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martes, 13 de mayo de 2025

poema para los 31

hoy hace 789 días
que todo empezó a cobrar sentido

que dejaste de dormir sola
que empezaste a creer en el amor
que personalizaste un tono de WhatsApp

y aun así a veces piensas

con el avance de la ciencia
cada vez es más difícil
seguir los pasos de alejandra

no tienes un coche
ni un abrigo de piel 
heredado de tu madre

ya has cumplido más que sylvia
y además los hornos de ahora 
son todos eléctricos

de nada sirve meter la cabeza

de nada sirve llenarse los bolsillos
de piedras

lo que te falta –y empiezas a dudar
de que de verdad te falte–
no lo encontrarás en el fondo de un lago

no lo encontrarás –y empiezas a dudar
de que lo quieras encontrar–
al otro lado del abismo

y aun así a veces piensas

como te dijo Pierce Brosnan* en ese sueño:
ya tienes 30 años,
¿cuándo vas a tener hijos?
 

domingo, 14 de julio de 2024

FF0000

Un día, después de que el chico con el que hasta hacía poco me acostaba me dijera que lo mejor que podía hacer era buscar apoyo en la medicina, me atreví por fin a ponerme en contacto con un psiquiatra.
        Aproveché que habían disminuido momentáneamente las medidas de seguridad para pedir cita, ya que por culpa de la pandemia la mayoría sólo pasaba consulta a través de Internet y yo no iba a abrirme una cuenta en Skype para hablar desde el ordenador de la salita donde cualquier miembro de mi familia pudiera escucharme.
        Por la imagen que aparecía en la página web, me pareció demasiado mayor, muy alejado de mi generación y, por tanto, menos dispuesto a comprender. Pero su profesión precisamente lo obligaba a ello y, como no somos nosotros los que juzgamos, decidí deshacerme de mis prejuicios y darle una oportunidad. Como cuando quedas con alguien de Tinder en la vida real: no sólo no se parecía al hombre de la fotografía, sino que además era bastante más mayor.
        La cita, si mal no recuerdo, estaba programada a las ocho y media de la tarde. Yo llegué puntual, como siempre que intento llegar antes de la hora porque me da miedo llegar tarde. Me abrió una enfermera vestida de enfermera (esto es: pijama blanco de hospital) y me dejó en la entrada. Después pasé a un despacho bastante lúgubre y vacío donde me senté a esperar. Entonces la misma enfermera que ya me había dejado sola dos veces se sentó a la mesa y me hizo unas cuantas preguntas de rigor, imagino que para pasarle la chuleta al doctor y que éste no me recibiera en su consulta sin saber nada de mí. Luego salimos del despacho y me llevó a una pequeñísima sala de espera donde volvió a dejarme sola por tercera vez.
        La enfermera me dijo qué doctor me atendería, me dio su nombre y apellido, pero al parecer los dos psiquiatras que allí trabajaban eran padre e hijo, así que me quedé igual. Me pidió además que tuviera paciencia, que esperara a que me llamaran para pasar a la consulta, y que si quería podía cambiar de canal, ya que no iba a entrar nadie más en la salita. Le di las gracias y me senté en el extremo izquierdo del sofá, de cara a la televisión. Casi todos los muebles eran de color marrón, y no sólo los de la sala de espera, sino los de toda la casa. El piso era grande y con muchas habitaciones, mínimo seis, aunque dos de ellas fueran muy pequeñas. Desde donde yo estaba, podía escuchar cómo hablaba una pareja en la otra sala de espera, cómo conversaban con la enfermera como si fueran ya clientes habituales, cómo reían, cómo pasaba el tiempo y seguían sin marcharse a casa. Yo me puse a mirar la televisión, intentando calmar los nervios que me acechaban, y decidí no cambiar de canal por temor a que los demás lo supieran y empezaran a criticarme por poner alguna serie o película poco convencional. Así que estuve viendo Ahora caigo y supongo que después Pasapalabra, ya no me acuerdo, porque era el canal que estaba puesto. También bajé el volumen para molestar lo menos posible.
        Cuando ya hacía rato que se habían hecho las nueve y media de la noche y mi parálisis luchaba contra mis ganas de salir de allí y volver a casa sin despedirme, la misma enfermera que había estado paseándome de aquí para allá vino a llamarme. Atravesamos un largo y triste pasillo y me metió en la habitación del fondo, una de las más grandes, donde se encontraba el que sería mi psiquiatra sentado a su mesa. Ahí fue cuando me enteré de que, a pesar de mis dudas acerca de la edad del doctor cuyo rostro salía en la página web, me había tocado otro más mayor y, por tanto, aún más alejado de mi generación.
        Una vez dentro, las preguntas de siempre. Dónde vives, con quién, háblame de tus padres, de tu familia más cercana, de tu infancia, ¿con quién te has acostado?, nunca has tenido novio, ¿no?, cómo vas a tener novio si tú misma dices que no hablas, entiendo, ¿cómo duermes por las noches? Me recetó Stilnox para dormir y Anafranil, un antidepresivo que, según entendí, él también se tomaba. Me dijo que esperara sequedad en la boca y estreñimiento, que él mismo llevaba siempre consigo una botella de agua para lo primero, que sólo sería mientras se estuviera acostumbrando el cuerpo al medicamento, que entonces los efectos adversos pasarían a la historia, aunque no fueron estos los que noté. ¿Tienes carnet de conducir? No. Y ¿cómo piensas irte a casa? En autobús. ¿Hay autobuses a estas horas? Sí.
        Por culpa de esta primera mentira, al salir definitivamente de la consulta, tuve que correr hasta la parada del metro más cercana, esperando que llegara enseguida y así no tener que correr hasta Plaza España. Una vez bajo, vi que el siguiente metro pasaba en unos quince o veinte minutos, así que volví a subir corriendo las escaleras y fui lo más veloz que pude sin sentir que hacía el ridículo hasta la parada del autobús. Una vez allí, cogí el primero en llegar, que no era la línea que me llevaba a casa, y le pregunté al conductor si sabía si vendría el 160 o ya había pasado el último. Como me dijo con cara de preocupación que ya no había más autobuses, le dije que no pasaba nada y me senté al lado de la ventana. Bajé casi a las doce de la noche en el pueblo de al lado y, guiándome por mi instinto entre la oscuridad, llegué sana y salva a casa, preguntándome si sería o no capaz al día siguiente de ir a la farmacia.
 
*
 
Siéndoos totalmente sincera, creo que como profesional era muy bueno. Su forma de hablar, de indagar en mi vida sin hacer que me sintiera violenta, de darme ánimos («tiempo al tiempo, paciencia y fuerza», me dijo la primera vez al salir de su consulta), su manera de explicarme las cosas para que yo las entendiera. No sé... supongo que con los años había adquirido cierta experiencia que otros no tienen y se notaba. Por eso me dolió tanto dejarlo y ojalá me lo hubiera pensado un poquito mejor, pero lo hecho hecho está y no vale la pena flagelarse por ello.
        Costaba ciento ochenta euros la sesión, pero daba cita cada dos o tres meses (mi siguiente psiquiatra me cobraba setenta a la semana, es decir, dos cientos ochenta euros en un solo mes), así que creedme, aunque tuviera que aflojar demasiado de golpe: compensaba. No compensaba, precisamente, la espera. Recuerdo que, cuando mi segunda psicóloga me daba cita en dos semanas exactas, me parecía demasiado pronto; pero cuando alargaba a tres me parecía una eternidad. Entiendo que el doctor quisiera volver a verme después de que el antidepresivo empezara a surtir efecto porque si no no había mucho que hacer (la terapia era noventa y nueve por ciento medicación), pero aun así era mucho tiempo como para poder habituarme a ir al psiquiatra y no era bueno para mí. (Sí, podía llamarlo por teléfono cualquier día de la semana a cualquier hora siempre que lo necesitara; pero, seamos realistas, no iba a hacerlo).
        En la segunda visita, ya casi terminado el verano, me preguntó por mi rutina diaria y yo no supe qué contestarle. Me puso como ejemplo la suya: levantarse de la cama, tomarse un café, leer el periódico (esto quizá me lo acabo de inventar, ¿se siguen vendiendo periódicos en papel?), y yo seguí sin saber qué decir porque ni siquiera desayuno todos los días; así que se me ocurrió la brillante idea de empezar a utilizar una libreta para anotar qué hacía en cada momento. De esta forma quizá, en la siguiente cita, pudiera contarle algo más. Después me preguntó qué tal estaba durmiendo ahora que me había unido al club de los hipnóticos y yo no le dije que a veces las pastillas me provocaban alucinaciones terribles pero que tampoco podía dejar de tomarlas porque entonces tenía pesadillas aún más terribles, por lo que le medio mentí diciendo que funcionaban bien (casi siempre lo hacían). También me duplicó la dosis de los antidepresivos, cosa que ya me había advertido que iría haciendo a lo largo de las sesiones, con forme me fuera habituando a ellos, para no sufrir demasiados efectos secundarios.
        Tras salir de su consulta me dirigí a la entrada a través del largo pasillo para esperar a la enfermera. Allí me quedé de pie mirándome fijamente en el espejo y de reojo a la cámara de seguridad hasta que vino ella con el sobre blanco que contenía mis recetas y un papel impreso en el que ponía cuándo sería mi próxima cita y las instrucciones para medicarme. Después de repasarlo bien todo, le di el dinero en efectivo (al contrario que la anterior, esta vez me acordé en seguida) para que ella me diera a mí el sobre y poder así meterlo torpemente y mal doblado en mi bolso. Bajé por las escaleras, salí a la calle y me dirigí tranquilamente hasta la parada del autobús.
        Fue unas semanas después cuando tuve la brillante idea de mudarme. Necesitaba huir de casa de mis padres y tenía lo que yo consideraba suficiente dinero ahorrado para salir del paso; aunque me había quedado recientemente sin trabajo, yo sabía que no pasarían muchos meses antes de que me volvieran a llamar, así que no había motivos por los que esperar.
        Busqué en diferentes páginas de Google hasta dar con una habitación bastante amplia en un piso bastante grande y bonito muy cerca de Plaza España y, por tanto, de una parada de metro y varias de autobús. Compartiría cocina y cuarto de baño con otras tres o cuatro personas, pero era un comienzo. «¿Qué es lo peor que puede pasar?», escribí el catorce de octubre en mi diario, «¿Que me digan que no me quieren alquilar porque actualmente no tengo trabajo? Pues vale, me busco otra habitación». Al día siguiente, tras muchos ensayos y muchos mensajes descartados, conseguí escribir al número que aparecía en el anuncio y concerté una cita. El viernes de esa misma semana, vi el piso y quedé maravillada con el espacio y la iluminación; pero como era la primera vez que hacía algo así no supe qué preguntas específicas hacerle al dueño y éste pensó que en realidad no estaba interesada. Quedamos en que le haría saber si me quedaba o no una de esas dos habitaciones que tenía libres, pero a la semana siguiente encontré otro piso mejor acerca del cual sí supe preguntar y no volvió a saber de mí.
        Una vez hube firmado el contrato de alquiler en el banco de madera que había plantado delante de la misma puerta del patio, vino lo más difícil: decírselo a mis padres. Así que, en vez de eso, lo primero que hice fue empezar a llevar poco a poco cosas a mi nuevo piso, principalmente ropa y libros, para ver si la presión me podía y acababa confesando. Cuando se suponía que llevaba ya casi dos semanas viviendo por mi cuenta, después de haber pagado media fianza y el primer mes de alquiler, decidí que lo mejor era empezar por mi hermano, en quien normalmente me sentía apoyada, para que después él me respaldara a la hora de contárselo a nuestros padres. Pero en vez de respaldarme se enfadó conmigo, quizá porque no quería que su hermana pequeña fuese la primera en marcharse, «así que al final no se lo dije a mis padres», escribí nueve días más tarde. «En su lugar, decidí que lo mejor era morir». Como podéis comprobar, paso de cero a cien en menos de medio segundo. Y lo cierto es que me pasé la comida tratando de que no me vieran llorar al mismo tiempo en que pensaba que esa misma tarde me suicidaría dando todo por finalizado. Total, qué otra cosa podía hacer.
        Ahora lo pienso y la verdad es que ese día cometí muchos errores. El primero y más grave fue decirles a mis padres que llegaría para la cena.
        Allá a las cinco de la tarde cogí todas mis pastillas y las recetas que me quedaban por canjear en la farmacia y me despedí diciendo que había quedado. Si les hubiera dicho que cenaba fuera, puede que ahora mismo no estuviera aquí contándoos nada de esto. O puede que sí porque creo que mi segundo error fue, precisamente, tomar demasiadas pastillas y acabar vomitándolas.
        Como era sábado, no encontré ninguna abierta y, harta de buscar farmacias, me fui directa a mi nuevo estudio: una habitación de casi treinta y seis metros cuadrados con una llamada cocina office que en realidad no era tal y un pequeñísimo cuarto de baño para mí sola. Una vez allí volví a guardar todas las cosas que había ido llevando poco a poco para devolverlas a casa de mis padres, no pensando en la muerte sino en que al final no iba a mudarme. Mientras todo esto ocurría, yo lloraba y lloraba. Lloraba en la calle, lloraba en el autobús, lloraba subiendo los tres pisos de escaleras, lloraba metiendo mis libros en diferentes bolsas de tela, lloraba cerrando con fuerza las cremalleras de mi mochila. Entonces, sobre las seis y media, cuando hube terminado de desinstalarme, me tomé todas las pastillas de Anafranil que me quedaban, casi media caja de Stilnox (al final no pude canjear el resto de las recetas), una decena de Diacepames, un orfidal, una pastilla blanca y ovalada cuyo nombre desconocía y siempre desconoceré y cuatro pastillas redondas y marrones que parecían Lacasitos pero que no sabían a chocolate. Tras esto me tumbé en la cama de colchón viscoelástico con la que contaba el estudio y me puse a llorar. De repente me entró pánico y se me quitaron de golpe todas las ganas de morir que tenía. Me tapé con la fina colcha color hueso que venía dentro de uno de los armarios y me acurruqué llorando y temblando cada vez más hasta que prácticamente me dormí o perdí conciencia de mí misma. A partir de aquí lo único que recuerdo son breves fragmentos de lo que ocurrió aquella tarde-noche.
        Supongo que, al ver que no llegaba para la cena, me llamaron por teléfono (mi tercer y creo que último error fue no ponerlo en silencio, en cuyo caso jamás habría contestado) porque tengo una imagen de mí bajando las escaleras mientras le digo a mi padre en qué calle puede encontrarme. Iba tan colocada que cuando me vieron a través de la ventanilla del coche sin mascarilla lo primero y único que pensaron fue que estaba borracha. Al día siguiente me desperté en mi cama y él estaba sentado a mi lado. Según tengo entendido me desmayé y probablemente me caí, ya que encontré un moratón en mi cadera izquierda y me dolía mucho ese mismo lateral de la cabeza, como si me hubiera dado un golpe. Pero creo que ni siquiera me llevaron al hospital, cosa que habría agradecido por mil razones distintas. Por supuesto, después de esto, tuve que contarles lo del piso. Y la cosa no fue mal, aunque siguieron pensando que me había ido de fiesta y me había pasado de rosca con el alcohol. Incluso después de decirles que no había bebido nada.
        «El lunes por la mañana», escribí nueve días después en mi diario «fui al piso a ver si encontraba mi bolso (me lo dejé allí junto con la cartera, pero me traje la mochilita con las cosas que había dejado en el estudio). Me daba miedo haber roto algún mueble, la verdad, y que tuviera que decírselo al casero; por suerte no lo hice. Lo que sí hice, al parecer, fue vomitar y tratar de limpiarlo (vi un trozo de vómito en el suelo que pude limpiar sin dificultad alguna y un rollo de papel higiénico sobre la cama, probablemente de intentar limpiarlo sin mucho éxito mientras me encontraba bajo el efecto de las pastillas). Lo que no sé es si vomité aposta o sin querer (supongo que sin querer, pero deseándolo)». También encontré el pez espada que me regaló el chico con el que aún no sabía que había dejado de acostarme sobre la mesa, totalmente intacto salvo por una aleta perdida. Afortunadamente la encontré enseguida justo debajo de la mesa y se la puse, y palpando la madera pude hacer un poco más de memoria y recordar que justo después de tomarme todas las pastillas le había enviado un mensaje, un mensaje de lo más simple preguntándole cómo estaba, si estaba bien, y que me había contestado. Luego fantaseé con que quizá podría invitarlo a mi piso para hablar y contarle todo esto, pero nuestra relación terminó antes de que pudiera hacerlo.
        Una vez me hube mudado del todo, abandonando, esta vez sí, la casa de mis padres para siempre, decidí que no volvería al psiquiatra. «¿Cómo van a saber qué medicinas necesito si no me hacen pruebas?», anoté el veintitrés de diciembre, «¿Todos los antidepresivos sirven para todas las depresiones? ¿Cómo puede saber lo que tengo en sólo una sesión?». De repente me volví escéptica (como ya me había ocurrido en el pasado) recordando que yo misma en el trabajo había llevado a pacientes a que les hicieran un TAC porque de un día para otro les había caído encima la tristeza y los médicos querían ver que les estaba ocurriendo dentro de sus cabezas. «¿Por qué no pueden a mí hacerme un TAC? ¿Por qué no pueden llevarme a mí al hospital para que me ayuden?».
        En el fondo lo único que ocurría era que me daba miedo tener que confesarle a ese pobre hombre que trataba de ayudarme que había intentado matarme con todo lo que él me había recetado, así que la tomé con su forma de ejercer la medicina. Le envié un mensaje por WhatsApp a la enfermera, que era quien gestionaba las citas, diciéndole que no podría acudir a la siguiente cita y supongo que tampoco le di la opción de adjuntarme otra fecha, así que ella me habló muy enfadada y yo acabé bloqueando su número de teléfono.

jueves, 14 de marzo de 2024

BIENAVENTURADOS LOS QUE LLORAN

La primera vez que pensé en el suicidio fue durante la catequesis, a la tierna edad de los ocho años. No exactamente dentro de esas cuatro deprimentes paredes amarillas, con una mesa de madera en el centro rodeada de niños, sino durante esa época. Todos los alumnos de mi clase decían que querían tomar la Comunión por los regalos, yo quería tomarla porque creía en Dios.
        El caso es que la catequista (una mujer mayor con aspecto de mujer mayor) nos explicó que, al morir, nuestra alma inmortal permanecía inalterable en el Cielo (si habías sido bueno), en el Infierno (si habías sido malo) o en el Purgatorio (si no habías sido bautizado [algo de lo que por suerte me libraría porque yo sí había sido bautizada]).
        A los ocho años yo me imaginaba muriendo de vieja, claro, tumbada en la cama; durmiendo, sin apenas enterarme de nada, rodeada, quizá, de mis seres queridos. A los ocho años yo me imaginaba abriendo los ojos en las puertas del cielo y viendo a San Pedro gritándome «bienvenida» al oído porque los años habían hecho mella en mí. Después San Pedro me acompañaba del brazo a través del umbral de la enorme puerta de oro y ya ahí les pasaba el relevo a los angelitos. A los ocho años yo suponía que el alma tenía el mismo aspecto y consistencia que el cuerpo que había dejado atrás (la catequista había dicho «in-al-te-ra-ble»). ¡Imaginaos entonces el horror que experimentaba al saber que iba a pasarme la eternidad con el mismo aspecto que el de mi vieja catequista! Chepada, coja, lenta, con dolor en las articulaciones, arrugas, cansancio, medias del color de mi carne para esconder los surcos de la edad, ropa gruesa y apagada. Así que a los ocho años hice un pacto conmigo misma y me prometí morir cuando llegara a los veinticinco (edad en la que suponía que gozaría de la más absoluta belleza, fuerza y agilidad físicas y un buen par de tetas).
        ¿Tenía miedo de ir de cabeza al Infierno? La verdad es que no: nunca creí que el suicidio fuera un pecado. Si es Dios quien nos guía, ¿cómo negar que nos ha guiado hasta la azotea y nos ha dado un empujón hacia el vacío? Si no hubiera querido que muriera, ¿no habría hecho que el cartero llamara a la puerta justo cuando iba a afilar el cuchillo en la piel? ¿No habría hecho que no tuviera suficientes pastillas en la mesita de noche? A los ocho años yo estaba convencida, y feliz, de que no llegaría a los veintiséis. Y hasta que no los cumplí, una parte de mí siguió convencida de ello.
        Pero no fue hasta los catorce cuando me planteé de verdad la idea del suicidio. Hasta ese momento, la imagen de la muerte era algo confusa, borrosa: simplemente pensaba que desaparecería y ya está. Mi cuerpo explosionaría de manera silenciosa y me evaporaría al instante, como una pequeña burbuja de jabón o la ampolla que me salió en la muñeca izquierda después de quemarme con el cigarro.
        A los catorce años fumaba. Esa época no duró mucho porque, no voy a esconderme, me daba mucho miedo que mis padres se enteraran. Durante aquellos años además, y supongo que gracias a la imprecisa idea que tenía de ella, no temía a la muerte: mi miedo era únicamente al dolor, así que empecé a ensayar. Un día, en el cuarto de baño que hay enfrente de mi dormitorio, apagué una colilla en mi piel para ver si era capaz de soportar el daño. Me salió una ampolla que luego reventé para ver correr el agua fresca del manantial, como hago con cualquier otra ampolla, y después me arranqué la pielecilla, cosa que hizo que se me quedara la marca para siempre (vale: sólo se ve si sabes dónde mirar, pero está ahí).
        Un día, de repente, dejé de creer en Dios. Al entrar en el instituto, pasé por una especie de crisis de fe, a lo Lisa Simpson: me alejé del cristianismo y emprendí la búsqueda, a través de ese maravilloso universo llamado Internet, de una nueva religión. Yo estaba en un momento de mi vida en el que necesitaba desprenderme de las cosas, sufría porque no alcanzaba aquello que anhelaba (como todo adolescente) y el budismo, con sus Cuatro Nobles Verdades, fue la única que me convenció. También me atrajo el hecho de que el budismo sea una religión no teísta, y cada vez que leía más y más acerca de esa religión en diferentes páginas web, más me gustaba. «Soy budista», anoté en mi diario. Y durante un tiempo fui budista.
        Sin embargo, la idea de la reencarnación, por muy tentadora que me resultara en ese preciso momento, nunca llegó a convencerme. Y aunque se supone que no es necesario estar totalmente de acuerdo con una religión para seguirla, el negar la reencarnación (un pilar tan básico del budismo, lo primero en lo que se piensa cuando se habla de esta creencia) me hizo pensar que tal vez el budismo tampoco estuviera hecho para mí.
        A donde quiero ir a parar con todo esto es a que, aunque ya no temía pasar la eternidad con un terrible aspecto porque no creía ni en el Cielo ni en el Infierno ni en la inmortalidad del alma cristiana, yo seguí convencida de que debía suicidarme cuando llegara a los veinticinco. Supongo que llevaba tantos años con ella, que la idea había echado raíces en mi cerebro, haciendo mucho más difícil su expulsión. De hecho, se me había metido tanto en la cabeza que había días en los que no había otra cosa en la que pensara.
        No fue exactamente esto lo que le dije a mi primer psiquiatra; al doctor le dije que a veces, en ciertas ocasiones, me entraban ganas de morirme. Una pastilla de anafranil y un zolpidem antes de dormir fue la respuesta a mis plegarias, pero lo malo de los antidepresivos es que no te das cuenta de que funcionan hasta que dejas de tomarlos y vuelves a estar en la mierda. O al menos eso fue lo que me pasó a mí cuando, en un arrebato de locura pasajera, me las tomé todas y me quedé sin pastillas. Pero creo que me estoy adelantando a los acontecimientos.
        La primera vez que intenté suicidarme en serio fue a los quince años con el diazepam de mi madre. Digo en serio porque a veces una intenta suicidarse sin tener realmente ganas de morir; a veces sólo es una forma tan válida como cualquier otra de pedir ayuda. Había empezado a padecer insomnio y una necesidad compulsiva de llorar en todas partes. Lo que en ese momento no sabía cómo nombrar crecía poco a poco dentro de mí: una parálisis destructiva, si Sylvia Plath me permite copiarle el término, se apoderaba de mi cuerpo cada vez que alguien me dirigía la palabra. Daba igual que fuera un profesor, un compañero de clase, un amigo o alguien de mi familia, mis músculos, simplemente, dejaban de moverse. Y después ya no fue la palabra sino que bastó con la mirada. Un sentimiento de soledad, de desamparo, de rechazo, comenzó a envolverme como a un caramelo de anís. Así que un día decidí que no merecía la pena seguir viviendo, y por primera vez en mucho tiempo me fui a la cama con una gran sonrisa en la cara. Al día siguiente me desperté como si nada porque al parecer quince pastillas de cinco miligramos cada una no son suficientes para poder reencarnarte en una bonita mariposa rosa.
        Si echo la vista atrás, si analizo una a una las etapas de mi al parecer no tan larga vida, creo fervientemente que todo fue inevitable. Al fin y al cabo, el primer recuerdo que tengo, y esto es algo que le encantaría escuchar a mi actual psiquiatra porque está OBSESIONADA con encontrar la raíz de los problemas, es también el recuerdo de mi primera humillación.
        Estábamos en mi casa celebrando una cena familiar con el que viene siendo el núcleo de toda mi familia paterna, ya sabéis: tíos, primos, abuelos. Una de las poquísimas veces, y creo que la única que recuerdo, en las que nos hemos reunido todos en casa de mis padres. Yo ya no llevaba pañal porque estaba en esa edad en la que los pequeños de la casa están aprendiendo a ir al orinal. Correteaba por la casa sin camiseta, con mi pelo corto y mis pendientes de plata, la más pequeña del grupo. Y entonces yo, niña rubita de ojos verdes, le dije a mi madre, delante de todos, que a esa edad me parecían gigantes incluso cuando estaban sentados: «Quiero hacer caca». Mi familia, prácticamente una decena de personas, se me quedó mirando fijamente y ella me respondió, delante de todos: «Ya no te hace falta, ¿no?».
        En ese momento el tiempo se detuvo. Yo, niña rubita de ojos grandes, petrificada por culpa de todos esos ojos de Medusa que me observaban desde la mesa del comedor y ese tono acusador en la voz de mi madre, pasé sin pensarlo mi mano derecha por encima de mi culo infantil y se me manchó de mierda. Porque, en efecto, ya no me hacía falta ir al orinal. Ya había hecho caca y la caca había traspasado las bragas y el pantalón. Me miré la mano llena de mierda y todos los gigantes empezaron a reír como ríen siempre los adultos delante de los niños: sin consideración, sin pensar en las consecuencias de oír esa carcajada que ha provocado tu torpeza, como si de verdad creyeran que por ser pequeño el niño tiene unos sentimientos también pequeños e insignificantes.
        Me sentí humillada, fría, distante. Me sentí de una forma que no sabía puesto que aún no conocía las palabras adecuadas. La Tierra dejó de dar vueltas alrededor del sol y a su vez el sol dejó de dar vueltas alrededor del centro de la galaxia, pero mi mente comenzó a girar sobre sí misma. Así que mi madre me llevó al baño, me sentó en el orinal de color rosa o amarillo, no recuerdo bien, por si acaso aún lo necesitaba y me cambió de ropa.
        Voy a ser franca: si no le cuento esta historia a mi doctora es únicamente porque me da vergüenza usar un lenguaje escatológico en voz alta, a pesar de que la ayudaría a entender un par de cosas. Pero estuve a punto de hacerlo, supongo que algo es algo, se me pasó por la cabeza, el día en que me pidió que echara la vista atrás y le contara mi primer recuerdo. En su lugar opté por narrarle el típico momento de estar llorando de la mano de tu madre el primer día de colegio y no encontrar consuelo.
 
porque ellos serán consolados
Mateo 5:4

miércoles, 23 de diciembre de 2020

🍳

Hace mes y medio intenté suicidarme. Te lo digo por aquí porque sé que no encontraré la fuerza para decirte que te quiero y te echo mucho de menos y ojalá me cogieras de la mano mientras duermes. Era sábado y no encontré ninguna farmacia abierta en la que canjear las recetas que me quedaban de mi anterior psiquiatra, así que cogí todas las pastillas que tenía y me fui a mi casa (he dicho «mi»). Después de volver a guardar mis cosas menos el único recuerdo que tengo de ti, cogí mi botella ecofriendly de Natura y la llené de agua de grifo (por si no lo sabías, yo bebo agua de grifo). Me tomé unas 28 pastillas de Anafranil 25 mg, 10 o 12 de Zolpidem, 10 Diazepames si es que este plural existe, un único Lorazepam, cuatro pastillas que parecían Lacasitos pero que no sabían a chocolate y ahora pienso que probablemente no te parezcan tantas, pero yo me eché en la cama llorando porque tenía miedo. Cuando me desperté, ya no estaba en mi nueva cama sino en la vieja. No estaba en mi nueva casa sino en la vieja. No eras tú el que me miraba mientras dormía y desde luego no me cogías de la mano. Luego me dijeron que me había desmayado, pero no me confirmaron si me había o no golpeado la cabeza a pesar de que me dolía, me dolía mucho el lateral izquierdo y tenía un moratón en la cadera izquierda, señal inequívoca de que me había caído al suelo al desmayarme. Al día siguiente volví a mi casa con miedo de haber roto algún mueble y que el casero se enfadara conmigo y me echara. Pero en lugar de un mueble roto vi medio vómito en el suelo y otro medio en papel higiénico porque al parecer había intentado limpiarlo y por eso mi pantalón nuevo estaba manchado (ya es la segunda vez que me vomito sobre un pantalón nuevo y no sé si es que el universo trata de decirme algo). También le faltaba una patita, y esto me dolió más que cualquier otra cosa, a la única caricia que me queda de ti. Me entraron muchas ganas de llorar, pero afortunadamente la encontré en el suelo y se la puse mientras le pedía perdón. Perdón, perdón, perdón. Alguna sombra de lo que había ocurrido recorría a ratos mi mente y me di cuenta, por último, de que te había enviado un mensaje. Cuando mi cerebro decidió no guardar un registro de lo que estaba pasando, cuando mi cerebro creyó divertido actuar a mis espaldas, te envié un mensaje, normal y corriente, para saber de ti.

domingo, 22 de marzo de 2020

A veces la sangre mana


y me arde la piel
y me lamo la hemoglobina
y me escuece el deseo
y corto
y corto
y corto
y dejo de tener miedo
y matarse es difícil
pero pedir ayuda también
y querer
y perdón
pero a veces es mejor seguir rompiendo
para acabar comprando otro nuevo
que ponerte a remendar

martes, 3 de marzo de 2020

¿Sabías para qué hacías la foto cuando capturabas el momento?

¿Para qué dejabas tu huella en esa página de tu diario? ¿Para qué lo detallabas? ¿Te imaginabas que un día abrirías la libreta y te sentirías estúpida al verla tan llena de sangre? ¿Que ya no sabrías ni por qué lo habías hecho, pero que te acordarías de con qué cuchilla, con qué cuchillo, con qué tijeras, con nostalgia? ¿Que un día abrirías el cuaderno y colocarías temblorosa la palma de tu mano sobre la palma ensangrentada? ¿Que esconderías el rostro avergonzado al leer tanta tontería? ¿Que sonreirías? ¿Sabías que sonreirías?

jueves, 7 de noviembre de 2019

Bienaventurados sean los muertos, pues ellos ya no necesitan la belleza de las flores


I

Soy el único campanario de una iglesia en el que no anidan las golondrinas

Mi cuerpo es un templo en el que ya nadie rinde culto

En esta parroquia sólo se celebran funerales


II

He arado mis brazos de la misma forma
en la que se aran los campos

La tierra ha sangrado

He sembrado el pánico como se plantan
los cereales

La tierra ha sangrado

He segado la carne con la misma hoz
con la que recojo la cosecha de mis piernas

La tierra ha expulsado el endometrio


III

A mí

Y tú pretendes morirte de hambre Tú que te alimentas de la ira
Tú que lames hasta las lágrimas de los desconocidos
Tú que lames hasta los huesos de los cerdos

que no comes
que no comes
que no comes

Sólo vives con la esperanza de poder seguir el ejemplo de las hermanas Lisbon
Has venido aquí arrastrándote con la esperanza
de no tener que volver a levantarte
Tú que no eres capaz ni de desenterrar tus viejos libros de debajo del polvo
pretendes cavar tu propia tumba


IV

y si no bebo
y si no fumo
y si no lloro

y si sólo abro las piernas para acariciar la herida

la herida abierta la puerta abierta la sangre a punto de salir

soy un frasco pequeño
pequeño
que se derrama

mamá está rota, dices
ha abierto el terrario y ha salido la serpiente

soy una lágrima impaciente por ver mundo
ya tengo la maleta sólo me falta
coger el pasaporte

soy un cúmulo de sangre expulsado injustamente de la matriz

tengo hambre, pero la despensa está vacía

—tan vacía—

que también tiene hambre

y si no bebo
y si no fumo
y si no follo

para qué