jueves, 15 de octubre de 2026

XXI

Las desapariciones de Ivette en la hora de matemáticas se convirtieron en algo habitual. Por no decir que los escasos días en los que entraba en el aula era sólo porque había visto a algún profesor cerca del trocito de valla por el que se puede saltar sin ser vista; bien rondando por ahí, bien hablando distraído por el móvil. Ricardo no decía nada. Como mucho algún comentario satírico del tipo: «Me alegra ver que hoy estás bien para venir a clase, Ivette», pero no hablaba con nuestra tutora ni llamaba a sus padres. La verdad es que me tenía muy mosqueada. Bueno, tenía mosqueada a toda la clase. Y con razón: no creo que ninguno más fuera a tener esa libertad para saltarse su asignatura sin llevarse al menos una llamadita a casa. Imaginaba que tenía que haber algún motivo, pero no cuán grande era su envergadura.
    Estaba rara. Ivette estaba rara. Lo más llamativo fue su drástico cambio de vestuario. En seguida empezó a llevar sudaderas anchísimas que de tan largas que eran le llegaban hasta el nacimiento del muslo o incluso unos centímetros por debajo. Me recordaba a Álex cuando intentaba que no se le marcara el bulto en la entrepierna. Al principio pensamos que estaba siguiendo una nueva moda; pero, sinceramente, no le pegaba nada. Creo que lo hacía para que Ricardo no pudiera mirarle el culo.
    Mes y medio después o así, Álex y yo la instamos para que nos diera alguna explicación que no fuera la típica de no querer verle el careto al profesor. «Nosotras tampoco y vamos a su clase», le dijo Álex, medio indignada, en una ocasión. Yo lo intenté por otros medios; le envié un mensaje esa noche, por si al no ser cara a cara se atrevía a hablar. Pero Ivy no soltaba prenda.
    Tampoco fuimos las únicas. Algunos incluso llegaron a preguntarle a Ricardo, en medio de alguna clase y en más de una ocasión, por qué Ivette no venía. «No es asunto tuyo» solía ser la respuesta ganadora; tanto, que al final siempre había alguien que contestaba a la vez por lo bajini, cosa que provocaba risas entre los alumnos, cosa que hacía que Ricardo se enfadara y nos mandara más deberes. Otros prefirieron preguntarle a Toni. Pero Toni no sabía ni que se estaba saltando todas las clases de matemáticas. Sabía que a Ivette no le gustaba Ricardo y lo comprendía porque a él tampoco le daba buena espina, pero al estar dos cursos por debajo se perdía muchas cosas.
    Un día, un par de semanas antes de que terminara el trimestre y un par de días antes del... incidente, vi a Ivette salir del baño muy demacrada. Estábamos en la hora del recreo; yo había salido de clase de latín y ella, de economía. Fui a llamarla, pero me fijé en que iba corriendo a buscar a Toni, que había salido un poco más tarde por culpa de un examen y bajaba ahora por las escaleras. Se abrazaron y le mejoró mucho el color.
    Le pregunté a Toni, claro; esa misma tarde, por WhatsApp. Me dijo que Ricardo había hablado con ella: iba a suspenderla si no volvía a clase. Toni le preguntó por qué no quería ir a clase de matemáticas, pero Ivy seguía siendo una tumba incluso para él.
    Yo lo entiendo. Y si hubieran visto cómo le mejoró el aspecto en esos breves segundos que estuvo rodeando a su novio, en cuyos brazos, seguramente, se sintiera más a salvo que en cualquier otra parte del mundo, ustedes también lo entenderían. Porque a veces basta con eso; a veces sólo necesitas sentirte segura, sola o acompañada de otra persona, aunque la persona elegida no sepa de su función de cota de malla. De ahí el buscar a Toni pero no decirle nada. Supongo que, si se lo hubiera contado, si él hubiera sabido en ese momento, habría ido directo al profesor de matemáticas y lo habría matado. La historia habría tenido un final ligeramente distinto.
    Pero Ivy en ese momento necesitaba un escudo, no una espada.
 

jueves, 1 de octubre de 2026

XX

Y ¡vuelta al primer curso! ¿La palabra déja vu queda bien en  este caso?
    No sé por qué, pero le dio por volver a marearme; como cuando entramos por primera vez en el instituto, que decía que yo le gustaba pero no paraba de meterse conmigo. Era como si hubiéramos retrocedido en el tiempo, sólo que esta vez nadie más se unía a él. ¡Menos mal!
    Empezó el primer día de cuarto. No sé si fueron celos o simplemente lo hizo por rabia, pero me mandó un mensaje al Facebook. Yo no suelo meterme mucho en las redes sociales, así que tardé en leerlo. Bueno... sólo lo leí porque al cabo de unos días, después de haberme estado echando miraditas raras durante toda la semana, me preguntó si tenía o no pensado leer su mensaje. Fue un poco brusco, la verdad, pero le pregunté de qué mensaje me estaba hablando; me contestó aún más bruscamente, como si yo tuviera que ser adivina, y le dije que lo miraría esa tarde.
    Esa tarde se me olvidó mirarlo, pero como era viernes no pasaba nada. Al día siguiente, también por la tarde, después de comer, creo, encendí el ordenador y me metí en Facebook para leer el dichoso mensajito.
    Pues lo eliminé poco después porque no me gusta tener las bandejas llenas de mensajes, sobre todo si la conversación no sigue adelante, como era el caso porque no tenía pensado contestar. Confieso que a veces elimino los chats del WhatsApp pensando que la otra persona no va a querer seguir hablando y resulta que luego sí que me responde, pero bueno. En este caso fue porque yo pasaba de contestar, y tener ahí un mensaje muerto no me gusta porque me da miedo abrir inconscientemente el chat y enviarle algo sin querer. Además, no entendía a qué venía; estaba muy fuera de lugar.
    Me pareció un gilipollas, con perdón.
    Me decía que había oído lo de nuestra relación durante el verano, pero que no se lo había acabado de creer. También que ahora que sabía que era cierto, ya no tenía nada que hacer. O algo así. La verdad es que no entendí muy bien esta parte; ¿se suponía que seguía teniendo en mente conquistarme? ¿No le había dejado claro que no quería nada con él?
    No sé... También me dijo que no le gustaba cómo me quedaban los pantalones; que me lo pensara mejor la próxima vez que me ponía unos porque me quedaban raros.
 

jueves, 17 de septiembre de 2026

XIX

Me asusté... Me asusté muchísimo... Verlo abalanzarse sobre ella, sin prestar atención a su protesta, ¡su clara negativa, joder! ¡Es que le dijo claramente que se fuera!, ¡que la dejara en paz, joder!, que la dejara en paz...
    Sé que yo ese día no le dije nada a nadie; ni al día siguiente, ni al otro, ni al otro. Sé que me cerré en banda y tardé un montón en contarlo. Bueno... [entre risas] lo conté porque no había más remedio, en realidad. Joder... [Cubre su rostro con las manos y permanece unos segundos en silencio]. Supongo que porque ya no podía más; me estaba... como ahogando, por culpa de mantener el secreto. ¿Saben a lo que me refiero? Una sensación muy rara.
    Sí... Como una especie de nudo o... algo que impide... el paso del aire a los pulmones. No lo sé. No lo sé, no lo sé.
    Lo que intento decir es que, aunque en aquel momento yo decidí callarme, en realidad habría agradecido cualquier tipo de ayuda. Si alguien hubiera entrado por la puerta y me lo hubiera quitado de encima, aún estaría buscando la forma de darle las gracias. Porque habría significado un favor enorme, ¿saben?, un favor que no sé si podría haber logrado compensar.
    No, no, en serio... ¡No estoy exagerando! Ne me regardes pas comme ça ; tu me fais sentir stupide ! [Ríe mirando a su hermana mayor].
    No, en serio: me habría evitado este miedo que me ha acompañado durante estos tres meses; esta sensación de que, vaya donde vaya, haga lo que haga, iba a volver a encontrármelo. Incluso ir a Consum me asustaba... Ya ves tú, comprar tomates lo terrorífico que es... Por eso me lancé directa a por él; no quería que le pasara lo mismo que a mí.
    No pretendía matarlo, pero tampoco puedo decir que me arrepienta: era él o ella.
 

jueves, 3 de septiembre de 2026

XVIII

Me sentía... Me sentía traicionada. Sí. Pero no quería estallar sin darle siquiera una oportunidad de explicarse; qué sé yo... igual se me escapaba algo. Decidí esperar y ver qué tenía que decirme, si es que tenía algo que decirme.
    Dejamos primero a Álex. Ivette insistió; su casa se encontraba más cerca, pero dijo que como había comido un poco ya no tenía tanta prisa. «Luego hablamos», le susurré a Álex al oído mientras nos abrazábamos para despedirnos. Le di un beso y me fui con Ivy.
    Una vez nos quedamos las dos a solas, me cogió fuertemente del brazo y empezó a titubear. «Tía... sabes que a Toni le cayó una y tuvo que ir a septiembre, ¿no?». Asentí: por muy cierto que sea que Toni se ha estado esforzando en aprobar, es innegable que siempre ha sido un pasota. Se ha habituado a ser un pasota. Cuesta mucho cambiar el chip de tu cerebro; lo quiera o no, esta condición asoma de vez en cuando la patita y le hace no concentrarse lo suficiente, con la consecuencia lógica de suspender algún examen o dos. «Lo acompañé, ¿sabes? Nunca había ido y... no sé, me hacía ilusión». Sonreía mucho y muy bien, se notaba que estaba contenta con su novio; pero también la noté un poco triste al decir esto. «Y mientras esperaba a que hiciera el examen, me crucé con Ricardo, el profesor. ¿Te acuerdas del año pasado, cuando estaba tan pendiente de mí? Por que aprobara la asignatura y todo eso». Empecé a entender por qué estaba triste, y además me imaginaba por dónde iban a ir los tiros; pensar en Ivette a solas con el profesor de matemáticas, aunque sólo fuera en medio del pasillo, lugar al que cualquiera puede acceder en cualquier momento, me daba escalofríos. Por supuesto, tenía la esperanza de que la bala se desviara en el último momento; nadie quiere imaginarse lo peor. «Ssíí...». «Ya... Pfff... Es que... tía, no me apetece que sea así. ¡Me da rabia! Prefiero no ir a su clase y que me suspenda». Supongo que no estaba preparada.
    Cuando llegamos a mi portal, la abracé muy fuerte. Le hizo gracia. Intentaba consolarla de alguna forma más bien torpe, ya que no sabía con exactitud sobre qué tenía que consolarla. Sabía que tenía que ver con Ricardo y, probablemente, con el día en que Toni hizo su examen de recuperación; pero no conocía más detalles. ¿Qué le había dicho? ¿Qué le había hecho? ¿Qué le había insinuado? ¿Tenía que ver con ese «Toni x Ivo» mal terminado que había en una de las barandillas del piso de arriba?
    Estuvimos así un par de minutos, cabeza con cabeza; yo rodeándola a ella por la espalda y ella rodeándome a mí por la cintura; su cuello olía ligeramente a frambuesa, como siempre; hasta que ella empezó a despegarse poco a poco de mí, me dio un beso en la mejilla y me sonrió tiernamente. Era su forma de darme las gracias. Su forma de decirme que sabía de sobra que podía confiar en mí, a pesar de no haberse atrevido a hablar en ese momento. Su forma de decirme que se alegraba de tenerme como amiga.
 

jueves, 20 de agosto de 2026

XVII

Tampoco pretendía tirarlo al suelo, ¿saben? ¡Sólo apartarlo de ella! Pero tropezó... Tropezó con la mochila... [Cubre su rostro con la mano]. Madre mía.
    Gracias. [Se suena los mocos y hace ruido]. [Entre risas]. Perdón.
 

jueves, 6 de agosto de 2026

XVI

Sé que no está bien, pero Álex y yo hicimos una pequeña apuesta sobre si Ivette seguiría con Toni o habría cambiado, como ya mandaba la tradición, de objeto de deseo. Durante el verano nosotras habíamos hecho oficial nuestra relación, que era lo que habíamos planeado desde un principio: quedamos prácticamente todos los días, nos vimos con algunas compañeras de clase sin escondernos, hicimos el amor. Ivette, sin embargo, se había ido a Francia dejando aquí a su novio, que no se había ido ninguna parte. Claro está que esto no tiene por qué significar nada; pero, conociéndola como la conocíamos, nos esperábamos cualquier cosa.
    Entramos en cuarto ilusionados. Nuestro último curso obligatorio; después de éste, casi todos continuaremos haciendo bachiller, pero algunos dejarán el instituto para siempre. Creo que ninguno tiene expectativas de ponerse ya a trabajar, así que supongo que se meterán en algún módulo. Digo yo. Bueno, los padres de Juanjo tienen un bar; pero Juanjo sí que quiere seguir estudiando. No sé.
    Los primeros días suelen ser bastante ligeros, igual que los últimos, cuando ya has dado toda la materia y no te queda nada por hacer. Aunque esto por supuesto depende siempre del profesor; algunos, ya desde el primer día, te están explicando la primera declinación latina y otros la primera semana no se molestan ni en abrir el libro. Ninguna de las dos opciones es mejor que la otra, en realidad.
    Empezamos el lunes. Álex y yo entramos cogidas de la mano; Ivette llegó junto a Toni, pero sin entrelazar sus dedos. Más bien ella lo cogía del brazo mientras él caminaba, con aire distraído, con las manos en los bolsillos. Le había crecido mucho el pelo y lo llevaba recogido en una trenza de raíz. Una trenza francesa. Poco después de empezar el curso, volvió a cortárselo, así que ustedes no la han visto con el pelo tres dedos por debajo de los hombros. Se despidió de su chico y vino hacia nosotras al grito de: «¡Lo sabía!». No le dije que lo que yo sabía era que nos había pillado el último día de tercero.
    Ese día no hubo clase de matemáticas, pero sí al martes siguiente. Durante el recreo, Ivy había estado quejándose de que no le apetecía nada dar matemáticas a última hora; que durante el verano se había acostumbrado a comer pronto y a esa hora iba a estar todo el rato crujiéndole la tripa. Más teniendo en cuenta que, al sentarse enfrente del profesor, no tendría oportunidad de comer a escondidas. «Siéntate en última fila», le dijo Álex. «Como si me fuera a dejar...». «Ya... es verdad... Hay que ponerse en orden alfabético». Ivette balbuceó algo que no oí bien porque mientras lo decía miraba a Toni, que se encontraba en la otra punta de las gradas intercambiando saludos con los chicos de nuestra clase. Al final convenimos en sentarnos cada una donde quisiéramos, rompiendo el orden, a ver qué ocurría. Durante la clase de inglés, les dijimos al resto que hicieran lo mismo. Todos estuvieron de acuerdo. O todos a los que se lo dijimos, claro, porque a Richy no le comentamos nada.
    Cuando llegó la hora, Álex y yo nos sentamos juntas en la segunda fila. Dani y Antón hicieron lo propio en la tercera. Ivette se fue al final del todo. Richy se quedó un poco parado, pero se sentó con Juanjo sin protestar. Todos nos sentamos donde quisimos, sacamos lápices y libreta, ya que sabíamos que Ricardo era de los que meten caña desde el primer día, y esperamos. Entonces entró el profesor, echó un rápido vistazo a la clase, permaneció un rato en silencio y al final, mientras se sentaba en su mesa, dijo: «Avisadme cuando estéis sentados en vuestro sitio y empezamos».
    Durante un par de minutos, nadie dijo nada. Ricardo ordenaba sus cosas sin prestarnos atención y nosotros nos echábamos miradas sin saber qué hacer. Estaba claro que quería que nos sentáramos por orden alfabético, pero por qué. La tensión acabó haciéndose palpable y alguien se levantó, cruzó la clase, le dijo a otro alguien que se levantara de su sitio y se sentó en su lugar. Volvimos todos al redil.
    Cuando hubimos ocupado nuestra silla correspondiente, eché yo un rápido vistazo al aula. Tenía a Richy a mi derecha refunfuñando algo sobre que tendríamos que habernos sentado bien desde un principio. Antón intentaba llamar la atención de Dani, a la otra punta de la clase, moviendo los brazos por encima de su cabeza. Alba charlaba animosamente con Juanjo, riéndose, seguramente, de la situación. Álex colocaba sus cosas de nuevo en su mesa, meticulosamente, bien ordenaditas. Lucas buscaba su chaqueta, que estaba donde se había sentado anteriormente, lugar ocupado ahora por Cristina, que no sabía de quién era la chaqueta que descansaba a su espalda. Sara se recogía el pelo enfrente del profesor, que tenía los ojos puestos en la silla vacía de Ivy.
    Miré hacia atrás y no la vi por ningún lado. De hecho, pensé, no la había visto siquiera entrar en clase. Al no verla sentada delante de mí, había dado por supuesto que se había colocado ya por el final, pero en realidad no la había visto ni llegar. La había perdido de vista a la salida de inglés, cuando me había dicho que se iba un momento al baño. «Alex... ¿no se encontraba Ivette hoy contigo? En la hora del recreo». «S-sí, sí que estaba conmigo». Su breve balbuceo hizo gracia a Ricardo. Yo estuve a punto de intervenir, pero él prosiguió sin darme tiempo: «¿Y dónde está ahora?». «No lo sé». «¿No lo sabes?». «N-no...». «Ivette no nos ha dicho nada», alcé la voz al tiempo que mi mano para que no me acusara de no pedir turno de palabra. Ricardo me miró desafiante, abrió y cerró la boca pensando, seguramente, en si reprochar o no mi comportamiento, y acabó diciendo: «Ya veo». Así que empezamos la clase con más de veinte minutos de retraso.
    A la salida le pregunté a Álex si sabía algo de Ivy y me dijo que no. Vimos de casualidad a Toni y corrimos a su lado; tampoco sabía dónde estaba, así que nos despedimos de él y nos fuimos. Ya en la calle, nada más girar la esquina, la vimos sentada en el respaldo de uno de los bancos que rodean el instituto, con la mochila a sus pies y el móvil entre las manos. Levantó la cabeza y nos vio acercarnos a ella. «Me iba a ir a casa, pero me he quedado a esperar a Toni. ¿Qué tal la clase de mates? ¿Os habéis sentado donde queríais?». «Qué va; nos ha hecho sentarnos por orden». «Y ha preguntado por ti». Esperaba que me contara por qué se había ido sin necesidad de preguntarle, pero no lo hizo. Actuaba como si saltar la valla sin decirnos nada fuera algo normal, cuando al menos a mí siempre me había dicho lo que iba a hacer. Álex fue más indulgente. «¿Has comido algo?». «Una chocolatina. Mira, ahí está. ¡Toni!». «¿Qué me han dicho, que te has pelado la clase?». Ivette se rió, me miró y contestó a Toni al tiempo que le subía la cremallera de la chaqueta hasta casi arriba del todo y luego la bajaba. «Bueeeno... Es que no me apetecía estar todo el rato viéndole el careto. ¿Hacia dónde vas ahora?». Estuvieron un rato charlando mientras Álex y yo esperábamos sentadas en el banco. Le daba vueltas a por qué, después de tanta historia con lo de intentar sentarnos donde quisiéramos, se había largado sin decirnos adiós. Vino con nosotras y nos fuimos; Toni partió en la otra dirección.
 

lunes, 3 de agosto de 2026

'anudar y desanudar, desnudarse y desnudar'

'para hacerlo como se debe'

'tres cosas necesitarás'

'fuego en las manos'

'ternura en los ojos'

'y a mí presente en el lugar'

'técnicamente eso sería un trío'

'pero si sólo miro'

'no contará'

jueves, 23 de julio de 2026

XV

A ver, no soy tonta... Sé que Toni no tenía intención de salir conmigo en serio. Sé que él sólo quería follar; pero, a pesar de no conseguirlo, seguía intentándolo. Se lo dije; y él me dijo que sí, que tenía razón, pero era evidente que había algo más. [Entre risas]. ¿Cómo va a ser sólo sexo si no hay sexo? Así que un poco antes de Fallas decidimos empezar a salir. Y al poco conseguimos acostarnos.
    Tampoco es que decidiéramos empezar a salir... Es algo que surgió de manera espontánea, como si hubiera sido evidente que íbamos a acabar así. Cada día nos acercábamos más el uno a la otra; no es que nos escondiéramos ni nada por el estilo...  Nosotros no pretendíamos ocultar que hubiera algo entre nosotros; ¡no como Álex y Hadiya! [Ríe].
    Perdón, es que me he acordado de algo buenísimo. [Ríe]. O sea... Tú las ves ahí a las dos en plan superparaditas, pero ¡me acuerdo de una vez! Creo que fue en fin de curso... ¿Fue en fin de curso? ¡Sí! Típico día en el que no hay clase, estamos todos en el patio haciendo actividades, pasando de todo... ¡Algunos ni se molestan en venir! Hay exposiciones para los padres... No sé, movidas que se hacen en el instituto; en el nuestro al menos. Íbamos Toni y yo buscando un aula vacía en la que poder enrollarnos, ¿vale? Fuimos al piso de arriba porque nos pareció más seguro, ya que casi todo el mundo estaba fuera en el patio. Entramos creo que en la de latín. ¡Sí, la de latín! Y... [Ríe]. Lo siento, de verdad. Es que abrí la puerta y... [Llora de la risa].
    Sí, sí, me sereno. Ay... Lo digo rápido que si no no puedo: abrí la puerta y pillé a Hadi con la cabeza metida debajo de la falda de Álex ¡chupándole la polla!
    [Entre risas]. Tía, deberías haber visto la cara de la pobre Álex... Una mezcla entre estar a punto de correrse y cagarse de miedo. [Ríe]. Ay...
    Pero no dije nada, eh. Incluso le pedí a Toni que nos fuéramos, sin dejar que se asomara a mirar. Claro, el pobre chico me preguntó que qué pasaba y le dije: «Nada, nada. Vámonos». Se quedó muy desconcertado, pero es que tampoco era plan de dejarlas al descubierto en esa situación, ¿saben? Una cosa es que me ría, porque de verdad que fue buenísimo, y otra cosa que vaya largándolo por ahí... ¡Para que luego digan que no soy una buena amiga!
    Al final Toni y yo nos metimos en el lavabo de chicas; es lo más cómodo.
    El caso es que la Nit del Foc fuimos juntos a ver el castillo. Subí fotos con él a Instagram; los de clase ya se imaginaban que estábamos liados y los pocos que aún no se habían enterado lo hicieron en ese momento. Luego fuimos a La Cremà con algunos de ellos y acabó por confirmarse nuestra relación.
    El de matemáticas me pilló manía. O eso pensé yo la primera vez que me quitó el teléfono en clase. Hacía tiempo que ningún profesor lo hacía; durante todo tercero no había dado motivos para ello. Seguía recibiendo mensajes de Lucas, pero, en cuanto veía que era él, ni me molestaba en leerlos. Al final decidí bloquearlo, claro, era muy cansino. Pero un día, ya en el tercer trimestre y ya consolidada nuestra relación, se me ocurrió enviarle un mensaje a Toni. Sabía que estaba en el aula de enfrente dando inglés y que no iba a contestar al WhatsApp, pero me pareció divertido enviarle alguna cosilla. Ricardo me miró fijamente y me echó la bronca. «¿Te aburres, Ivette?», me soltó bruscamente, y yo le dije que no y que lo sentía. Era la primera vez que me hablaba en ese tono. Me pidió el teléfono, se lo di y no me lo devolvió hasta terminar la clase.
    En esos tres últimos meses de tercero, esto se convirtió en una costumbre. Decía que estaba muy decepcionado conmigo, que en lugar de estudiar me pasaba el día pensando en chicos. Que cuando quería, podía, pero que mi preciosa cabecita, que era como él la llamaba mientras me ponía el pelo detrás de las orejas y me apretaba la barbilla con los dedos, no parecía entenderlo. Me buscaba en el patio para decirme qué había hecho mal en los ejercicios de ese día, yo le preguntaba si no había otro momento para hablar de ello, él miraba a Toni y me decía que un repetidor no era buena influencia para mí. Me empezó a dar mucho asco, pero no se lo comenté a nadie. Decidí volver a copiar en sus exámenes; si empezaba a sacar buenas notas, igual dejaba de darme la vara.