jueves, 29 de octubre de 2026

XXII

En realidad tenía pensado contárselo; el primer día, cuando la acompañé a casa... Pero no lo hice... Me rajé, no sé por qué. Creo que me sabía mal que se preocupara mucho por mí.
    Toni suspendió una asignatura y tuvo que ir a la recuperación de septiembre. Había estado estudiando durante el verano, así que estábamos cien por cien seguros de que iba a aprobar. Me preguntó si quería acompañarlo y acepté la invitación; ¿por qué no? [Ríe]. Por qué no...
    Mientras él estaba haciendo el examen, yo aproveché para pasearme por el instituto. Estaba más tranquilo de lo que esperaba, la verdad: no había ni un alma por los pasillos. El año anterior había borrado el dibujo con mi inicial y la de Lucas, pero no había puesto nada con Toni; aproveché la ocasión.
    Estaba tan abstraída con lo bien que escribía mi nuevo permanente que apenas me di cuenta de que se acercaba un profesor; era Ricardo, que subía por las escaleras. Nada más verlo me dio un respingo el corazón; lo último que me apetecía en ese momento era escuchar un sermón sobre por qué no hay que pintarrajear las barandillas del instituto. Guardé rápidamente el permanente y me levanté dispuesta a bajar por las otras escaleras sin mirar atrás; ya intentaría arreglar el estropicio que había dejado por culpa del susto. Pero el profesor me vio y me llamó; no tuve más remedio que girarme y prepararme para la bronca que estaba segura me iba a comer.
    Me pidió que lo acompañara y entramos en el aula en la que dábamos matemáticas cuando íbamos a tercero. Dudé un poco, pero acabé cruzando el umbral. Cerró la puerta para que nadie nos molestara a pesar de que, como ya he dicho, no había ni un alma por los pasillos. Dejó la carpeta con lo que fuera que llevara dentro en la mesa y yo empecé a disculparme, diciéndole que lo sentía, que no volvería a pintar la barandilla, y que si hacía falta podía limpiarlo en ese mismo momento; siempre llevo toallitas encima. Me interrumpió sin que pareciera haber estado escuchándome y me preguntó: «¿Qué haces aquí? Creía que al final lo habías aprobado todo» mientras me acomodaba el pelo detrás de las orejas. Le dije: «He venido a acompañar a mi novio» mientras volvía a taparme la oreja izquierda; me tenía hartita ya con el gesto. Dijo algo que no llegué a entender y [permanece un rato en silencio].
    Joder... Perdón, es que aún estoy flipando. Si hubiera caído en ese momento, habría salido corriendo de allí, en serio; pero no fue el caso.
    Pasó todo muy rápido. «¿Sabes...?», me soltó de repente, «aún conservo las fotos que me mandaste». «¿Qué fotos?», le pregunté, porque no tenía ni idea de qué fotos me estaba hablando. «Y el vídeo», siguió diciendo, sin hacer caso a lo que yo le había preguntado. Me empecé a sentir incómoda y me dirigí hacia la puerta mientras le decía que tenía que irme; pero, antes de llegar, él alargó la mano y tiró de la parte de atrás del cuello de mi camiseta. «¿Adónde vas? ¿Ya no te gusto?», me dijo, mientras me acorralaba contra la pared; pero yo seguía sin saber de qué estaba hablando.
    Sí, claro, ¡ahora lo pillo! Pero en ese momento estaba demasiado nerviosa como para sacar deducciones a lo Profesor Layton. De verdad que si hubiera sabido que era él yo me habría ido cagando leches, pero estaba muy confusa; hacía tiempo que había bloqueado a Lucas de todas partes, ya ni me acordaba apenas del chaval, ¡como para que me viniera a la mente en ese momento! [Cubre su rostro con las manos]. Pfff... Qué asco...
    Ya, pero me siento estúpida.
    En seguida empezó a manosearme por dentro de la ropa mientras intentaba besarme. Me sobó una teta por encima del sujetador; yo le aparté la mano mientras trataba de dirigir la mirada lejos de su cara. Luego cambió de táctica y la misma mano me la metió por el pantalón, que era un poco elástico; con la otra intentó desabrocharme el sujetador, pero la mayoría de los chicos no saben hacerlo con dos manos, imagínense con una... [Acepta otro pañuelo de papel]. Gracias. [Se limpia las lágrimas]. Le pedí por favor que me dejara en paz, pero no lo hizo. [Se suena los mocos y hace ruido]. [Entre risas]. En serio: no sé sonarme sin hacer ruido, lo siento.
    No, no, no pasa nada; puedo seguir.
    A lo mejor es raro, pero lo que más asco me daba en ese momento era imaginar su lengua dentro de mi boca. Su mano cogiéndome el coño e intentando con los dedos abrirse paso por un lateral de mis bragas me molestaba, claro; quería que la quitara de ahí. Pero pensar que su saliva recalentada iba a entrar en contacto con la mía; o que su lengua iba a estar chocando con mi paladar, con mis dientes o incluso con mi campanilla... me daba muchas ganas de vomitar, en serio.
    Apreté mucho la mandíbula y me retorcí como pude para que no me tocara con sus labios. No sé por qué no grité, la verdad; aunque no hubiera mucha gente en el instituto, alguien me habría oído. Alguien habría salido del aula de enfrente y habría intentado rastrear de dónde provenían los gritos. No es que pensara que al abrir la boca para ponerme a chillar hubiera facilitado la penetración por parte de su lengua ni nada; simplemente no pedí auxilio.
    En un momento dado, le puse las manos en la barbilla y conseguí tirar su cabeza hacia arriba; supongo que bajó un poco la guardia al intentar sacarse la polla con una de sus manos. Lo separé un poco de mí y logré escabullirme por debajo de su brazo. El forcejeo no duró mucho, pero sacar su mano de mi pantalón me costó un poco; ya digo que mi vaquero era un poco elástico, pero tampoco tanto. Además me tenía muy bien agarrada. Finalmente alcancé la puerta, salí del aula y corrí escaleras abajo. No dejé de correr hasta entrar en el baño.
    Me había imaginado ya qué haría si me encontrara en una situación semejante. Si un hombre me cogiera en mitad de la calle e intentara violarme. Si consiguiera violarme, si viniera alguien a ayudarme, si yo lograra escapar. Si fueran más de uno, si fuera un amigo, los amigos de mi novio, mi propio novio. No me esperaba para nada la reacción que tuve.
    Cuando salí del baño, con la ropa bien puesta, bien peinada y sin haber llorado, lo primero que hice fue mirar la hora en mi teléfono móvil. Lo que a mí me había parecido una eternidad, en realidad habían sido unos quince minutos, no llegaba; Toni ni siquiera había salido de su examen. Me senté en uno de los bancos de piedra que hay en el patio, los que se encuentran a cubierto, y decidí esperarlo; pero estaba muy nerviosa y en seguida me levanté dispuesta a irme. Justo entonces llegó Toni con cara de satisfacción, de haber aprobado merecidamente un examen, y estiró un brazo para tocarme con las yemas de los dedos mientras me preguntaba: «Ey, ¿todo bien?». Creo que notó que algo no iba todo bien. Yo lo aparté de un manotazo y le dije que tenía que irme. Me fui a casa sin mirar atrás, dejando al pobre Toni sin saber cómo reaccionar.
    Por la noche me mandó un WhatsApp preguntándome si me encontraba bien; me puse a llorar, pero como estaba ya en la cama porque era hora de dormir nadie lo vio. Le dije que me había topado con Ricardo y me había dado la chapa, como siempre; que era un puto cansino de mierda. Me dijo que si se lo hubiera dicho, habría ido a buscarlo para darle de ostias. [Ríe mientras se enjuaga las lágrimas con la camiseta]. Yo le dije que no se preocupara y le pedí que me perdonara por haberme ido de esa forma; que me había puesto muy nerviosa y que necesitaba estar a solas. Pasamos a hablar de lo bien que le había ido en el examen y decidí secretamente no volver a ir a clase de matemáticas.
 

jueves, 15 de octubre de 2026

XXI

Las desapariciones de Ivette en la hora de matemáticas se convirtieron en algo habitual. Por no decir que los escasos días en los que entraba en el aula era sólo porque había visto a algún profesor cerca del trocito de valla por el que se puede saltar sin ser vista; bien rondando por ahí, bien hablando distraído por el móvil. Ricardo no decía nada. Como mucho algún comentario satírico del tipo: «Me alegra ver que hoy estás bien para venir a clase, Ivette», pero no hablaba con nuestra tutora ni llamaba a sus padres. La verdad es que me tenía muy mosqueada. Bueno, tenía mosqueada a toda la clase. Y con razón: no creo que ninguno más fuera a tener esa libertad para saltarse su asignatura sin llevarse al menos una llamadita a casa. Imaginaba que tenía que haber algún motivo, pero no cuán grande era su envergadura.
    Estaba rara. Ivette estaba rara. Lo más llamativo fue su drástico cambio de vestuario. En seguida empezó a llevar sudaderas anchísimas que de tan largas que eran le llegaban hasta el nacimiento del muslo o incluso unos centímetros por debajo. Me recordaba a Álex cuando intentaba que no se le marcara el bulto en la entrepierna. Al principio pensamos que estaba siguiendo una nueva moda; pero, sinceramente, no le pegaba nada. Creo que lo hacía para que Ricardo no pudiera mirarle el culo.
    Mes y medio después o así, Álex y yo la instamos para que nos diera alguna explicación que no fuera la típica de no querer verle el careto al profesor. «Nosotras tampoco y vamos a su clase», le dijo Álex, medio indignada, en una ocasión. Yo lo intenté por otros medios; le envié un mensaje esa noche, por si al no ser cara a cara se atrevía a hablar. Pero Ivy no soltaba prenda.
    Tampoco fuimos las únicas. Algunos incluso llegaron a preguntarle a Ricardo, en medio de alguna clase y en más de una ocasión, por qué Ivette no venía. «No es asunto tuyo» solía ser la respuesta ganadora; tanto, que al final siempre había alguien que contestaba a la vez por lo bajini, cosa que provocaba risas entre los alumnos, cosa que hacía que Ricardo se enfadara y nos mandara más deberes. Otros prefirieron preguntarle a Toni. Pero Toni no sabía ni que se estaba saltando todas las clases de matemáticas. Sabía que a Ivette no le gustaba Ricardo y lo comprendía porque a él tampoco le daba buena espina, pero al estar dos cursos por debajo se perdía muchas cosas.
    Un día, un par de semanas antes de que terminara el trimestre y un par de días antes del... incidente, vi a Ivette salir del baño muy demacrada. Estábamos en la hora del recreo; yo había salido de clase de latín y ella, de economía. Fui a llamarla, pero me fijé en que iba corriendo a buscar a Toni, que había salido un poco más tarde por culpa de un examen y bajaba ahora por las escaleras. Se abrazaron y le mejoró mucho el color.
    Le pregunté a Toni, claro; esa misma tarde, por WhatsApp. Me dijo que Ricardo había hablado con ella: iba a suspenderla si no volvía a clase. Toni le preguntó por qué no quería ir a clase de matemáticas, pero Ivy seguía siendo una tumba incluso para él.
    Yo lo entiendo. Y si hubieran visto cómo le mejoró el aspecto en esos breves segundos que estuvo rodeando a su novio, en cuyos brazos, seguramente, se sintiera más a salvo que en cualquier otra parte del mundo, ustedes también lo entenderían. Porque a veces basta con eso; a veces sólo necesitas sentirte segura, sola o acompañada de otra persona, aunque la persona elegida no sepa de su función de cota de malla. De ahí el buscar a Toni pero no decirle nada. Supongo que, si se lo hubiera contado, si él hubiera sabido en ese momento, habría ido directo al profesor de matemáticas y lo habría matado. La historia habría tenido un final ligeramente distinto.
    Pero Ivy en ese momento necesitaba un escudo, no una espada.
 

jueves, 1 de octubre de 2026

XX

Y ¡vuelta al primer curso! ¿La palabra déja vu queda bien en  este caso?
    No sé por qué, pero le dio por volver a marearme; como cuando entramos por primera vez en el instituto, que decía que yo le gustaba pero no paraba de meterse conmigo. Era como si hubiéramos retrocedido en el tiempo, sólo que esta vez nadie más se unía a él. ¡Menos mal!
    Empezó el primer día de cuarto. No sé si fueron celos o simplemente lo hizo por rabia, pero me mandó un mensaje al Facebook. Yo no suelo meterme mucho en las redes sociales, así que tardé en leerlo. Bueno... sólo lo leí porque al cabo de unos días, después de haberme estado echando miraditas raras durante toda la semana, me preguntó si tenía o no pensado leer su mensaje. Fue un poco brusco, la verdad, pero le pregunté de qué mensaje me estaba hablando; me contestó aún más bruscamente, como si yo tuviera que ser adivina, y le dije que lo miraría esa tarde.
    Esa tarde se me olvidó mirarlo, pero como era viernes no pasaba nada. Al día siguiente, también por la tarde, después de comer, creo, encendí el ordenador y me metí en Facebook para leer el dichoso mensajito.
    Pues lo eliminé poco después porque no me gusta tener las bandejas llenas de mensajes, sobre todo si la conversación no sigue adelante, como era el caso porque no tenía pensado contestar. Confieso que a veces elimino los chats del WhatsApp pensando que la otra persona no va a querer seguir hablando y resulta que luego sí que me responde, pero bueno. En este caso fue porque yo pasaba de contestar, y tener ahí un mensaje muerto no me gusta porque me da miedo abrir inconscientemente el chat y enviarle algo sin querer. Además, no entendía a qué venía; estaba muy fuera de lugar.
    Me pareció un gilipollas, con perdón.
    Me decía que había oído lo de nuestra relación durante el verano, pero que no se lo había acabado de creer. También que ahora que sabía que era cierto, ya no tenía nada que hacer. O algo así. La verdad es que no entendí muy bien esta parte; ¿se suponía que seguía teniendo en mente conquistarme? ¿No le había dejado claro que no quería nada con él?
    No sé... También me dijo que no le gustaba cómo me quedaban los pantalones; que me lo pensara mejor la próxima vez que me ponía unos porque me quedaban raros.
 

jueves, 17 de septiembre de 2026

XIX

Me asusté... Me asusté muchísimo... Verlo abalanzarse sobre ella, sin prestar atención a su protesta, ¡su clara negativa, joder! ¡Es que le dijo claramente que se fuera!, ¡que la dejara en paz, joder!, que la dejara en paz...
    Sé que yo ese día no le dije nada a nadie; ni al día siguiente, ni al otro, ni al otro. Sé que me cerré en banda y tardé un montón en contarlo. Bueno... [entre risas] lo conté porque no había más remedio, en realidad. Joder... [Cubre su rostro con las manos y permanece unos segundos en silencio]. Supongo que porque ya no podía más; me estaba... como ahogando, por culpa de mantener el secreto. ¿Saben a lo que me refiero? Una sensación muy rara.
    Sí... Como una especie de nudo o... algo que impide... el paso del aire a los pulmones. No lo sé. No lo sé, no lo sé.
    Lo que intento decir es que, aunque en aquel momento yo decidí callarme, en realidad habría agradecido cualquier tipo de ayuda. Si alguien hubiera entrado por la puerta y me lo hubiera quitado de encima, aún estaría buscando la forma de darle las gracias. Porque habría significado un favor enorme, ¿saben?, un favor que no sé si podría haber logrado compensar.
    No, no, en serio... ¡No estoy exagerando! Ne me regardes pas comme ça ; tu me fais sentir stupide ! [Ríe mirando a su hermana mayor].
    No, en serio: me habría evitado este miedo que me ha acompañado durante estos tres meses; esta sensación de que, vaya donde vaya, haga lo que haga, iba a volver a encontrármelo. Incluso ir a Consum me asustaba... Ya ves tú, comprar tomates lo terrorífico que es... Por eso me lancé directa a por él; no quería que le pasara lo mismo que a mí.
    No pretendía matarlo, pero tampoco puedo decir que me arrepienta: era él o ella.
 

jueves, 3 de septiembre de 2026

XVIII

Me sentía... Me sentía traicionada. Sí. Pero no quería estallar sin darle siquiera una oportunidad de explicarse; qué sé yo... igual se me escapaba algo. Decidí esperar y ver qué tenía que decirme, si es que tenía algo que decirme.
    Dejamos primero a Álex. Ivette insistió; su casa se encontraba más cerca, pero dijo que como había comido un poco ya no tenía tanta prisa. «Luego hablamos», le susurré a Álex al oído mientras nos abrazábamos para despedirnos. Le di un beso y me fui con Ivy.
    Una vez nos quedamos las dos a solas, me cogió fuertemente del brazo y empezó a titubear. «Tía... sabes que a Toni le cayó una y tuvo que ir a septiembre, ¿no?». Asentí: por muy cierto que sea que Toni se ha estado esforzando en aprobar, es innegable que siempre ha sido un pasota. Se ha habituado a ser un pasota. Cuesta mucho cambiar el chip de tu cerebro; lo quiera o no, esta condición asoma de vez en cuando la patita y le hace no concentrarse lo suficiente, con la consecuencia lógica de suspender algún examen o dos. «Lo acompañé, ¿sabes? Nunca había ido y... no sé, me hacía ilusión». Sonreía mucho y muy bien, se notaba que estaba contenta con su novio; pero también la noté un poco triste al decir esto. «Y mientras esperaba a que hiciera el examen, me crucé con Ricardo, el profesor. ¿Te acuerdas del año pasado, cuando estaba tan pendiente de mí? Por que aprobara la asignatura y todo eso». Empecé a entender por qué estaba triste, y además me imaginaba por dónde iban a ir los tiros; pensar en Ivette a solas con el profesor de matemáticas, aunque sólo fuera en medio del pasillo, lugar al que cualquiera puede acceder en cualquier momento, me daba escalofríos. Por supuesto, tenía la esperanza de que la bala se desviara en el último momento; nadie quiere imaginarse lo peor. «Ssíí...». «Ya... Pfff... Es que... tía, no me apetece que sea así. ¡Me da rabia! Prefiero no ir a su clase y que me suspenda». Supongo que no estaba preparada.
    Cuando llegamos a mi portal, la abracé muy fuerte. Le hizo gracia. Intentaba consolarla de alguna forma más bien torpe, ya que no sabía con exactitud sobre qué tenía que consolarla. Sabía que tenía que ver con Ricardo y, probablemente, con el día en que Toni hizo su examen de recuperación; pero no conocía más detalles. ¿Qué le había dicho? ¿Qué le había hecho? ¿Qué le había insinuado? ¿Tenía que ver con ese «Toni x Ivo» mal terminado que había en una de las barandillas del piso de arriba?
    Estuvimos así un par de minutos, cabeza con cabeza; yo rodeándola a ella por la espalda y ella rodeándome a mí por la cintura; su cuello olía ligeramente a frambuesa, como siempre; hasta que ella empezó a despegarse poco a poco de mí, me dio un beso en la mejilla y me sonrió tiernamente. Era su forma de darme las gracias. Su forma de decirme que sabía de sobra que podía confiar en mí, a pesar de no haberse atrevido a hablar en ese momento. Su forma de decirme que se alegraba de tenerme como amiga.
 

jueves, 20 de agosto de 2026

XVII

Tampoco pretendía tirarlo al suelo, ¿saben? ¡Sólo apartarlo de ella! Pero tropezó... Tropezó con la mochila... [Cubre su rostro con la mano]. Madre mía.
    Gracias. [Se suena los mocos y hace ruido]. [Entre risas]. Perdón.
 

jueves, 6 de agosto de 2026

XVI

Sé que no está bien, pero Álex y yo hicimos una pequeña apuesta sobre si Ivette seguiría con Toni o habría cambiado, como ya mandaba la tradición, de objeto de deseo. Durante el verano nosotras habíamos hecho oficial nuestra relación, que era lo que habíamos planeado desde un principio: quedamos prácticamente todos los días, nos vimos con algunas compañeras de clase sin escondernos, hicimos el amor. Ivette, sin embargo, se había ido a Francia dejando aquí a su novio, que no se había ido ninguna parte. Claro está que esto no tiene por qué significar nada; pero, conociéndola como la conocíamos, nos esperábamos cualquier cosa.
    Entramos en cuarto ilusionados. Nuestro último curso obligatorio; después de éste, casi todos continuaremos haciendo bachiller, pero algunos dejarán el instituto para siempre. Creo que ninguno tiene expectativas de ponerse ya a trabajar, así que supongo que se meterán en algún módulo. Digo yo. Bueno, los padres de Juanjo tienen un bar; pero Juanjo sí que quiere seguir estudiando. No sé.
    Los primeros días suelen ser bastante ligeros, igual que los últimos, cuando ya has dado toda la materia y no te queda nada por hacer. Aunque esto por supuesto depende siempre del profesor; algunos, ya desde el primer día, te están explicando la primera declinación latina y otros la primera semana no se molestan ni en abrir el libro. Ninguna de las dos opciones es mejor que la otra, en realidad.
    Empezamos el lunes. Álex y yo entramos cogidas de la mano; Ivette llegó junto a Toni, pero sin entrelazar sus dedos. Más bien ella lo cogía del brazo mientras él caminaba, con aire distraído, con las manos en los bolsillos. Le había crecido mucho el pelo y lo llevaba recogido en una trenza de raíz. Una trenza francesa. Poco después de empezar el curso, volvió a cortárselo, así que ustedes no la han visto con el pelo tres dedos por debajo de los hombros. Se despidió de su chico y vino hacia nosotras al grito de: «¡Lo sabía!». No le dije que lo que yo sabía era que nos había pillado el último día de tercero.
    Ese día no hubo clase de matemáticas, pero sí al martes siguiente. Durante el recreo, Ivy había estado quejándose de que no le apetecía nada dar matemáticas a última hora; que durante el verano se había acostumbrado a comer pronto y a esa hora iba a estar todo el rato crujiéndole la tripa. Más teniendo en cuenta que, al sentarse enfrente del profesor, no tendría oportunidad de comer a escondidas. «Siéntate en última fila», le dijo Álex. «Como si me fuera a dejar...». «Ya... es verdad... Hay que ponerse en orden alfabético». Ivette balbuceó algo que no oí bien porque mientras lo decía miraba a Toni, que se encontraba en la otra punta de las gradas intercambiando saludos con los chicos de nuestra clase. Al final convenimos en sentarnos cada una donde quisiéramos, rompiendo el orden, a ver qué ocurría. Durante la clase de inglés, les dijimos al resto que hicieran lo mismo. Todos estuvieron de acuerdo. O todos a los que se lo dijimos, claro, porque a Richy no le comentamos nada.
    Cuando llegó la hora, Álex y yo nos sentamos juntas en la segunda fila. Dani y Antón hicieron lo propio en la tercera. Ivette se fue al final del todo. Richy se quedó un poco parado, pero se sentó con Juanjo sin protestar. Todos nos sentamos donde quisimos, sacamos lápices y libreta, ya que sabíamos que Ricardo era de los que meten caña desde el primer día, y esperamos. Entonces entró el profesor, echó un rápido vistazo a la clase, permaneció un rato en silencio y al final, mientras se sentaba en su mesa, dijo: «Avisadme cuando estéis sentados en vuestro sitio y empezamos».
    Durante un par de minutos, nadie dijo nada. Ricardo ordenaba sus cosas sin prestarnos atención y nosotros nos echábamos miradas sin saber qué hacer. Estaba claro que quería que nos sentáramos por orden alfabético, pero por qué. La tensión acabó haciéndose palpable y alguien se levantó, cruzó la clase, le dijo a otro alguien que se levantara de su sitio y se sentó en su lugar. Volvimos todos al redil.
    Cuando hubimos ocupado nuestra silla correspondiente, eché yo un rápido vistazo al aula. Tenía a Richy a mi derecha refunfuñando algo sobre que tendríamos que habernos sentado bien desde un principio. Antón intentaba llamar la atención de Dani, a la otra punta de la clase, moviendo los brazos por encima de su cabeza. Alba charlaba animosamente con Juanjo, riéndose, seguramente, de la situación. Álex colocaba sus cosas de nuevo en su mesa, meticulosamente, bien ordenaditas. Lucas buscaba su chaqueta, que estaba donde se había sentado anteriormente, lugar ocupado ahora por Cristina, que no sabía de quién era la chaqueta que descansaba a su espalda. Sara se recogía el pelo enfrente del profesor, que tenía los ojos puestos en la silla vacía de Ivy.
    Miré hacia atrás y no la vi por ningún lado. De hecho, pensé, no la había visto siquiera entrar en clase. Al no verla sentada delante de mí, había dado por supuesto que se había colocado ya por el final, pero en realidad no la había visto ni llegar. La había perdido de vista a la salida de inglés, cuando me había dicho que se iba un momento al baño. «Alex... ¿no se encontraba Ivette hoy contigo? En la hora del recreo». «S-sí, sí que estaba conmigo». Su breve balbuceo hizo gracia a Ricardo. Yo estuve a punto de intervenir, pero él prosiguió sin darme tiempo: «¿Y dónde está ahora?». «No lo sé». «¿No lo sabes?». «N-no...». «Ivette no nos ha dicho nada», alcé la voz al tiempo que mi mano para que no me acusara de no pedir turno de palabra. Ricardo me miró desafiante, abrió y cerró la boca pensando, seguramente, en si reprochar o no mi comportamiento, y acabó diciendo: «Ya veo». Así que empezamos la clase con más de veinte minutos de retraso.
    A la salida le pregunté a Álex si sabía algo de Ivy y me dijo que no. Vimos de casualidad a Toni y corrimos a su lado; tampoco sabía dónde estaba, así que nos despedimos de él y nos fuimos. Ya en la calle, nada más girar la esquina, la vimos sentada en el respaldo de uno de los bancos que rodean el instituto, con la mochila a sus pies y el móvil entre las manos. Levantó la cabeza y nos vio acercarnos a ella. «Me iba a ir a casa, pero me he quedado a esperar a Toni. ¿Qué tal la clase de mates? ¿Os habéis sentado donde queríais?». «Qué va; nos ha hecho sentarnos por orden». «Y ha preguntado por ti». Esperaba que me contara por qué se había ido sin necesidad de preguntarle, pero no lo hizo. Actuaba como si saltar la valla sin decirnos nada fuera algo normal, cuando al menos a mí siempre me había dicho lo que iba a hacer. Álex fue más indulgente. «¿Has comido algo?». «Una chocolatina. Mira, ahí está. ¡Toni!». «¿Qué me han dicho, que te has pelado la clase?». Ivette se rió, me miró y contestó a Toni al tiempo que le subía la cremallera de la chaqueta hasta casi arriba del todo y luego la bajaba. «Bueeeno... Es que no me apetecía estar todo el rato viéndole el careto. ¿Hacia dónde vas ahora?». Estuvieron un rato charlando mientras Álex y yo esperábamos sentadas en el banco. Le daba vueltas a por qué, después de tanta historia con lo de intentar sentarnos donde quisiéramos, se había largado sin decirnos adiós. Vino con nosotras y nos fuimos; Toni partió en la otra dirección.
 

lunes, 3 de agosto de 2026

'anudar y desanudar, desnudarse y desnudar'

'para hacerlo como se debe'

'tres cosas necesitarás'

'fuego en las manos'

'ternura en los ojos'

'y a mí presente en el lugar'

'técnicamente eso sería un trío'

'pero si sólo miro'

'no contará'