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miércoles, 22 de septiembre de 2021

Otoño u Hoja caduca

hi ha un dolor secret en la fulla 
que al vent vacil·la i dubta i cau. 
 
Anna Montero 
 
Un cuerpo se precipita desde lo alto. Cae más despacio de lo que parece a simple vista. Tarda en llegar a mis manos. Yo acariciaba sus cabellos para que no levantara la vista y me viera llorando; no quería que ella se sintiera culpable. Un cuerpo tarda demasiado en caer desde lo alto de esa rama. Se ha tirado de cabeza pero cae en horizontal. Siempre que pronuncio la palabra «horizontal» me acuerdo de Sylvia Plath («I am vertical / But I would rather be horizontal»). Mis manos son un cuenco vacío, esperan impacientes llenarse de ese cuerpo que se precipita desde lo alto. También esperaba ella impaciente aquel día saciarse del cuenco que formaban mis labios. Pero estaba vacía. 
 
Vacío el útero de mamá, la doctora procede a lavarme. Después me deposita sobre sus brazos como cuando papá le entregó su primer ramo de flores en su primera cita (esto me lo han contado mientras mirábamos viejos álbumes de fotos). Yo no quiero tener hijos. Cuando digo que no quiero tener hijos me dicen que aún soy demasiado joven para saberlo con certeza, que ya vendrá, que todo acaba cayendo, que el cuerpo que se precipita lentamente desde lo alto del árbol acabará llenando este cuenco vacío que son mis manos. Mi mejor amiga quiere ser madre y no he visto a nadie decirle que aún es demasiado joven para saberlo con certeza. 
 
Con certeza-certeza no sé nada todavía; quizá por eso no le dije toda la verdad. Por eso no le dije que no era virgen. Por eso le contesté que era mi primera vez con una chica. No sé por qué. Tampoco sé muy bien si estábamos enamoradas. Me gusta pensar que sí. Desde el primer momento en que la beso, delante de ese espejo vertical que no sueña (como Sylvia) con ser horizontal, sé que algún día echaré un vistazo al pasado y me preguntaré, si todo nos iba bien, qué nos pasó. 
 
Cuando la hoja del árbol cae a mis manos, la lágrima hace ya tiempo que ha atravesado mi mejilla y se dispone, también de cabeza, a saltar. A ella le gustaba mucho el otoño. A ella le gustaban las cosas que caían. Las hojas de los árboles, las gotas de lluvia, las lágrimas de sus ojos, la sangre de mi útero. Decía: «Este río de sangre es la vida que me llevo cuando hacemos el amor». Decía: «La menstruación sincronizada es el único hilo rojo del que me fío, el único hilo rojo que de verdad me conecta a mi destino». Decía: «Estoy salada por dentro, pero tú no llores, cariño, tú no llores». 
 
Cierro las manos despacio, suavemente, y el cuerpo se hace añicos. Acabo de destruir una galaxia. Me pregunto si hay alguien haciendo un cuenco con sus manos esperando que se le llene con la lágrima que ha caído desde mi barbilla. Me pregunto si aquel día ella sabía que estaba llorando y si lo sabía por qué no me dijo nada. 
 
El primer llanto que recuerdo fue aquel que escupí de la mano de mi madre. Si estás pensando que fue el típico llanto de primer día de colegio, estás en lo cierto. Desde que nací, hasta ese día de septiembre, el tiempo es una dimensión desconocida e inalcanzable, no apta para menores de tres años, no apta para una adulta que intenta echar un vistazo al pasado para ver qué es lo más antiguo que recuerda. 
 
A mi primer amor lo conocí en el instituto. Tenía el pelo castaño y una nariz muy grande. Éramos igual de altos. Este dato es trampa porque en realidad apenas mido metro cincuenta y seis. Lo que debería decir es que éramos igual de bajos. Se le daba muy bien dibujar y tocar la guitarra. 
 
A mi segundo amor lo conocí también en el instituto. Tenía el pelo negro y muy rizado. Le encantaba delinearse los ojos de colores chillones y nunca salía de casa desmaquillada. Aquí sí puedo afirmar que yo era más alta que ella. Bueno, o que ella era más baja que yo. Se le daba muy bien dibujar. 
 
A ella la conocí en la universidad. Se le daba muy bien tocar la guitarra.
 
Deformo el cuenco de mis manos y lo convierto en una tabla rasa, horizontal («I am vertical»), que coloco justo enfrente de mis labios. Soplo. Soplo tan fuerte que vuelven a saltarme las lágrimas. El cuerpo desmembrado de esa hoja seca se esparce por los aires. Hace ya tiempo que no me importa que me vean llorar. Desde ese día en que ella se esforzaba por beber del manantial de mi sexo y yo me empeñaba en derramar el líquido por el orificio equivocado mientras acariciaba sus cabellos para que no levantara la cabeza. 
 
Mi primer amor me hizo el amor en su casa. Sus padres no estaban y nosotros ya no teníamos que ir al instituto hasta el siguiente curso. Tampoco fingí entonces el orgasmo. Nos besamos y nos desnudamos con sus prisas y mis miedos virginales. No recuerdo haber sentido realmente ese deseo, ese fuego interno de justo antes de acostarte con la persona a la que amas. Porque cuando digo amor lo digo en serio. Mi primer amor que sabía tanto dibujar como tocar la guitarra me hizo hogar en su cama. Tanteó despacio el vestíbulo, llamó al timbre como mejor supo y penetró dentro de mí mientras yo no podía dejar de pensar en qué pasaría si de repente volvieran sus padres a casa. 
 
Me doy cuenta de que hay alguien mirándome fijamente. No sé quién es. Emprendo el camino a la biblioteca antes de que le dé por venir a hablar conmigo. «Ey, te he visto antes frente a ese árbol. Me pareces una tía muy misteriosa». Me pregunto qué necesidad hay. Me pregunto si piensa antes de hablar. Me pregunto si sería capaz de empujar una estantería para que cayeran las demás como fichas de dominó y acabaran aplastándolo a él en el suelo. Suelto un par de sílabas, le sonrío mecánicamente, sin mirarlo realmente a la cara, y sigo buscando un libro que me llame la atención. 
 
Mi segundo amor me hizo suya en el patio de su casa, que no tenía nada de particular pero que a esas horas yacía totalmente vacío. Nos besamos tiernamente mientras yo me preguntaba cómo era posible, qué conjuro había hecho, gracias a qué favor había sacado, la suavidad de su piel. Tampoco en ese momento estaba a punto de hervir. Yo no sentía esas ganas, yo estaba rota por dentro. Mi segundo amor dibujaba con las puntas de sus dedos todo el contorno de mi cuerpo, me pintaba con saliva, me cubría de dulzura. Yo intentaba hacer lo mismo pero mis dedos eran torpes. Yo intentaba abrir su sexo como me gustaba abrirme el mío y me manchaba de tinta. Tinta caliente, tinta trasparente, tinta clara de huevo en las yemas de los dedos. 
 
El desconocido me pide por tercera vez mi número de teléfono y al final se lo doy por no tener que negar tres veces, como Pedro. Con el tiempo he aprendido que es mejor dar el de verdad y esperar a que te llame o te escriba para bloquearlo. Tal y como yo esperaba, comprueba ahí mismo que el número que le he dado es el correcto y se despide entre risas. «Me tengo que ir». Vale, tampoco me importa. 
 
Recorro una a una las salas de la biblioteca. Busco un título concreto, pero no sé cuál es. Busco algo que llame mi atención. Así fue como nos conocimos: yo buscaba qué leer y la encontré a ella. Un título de un autor desconocido. De pie. La verdad es que prefiero que la autora sea una mujer. Frente a todos esos libros. Un fallo en las conexiones de mi cerebro me impide recordar qué pasó entre el momento en que nuestras manos se rozaron al ir a coger el mismo libro y la primera vez que hablamos la misma lengua. Cuál de las dos cogió ese único ejemplar, cuál de las dos abrió la puerta. Es la gran ventaja de acostarte con alguien de tu mismo sexo: no tenéis que esconderos a la hora de entrar en el mismo cuarto de baño. 
 
Ocupado. Últimamente siempre está ocupado. Subo por las escaleras para continuar con mi ruta semanal. Trato de olvidarme del pirata que ha tenido la indecencia de abordarme en este templo. Todos los viernes procuro venir para ver si encuentro algún buen libro que llevarme a casa. Pero me da miedo volvérmelo a cruzar, así que me mantengo alerta. El lavabo de las mujeres suele estar más ocupado que el de los hombres; tenemos la vejiga más pequeña, según tengo entendido. La biblioteca tiene cinco pisos y no todos guardan un cuarto de baño. Bloquearé su número de teléfono cuando llegue a casa. Tampoco todos los viernes tengo la suerte de llevarme una lectura para el fin de semana. 
 
La primera vez resultó un poco incómodo, la verdad. No se me había quedado su nombre y, tal vez para evitar que se enfadara por mis posibles meteduras de pata, le dije que era mi primera vez. Cerrar el pestillo fue ya todo un reto porque justo entramos en el cubículo que tenía la peor puerta. Encima teníamos que procurar no hacer ruido ya que, evidentemente, las paredes no estaban insonorizadas. Al menos no era una hora muy concurrida y no entró ninguna chica durante nuestra breve sesión. 
 
Estábamos una enfrente de la otra. La puerta imposiblemente cerrada a mi derecha, nuestros reflejos a mi izquierda, la pared a mi espalda, sus manos en mi cintura, mi espalda en la pared. Los azulejos blancos grises y su lengua en mi boca. Algo se movió dentro de mí. Algo se encendió, algo que hasta el momento había permanecido totalmente quieto y callado. Al principio creí que era la solitaria: había un parásito dentro de mi cuerpo. Pero en seguida descarté la idea. Un cosquilleo en lo más íntimo, unas ganas de más. No: unas ganas de algo. Sus manos en los acordes exactos. Su sexo pegado al mío. El contacto con el vello, con la piel. Yo deseaba tumbarme sobre las baldosas, pero me sabía mal decirlo y romper el hechizo, así que nos quedamos de pie, medio apoyadas en el váter. Papel higiénico en el suelo. Una compresa ensangrentada en la papelera. 
 
Cuando acabó la música me disculpé y volví a preguntarle su nombre. Me lo dio junto con su número de teléfono y el nombre de la carrera que estaba cursando y que al final, ya ves, no pudo acabar. Le di las gracias y la promesa de volverla a llamar. No lo hice hasta el día siguiente, que fue además cuando me di cuenta de que el número que me había dado era el verdadero. La felicidad también lo era. 
 
Salgo despacio por la puerta. Las manos vacías, los ojos rojos, secos. ¿Todo será así, a partir de ahora? No es la primera vez que me lo pregunto, así que supongo que ya sé la respuesta. Ella misma me lo dijo: se estaba muriendo. Ella intentaba aferrarse a la vida en sus momentos de mayor lucidez. Ella intentaba cualquier cosa con tal de encontrar una razón para quedarse. «Normalmente no me lío con una desconocida». A mí no hacía falta que me diera explicaciones. Pero todas las razones que encontraba, todos los motivos para permanecer en este mundo, eran pasajeros o no eran lo suficientemente fuertes. Yo, por ejemplo, que quería ser su dama andante y salvarla del dragón, fui incapaz de clavar bien la espada. 
 
Hago camino al andar a través de las escaleras. Me cruzo con caras desconocidas que, a pesar de que también van a menudo por la biblioteca, no voy a volver a ver nunca más. Deslizo la palma de mi mano por la barandilla. El silencio es rotundo. Rotundo es también mi convencimiento de que ese viernes sí encontraré un libro que pueda llevarme a casa. A la misma casa donde ella y yo hicimos tantas veces el amor cuando mis compañeras de piso no estaban. A la misma casa donde yo intentaba hacer que se quedara a mi lado. Pero la enfermedad es caprichosa y egoísta, y cuando la poseía la rompía en mil pedazos. A la misma casa en la que lloré el último día, yo lo sabía, lo sospechaba, en que hicimos el amor. 
 
Ni siquiera la enterraron, ¿sabes? Ni siquiera permitieron a su cuerpo descansar, tumbarse sobre el lecho y yacer así (como Plath) durante la eternidad. Paralela a la tierra que la habría acogido, yo lo sé, lo tengo claro, gustosa en su seno. 
 
La encontraron en su cama junto a una nota que pedía perdón. No había firma alguna ni destinatario. Sus padres creyeron que se dirigía a ellos y se quedaron la nota. Seguramente la tiraron pocos días más tarde. Yo sé que la había escrito para mí. «Este río de sangre es la vida que me llevo cuando hacemos el amor». Pero ese día no habíamos hecho el amor. Ese día ninguna de las dos estaba a principios de su ciclo. Esa sangre no era menstrual. 
 
La quemaron. La quemaron y la metieron en una urna. Resultaba más barato. Resultaba más barato convertir en polvo lo que ya de por sí era viento, ceniza, material volátil, estrella fugaz. La quemaron y yo no estuve delante. Porque yo me enteré tarde. Quiero decir que me lo dijeron tarde. Al final su madre me llamó por compromiso. Pero en realidad yo lo sentí justo en el momento en el que el filo del bolígrafo acuchillaba el papel. «Lo siento. Lo siento mucho».   
 
Llego a la planta en la que nos conocimos. Entro en la sala en la que la vi por primera vez. Ahora lo recuerdo. Me acerco a la estantería y ahí está: el libro gracias al cual nos hicimos el amor. De pie, en el estante de arriba, vertical. Levanto la mano temblorosa. Vuelven a caer las lágrimas. Permanecemos, el libro y yo, erguidos durante unos segundos, antes de cogerlo. Se lo llevó ella («But I would rather be horizontal»).

lunes, 21 de junio de 2021

Verano o Días de fiesta

A quien madruga 
 
—Otra vez vas a llegar tarde a clase.
 
Mi madre repite cada mañana la misma oración. Después me mira con reprobación y me desordena un poco el pelo; es su forma de darme los buenos días.
 
Voy al baño a mear y me lavo la cara con agua fría. Me caigo de sueño. Esa fuerza sobrehumana que me ataba a la cama sigue tirando de mí. Me pesa la espalda, me pesan los brazos, me duele la cabeza. 
 
Me visto con la misma ropa que llevaba el día anterior; no me apetece buscar algo limpio en el armario. Vuelve a aparecer mi madre por la puerta.
 
—¿Vas a desayunar? 
 
Lo que quiere preguntar en realidad es si voy a utilizar el cuchillo para partirme un trozo del bizcocho que hizo hace un par de días o puede echarlo ya a la pila. Le digo que sí, así que después de ponerme los vaqueros y la camiseta de The Flash me voy a la cocina y desayuno rapidito. 
 
El bizcocho está bueno, la verdad, aunque no siempre le salen así de bien. Vuelvo al baño a lavarme, voy a mi habitación a prepararme la mochila, me calzo y me voy. 
 
—Me voy.
 
—Vale, cariño, adiós. 
 
Hace tiempo que creo que mi madre sufre un trastorno de personalidad múltiple; nadie puede cambiar tan rápido la forma de tratar a una misma persona. Un día estás insistiendo en lo maleducada y desconsiderada que es tu vecina al poner esa música tan alta a tan bajas horas de la mañana y a los cinco minutos estás diciendo que qué agradable y simpática que es porque siempre da los buenos días. Que no, que no se puede. 
 
Llego tarde a clase. Tan tarde que ya han cerrado las puertas del instituto. Llamo al timbre y el conserje me dice que ya ha cerrado y no va a abrir: son las normas. Volverá a abrir las puertas a segunda hora, así que doy media vuelta y me voy. Hay un pequeño parque cerca de allí. A estas horas no suele haber nadie, así que me acerco y me siento en uno de los bancos de madera. 
 
Mi madre no sabe que fumo; pero tampoco me importa mucho que se entere, así que me lío un cigarro y me lo enciendo. Esa fuerza descomunal que me sujetaba a la cama sigue tirando de mí. Me cuesta levantar el brazo para darle una calada al cigarro. Hago un esfuerzo. Tiro el humo al lado equivocado y el viento me lo devuelve. Tampoco me importa mucho. También sigue doliéndome la cabeza.
 
Si no consigo entrar a segunda hora a clase, no entraré a ninguna. Los conserjes no te dan una tercera oportunidad: son las normas. Así que me levanto y voy hacia la puerta unos minutos antes de que la abran. Si no voy al instituto en todo el día, no sé qué haré. Una vez me pelé las clases porque estaba demasiado triste como para fingir tomar apuntes. Fue un aburrimiento. Mi madre no trabajaba ese día, así que no podía estar en casa; me tocó dar vueltas por las calles rezando para que ningún conocido me viera y se chivara. Me aburrí tanto que llegué una hora antes a casa con la excusa de que el profesor de la última hora no había venido y nos habían dejado salir. Coló, sonaba creíble. 
 
Cuando el conserje abre la puerta por segunda vez, veo al profesor de matemáticas salir de su coche. Está bastante bueno. Es joven, guapo, inteligente, viste bien, tiene un pelo precioso... Todas las chicas de clase están coladas por él. Se acerca a la puerta y entra detrás de mí. Yo camino despacio para poder verlo de cerca. Me da los buenos días con una sonrisa. No me reprocha el haber llegado tarde. Eso me gusta de él, que no te juzga. Cualquier chica tiene más posibilidades de ligárselo que yo. Lo sé porque está casado. Con una mujer. 
 
—¿Por qué no has venido al examen? 
 
Acabo de acordarme de que hoy teníamos examen a primera hora. Para eso he estado estudiando toda la semana. Además anoche me fui a dormir convencido de que lo iba a aprobar. 
 
—Tenía que ir al médico. 
 
No sé por qué les miento a mis compañeros de clase. 
 
—Ah. 
 
Es la conversación más larga que voy a tener en todo el día con alguno de ellos. 
 
Durante las clases sigue costándome mover los brazos; estoy tan cansado... Tomo apuntes, atiendo a la explicación, miento a la hora de decir que he hecho los deberes, salgo a la pizarra por voluntad ajena. La hora del recreo la paso con un par de amigos de otra clase. A veces se nos unen un par de chicas, depende de cómo les dé. Lo pasamos bien. Por un momento parece que no me duele tanto la cabeza. 
 
Cuando vuelvo a casa, mi madre ya se ha ido a trabajar. Me ha dejado la comida en la nevera, sólo tengo que calentarla. No tengo mucha hambre, así que lo más seguro es que me coma la mitad y acabe tirando el resto a la basura. Otra vez se le ha olvidado que hoy es mi cumpleaños.
 
Por la tarde me tumbo en el sofá con el televisor encendido. Hacen una sitcom de estas tan patéticas que gustan a la gente. Las noticias ya han entrado en la sección de deportes y a mí no me interesan los deportes. Hay tres canales de dibujos; dos de ellos están en anuncios y en el tercero ponen una especie de culebrón de adolescentes que supuestamente gusta a los pequeños. Ni siquiera las cadenas infantiles se libran de la morralla. 
 
Tengo que levantarme y hacer los deberes. Tengo que ducharme, salir a comprar las cosas que faltan. Quedan cinco horas para que cierre el supermercado. También tengo que suicidarme, pero qué pereza. 
 
Suena mi teléfono móvil justo cuando estoy leyendo la agenda para ver qué tengo que hacer para mañana. La redacción de castellano corre prisa. El trabajo de filosofía no tanta, pero tiene que ser largo, así que no sé si me dará tiempo; aún no me he leído el libro. 
 
—Felices dieciséis. 
 
Se ha acordado. No creía que fuera a hacerlo; me dijo que tenía muy mala memoria para las fechas. 
 
Mientras él se dirige hasta casa, yo decido ponerme a hacer los deberes de castellano. Desde donde viene, tardará un rato largo en llegar en coche, si es que ya se lo han arreglado en el mecánico. Enciendo el ordenador, abro el libro y la libreta, abro un documento Word totalmente vacío y busco «Wikipedia» en Google. 
 
He cometido el error de traerme el móvil a la mesa y ahora no dejo de mirar la hora en él. La hora también puedo mirarla en el ordenador, pero el móvil me distrae más. Y me pone más nervioso. En el fondo lo que espero es que me envíe un mensaje diciéndome que al final no puede venir; tal vez sea el empujón que necesito para quitarme la vida. «Abandonado por todos en su cumpleaños, un joven de dieciséis años decide quitarse la vida». Puede que como titular quede un poco largo, pero a mí me gusta. Lo malo es que no tendré forma de comprobar si he salido o no en los periódicos. 
 
Decido levantarme de la silla y dejar el teléfono móvil sobre mi mesita de noche. Aun así el trabajo de castellano me resulta imposible de hacer; me sigue doliendo la cabeza y ahora encima me carcomen los nervios. Hace casi un mes que no lo veo. Sólo quiero que llegue ya para quitarle la ropa y lamerle todo el cuerpo de arriba abajo. 
 
Decido volver a levantarme de la silla, pero esta vez para apagar el ordenador y guardar el libro y la libreta. Creo que lo mejor será que deje la redacción para luego y aproveche ahora, que aún no ha llegado, para salir a comprar. Cojo dinero de la mesita de noche de mi madre y justo alguien llama al timbre. Es él. Al parecer ya son las cinco; el tiempo pasa más deprisa de lo normal cuando tienes muchas cosas que hacer. Quedan cuatro horas para que cierre el supermercado. 
 
Mi madre no sabe que Raúl y yo nos estamos acostando. Ni siquiera sabe que Raúl existe. No sabe que, cuando ella se va a trabajar, él a veces viene a casa y me la chupa. No sabe que cuando salgo los viernes por la noche, muy de uvas a peras, no me voy con mis compañeros de clase de botellón, sino que me voy a dormir a su casa. 
 
—No esperaba que vinieras. 
 
—Lo sé. 
 
Lo primero que hace nada más entrar en mi casa es apoyar sus manos sobre mi cintura y besarme. Mientras nuestras salivas se mezclan creando una nueva saliva de dos tipos de ADN distintos, yo cierro la puerta de un portazo. Raúl no es nada escandaloso llamando y las posibilidades de que justo en ese momento algún vecino mío estuviera cotilleando son mínimas, así que dudo que alguien nos haya visto besándonos. Y si alguien ha escuchado el portazo y se ha puesto entonces a mirar a través de la mirilla, ha llegado tarde al espectáculo. 
 
Raúl es un poco más mayor que yo, un poco más alto que yo, un poco más fuerte que yo y mucho más atractivo. A su lado no me duele la cabeza. A su lado la muerte parece algo lejano, algo de otro mundo. En sus brazos, la fuerza que me ata a la cama, al reposo, a lo horizontal, se debilita. Se debilita y yo parece que me recompongo, me hago un poquito más fuerte, un poquito más valiente, un poquito más feliz. Raúl es el empujón que necesito para seguir con vida, pero no tengo intención de decírselo. 
 
Vamos al comedor para estar más cómodos. Se quita la chaqueta y la cuelga en el respaldo de una silla. Nos sentamos en el sofá, el uno al lado del otro, y seguimos besándonos. Esta vez con suavidad, degustando tranquilamente los labios que nos dan de comer. Él no sabe que siempre estoy triste, que cada día me cuesta más y más levantarme de la cama y fingir que tengo una vida como los demás, no sabe el bien que me hace dejándome permanecer a su lado. 
 
Pasa su mano por debajo de mi camiseta de The Flash y me acaricia la espalda con las yemas de los dedos. Se me eriza la piel. Mi columna vertebral son las teclas de un piano insonoro que él, niño prodigio, siempre ha sabido cómo tocar. Yo me abrazo a su cintura. Nos quitamos mutuamente las camisetas, pero soy tan torpe que no me doy cuenta de que lleva camisa (y eso que siempre lleva camisa) y le rompo sin querer un botón.
 
—No pasa nada, mi amor. 
 
Abraza mi nuca con su mano y me besa en la frente. Si no me importara no acostarme hoy con él, me echaría a llorar en este mismo instante. Pero no quiero estropear el momento con mis dramas paranoides. «Todo lo rompo», «todo me sale mal», «no merezco estar vivo». 
 
La primera vez que vi esa marca de su frente, creía que era una mancha de nacimiento. 
 
—Es de nacimiento, pero no es una mancha — me dijo—. Son muchas. 
 
Desabrochó su camisa despacio y me enseñó lo que es el vitíligo. Su piel enfrentada a sí misma, su piel dividida en dos, su piel el mapa del mundo. Desde la primera vez que lo vi, supe que quería estar con él el resto de mi vida. Mi yo de casi quince años (me quedaban tres meses para cumplirlos) sentía la curiosidad morbosa de los adolescentes desesperados por participar en el campo del sexo. Sus ganas de abrirme las puertas de par en par hicieron que me enseñara la polla sin pensárselo dos veces. Fue la primera vez que hicimos el amor. 
 
Cuando voy a desabrocharle el pantalón, me dice que frene un poco, que no tenga tanta prisa, que estoy muy nervioso. Estoy muy nervioso. Hace casi un mes que no nos vemos y hoy es mi cumpleaños. No esperaba que él se acordara. Me dijo que era muy malo memorizando fechas. 
 
—Vamos mejor a tu dormitorio, ¿no? 
 
Él ya había cumplido los dieciocho cuando nos conocimos; tiene tres años y medio más que yo. Yo estaba volviendo a casa despacio, disfrutando de la tarde tan agradable que había dejado la lluvia. Venía de casa de una amiga con la que antes solía quedar. Él estaba buscando algo en sus bolsillos mientras esperaba el autobús. Me paró y me preguntó si tenía un mechero. 
 
—¿Seguro que te dará tiempo? Normalmente, cuando alguien se enciende un cigarro, el autobús no tarda en aparecer... 
 
—Tranquilo, si acaba de pasar. Lo he perdido —en esa época tenía el pelo largo e intentaba apartárselo de la cara mientras prendía su cigarro—. Toma, gracias. ¿Quieres uno? 
 
Yo llevaba encima un paquete casi entero, pero acepté su ofrecimiento. En esa época aún no tenía la costumbre de liarme el tabaco. 
 
En mi dormitorio me tumbo encima de él. Su piel es tan suave que podría pasarme la vida tumbado sobre ella. Me desordena el cabello mientras yo muerdo su tierno cuello. Nos quitamos los pantalones y los tiramos al suelo. Siempre igual, la ropa por los aires, sin ningún tipo de orden. Me alimenta con su pecho y yo florezco desde dentro. Ojalá pudiera presentárselo a mi madre; decirle: 
 
—Mira, éste es Raúl, tu yerno. 
 
Y que ella lo aceptara. Pero Raúl tiene ya diecinueve años, y mi madre no puede saber que me acuesto con alguien que ya es mayor de edad. 
 
Mi lengua un remolino alrededor de su obligo. Sus manos una fuerte ventisca en mis cabellos. Bajo por su vientre, besando alternativamente cada uno de sus colores. Blanco, negro, blanco, negro. Mi boca una pieza de ajedrez que busca poner en jaque mate a su rey. Con la punta de mi nariz acaricio, de abajo arriba, su tronco. A él esto le gusta mucho. Después bajo sus calzoncillos y lamo el árbol del conocimiento. 
 
—Bésame.
 
 —¿Qué? 
 
—Bésame.
 
Creo que Raúl me quiere. Y eso es algo que me duele porque yo lo quiero a él. La única opción que tenemos es esperar a que yo cumpla los dieciocho para poder presentárselo a mi madre y decirle que nos acabamos de conocer. Pero no sé si él esperará dos años más. 
 
Se medio incorpora apoyándose sobre sus codos y me repite: 
 
—Bésame. 
 
Yo me acerco a gatas a su boca y se la beso. Nos abrazamos. Termina de quitarse los calzoncillos y me quita los míos. De nuevo todo por los aires. Me da a mí que hoy no me va a dar tiempo a salir a comprar. 
 
—Feliz cumpleaños. 
 
—Ya me lo has dicho antes. 
 
—Pero por teléfono. 
 
Nos fundimos en un abrazo. Nos acariciamos mutuamente la espalda; no parece importarle que la mía esté llena de acné. Permanecemos arrodillados sobre el colchón unos minutos, mientras nos besamos como si mañana fuera a acabarse el mundo. A lo mejor lo hace; nunca sé cuándo va a ser por fin mi último día. 
 
—Gírate. 
 
Tengo lubricante y preservativos en el cajón superior de mi mesita de noche. Le doy la espalda y me la besa. Me inclino hacia delante y apoyo las palmas de las manos sobre la cama. Veo de reojo cómo abre mi cajón. Por si acaso a alguno de los dos se le olvidara llevar protección a casa del otro, quedamos en que los dos tendríamos siempre en la nuestra. Con el tiempo me he dado cuenta de que su caja de preservativos se vacía más despacio. Creo que al principio se acostaba con otra u otras personas, pero dejó de hacerlo no sé por qué. 
 
Separo las piernas para estar más cómodo y me penetra con la máxima suavidad posible. La primera vez me dijo que a lo mejor sentía algo de dolor, y que si era así le dijera que parase; pero la verdad es que nunca he sentido dolor. Todo lo que siento cuando lo siento dentro de mí es felicidad; yo florezco desde dentro porque él me riega. 
 
La escultura que formamos no es de mármol ni bonita de observar. No creo que el sexo sea algo estético. Con su mano izquierda me masturba al mismo tiempo que me penetra. Raúl es ambidiestro; le he visto escribir igual de bien con la izquierda que con la derecha. Además tiene una letra muy bonita. La mía sin embargo es ilegible. Por eso me alegra tanto que la mayoría de los profesores del instituto pidan que hagamos los trabajos a ordenador. 
 
Al principio sus movimientos no están sincronizados, pero poco a poco el baile mejora. Yo clavo mis uñas en su glúteo derecho. Soy diestro, como la mayoría de la gente. Cuando necesito que vaya más rápido, pongo mi mano derecha sobre la suya izquierda y le ayudo a masturbarme. Estamos a punto de llegar a la cima. Aparto su mano en este sprint y, mientras él se corre en dirección a mi intestino grueso, yo lo hago sobre las sábanas. Ahora tengo que acordarme de poner la lavadora antes de que llegue mi madre. 
 
Yacemos abrazados sobre la cama. El silencio postcoital es un cántico celestial. En seguida me entra frío; supongo que a él también, porque coloca la sábana sobre nuestros cuerpos. En unos minutos nos levantaremos y nos ducharemos juntos: es nuestro ritual. Luego él se irá y todo seguirá como siempre. Yo seguiré sin poder decirle a mi madre que estoy enamorado. Él seguirá fingiendo que lo nuestro es temporal. Yo lloraré nada más cerrar la puerta. Pero ahora yacemos abrazados. Es mi cumpleaños. No esperaba que fuera a acordarse. Me dijo que se le daban mal las fechas. 
 
—¿Sabes que hoy cumplo quince años? 
 
—¿Tienes quince años? 
 
—Sí. Hoy. Mi madre se ha olvidado de felicitarme. 
 
—Felicidades. No sabía que fuera tu cumpleaños. 
 
—Lo sé, no te preocupes... 
 
—Nunca me acuerdo de estas cosas, ¿sabes? 
 
—¿Nunca? 
 
—Casi nunca. Las fechas se me dan fatal. Sólo me acuerdo del día de Año Nuevo. 
 
—¿Y la Nochevieja? Es el día anterior al año nuevo... 
 
—Ya... Pero es que a veces me lío y creo que diciembre tiene treinta días. En serio, no te rías, es muy fuerte.
 
—Vaya... De todas formas da igual. Total, sólo lo he dicho porque acabo de caer en la cuenta. No es importante. 
 
—Seguro que tu madre se acuerda esta noche justo antes de irse a dormir. 
 
—Sí... No es cierto que nunca se acuerde, ¿vale? Es que tiene la cabeza en otra parte y siempre se da cuenta tarde. Pero no pasa nada. 
 
Cuando llegue de trabajar, mi madre me sonreirá tímidamente y me deseará un feliz cumpleaños. Excusará su olvido diciendo que apenas nos hemos visto hoy, que esta mañana no sabía que ya estábamos a día trece, que tiene muchas cosas en la cabeza; yo le diré que no se preocupe y le daré las gracias. Pero ahora es momento de permanecer abrazado al cuerpo que amo. 
 
Quedan treinta minutos para que cierre el supermercado, menos mal que está cerca de casa. Salgo con cara de haber echado un polvo. La cajera lo nota. Casi nunca sonrío y cuando lo hago lo hago falsamente. Esas cosas se notan. Pero esta vez le sonrío de verdad, e incluso devuelvo el saludo con palabras audibles. La cajera pensará que el polvo ha valido mucho la pena; tanto que si esta noche mi madre olvida felicitarme el cumpleaños no me importará. 
 
Mañana llevaré el trabajo de castellano mal hecho. Pienso hacerlo esta noche. Con un poco de suerte no tendré que leerlo en voz alta. También tengo que empezar el libro que nos mandaron en filosofía. Si es que puedo. Normalmente tengo insomnio; la fuerza sobrehumana que me arrastra hasta la cama no tiene el poder de hacer que me duerma. Tumbado me desvelo totalmente y me entran ganas de llorar. Dormir es un infierno, últimamente tengo muchas pesadillas. No son pesadillas en el sentido de película de terror, pero sí son sueños muy extraños que me dejan un mal cuerpo por la mañana. Por eso, cuando no consigo dormir, en vez de intentarlo, suelo aprovechar para leer o estudiar o hacer cualquier otra cosa que me distraiga. Con suerte mi cerebro olvida que padecemos un trastorno del sueño y nos caemos redondos a las tantas de la madrugada. Pero creo que esta noche dormiré bien; el polvo ha valido mucho la pena. 
 
Llega mi madre a las diez y cuarto y me pilla, como siempre, haciendo la cena. Como nuestro horario nunca cambia, nuestras tareas domésticas son básicamente las mismas todos los días, con algún cambio los fines de semana y los festivos. Por ejemplo, ella hace la comida y yo la cena. Por ejemplo, ella friega por la mañana y yo por la tarde. Por ejemplo, ella barre los suelos y yo salgo a comprar. Me da un beso en la mejilla mientras corto el tomate para la ensalada. Estoy absorto. Ella va a su habitación a quitarse los zapatos y a ponerse cómoda. Yo sigo pensando en Raúl y en lo que ha pasado esta tarde. No me lo esperaba; aunque no sea garantía de que a partir de ahora todo vaya a ser un camino de rosas, sé que esta noche dormiré bien y por tanto mañana me levantaré pronto y será la primera vez en meses que mi madre no me diga que voy a llegar tarde a clase. 
 
—Feliz cumpleaños, cariño, que esta mañana se me ha olvidado. Cuando te has ido, he mirado el calendario y digo: «¡Ostras! ¡Si hoy es el cumpleaños de Alberto!». 
 
—Gracias. Me imaginaba que te acordarías más tarde. No pasa nada. 
 
Mañana seguiré pensando en Raúl. A lo mejor no hace falta esperar dos años para decirle a mi madre que estamos juntos. A lo mejor con esperar unos meses y decirle que nos acabamos de conocer es suficiente. Mi madre tiene que saber que, si fuera mucho más mayor que yo, a mí ni se me habría ocurrido salir con él. Y conociéndole, si nos lleváramos más de cuatro años, o incluso si nos hubiéramos conocido un poco antes o hubiera sabido mi edad, él no habría siquiera intentado conocerme. O sí, pero habría esperado más tiempo antes de hacerme el amor por primera vez. Que me ponga el profesor de matemáticas no significa que quiera acostarme con él, ni siquiera si no tuviera a Raúl.
 
 Porque a Raúl lo tengo. Ahora lo sé. 
 
Aún no han arreglado su coche, así que esta tarde ha tenido que volver a casa en autobús. Yo le he acompañado a la parada. Me sentía tan relajado que no he pensado siquiera en que alguien pudiera vernos juntos. De paso que he salido a acompañarle, he aprovechado para ir directamente a comprar. En la parada del autobús nos hemos cogido de la mano. 
 
—Ya está viniendo. 
 
Son las palabras que no quería escuchar. Me ha mirado compasivo y ha rozado mi mejilla con las yemas de sus dedos. No quería que se fuera. No: quería que me llevara consigo. Cuando el autobús ha parado y ha abierto sus puertas, me ha susurrado algo al oído y me ha dado un beso en la mejilla. Nuestras manos seguían entrelazadas. Yo me he quedado sin saber qué decir; no me lo esperaba. Él me ha sonreído con fuerza. Es un chico muy alegre. Nuestras manos se han separado despacio mientras él subía al autobús y yo permanecía abajo con el brazo extendido. Creo que la conductora también esperaba mi respuesta. Raúl me miraba tranquilo. Él no es como yo, él siempre está seguro de sí mismo. Es algo que me gusta mucho y a su lado parece que se me pega. Las parejas hacen eso, ¿no?: se siembran seguridad mutuamente. 
 
He vuelto a nacer. Puede que en el fondo no tenga nada malo, nada que repela a las personas. No al menos a todas las personas. Puede que en el fondo sí que se me pueda amar, pero hay que tener tiempo y ganas de escarbar. Raúl las tiene. Raúl es especial, creo que le caerá bien a mi madre. No le importa que yo apenas hable; él sólo quiere estar a mi lado y hacerme feliz. Creo que la conductora sí esperaba mi respuesta porque ha cerrado las puertas nada más dársela. Después me he quedado mirando el autobús como quien contempla el buque de guerra en el que marcha su marido sin saber si volverá. Yo sé que el mío lo hará. 
 
—Yo también te quiero.