Las desapariciones de Ivette en la hora de matemáticas se convirtieron en algo habitual. Por no decir que los escasos días en los que entraba en el aula era sólo porque había visto a algún profesor cerca del trocito de valla por el que se puede saltar sin ser vista; bien rondando por ahí, bien hablando distraído por el móvil. Ricardo no decía nada. Como mucho algún comentario satírico del tipo: «Me alegra ver que hoy estás bien para venir a clase, Ivette», pero no hablaba con nuestra tutora ni llamaba a sus padres. La verdad es que me tenía muy mosqueada. Bueno, tenía mosqueada a toda la clase. Y con razón: no creo que ninguno más fuera a tener esa libertad para saltarse su asignatura sin llevarse al menos una llamadita a casa. Imaginaba que tenía que haber algún motivo, pero no cuán grande era su envergadura.
Estaba rara. Ivette estaba rara. Lo más llamativo fue su drástico cambio de vestuario. En seguida empezó a llevar sudaderas anchísimas que de tan largas que eran le llegaban hasta el nacimiento del muslo o incluso unos centímetros por debajo. Me recordaba a Álex cuando intentaba que no se le marcara el bulto en la entrepierna. Al principio pensamos que estaba siguiendo una nueva moda; pero, sinceramente, no le pegaba nada. Creo que lo hacía para que Ricardo no pudiera mirarle el culo.
Mes y medio después o así, Álex y yo la instamos para que nos diera alguna explicación que no fuera la típica de no querer verle el careto al profesor. «Nosotras tampoco y vamos a su clase», le dijo Álex, medio indignada, en una ocasión. Yo lo intenté por otros medios; le envié un mensaje esa noche, por si al no ser cara a cara se atrevía a hablar. Pero Ivy no soltaba prenda.
Tampoco fuimos las únicas. Algunos incluso llegaron a preguntarle a Ricardo, en medio de alguna clase y en más de una ocasión, por qué Ivette no venía. «No es asunto tuyo» solía ser la respuesta ganadora; tanto, que al final siempre había alguien que contestaba a la vez por lo bajini, cosa que provocaba risas entre los alumnos, cosa que hacía que Ricardo se enfadara y nos mandara más deberes. Otros prefirieron preguntarle a Toni. Pero Toni no sabía ni que se estaba saltando todas las clases de matemáticas. Sabía que a Ivette no le gustaba Ricardo y lo comprendía porque a él tampoco le daba buena espina, pero al estar dos cursos por debajo se perdía muchas cosas.
Un día, un par de semanas antes de que terminara el trimestre y un par de días antes del... incidente, vi a Ivette salir del baño muy demacrada. Estábamos en la hora del recreo; yo había salido de clase de latín y ella, de economía. Fui a llamarla, pero me fijé en que iba corriendo a buscar a Toni, que había salido un poco más tarde por culpa de un examen y bajaba ahora por las escaleras. Se abrazaron y le mejoró mucho el color.
Le pregunté a Toni, claro; esa misma tarde, por WhatsApp. Me dijo que Ricardo había hablado con ella: iba a suspenderla si no volvía a clase. Toni le preguntó por qué no quería ir a clase de matemáticas, pero Ivy seguía siendo una tumba incluso para él.
Yo lo entiendo. Y si hubieran visto cómo le mejoró el aspecto en esos breves segundos que estuvo rodeando a su novio, en cuyos brazos, seguramente, se sintiera más a salvo que en cualquier otra parte del mundo, ustedes también lo entenderían. Porque a veces basta con eso; a veces sólo necesitas sentirte segura, sola o acompañada de otra persona, aunque la persona elegida no sepa de su función de cota de malla. De ahí el buscar a Toni pero no decirle nada. Supongo que, si se lo hubiera contado, si él hubiera sabido en ese momento, habría ido directo al profesor de matemáticas y lo habría matado. La historia habría tenido un final ligeramente distinto.
Pero Ivy en ese momento necesitaba un escudo, no una espada.
Estaba rara. Ivette estaba rara. Lo más llamativo fue su drástico cambio de vestuario. En seguida empezó a llevar sudaderas anchísimas que de tan largas que eran le llegaban hasta el nacimiento del muslo o incluso unos centímetros por debajo. Me recordaba a Álex cuando intentaba que no se le marcara el bulto en la entrepierna. Al principio pensamos que estaba siguiendo una nueva moda; pero, sinceramente, no le pegaba nada. Creo que lo hacía para que Ricardo no pudiera mirarle el culo.
Mes y medio después o así, Álex y yo la instamos para que nos diera alguna explicación que no fuera la típica de no querer verle el careto al profesor. «Nosotras tampoco y vamos a su clase», le dijo Álex, medio indignada, en una ocasión. Yo lo intenté por otros medios; le envié un mensaje esa noche, por si al no ser cara a cara se atrevía a hablar. Pero Ivy no soltaba prenda.
Tampoco fuimos las únicas. Algunos incluso llegaron a preguntarle a Ricardo, en medio de alguna clase y en más de una ocasión, por qué Ivette no venía. «No es asunto tuyo» solía ser la respuesta ganadora; tanto, que al final siempre había alguien que contestaba a la vez por lo bajini, cosa que provocaba risas entre los alumnos, cosa que hacía que Ricardo se enfadara y nos mandara más deberes. Otros prefirieron preguntarle a Toni. Pero Toni no sabía ni que se estaba saltando todas las clases de matemáticas. Sabía que a Ivette no le gustaba Ricardo y lo comprendía porque a él tampoco le daba buena espina, pero al estar dos cursos por debajo se perdía muchas cosas.
Un día, un par de semanas antes de que terminara el trimestre y un par de días antes del... incidente, vi a Ivette salir del baño muy demacrada. Estábamos en la hora del recreo; yo había salido de clase de latín y ella, de economía. Fui a llamarla, pero me fijé en que iba corriendo a buscar a Toni, que había salido un poco más tarde por culpa de un examen y bajaba ahora por las escaleras. Se abrazaron y le mejoró mucho el color.
Le pregunté a Toni, claro; esa misma tarde, por WhatsApp. Me dijo que Ricardo había hablado con ella: iba a suspenderla si no volvía a clase. Toni le preguntó por qué no quería ir a clase de matemáticas, pero Ivy seguía siendo una tumba incluso para él.
Yo lo entiendo. Y si hubieran visto cómo le mejoró el aspecto en esos breves segundos que estuvo rodeando a su novio, en cuyos brazos, seguramente, se sintiera más a salvo que en cualquier otra parte del mundo, ustedes también lo entenderían. Porque a veces basta con eso; a veces sólo necesitas sentirte segura, sola o acompañada de otra persona, aunque la persona elegida no sepa de su función de cota de malla. De ahí el buscar a Toni pero no decirle nada. Supongo que, si se lo hubiera contado, si él hubiera sabido en ese momento, habría ido directo al profesor de matemáticas y lo habría matado. La historia habría tenido un final ligeramente distinto.
Pero Ivy en ese momento necesitaba un escudo, no una espada.
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)