que tenía de perfil en Facebook. El resto de las fotos de su cuenta eran de coches deportivos y demás tonterías; ceniceros con colillas, fotos borrosas supuestamente de algún botellón y paredes con grafitis, o cosas por el estilo. Nos dijo que era mayor que ella; unos diecisiete o así, creo.
    Prácticamente durante todo segundo, para Ivette no existió nada más que su teléfono móvil. Se pasaba el día sonriendo a la pantalla, enviando mensajes, leyendo lo que él le escribía desde donde quiera que estuviera; supongo que Francia, no sé, digo yo que viviría allí. Más de una vez los profesores la castigaron quitándole el teléfono y obligándola a quedarse en clase en la hora del recreo.
    No sé si todos, no recuerdo... cada clase en concreto. Pero supongo que sí, él también. Que se le caía la baba cada vez que la veía caminar por los pasillos. La sacaba a la pizarra y, en vez de vigilar que estuviera haciendo bien el ejercicio, lo que hacía era estudiar su figura como si la memorizara para un examen. Daba ganas de vomitar. Pero Ivette usaba el móvil delante de sus narices; por mucho que no quisiera importunar mínimamente al fuego de sus entrañas, tuvo que castigarla alguna vez o allí todos nos habríamos puesto a tuitear. No llamaría a sus padres, claro, pero al menos quitarle el móvil sí.
    Bueno. El caso es que no había fotos. [Entre risas]. ¡En serio! O sea... se suponía que habían pasado un verano increíble juntos, pero ¡no tenía ni una puta foto con él en su móvil! Ejem. Perdón por la palabrota. Que no digo que sea obligatorio, pero, si vas a mantener una relación a distancia, lo normal es tener fotos en el móvil para verlas cuando lo eches de menos. Digo yo, ¿eh?  Yo tengo un millón de fotos con Hadi y seguimos yendo a la misma clase. A mí no me cuadraba la historia.
    Aun así, debo decir que me alegré muchísimo de su relación con ese chico, fuera real o imaginaria. Para empezar, por lo que he dicho antes: dejó de meterse conmigo. Y una menos... pues se notaba. Porque además era una de las que más me... Iba a decir jodían. De las que más daño me hacían. Porque Ivette no es que me señalara y cuchicheara desde la distancia, no; Ivette me hablaba muy bruscamente y me cortaba. Me mandaba indirectas cuando sabía que yo estaba cerca sabiendo que me hacía mucho daño. Se notaba que intentaba hacerse la superior. Pero me dejó en paz. Y, aunque por supuesto seguía sin caerme bien, me di cuenta de que Hadi ya no parecía estar tan enamoriscada, ¿saben? Es como si al verla feliz con otra persona, hubiera cambiado el chip. Eso también se lo agradecí íntimamente.
    Un día Hadi me abordó a la salida del colegio con la frase: «Lucas se llama». Le pregunté de qué estaba hablando y me dijo: «¡El novio de Ivy!». Además me cogió del brazo, así, rodeándomelo con el suyo, que ya sé que es algo muy común entre las chicas, pero... ¡no voy a mentir!: hizo que las mariposas de mi estómago se revolucionaran. «”Lucas” no parece un nombre muy francés, ¿no?», le dije intentando no sonreír mucho por si se me notaba. «A ver, es que yo no sé pronunciarlo... Se dirá... “Lucá” o algo así...». Nos empezamos a reír a carcajadas y acabamos considerando la idea de que no fuera un chico francés. A fin de cuentas, Ivette tampoco vivía en Francia; igual lo había conocido mientras él también veraneaba. Quise saber si le había enseñado alguna foto más. «Qué va», fue la respuesta de Hadi. Y entonces hice un gesto con la mano y sin querer ¡le rocé una teta! [Cubre su rostro con las manos]. Diooos... ¡me morí de vergüenza, en serio! Pfff... Qué mal.
    Sí, sí, pero es que lo pasé fatal. Le pedí perdón y me puse superroja. Ella se rió, nno-no-no le dio importancia. Me dijo: «Pero ¡si ni lo he notado! ¿No ves que llevo un jersey tan gordo?» mientras yo me tapaba la cara con las manos y rezaba por volver atrás en el tiempo.
    Claro, ¿a quién no le ha pasado, que toca sin querer algo que no debe? Pero en ese momento yo quería que me tragara La Tierra.
    Al día siguiente decidimos tenderle una emboscada a Ivette para que nos contara todo sobre ese tal “Lucá” [hace el gesto de comillas con las manos]. A mí me importaba más pasar tiempo con Hadi que cotillear acerca del supuesto novio de Ivy, pero algo de curiosidad sí tenía. Al menos por la imaginativa de las respuestas; por ver qué se iba a sacar de la manga y si soltaba sin querer algo que la contradijera.
    Pues le hicimos las típicas preguntas que se hacen, ya saben, hmm... Cómo os habéis conocido exactamente, de dónde es, cómo besa, ¿se lo has contado a sus padres?, a qué huele su ropa, por qué no os habéis hecho una foto juntos para que nosotras podamos ver lo monos que sois, ¿existe de verdad o te lo has inventado? No sé...
 

jueves, 16 de abril de 2026

VIII

Al comienzo del segundo curso, los alumnos nos sentamos directamente en orden alfabético, porque la verdad es que para qué retrasar lo inevitable: Ricardo seguía siendo el profesor de matemáticas. Todo estaba igual a como lo habíamos dejado y a la vez distinto. Ivette lucía un dorado precioso en sus cabellos un poco más largos de lo habitual, a ras de los hombros. Richy había aprendido a plancharse las camisas, seguramente por influencia de su madre, que lo habría visto muy desaliñado. Teníamos una nueva repetidora que se pasaba las horas del recreo leyendo en un banco mientras escuchaba música o, al menos, llevaba puestos los auriculares. Bambi seguía muerto y Toni había desaparecido junto con su madre, aparentemente para pasar el luto tranquilos.
    Los profesores apenas habían cambiado: seguíamos teniendo la misma tutora, el profesor de francés aprovechaba cada oportunidad que tenía de enseñar fotos de su hija recién nacida, la profesora de tecnología se había hecho un liso permanente que no le quedaba ni bien ni mal y el director seguía igual de alegre y despistado como siempre.
    Yo había decidido olvidar a la chica que me gustaba, y lo había decidido, esta vez, en serio. Hasta ahora, como nunca la había visto colada por nadie, había mantenido la jugosa idea de que podría corresponderme; ahora ya sabía que no. Había aprovechado esos dos meses sin verla para metérmelo en la cabeza: Ivette era hetero; le gustaba Richy; Ivette era hetero y encima le gustaba Richy. O eso creía yo, hasta que la pillé escribiendo en las escaleras con permanente negro: «I & L» dentro de un corazón amorfo.
    Durante las vacaciones de verano, la dirección, o quien fuera que se encargara de esas cosas, había decidido que era hora de pintar las barandillas del instituto; tanto las de dentro como las de fuera. Escogieron un color llamativo que supuestamente nos quitaría a los alumnos las ganas de pintarrajear por encima y ahora lucían un bonito azul eléctrico que no pegaba para nada con el tono anaranjado del ladrillo. Habían desaparecido el «H x I = APS» de enfrente de la clase donde dábamos historia y sociales que tanto había disfrutado plasmar y el «Hadi ♥» que no sabía quién había tenido la desfachatez de escribir sin mi permiso. Pero Ivy, cómo no, se encargaba ya en el primer día de estrenarlas.
    «¿Quién es “L”?», le pregunté. «Mi novio». «¿TIENES NOVIO?». Por favor, esto transcríbalo en mayúsculas porque grité más de lo debido; tanto que los alumnos que nos rodeaban, en su mayoría de otras clases, se nos quedaron mirando. Titubeó un poco y al final me contestó: «Bueno, no es que sea mi novio-novio... Es alguien a quien conocí mientras estaba en Maulévrier». Terminó de hacer esa especie de corazón que envolvía las iniciales y sonrió satisfecha. Cuando sonreía de esa forma, se le iluminaba tanto el rostro que me hacía pensar, pobre de mí, que no iba a ser capaz de olvidarla del todo.
    Maulévrier.
    Sí: «mau», «le», con tilde.
    Sí, hacia la derecha. Y después: uve, erre, i, e, erre. Creo, vamos.
    [Entre risas]. Sí, es un poco complicado.
    Bueno, entonces le pregunté: «¿Y qué pasa con Richy?». «¿Qué pasa con él?». Su tono daba a entender sorpresa, como si de verdad no supiera de qué hablaba, mientras seguía admirando su propia obra de arte. «Eso digo: que qué pasa con Richy». Se levantó del suelo y se pasó rápidamente las manos por encima de los glúteos y las piernas, limpiando los posibles restos de polvo que hubieran quedado impregnados en su pantalón vaquero. «¡Oh! Ya... Bueno, Lu es más divertido». Me guiñó un ojo, cogió su mochila y se fue para clase; dejándome ahí, pasmada, intentando averiguar de qué nombre podía derivar «Lu».
    Tras unos segundos que me parecieron minutos, reaccioné y me fui yo también para clase. Se me ocurrían Luc o Lucien. El primero era demasiado corto como para tener que acortarlo más y el segundo no estaba segura en ese momento, clásico despiste producido por un shock muy fuerte, de que fuera nombre de chico. También estaba Louis, aunque podría haber dicho perfectamente Luc y yo no haber escuchado bien la pronunciación.
    A partir de ese momento, no existió nada para Ivette salvo ese misterioso «Lu». Se pasaba el día sonriendo a la pantalla de cinco pulgadas de su teléfono móvil; mirando su rostro atrapado en el aparato electrónico; leyendo sus mensajes y respondiendo cuidadosamente; sin importarle siquiera que los profesores la castigaran por usar el teléfono en clase. Porque la veían, créanme, a veces no se molestaba ni en disimular; y prácticamente todos la castigaron al menos una vez en todo el curso, bien sin móvil hasta que terminara la clase, bien quedándose en el aula en la hora del recreo. Pero a ella le daba igual; lo único que le importaba era conversar con su chico.
    Empezó a cortarse un poco cuando la tutora habló con sus padres y sus padres le advirtieron de que como siguiera así iba a quedarse sin teléfono móvil. No fue del todo eficaz porque ella seguía pendiente de aquello que vibraba dentro de su bolsillo, pero sólo lo sacaba de ahí en las clases en las que lograba sentarse por el fondo. Y a veces cuando tocaba matemáticas, claro; por mucho que Ricardo llegara a castigarla, jamás se le habría ocurrido telefonear a sus padres.
    Hasta nos llegó a pedir consejo a Álex y a mí para ver qué podía o no contestar. ¡A nosotras!, que no teníamos ni idea de hablar con chicos. [Entre risas]. La pobre Álex acabó un poco harta del tema, porque la verdad es que Ivette puede llegar a ser muy pesada, pero a mí me hacía feliz verla tan ilusionada. Al menos le hacía el caso que se merecía, no como el hijo del profesor. Por primera vez una de nosotras saboreaba lo que era el amor correspondido; y que ella hubiera superado a Richy tan rápidamente me parecía el primer paso para que, poco a poco, todas fuéramos superando nuestros desengaños amorosos. El curso había empezado fuerte, y yo estrenaba zapatos, así que no iba a quedarme atrás.
 

jueves, 2 de abril de 2026

VII

Y ahora yo me pregunto: ¿sabía que su padre babeaba por una alumna? Yo imagino que sí porque se veía a la legua. Todos, de hecho, acabamos enterándonos; era algo que se veía si prestabas un mínimo de atención en clase. Cada vez que ella salía a la pizarra, lo encontrabas a él con la mirada fija en su trasero; no había excepción que confirmara ninguna regla. Era patético verlo tan abstraído; me entraban ganas de levantarme y clavarle un compás en el ojo. Entonces, dentro de mi propia indignación, oía risitas de fondo, murmullos ofendidos, de alumnos que probablemente también querían levantarse y clavarle un compás en el ojo, cuchicheos. Pero en realidad nadie hacía nada por evitarlo.
    Bueno, mentira, algo sí que hacíamos: lo que podíamos. O, más bien, lo que se nos ocurría. A veces Sara levantaba la mano. A veces Rafi hacía directamente la pregunta para ver si el profesor volvía de su trance. A veces Lucas se levantaba para sacar punta en la papelera, en lugar de esperar hasta el final de la clase para tirar los restos. A veces Dani le tiraba una goma de borrar a Antón con intención de hacer ruido. A veces Ivette, que se ayudaba a sí misma sin percatarse, se daba la vuelta para averiguar si lo estaba haciendo bien y ahí sí: el profesor no tenía más remedio que mirar a la pizarra y hacer algún comentario. A veces hasta había voluntarios para salir a la pizarra. O quejas de por qué siempre sacaba a Ivette. «Ivette no es la única que sale a menudo a la pizarra». Y una mierda.
    Por suerte, como siempre, llegó el final de curso y, con él, las esperadas vacaciones de verano. Ivette partió a Francia a principios de julio para pasar las vacaciones, como todos los años, junto con su familia; como pueden ver, ni siquiera podía concederme el placer de ser mi amor estival. Richy se fue con su madre. Álex fue a pasar el mes de julio en el pueblo de sus abuelos maternos, pero se volvió antes porque allí no tiene amigos y se aburre. Yo me fui una semana de viaje con mis padres. Creo que fue el año en que fuimos a Logroño. O Logroño fue al año siguiente y ése nos fuimos a Roma; no me acuerdo. El caso es que fue un verano normal, alegre, caluroso. Un verano de ir a la playa y salir con los amigos que no tenían chalet ni apartamento en los que escabullirse. Las fiestas del pueblo, los granizados de limón, las pipas en los bancos de la plaza del Ayuntamiento, los paseos por el río. Un verano de cerrar un libro y decidir no volver a abrirlo. Un verano que prometía un nuevo y mejor comienzo al llegar el mes de septiembre. Ya saben... como todos los veranos.
 

jueves, 19 de marzo de 2026

VI

Al final sacamos un ocho y medio. ¡No está nada mal, oigan! Contaba un veinte por ciento de la nota. Teóricamente, si aprobábamos todos los exámenes y nos portábamos bien, como alumnos medio ejemplares, podíamos aprobar la asignatura incluso sin presentar el trabajo; peeero si no presentábamos el trabajo, aunque fuera mal hecho, no podríamos aprobar. Típica jugarreta de profesores.
    Me dio un poco de pena presentarlo tan pronto, cuando aún quedaba un mes de plazo, porque ya no tendría excusa para ir a casa de Richy; pero al menos ya no vería al rarito de su padre fuera del horario lectivo. Porque era la única descripción que se me ocurría, la verdad. Hmm... No veía otra cosa. En clase daba igual porque había más alumnos y no era tan lapa, pero fuera del insti me ponía muy nerviosa.
    Aun así, ya les digo, me dio muchííísima pena no poder quedar más con Richy, no tener una excusa que me permitiera volver a su portal. [Entre risas]. Estaba tan pillada que a veces me planteaba volver a pasar por el suplicio de ver a su padre. Y no sé si fue el universo, Hadi o algún dios de la antigua Mesopotamia, pero lo conseguí; allá por el tercer trimestre volví a quedar con él, esta vez sí, los dos solos. [Aplaude].
    Fue muy, pero que muy, raro porque, de repente, se me acerca un día y me dice: «¿Quieres venirte a mi casa a estudiar mates?». Claro, yo le pregunté que quién más iba a ir. Y entonces me dice que nadie, que solos él y yo; que sabe que lo tengo difícil para aprobar, que su padre pone los exámenes muy chungos y que él me puede ayudar, si yo quiero. O sea: ir yo a su casa. A estudiar, pero conmigo. Solos. [Entre risas]. Obviamente le dije que sí.
    Sí, tía, coladísima. ¡No me interrumpas!
    Empezamos a quedar los viernes después de clase; teníamos la tarde libre, así que yo iba a comer a su casa y después sacábamos los libros. Casi siempre estudiábamos en el comedor, con su padre delante. Imaginaba que no se fiaba de si de verdad íbamos a estudiar o no, ya me entienden... Pero a veces conseguía que fuéramos a su cuarto, lejos de miradas indiscretas. Me enseñaba sus pósteres, su colección de música, sus libros de ciencia-ficción/fantasía. Yo me acercaba lo máximo a él, intentaba cogerle de la mano, le decía que le quedaban muy bien esos pantalones, que el pelo largo le hacía parecer más rebelde, que le quedaría bien ponerse un pendiente en la oreja, como tenían Toni y Bambi. Aunque, bueno, Bambi... Da igual.
    Le besé una vez. Pero sólo una vez.
    Sí, no sé; vi mi oportunidad y la aproveché. [Entre risas]. Creo que no le hizo mucha gracia. [Cubre su rostro con la mano]. Pfff... Pero fue un beso así como muy por encima... Tuvo ocasión de apartarse: ¡que lo hubiera hecho!
    El caso es que, aunque consiguiera estar a solas con el chico que me gustaba, su padre entraba de repente en la habitación y nos interrumpía; me ponía de los nervios, pero imaginaba que era cosa de padres. Al final nos consintió estar ahí siempre que tuviéramos la puerta abierta para que él pudiera venir regularmente a comprobar que de verdad estábamos estudiando.
    Me acuerdo de una ocasión en que Richy no sabía explicarme una cosa, un... un ejercicio, y tuvo que venir su padre a hacerlo. ¡Porque le dio la gana, eh!, no porque le pidiéramos ayuda ni nada. Yo iba ahí para estar con el hijo, no con el padre; para eso mejor esperar a estar en clase y preguntarle directamente, ¿no?
    A ver: estábamos en la mesa del comedor, ¿vale? Ricardo estaba sentado en el sofá, probablemente escuchándome cómo le decía a Richy que no me estaba enterando de nada. Entonces se levantó del sofá e hizo a su hijo quitarse de la silla. Richy lo hizo un poco a regañadientes, pero dejó paso a su padre, que se sentó a mi lado; en plan pegadísimo, más cerca de lo que había estado sentado Richy. Cogió un lápiz y empezó a rayar mis apuntes sin pedirme permiso. Yo miraba con cara de circunstancias al hijo, intentando transmitirle un mensaje con la mente: «¿Qué cojones le pasa a tu padre?». Creía que se le había ido la pinza; típico genio matemático loco, como sale en las películas. Aparté un poco el brazo porque notaba en mi antebrazo los pelillos del suyo y me hacía sentir muy incómoda. Después, al ver que se estaba emocionando demasiado, como si creyera que estaba en clase o algo así, y no paraba de explicarme cosas que yo seguía sin entender, sonreí y dije: «Ah, vale, ya lo entiendo. Gracias». Él paró, me miró sorprendido, me devolvió la sonrisa y me dijo: «Ya sabía yo que en el fondo no eras tan tonta» mientras me acariciaba con su mano mi muslo derecho, que ese día estaba al aire porque me había puesto un short. Después se levantó y Richy volvió a sentarse, alejando un poco la silla y dejándola tal y como estaba antes de que se sentara su padre. Yo terminé copiando en el examen.
 

jueves, 5 de marzo de 2026

V

Después de las vacaciones de Navidad, Ricardo decidió cambiar radicalmente las disposiciones de los asientos: pasamos del libre albedrío al orden alfabético. Ivette se apellida Avignon, así que le tocó sentarse en frente de la mesa del profesor; a la derecha de Sara Andrés, que era la primera de la clase, tanto en apellido como en notas. Las mesas estaban puestas de dos en dos y a mí me tocó sentarme al lado de Richy, ya que los dos, tócate las narices con la casualidad, nos apellidamos Figueroa. El primer apellido de Álex es Sanchiz, así que le tocó al lado de Antón, que se apellida Rius y que tampoco estaba muy contento con este cambio, ya que lo separaba de su amigo Dani, que se apellida Dávalos.
    Obviamente, como no es que fuéramos unos niños muy revoltosos, el profesor de matemáticas tuvo que hacer esta redistribución con todos los grupos a los que daba clases. Para que nadie sospechara nada.
    Yo tampoco sospeché nada al principio, a pesar de que Ricardo no era muy discreto con sus intenciones. Por suerte en ese momento estaba enamorada de Ivette, así que la miraba mucho en clase. También contemplaba detenidamente todo lo que había en su entorno, todo lo que pudiera absorber un poquito de su luz; su mesa, sus libros, sus botas nuevas, el lápiz que se le había caído sin darse cuenta, Juanjo diciéndole: «Se te ha caído», las personas, en general, que la rodeaban. Al final, de manera inevitable, tuve que fijarme también en el profesor de matemáticas.
    ¿Sabía alguien lo que yo sentía por ella? Creo que no. ¿Y lo que ella sentía por el hijo del nuevo profesor del instituto? Creo que sólo yo. ¿Y lo que Richy sentía por Álex? Todas las chicas de clase.
    La muerte de Bambi no sorprendió a nadie pero detuvo, por un tiempo, nuestras vidas. Fue a finales del segundo trimestre. Bambi y su hermano faltaban mucho a clase, todos teníamos claro que iban a volver a repetir. No sabíamos exactamente qué hacían cuando no venían al instituto, pero nos lo imaginábamos; los rodeaba siempre un halo de misterio y hablaban entre ellos entre risas, como dando por hecho que los demás éramos demasiado inocentes como para entenderlo. No era verdad, pero cada día nos caían peor, así que los dejábamos creerse superiores.
    Si su madre no hubiera ido al instituto a explicar a los docentes qué había ocurrido, ninguno lo habríamos llegado a adivinar; habríamos pensado simplemente que habían decidido no volver nunca más a clase. Pero su madre acudió al centro con los ojos hinchados de llevar una semana entera llorando; y después nuestra tutora nos lo explicó como mejor pudo, sin darnos los detalles. Más tarde, el hermano vivo nos contó que había muerto como su padre, sólo que en lugar de una prostituta era una mesa de café sobre la que apoyaba la cabeza con la nariz más blanca que la nieve.
    A Toni le afectó mucho más de lo esperado, aunque supongo que es normal, teniendo en cuenta lo unidos que estaban. La muerte de su padre siempre les había dado igual porque no lo habían conocido, pero su hermano ya era otra historia. No volvimos a saber nada de él hasta casi dos años después, lo cual nos sorprendió mucho porque no esperábamos volver a verlo nunca más. Pero aún es pronto para hablar de esto.
    Ricardo tuvo la suerte de que Ivette fuera mala en matemáticas; así podía sacarla más a menudo a la pizarra. Porque Ricardo resultó ser también de esos profesores que suelen pedir a los alumnos más atrasados que salgan a hacer los ejercicios: supuestamente para ayudarlos, pero más bien para burlarse de ellos. O, como en el caso de Ivette, para mirarles el culo.
    Aprovechando mi posición en la clase de matemáticas, la única clase en la que me sentaba cerca de Richy, Ivette me pidió por favor, por favor, que le hablara, de manera que no se notara mucho, bien de ella. Yo quería hacerle el favor, deseaba que fuera feliz, la quería desde hacía tanto tiempo que no podía soportar que el chico que le gustaba, por muy idiota que fuera, no se fijara en ella. Pero la verdad es que yo nunca he sabido disimular. Me refiero a la hora de hablar: ¿cómo iba a intentar que Richy sintiera interés en Ivette sin decirle que Ivette quería ser su novia? Afortunadamente, padre e hijo, en esa clase de matemáticas de justo antes del recreo, me lo pusieron fácil.
    Verán, me encontraba yo felizmente tomando apuntes cuando de repente Richy me da un codazo y me susurra: «Por fa, Hadi, tú que te llevas tan bien con Álex... ¿no podrías averiguar si yo también le gusto? ¿Aunque sólo sea un poco?». Sí, exacto, por poco me atraganto yo también. Me costó contener la carcajada, pero como no quería que supiera que todas las chicas de clase menos Ivette nos reíamos de que de verdad creyera que tenía posibilidades con Álex, me hice la tonta: «¿Te gusta Álex? Si siempre te estás metiendo con ella». «Ya... Pero lo hago de broma». ¡Ya!, ¡claro! «Ella no opina lo mismo», le dije, y él siguió insistiendo: «Por fa... Pregúntaselo». «Mira, no hace falta ni que le pregunte: no le gustas. Así que olvídala».
    Esto también iba para mí; claramente yo también debía aplicarme el cuento: tenía que olvidar a Ivette. Sé que yo no la importunaba como Richy importunaba a Álex, pero sí que intentaba estar siempre cerca de ella; procuraba sentarme a su lado en el patio, pasarle la pelota en gimnasia, estar en su equipo. La miraba a todas horas siempre que ella estuviera distraída. Soñaba despierta con ella por las noches con la consecuencia lógica de a veces soñar también dormida. Escribía su nombre en las esquinas de mis libros de texto heredados de la vecina de mi abuela. No era sano. Cada vez que menstruaba, me preguntaba si ella también estaría en esa parte del ciclo. No era sano.
    Tampoco era sano por parte de Ivette: amaba a quien no le correspondía, como todos. Formábamos un cuarteto digno de admirar: yo quería a Ivette, Ivette quería a Richy, Richy quería, entre comillas, a Álex y Álex me quería a mí. Pero yo quería a Ivette y, por tanto, deseaba ayudarla. A lo mejor pensaba que si Richy se fijaba de una vez por todas en la chica más guapa de nuestro curso, todo se solucionaría: dejaría en paz a la pobre Álex, tendría a Ivette contenta y yo, al ver a mi amada con alguien, la dejaría marchar. Así que, aprovechando que el pervertido de Ricardo había pedido a Ivette que saliera a la pizarra, yo, como quien no quiere la cosa, le dije a su hijo: «¿Por qué no intentas fijarte en otra chica? Por ejemplo... Ivette». «¿Ivette?». «Sí, no sé... Mírala, es guapa». Guapísima. «Sí... Bueno, da igual. Gracias, Hadi».
    No creía que hubiera surtido efecto, la verdad, ya que no pareció muy convencido; pero un día, a la salida del colegio, los vi caminar juntos hasta donde me alcanzaba la vista. Ivette parecía muy feliz y prácticamente saltaba a su alrededor; hablaba con él, reía con él. Tenía un poco de envidia, si les soy sincera. Pero él se mantenía rígido, impasible; como si en realidad no quisiera caminar a su lado, como si simplemente se hubiera resignado a acompañarla porque alguien se lo hubiera pedido. O esa era la sensación que me daba, al menos. En cualquier caso, no parecía saber la suerte que tenía de tenerla a su lado.