Sé que no está bien, pero Álex y yo hicimos una pequeña apuesta sobre si Ivette seguiría con Toni o habría cambiado, como ya mandaba la tradición, de objeto de deseo. Durante el verano nosotras habíamos hecho oficial nuestra relación, que era lo que habíamos planeado desde un principio: quedamos prácticamente todos los días, nos vimos con algunas compañeras de clase sin escondernos, hicimos el amor. Ivette, sin embargo, se había ido a Francia dejando aquí a su novio, que no se había ido ninguna parte. Claro está que esto no tiene por qué significar nada; pero, conociéndola como la conocíamos, nos esperábamos cualquier cosa.
Entramos en cuarto ilusionados. Nuestro último curso obligatorio; después de éste, casi todos continuaremos haciendo bachiller, pero algunos dejarán el instituto para siempre. Creo que ninguno tiene expectativas de ponerse ya a trabajar, así que supongo que se meterán en algún módulo. Digo yo. Bueno, los padres de Juanjo tienen un bar; pero Juanjo sí que quiere seguir estudiando. No sé.
Los primeros días suelen ser bastante ligeros, igual que los últimos, cuando ya has dado toda la materia y no te queda nada por hacer. Aunque esto por supuesto depende siempre del profesor; algunos, ya desde el primer día, te están explicando la primera declinación latina y otros la primera semana no se molestan ni en abrir el libro. Ninguna de las dos opciones es mejor que la otra, en realidad.
Empezamos el lunes. Álex y yo entramos cogidas de la mano; Ivette llegó junto a Toni, pero sin entrelazar sus dedos. Más bien ella lo cogía del brazo mientras él caminaba, con aire distraído, con las manos en los bolsillos. Le había crecido mucho el pelo y lo llevaba recogido en una trenza de raíz. Una trenza francesa. Poco después de empezar el curso, volvió a cortárselo, así que ustedes no la han visto con el pelo tres dedos por debajo de los hombros. Se despidió de su chico y vino hacia nosotras al grito de: «¡Lo sabía!». No le dije que lo que yo sabía era que nos había pillado el último día de tercero.
Ese día no hubo clase de matemáticas, pero sí al martes siguiente. Durante el recreo, Ivy había estado quejándose de que no le apetecía nada dar matemáticas a última hora; que durante el verano se había acostumbrado a comer pronto y a esa hora iba a estar todo el rato crujiéndole la tripa. Más teniendo en cuenta que, al sentarse enfrente del profesor, no tendría oportunidad de comer a escondidas. «Siéntate en última fila», le dijo Álex. «Como si me fuera a dejar...». «Ya... es verdad... Hay que ponerse en orden alfabético». Ivette balbuceó algo que no oí bien porque mientras lo decía miraba a Toni, que se encontraba en la otra punta de las gradas intercambiando saludos con los chicos de nuestra clase. Al final convenimos en sentarnos cada una donde quisiéramos, rompiendo el orden, a ver qué ocurría. Durante la clase de inglés, les dijimos al resto que hicieran lo mismo. Todos estuvieron de acuerdo. O todos a los que se lo dijimos, claro, porque a Richy no le comentamos nada.
Cuando llegó la hora, Álex y yo nos sentamos juntas en la segunda fila. Dani y Antón hicieron lo propio en la tercera. Ivette se fue al final del todo. Richy se quedó un poco parado, pero se sentó con Juanjo sin protestar. Todos nos sentamos donde quisimos, sacamos lápices y libreta, ya que sabíamos que Ricardo era de los que meten caña desde el primer día, y esperamos. Entonces entró el profesor, echó un rápido vistazo a la clase, permaneció un rato en silencio y al final, mientras se sentaba en su mesa, dijo: «Avisadme cuando estéis sentados en vuestro sitio y empezamos».
Durante un par de minutos, nadie dijo nada. Ricardo ordenaba sus cosas sin prestarnos atención y nosotros nos echábamos miradas sin saber qué hacer. Estaba claro que quería que nos sentáramos por orden alfabético, pero por qué. La tensión acabó haciéndose palpable y alguien se levantó, cruzó la clase, le dijo a otro alguien que se levantara de su sitio y se sentó en su lugar. Volvimos todos al redil.
Cuando hubimos ocupado nuestra silla correspondiente, eché yo un rápido vistazo al aula. Tenía a Richy a mi derecha refunfuñando algo sobre que tendríamos que habernos sentado bien desde un principio. Antón intentaba llamar la atención de Dani, a la otra punta de la clase, moviendo los brazos por encima de su cabeza. Alba charlaba animosamente con Juanjo, riéndose, seguramente, de la situación. Álex colocaba sus cosas de nuevo en su mesa, meticulosamente, bien ordenaditas. Lucas buscaba su chaqueta, que estaba donde se había sentado anteriormente, lugar ocupado ahora por Cristina, que no sabía de quién era la chaqueta que descansaba a su espalda. Sara se recogía el pelo enfrente del profesor, que tenía los ojos puestos en la silla vacía de Ivy.
Miré hacia atrás y no la vi por ningún lado. De hecho, pensé, no la había visto siquiera entrar en clase. Al no verla sentada delante de mí, había dado por supuesto que se había colocado ya por el final, pero en realidad no la había visto ni llegar. La había perdido de vista a la salida de inglés, cuando me había dicho que se iba un momento al baño. «Alex... ¿no se encontraba Ivette hoy contigo? En la hora del recreo». «S-sí, sí que estaba conmigo». Su breve balbuceo hizo gracia a Ricardo. Yo estuve a punto de intervenir, pero él prosiguió sin darme tiempo: «¿Y dónde está ahora?». «No lo sé». «¿No lo sabes?». «N-no...». «Ivette no nos ha dicho nada», alcé la voz al tiempo que mi mano para que no me acusara de no pedir turno de palabra. Ricardo me miró desafiante, abrió y cerró la boca pensando, seguramente, en si reprochar o no mi comportamiento, y acabó diciendo: «Ya veo». Así que empezamos la clase con más de veinte minutos de retraso.
A la salida le pregunté a Álex si sabía algo de Ivy y me dijo que no. Vimos de casualidad a Toni y corrimos a su lado; tampoco sabía dónde estaba, así que nos despedimos de él y nos fuimos. Ya en la calle, nada más girar la esquina, la vimos sentada en el respaldo de uno de los bancos que rodean el instituto, con la mochila a sus pies y el móvil entre las manos. Levantó la cabeza y nos vio acercarnos a ella. «Me iba a ir a casa, pero me he quedado a esperar a Toni. ¿Qué tal la clase de mates? ¿Os habéis sentado donde queríais?». «Qué va; nos ha hecho sentarnos por orden». «Y ha preguntado por ti». Esperaba que me contara por qué se había ido sin necesidad de preguntarle, pero no lo hizo. Actuaba como si saltar la valla sin decirnos nada fuera algo normal, cuando al menos a mí siempre me había dicho lo que iba a hacer. Álex fue más indulgente. «¿Has comido algo?». «Una chocolatina. Mira, ahí está. ¡Toni!». «¿Qué me han dicho, que te has pelado la clase?». Ivette se rió, me miró y contestó a Toni al tiempo que le subía la cremallera de la chaqueta hasta casi arriba del todo y luego la bajaba. «Bueeeno... Es que no me apetecía estar todo el rato viéndole el careto. ¿Hacia dónde vas ahora?». Estuvieron un rato charlando mientras Álex y yo esperábamos sentadas en el banco. Le daba vueltas a por qué, después de tanta historia con lo de intentar sentarnos donde quisiéramos, se había largado sin decirnos adiós. Vino con nosotras y nos fuimos; Toni partió en la otra dirección.
Entramos en cuarto ilusionados. Nuestro último curso obligatorio; después de éste, casi todos continuaremos haciendo bachiller, pero algunos dejarán el instituto para siempre. Creo que ninguno tiene expectativas de ponerse ya a trabajar, así que supongo que se meterán en algún módulo. Digo yo. Bueno, los padres de Juanjo tienen un bar; pero Juanjo sí que quiere seguir estudiando. No sé.
Los primeros días suelen ser bastante ligeros, igual que los últimos, cuando ya has dado toda la materia y no te queda nada por hacer. Aunque esto por supuesto depende siempre del profesor; algunos, ya desde el primer día, te están explicando la primera declinación latina y otros la primera semana no se molestan ni en abrir el libro. Ninguna de las dos opciones es mejor que la otra, en realidad.
Empezamos el lunes. Álex y yo entramos cogidas de la mano; Ivette llegó junto a Toni, pero sin entrelazar sus dedos. Más bien ella lo cogía del brazo mientras él caminaba, con aire distraído, con las manos en los bolsillos. Le había crecido mucho el pelo y lo llevaba recogido en una trenza de raíz. Una trenza francesa. Poco después de empezar el curso, volvió a cortárselo, así que ustedes no la han visto con el pelo tres dedos por debajo de los hombros. Se despidió de su chico y vino hacia nosotras al grito de: «¡Lo sabía!». No le dije que lo que yo sabía era que nos había pillado el último día de tercero.
Ese día no hubo clase de matemáticas, pero sí al martes siguiente. Durante el recreo, Ivy había estado quejándose de que no le apetecía nada dar matemáticas a última hora; que durante el verano se había acostumbrado a comer pronto y a esa hora iba a estar todo el rato crujiéndole la tripa. Más teniendo en cuenta que, al sentarse enfrente del profesor, no tendría oportunidad de comer a escondidas. «Siéntate en última fila», le dijo Álex. «Como si me fuera a dejar...». «Ya... es verdad... Hay que ponerse en orden alfabético». Ivette balbuceó algo que no oí bien porque mientras lo decía miraba a Toni, que se encontraba en la otra punta de las gradas intercambiando saludos con los chicos de nuestra clase. Al final convenimos en sentarnos cada una donde quisiéramos, rompiendo el orden, a ver qué ocurría. Durante la clase de inglés, les dijimos al resto que hicieran lo mismo. Todos estuvieron de acuerdo. O todos a los que se lo dijimos, claro, porque a Richy no le comentamos nada.
Cuando llegó la hora, Álex y yo nos sentamos juntas en la segunda fila. Dani y Antón hicieron lo propio en la tercera. Ivette se fue al final del todo. Richy se quedó un poco parado, pero se sentó con Juanjo sin protestar. Todos nos sentamos donde quisimos, sacamos lápices y libreta, ya que sabíamos que Ricardo era de los que meten caña desde el primer día, y esperamos. Entonces entró el profesor, echó un rápido vistazo a la clase, permaneció un rato en silencio y al final, mientras se sentaba en su mesa, dijo: «Avisadme cuando estéis sentados en vuestro sitio y empezamos».
Durante un par de minutos, nadie dijo nada. Ricardo ordenaba sus cosas sin prestarnos atención y nosotros nos echábamos miradas sin saber qué hacer. Estaba claro que quería que nos sentáramos por orden alfabético, pero por qué. La tensión acabó haciéndose palpable y alguien se levantó, cruzó la clase, le dijo a otro alguien que se levantara de su sitio y se sentó en su lugar. Volvimos todos al redil.
Cuando hubimos ocupado nuestra silla correspondiente, eché yo un rápido vistazo al aula. Tenía a Richy a mi derecha refunfuñando algo sobre que tendríamos que habernos sentado bien desde un principio. Antón intentaba llamar la atención de Dani, a la otra punta de la clase, moviendo los brazos por encima de su cabeza. Alba charlaba animosamente con Juanjo, riéndose, seguramente, de la situación. Álex colocaba sus cosas de nuevo en su mesa, meticulosamente, bien ordenaditas. Lucas buscaba su chaqueta, que estaba donde se había sentado anteriormente, lugar ocupado ahora por Cristina, que no sabía de quién era la chaqueta que descansaba a su espalda. Sara se recogía el pelo enfrente del profesor, que tenía los ojos puestos en la silla vacía de Ivy.
Miré hacia atrás y no la vi por ningún lado. De hecho, pensé, no la había visto siquiera entrar en clase. Al no verla sentada delante de mí, había dado por supuesto que se había colocado ya por el final, pero en realidad no la había visto ni llegar. La había perdido de vista a la salida de inglés, cuando me había dicho que se iba un momento al baño. «Alex... ¿no se encontraba Ivette hoy contigo? En la hora del recreo». «S-sí, sí que estaba conmigo». Su breve balbuceo hizo gracia a Ricardo. Yo estuve a punto de intervenir, pero él prosiguió sin darme tiempo: «¿Y dónde está ahora?». «No lo sé». «¿No lo sabes?». «N-no...». «Ivette no nos ha dicho nada», alcé la voz al tiempo que mi mano para que no me acusara de no pedir turno de palabra. Ricardo me miró desafiante, abrió y cerró la boca pensando, seguramente, en si reprochar o no mi comportamiento, y acabó diciendo: «Ya veo». Así que empezamos la clase con más de veinte minutos de retraso.
A la salida le pregunté a Álex si sabía algo de Ivy y me dijo que no. Vimos de casualidad a Toni y corrimos a su lado; tampoco sabía dónde estaba, así que nos despedimos de él y nos fuimos. Ya en la calle, nada más girar la esquina, la vimos sentada en el respaldo de uno de los bancos que rodean el instituto, con la mochila a sus pies y el móvil entre las manos. Levantó la cabeza y nos vio acercarnos a ella. «Me iba a ir a casa, pero me he quedado a esperar a Toni. ¿Qué tal la clase de mates? ¿Os habéis sentado donde queríais?». «Qué va; nos ha hecho sentarnos por orden». «Y ha preguntado por ti». Esperaba que me contara por qué se había ido sin necesidad de preguntarle, pero no lo hizo. Actuaba como si saltar la valla sin decirnos nada fuera algo normal, cuando al menos a mí siempre me había dicho lo que iba a hacer. Álex fue más indulgente. «¿Has comido algo?». «Una chocolatina. Mira, ahí está. ¡Toni!». «¿Qué me han dicho, que te has pelado la clase?». Ivette se rió, me miró y contestó a Toni al tiempo que le subía la cremallera de la chaqueta hasta casi arriba del todo y luego la bajaba. «Bueeeno... Es que no me apetecía estar todo el rato viéndole el careto. ¿Hacia dónde vas ahora?». Estuvieron un rato charlando mientras Álex y yo esperábamos sentadas en el banco. Le daba vueltas a por qué, después de tanta historia con lo de intentar sentarnos donde quisiéramos, se había largado sin decirnos adiós. Vino con nosotras y nos fuimos; Toni partió en la otra dirección.