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lunes, 8 de septiembre de 2025

mártir

Volviendo de Ricote hemos decidido parar para mear y comer algo, así que nos hemos desviado hacia Moixent, si no recuerdo mal el nombre. Una vez en el aparcamiento, ha bajado mi novio a preguntar si podíamos estar con la perra en la terraza del restaurante, que curiosamente se llamaba Bonaire (aunque esto igual sólo le hace gracia a los de mi pueblo). Total, que ha vuelto al coche y me ha dicho que acababa de irse la luz en toda España, Portugal, Francia y quizá algún otro país. Nos hemos quedado sin saber qué decir porque parecía surrealista. Durante el viaje de vuelta nos estaban fallando los datos y perdíamos Internet a cada rato, pero no esperábamos que fuera algo masivo. Hemos hecho bromas con el kit de supervivencia, que por supuesto no lo tenemos hecho a pesar de haberlo dicho medio en broma medio en serio en más de una ocasión. Me acuerdo ahora de que encontré un silbato rosa en la plaza del pueblo y pensé 'mira, para el kit', pero estaba roto y lo tiré al contenedor. El caso es que hemos seguido conduciendo y al llegar a L'Alcúdia hemos visto cola para entrar en Mercadona, así que hemos seguido hasta el Economy Cash, que había menos gente. Ha entrado mi novio mientras yo me quedaba con Mia, que parecía tranquila a pesar de no saber nosotros cómo estábamos. Durante el trayecto Bernat me ha dicho que si pasaba algo al menos habíamos podido disfrutar del viaje. Yo le he dicho que, si pasaba algo, al menos estábamos juntos. Luego me ha cogido de la mano y ha vuelto los ojos a la carretera.

En un segundo puede pasar cualquier cosa.

Cuando salga con la compra del Economy Cash, Bernat me comentará que había un hombre en la cola llevándose siete u ocho garrafas de agua (él llevaba dos). Habrá comprado también pan, algo de fruta y pienso para los gatos, que les quedaba poco el día que nos fuimos. Después conduciremos escuchando la radio, la única emisora que funcione, y gracias al programa caeremos en la cuenta de que vivimos en un quinto y no funcionarán los ascensores. Aparcaremos en zona de motos con los intermitentes encendidos. Sacaremos todo y lo meteremos al patio; las maletas, las mochilas de salir a caminar, la bolsa con los juegos y las cosas de la perra, la bolsa de la ropa sucia, la bolsa con los limones que nos ha regalado el casero, la bolsa con lo que casi se nos queda olvidado en la nevera del apartamento, las dos garrafas de agua, las dos bolsas de la compra en el Economy Cash, la perra. Subiremos todo en varios viajes hasta el quinto piso (la mayoría de los viajes los hará él). No habrá luz ni agua (la bomba no funcionará). Comeremos bocadillos con el fiambre que tenemos guardado para alguna comida familiar y siempre se nos olvida sacar. Nos sentaremos a bebernos unas cervezas y recordaremos de repente que tenemos el coche mal aparcado. Bajará Bernat a aparcar bien mientras yo me quedo pensando en casa.

En un segundo puede pasar cualquier cosa.
 
Bernat me dice que si pasa algo al menos hemos podido disfrutar del viaje. Yo le digo que, si pasara algo, al menos estamos juntos. Luego suelta el volante para cogerme de la mano y aparta, un segundo, los ojos de la carretera. 

jueves, 30 de noviembre de 2023

NUBE DE ALGODÓN

Yo soy tu gatita
(La Factoría)

1, 2

Tu mirada se cruza con la mía bajo la marquesina de la parada del autobús. Lleva diez minutos de retraso y tú me hablas del viento, me cuentas del aire, me narras de la brisa. Yo me fijo en tus manos y no imagino, no sospecho, que esa misma noche se entrelazarán con las mías mientras hagamos el amor en la cama de matrimonio de la habitación de tu madre. Lleva veinte minutos de retraso y decido seguirte la corriente, pero no me quito las gafas de sol para que no me des por hecha. Elogias mis tatuajes, no me miras las tetas, me tratas como a un ser humano; con qué poco nos conformamos. Lleva treinta minutos de retraso y aún soy tan ingenua de creer que mis planes siguen intactos, que no pasaré la tarde contigo dentro de unos grandes almacenes que hasta ese día no sabía ni que existían. Ya dentro del autobús tu abrazo me consume. Ya en la última parada tu cautela me embriaga. Ya dentro de la tienda tu boca me llama. Y ese beso que nos damos en las afueras, ese beso que nos damos en el centro del vendaval, me termina conquistando.

3, 4

Te escribo para decirte que yo no cocino y tú me dices que te da igual. Te da igual y te diriges a mi piso después de salir de trabajar. Llegas a mi piso pasadas las cuatro y te pones a rebuscar entre los armarios de mi pequeña cocina office. Te observo desde una distancia reflexiva y no entiendo, no comprendo, lo que está pasando. He encontrado el amor de repente, esperando el 160, y lo he atraído hasta mi puerta. Ahora mismo se encuentra cocinando con ingredientes que ya tenía, que yo misma había comprado, algo que jamás se me había ocurrido. Te beso en la nuca y espero. Me siento en la mesa y espero. Termino de comer y espero. En la cama de matrimonio de mi pequeño apartamento tú y yo nos doblegamos al rito de la carne. La espera ha valido la pena.

5, 6

Caminamos de la mano bajo la luz de la luna. Llevo un vestido tan largo que por poco no roza el suelo. Caminamos despacio, disfrutando de la noche, del silencio de las calles, esquivando a los pocos transeúntes que, como nosotros, continúan paseando. Yo sonrío y pienso en qué envidia deben sentir, cuántos celos deben estar tratando de esconder, todas aquellas personas que no deambulan de tu brazo. Y yo sonrío. Esta vez hemos decidido no irnos al centro, para evitar volver a encontrarnos cerradas las cocinas; seguiremos recorriendo estas calles hasta toparnos con un restaurante cuyas mesas no estén todas ocupadas. Terminamos encontrando un japonés y nos sentamos una frente al otro. Confío en tu criterio pero yo elijo el postre. Bebemos cerveza y nos miramos a los ojos. Te hago reír. La vuelta a casa es silenciosa y apacible.

7, 8

Me acurruco sobre tu cuerpo como un gato, o eso dices: que parezco un gato. Yo ronroneo en tu cuello, refriego mi frente en tu clavícula, te doy un beso en el hombro. Tú me abrazas mientras dormimos o fingimos hacerlo, mi cadera encajada en tu cintura, y respiras suavemente sobre mi cuello. Acaricio tu pecho, tu espalda, tu mandíbula, con las yemas de mis dedos, afilando tiernamente mis uñas con tu cuerpo. Me ruegas que no me detenga y yo continúo depositando mi fragancia sobre tu piel, consolidando el vínculo. De tener siete vidas, las pasaría todas contigo.

9, 10

Suena el teléfono a las seis de la mañana. Ha pasado un tiempo, ya te había olvidado, pero tu voz me reclama desde el otro lado de la línea. Yo acepto tus absurdas excusas, tus frágiles disculpas, y te abro por última vez la puerta de mi casa. Hacemos el amor reiteradamente sin saber que estamos contemplando una supernova. Te abrazo por la espalda sin saber cuán inestable se ha vuelto el núcleo, qué poco falta para el colapso. Cuando te despides de mí con esa dulzura en el rostro, no parece el fin del mundo. Pero cuando cierro a tu espalda la puerta se apaga la luz.

jueves, 16 de noviembre de 2023

EL ARTE DE CONTAR UN BUEN CHISTE

Mi risa inundaba tus oídos en ese salón comedor de la casa en la que vivías. Se hacía más y más fuerte por cada chiste que me contabas. Se hacía más fluida, más tranquila, más valiente mientras nos abrazábamos totalmente desnudos en ese sofá en el que nos habíamos hecho el amor sin pensar siquiera en si debíamos o no correr las cortinas. Mi risa era lo más íntimo que tenía y tú me la sacabas sin ninguna dificultad. Me acariciabas suavemente la espalda con las yemas de los dedos y me hacías reír. Me contabas los mismos chistes que la última vez en la que nos habíamos hecho el amor en la cama de matrimonio de la habitación de tu madre y a mí me hacían la misma gracia. Me contabas nuevos chistes que habías aprendido, o que habías recordado desde la última vez que nos vimos las caras para bebernos juntos una botella de vino, y yo me reía. Me contabas una y otra vez el que sabías que era mi chiste favorito y yo me reía igual de honestamente que el primer día. Yo te quería y tú me hacías reír. Yo te quería y tú disfrutabas de sacarme una sonrisa. Yo te quería y tú te alegrabas de que por una vez dejara de estar tan triste, tan harta, tan cansada. Yo te quería y tú me tratabas como si fuera lo más preciado de este mundo, la mujer más guapa, la mujer más lista. Yo te quería y tú me tratabas como si fuera la mujer más importante, la persona más fuerte que jamás habías conocido. Como si de verdad fuese tan valiente. Yo te quería y tú me convencías de que merecía más que nadie ser feliz. Yo me abría ante ti como la flor del cerezo en primavera, sin que nadie más me viera, y compartía contigo mis secretos. Confiaba en ti como para que me recogieras del suelo si caía o para que me pusieras el pelo por detrás de las orejas si tenía la necesidad de vomitar después de apenas haber compartido contigo esa botella de vino. Cuando lloraba tú me abrazabas y yo no sentía la necesidad de cubrirme la cara con las palmas de las manos. Cuando lloraba tú me abrazabas y yo no pasaba vergüenza. Los silencios no eran incómodos y nunca había obligación de rellenarlos. Yo leía un libro y tú trabajabas en el ordenador. Yo memorizaba con la punta de mis dedos ese rostro tan perfecto que tenías y tú mirabas tu teléfono móvil, leyendo algún hilo de Twitter o hablando por WhatsApp con tus amigos de la universidad. A veces rompías el silencio poniéndome en YouTube tus canciones favoritas. Me hablabas sobre la música y, aunque aficionado, a mis oídos eras todo un experto. Entonces te ponías a cantar mientras yo repasaba el puente de tu nariz y aunque no teníamos los mismos gustos musicales no me cansaba de escuchar esa preciosa voz que tenías. Y nunca quería que se terminara esa canción. Y nunca quería que dejaras de cantarme. Cuando nos íbamos a dormir después de habernos hecho el amor, de nuevo sobre la cama de matrimonio de la habitación de tu madre, yo rozaba el escaso vello de tu pecho, que te dejabas crecer sólo porque sabías que me gustaba, para calmar mi ansiedad. Y tú me abrazabas. Y nuestras piernas se entrecruzaban como una enredadera y nuestra piel estaba siempre en contacto por mucho calor que hiciera. Y si por casualidad nos dábamos la espalda durante la noche y no nos dábamos cuenta como para volver a girarnos, nuestras manos no se soltaban, seguían cogidas para no sentir el abandono. Aunque sólo fuera por el dedo meñique. Para no sentirnos solos.

Y aun así dices que no te enamoraste de mí.

lunes, 14 de febrero de 2022

Invisible

 
Marzo 
Hogar de la primera víctima 
 
El ladrón entró por la ventana, cogió lo que había venido a buscar y se marchó por donde había entrado. 
    O al menos así lo indican los cristales que cubren el suelo de granito como si de un manto de hielo se tratara. 
    Pero no falta nada en la casa, capitán. 
    ¿Quiere decir que alguien rompió una ventana con las manos, cortándose con los cristales, tal y como muestra la sangre que hay entre los pedazos que hay en el suelo, entró dejando un pequeño rastro de huellas y se marchó sin llevarse nada? 
    Mmm... No, claro... Eso sería estúpido... Pero es exactamente lo que parece que haya ocurrido... capitán. 
 
Marzo 
Hogar de la segunda víctima 
 
Pero ¿usted está completamente seguro de que no le falta nada? 
    El allanador ha tenido esta vez más cuidado: ni huellas de pisadas, ni sangre entre los cristales. El único indicio de que haya entrado alguien durante la noche son, de hecho, esos cristales que indican que una ventana está rota. La policía ha decidido descartar la idea de que alguien haya lanzado una piedra contra el cristal y se haya ido corriendo simplemente porque no hay ninguna piedra dentro de la habitación. Debe de tratarse de la misma persona y debe de haber entrado para llevarse algo consigo. 
    ¿Ha mirado en los cajones, a ver si le falta algún documento importante? 
    Oiga, yo ya no sé cómo explicárselo. ¿Dónde está su superior? 
    Tranquilícese, hombre, no hace falta que se ponga así.
     ¿Qué me tranquilice? ¡Le digo que no me falta nada en la casa y usted me pregunta si he mirado bien! ¡Pues claro que he mirado bien! 
 
Abril
Hogar de la séptima víctima
 
La policía está desesperada. Ni el ADN ni las huellas de las pisadas revelan quién es el asaltante. No hay huellas dactilares por ninguna parte. Ni rastro de los objetos robados, no porque no los encuentren, sino porque parece que no se haya robado nada. 
    Estaba usted en casa y no oyó nada. 
    Exacto.
    Parece acalorada, como el resto de las víctimas. Se abanica con la mano izquierda y con la derecha se masajea el pecho, más concretamente el corazón. 
    ¿Se encuentra bien? 
    Duermo con tapones para los oídos y por eso no oigo absolutamente nada, ¿sabe? Eh... Sí, me encuentro bien. 
    Sonríe mientras dice esto último. Parece que dice la verdad. 
 
Mayo
 
Una oleada de supuestos crímenes abraza la ciudad. El ladrón, siguiendo su modus operandi, rompe una ventana a puñetazos (quizá con una mano envuelta en una toalla húmeda para no hacerse mucho daño), entra en la casa dejando (a veces) huellas de pisadas de la talla 44 y se marcha sin llevarse (aparentemente) nada. 
    Las víctimas se encuentran, desde que son asaltadas, en un estado de ensoñación constante. Sonríen parece ser que sin motivo alguno y no saben por qué, pero son muy felices. 
    La policía se deja la piel buscando al vándalo.
     Al principio pensábamos que se trataba de un gamberro y que terminaría cansándose; pero han pasado dos meses desde su primer allanamiento y sigue delinquiendo, así que estamos dispuestos a juzgarlo como un peligroso criminal —nos cuenta el capitán Fernández en una rueda de prensa. 
 
Mayo
Hogar de la primera víctima
 
La agente Martínez está casada y tiene dos hijos de seis y diez años. Lleva trece años en el cuerpo y no está dispuesta a que el maldito vándalo se vaya de rositas. Admira a su capitán, pero sabe que es demasiado cerrado de mente y no quiere ver más allá. Así que, sin informar a su superior, sigue las extrañas pistas que le dan las víctimas del mal llamado «crimen invisible».
     Le digo, señora, que me robó el corazón. 
    La primera víctima es una mujer de unos treinta y cinco años. Alta y delgada. Soltera y sin hijos. Pelirroja. Lleva un ligero vestido rojo de flores con el que no necesita usar sujetador, aunque si lo necesitara tampoco se lo pondría. Huele a esmalte de uñas y fragancia de azahar. No usa pendientes; para qué, si el cabello rizado le cubre por entero las orejas. Tampoco usa maquillaje, salvo el pintalabios: rojo pasión. 
    ¿El corazón? 
    Sí, como lo oye. No sé por qué, pero desde que ocurrió no puedo dejar de pensar en él. 
    ¡¿Vio al atracador?! 
    No, no, claro que no... No sé qué aspecto tiene, pero me lo imagino guapo y apuesto. Soltero y sin ataduras, en busca de una esposa. Tal vez una bella dama de espeso cabello rojo que simule la llama de nuestro amor, ya sabe. 
    Y ¿dice que no le falta ningún objeto de la casa? 
    No, sólo el corazón. 
 
Mayo
Hogar de la cuarta víctima
 
La cuarta víctima es un hombre de unos sesenta y seis años. Viudo y sin ningún hijo que se haga cargo de él. 
    Verá agente... 
    Martínez.
    Eso. Agente Martínez. Verá... Lo que a mí me falta es el aire. 
    ¿Padece ansiedad? Es normal en este tipo de casos, después de sufrir una experiencia traumática, como por ejemplo saber que han entrado en su casa a robarle. 
    No, no... Yo estoy fuerte como un roble, agente... 
    Martínez. 
    Sí... Pero no respiro bien. Desde que esa mujer entró en mi casa, no puedo parar de pensar en ella, en por qué me habrá elegido a mí. 
    Usted cree que el ladrón es una mujer.
    Por supuesto. ¿Por qué no iba a serlo, agente... No, no. No me lo diga. Mmm... Agente Martínez. 
    Correcto.
    Sí... ¿Por qué no iba a ser una mujer? Las mujeres también allanan hogares y roban y asesinan. Puede que en menor medida que los hombres, vale, pero lo hacen. 
    Por supuesto, señor Cardona, pero las huellas halladas en diferentes casas son de una 44. Normalmente las mujeres no llegamos a esa talla. 
    Sí, pero en mi casa no se halló ninguna huella, ¿cierto? Y ¿no podría ser que se tratase de una pareja, donde es evidente que la mujer es más cuidadosa y no deja huellas mientras que el hombre, pobre despistado, sí? 
    Pues no se nos había ocurrido, pero lo tendremos en cuenta. 
 
Junio
 
Un total de veintitrés víctimas en cuatro meses. La insistencia de llamarlas víctimas aunque parezcan encantadas con quien les ha robado, ejem, sí, el corazón. Catorce hombres y nueve mujeres. A su vez, doce de las víctimas insisten en que se trataba de un hombre y las otras once en que se trataba de una mujer. La policía sigue creyendo que el «ladrón» es un varón. Curiosamente, las cuatro veces que se han hallado huellas de zapatos de la talla 44 han sido en casas donde la víctima insistía en que era un hombre. 
    Capitán, sé que la historia de los corazones, la falta de aire y el robo de pensamientos y tristeza no tiene ni pies ni cabeza, pero todas las víctimas están solteras o viudas y no tienen hijos. Esa es la conexión que hay entre ellos. 
    Y ¿qué pretende, agente Martínez, poner agentes custodiando a toda la gente sin pareja y sin hijos de la ciudad.
    No, claro que no. Son demasiadas personas. Puede que haya alguna otra conexión entre ellas, relacionada también con su estado civil. Puede... 
    ¿Puede que se sientan solas y el roba-corazones lo huela como animales en celo y vaya a mostrar sus encantos de hombre invisible? 
 
Junio
 
El capitán lleva cuarenta años en el cuerpo, la mitad de ellos como capitán, y está harto de quejas absurdas y victimismos. También es viudo y no tiene hijos; no obstante, ningún gilipollas invisible ha entrado en su casa a través de una ventana mientras dormía a llevarse todos sus pensamientos superfluos y hacerle sentir que no está solo. 
    Desde hace tres años, su hermana le insiste en que salga a conocer mujeres; no le gusta verlo tan solo. Con el avance tecnológico, ya ni siquiera hace falta que salga de casa, puede hacerlo a través de Internet, le insiste. Él siempre le dice que su trabajo lo absorbe demasiado y que tampoco le interesa. 
    No te estoy pidiendo que vuelvas a casarte, Toni, sólo que te distraigas un poco. 
    Sabe que su hermana sólo quiere lo mejor para él. Y, aunque es cierto que su trabajo lo absorbe, ahora mismo tiene un hueco. Enciende el ordenador. 
 
Junio
 
Suena el teléfono en mitad de la noche. ¿Quién coño es a estas horas? Son más de las dos y los niños duermen. La desconsideración está a la orden del día. Más vale que sea importante.
    Martínez al aparato. 
    Acostumbrado a una voz más autoritaria, el capitán tarda un par de segundos en reconocer la cansada voz de su subordinada. 
    Creo que le debo dos disculpas, agente Martínez. La primera por haberla despertado. Y la segunda porque ya sé cómo contactó el ladrón con todos los solteros de la ciudad. 
 
Junio
 
En estos tiempos que corren, los avances tecnológicos son un alivio para aquellos que sufren una leve ansiedad social.
    No, no estamos hablando de los avances médicos; estamos hablando de las redes sociales y las aplicaciones de chat para dispositivos móviles que permiten entablar conversación con la persona de al lado sin necesidad de mirarla a la cara. (Quién no ha estado en una reunión familiar y no ha visto a sus tíos enviar imágenes al grupo de WhatsApp mientras siguen todos en la mesa tomando el café de después de la comida). 
    Hacemos aquí una breve pausa para recalcar lo de leve ansiedad social. Las personas con fobia social (o Trastorno de la Ansiedad Social) encuentran igual de difícil hablar de manera tradicional que por escrito. Supongo que para ellas sería más útil un avance médico que tantas tonterías dentro del teléfono móvil.
    Pero las redes sociales no sólo sirven para entablar amistad con otras personas mediante el inofensivo envío de vídeos graciosos de gatitos, no; también puedes encontrar a tu media naranja, ya sea en una página específicamente diseñada para ello o en cualquier otra. 
    Así que el ladrón encontró a sus víctimas en una web de citas. 
    La mayoría de la gente que busca desesperadamente alguien con quien compartir sus días y sus noches, sus penas y sus alegrías, sus cenas y sus desayunos, se registra en más de una página de contactos. La policía anota cada una de las que mencionan las melancólicas víctimas y encuentra la web común. El capitán anota discretamente en su agenda todos los nombres de las páginas menos la de esta última. 
 
Junio
 
Los agentes de la ley deciden recurrir al engaño y las triquiñuelas para cazar al ladrón. 
    Capitán, ya hemos creado el perfil falso. Ahora sólo falta esperar a que alguno de los pobres desesperados que contacten con Dolores Pineda sea nuestro hombre. 
    Muy bien, agente García, pero tampoco hace falta menospreciar a aquellas inocentes personas que deciden probar suerte a través de Internet en lugar de hacerlo bebiendo en un bar. 
    El capitán está algo susceptible desde que descubrió las webs de citas. 
    Tiene usted razón, capitán. Lo siento mucho. 
 
Julio
 
Aumenta poco a poco el número de víctimas y las posibilidades de que la próxima elegida sea Dolores Pineda. Pelo corto y castaño. 36 años. Hostelera. Viuda y sin hijos. Le gustan la poesía y la montaña. Alérgica al polen. 
    También aumenta la tensión entre la policía, que finge no saber cómo el hombre invisible contacta con sus víctimas para no revelar que la señorita Pineda es en realidad un grupo de agentes de entre 30 y 50 años, y las víctimas, que se empeñan en pedir que por favor dejen en paz al ladrón por miedo a que, si lo encarcelan, éste les devuelva las ganas de llorar. 
    Yo sí que les voy a devolver las ganas de llorar... ¡a balazos! 
    No creo que sea muy correcto decir eso en voz alta, capitán. 
    ¡Me da igual! ¿Tenemos novedades? 
    Aún no, capitán, pero otros dos hombres se han puesto en contacto con Dolores Pineda. 
    ¿Por qué eso no es una novedad? 
    Muy buena pregunta, capitán. 
    En fin... Avíseme si esos dos sospechosos quieren la dirección de la señorita Pineda. ¿Dónde está la agente Martínez?
    Aquí, capitán. Estaba hablando por teléfono con el doctor Ferrán.
    ¿Quién? 
    Está examinando a la primera víctima y nos pide urgentemente que vayamos. 
    ¿Por qué examina a la víctima?
    Al parecer ella misma ha acudido al hospital y se lo ha pedido, capitán. 
    Está bien. Vayamos. Espero que sea importante. 
 
Julio
 
Mientras la policía vigila el piso franco en el que supuestamente vive la bella y encantadora Dolores Pineda, la mujer de espeso cabello rojo que tuvo la suerte de ser elegida como la primera víctima de robo por parte del apuesto hombre invisible acude al hospital más cercano para ver si así por fin la empiezan a tomar en serio. A ella, y al resto de las víctimas. 
    ¿Dónde está el doctor Ferrán? 
    El capitán está hecho una furia.
    Pero esto no puede ser... 
    El doctor está confuso. 
    Yo ya dije que me habían robado el corazón... 
    La primera víctima insiste. 
    Doctor, ¿se puede saber qué ocurre? 
    La agente Martínez intenta poner un poco de calma. 
    Agentes, esta mujer no tiene pulso

miércoles, 22 de septiembre de 2021

Otoño u Hoja caduca

hi ha un dolor secret en la fulla 
que al vent vacil·la i dubta i cau. 
 
Anna Montero 
 
Un cuerpo se precipita desde lo alto. Cae más despacio de lo que parece a simple vista. Tarda en llegar a mis manos. Yo acariciaba sus cabellos para que no levantara la vista y me viera llorando; no quería que ella se sintiera culpable. Un cuerpo tarda demasiado en caer desde lo alto de esa rama. Se ha tirado de cabeza pero cae en horizontal. Siempre que pronuncio la palabra «horizontal» me acuerdo de Sylvia Plath («I am vertical / But I would rather be horizontal»). Mis manos son un cuenco vacío, esperan impacientes llenarse de ese cuerpo que se precipita desde lo alto. También esperaba ella impaciente aquel día saciarse del cuenco que formaban mis labios. Pero estaba vacía. 
 
Vacío el útero de mamá, la doctora procede a lavarme. Después me deposita sobre sus brazos como cuando papá le entregó su primer ramo de flores en su primera cita (esto me lo han contado mientras mirábamos viejos álbumes de fotos). Yo no quiero tener hijos. Cuando digo que no quiero tener hijos me dicen que aún soy demasiado joven para saberlo con certeza, que ya vendrá, que todo acaba cayendo, que el cuerpo que se precipita lentamente desde lo alto del árbol acabará llenando este cuenco vacío que son mis manos. Mi mejor amiga quiere ser madre y no he visto a nadie decirle que aún es demasiado joven para saberlo con certeza. 
 
Con certeza-certeza no sé nada todavía; quizá por eso no le dije toda la verdad. Por eso no le dije que no era virgen. Por eso le contesté que era mi primera vez con una chica. No sé por qué. Tampoco sé muy bien si estábamos enamoradas. Me gusta pensar que sí. Desde el primer momento en que la beso, delante de ese espejo vertical que no sueña (como Sylvia) con ser horizontal, sé que algún día echaré un vistazo al pasado y me preguntaré, si todo nos iba bien, qué nos pasó. 
 
Cuando la hoja del árbol cae a mis manos, la lágrima hace ya tiempo que ha atravesado mi mejilla y se dispone, también de cabeza, a saltar. A ella le gustaba mucho el otoño. A ella le gustaban las cosas que caían. Las hojas de los árboles, las gotas de lluvia, las lágrimas de sus ojos, la sangre de mi útero. Decía: «Este río de sangre es la vida que me llevo cuando hacemos el amor». Decía: «La menstruación sincronizada es el único hilo rojo del que me fío, el único hilo rojo que de verdad me conecta a mi destino». Decía: «Estoy salada por dentro, pero tú no llores, cariño, tú no llores». 
 
Cierro las manos despacio, suavemente, y el cuerpo se hace añicos. Acabo de destruir una galaxia. Me pregunto si hay alguien haciendo un cuenco con sus manos esperando que se le llene con la lágrima que ha caído desde mi barbilla. Me pregunto si aquel día ella sabía que estaba llorando y si lo sabía por qué no me dijo nada. 
 
El primer llanto que recuerdo fue aquel que escupí de la mano de mi madre. Si estás pensando que fue el típico llanto de primer día de colegio, estás en lo cierto. Desde que nací, hasta ese día de septiembre, el tiempo es una dimensión desconocida e inalcanzable, no apta para menores de tres años, no apta para una adulta que intenta echar un vistazo al pasado para ver qué es lo más antiguo que recuerda. 
 
A mi primer amor lo conocí en el instituto. Tenía el pelo castaño y una nariz muy grande. Éramos igual de altos. Este dato es trampa porque en realidad apenas mido metro cincuenta y seis. Lo que debería decir es que éramos igual de bajos. Se le daba muy bien dibujar y tocar la guitarra. 
 
A mi segundo amor lo conocí también en el instituto. Tenía el pelo negro y muy rizado. Le encantaba delinearse los ojos de colores chillones y nunca salía de casa desmaquillada. Aquí sí puedo afirmar que yo era más alta que ella. Bueno, o que ella era más baja que yo. Se le daba muy bien dibujar. 
 
A ella la conocí en la universidad. Se le daba muy bien tocar la guitarra.
 
Deformo el cuenco de mis manos y lo convierto en una tabla rasa, horizontal («I am vertical»), que coloco justo enfrente de mis labios. Soplo. Soplo tan fuerte que vuelven a saltarme las lágrimas. El cuerpo desmembrado de esa hoja seca se esparce por los aires. Hace ya tiempo que no me importa que me vean llorar. Desde ese día en que ella se esforzaba por beber del manantial de mi sexo y yo me empeñaba en derramar el líquido por el orificio equivocado mientras acariciaba sus cabellos para que no levantara la cabeza. 
 
Mi primer amor me hizo el amor en su casa. Sus padres no estaban y nosotros ya no teníamos que ir al instituto hasta el siguiente curso. Tampoco fingí entonces el orgasmo. Nos besamos y nos desnudamos con sus prisas y mis miedos virginales. No recuerdo haber sentido realmente ese deseo, ese fuego interno de justo antes de acostarte con la persona a la que amas. Porque cuando digo amor lo digo en serio. Mi primer amor que sabía tanto dibujar como tocar la guitarra me hizo hogar en su cama. Tanteó despacio el vestíbulo, llamó al timbre como mejor supo y penetró dentro de mí mientras yo no podía dejar de pensar en qué pasaría si de repente volvieran sus padres a casa. 
 
Me doy cuenta de que hay alguien mirándome fijamente. No sé quién es. Emprendo el camino a la biblioteca antes de que le dé por venir a hablar conmigo. «Ey, te he visto antes frente a ese árbol. Me pareces una tía muy misteriosa». Me pregunto qué necesidad hay. Me pregunto si piensa antes de hablar. Me pregunto si sería capaz de empujar una estantería para que cayeran las demás como fichas de dominó y acabaran aplastándolo a él en el suelo. Suelto un par de sílabas, le sonrío mecánicamente, sin mirarlo realmente a la cara, y sigo buscando un libro que me llame la atención. 
 
Mi segundo amor me hizo suya en el patio de su casa, que no tenía nada de particular pero que a esas horas yacía totalmente vacío. Nos besamos tiernamente mientras yo me preguntaba cómo era posible, qué conjuro había hecho, gracias a qué favor había sacado, la suavidad de su piel. Tampoco en ese momento estaba a punto de hervir. Yo no sentía esas ganas, yo estaba rota por dentro. Mi segundo amor dibujaba con las puntas de sus dedos todo el contorno de mi cuerpo, me pintaba con saliva, me cubría de dulzura. Yo intentaba hacer lo mismo pero mis dedos eran torpes. Yo intentaba abrir su sexo como me gustaba abrirme el mío y me manchaba de tinta. Tinta caliente, tinta trasparente, tinta clara de huevo en las yemas de los dedos. 
 
El desconocido me pide por tercera vez mi número de teléfono y al final se lo doy por no tener que negar tres veces, como Pedro. Con el tiempo he aprendido que es mejor dar el de verdad y esperar a que te llame o te escriba para bloquearlo. Tal y como yo esperaba, comprueba ahí mismo que el número que le he dado es el correcto y se despide entre risas. «Me tengo que ir». Vale, tampoco me importa. 
 
Recorro una a una las salas de la biblioteca. Busco un título concreto, pero no sé cuál es. Busco algo que llame mi atención. Así fue como nos conocimos: yo buscaba qué leer y la encontré a ella. Un título de un autor desconocido. De pie. La verdad es que prefiero que la autora sea una mujer. Frente a todos esos libros. Un fallo en las conexiones de mi cerebro me impide recordar qué pasó entre el momento en que nuestras manos se rozaron al ir a coger el mismo libro y la primera vez que hablamos la misma lengua. Cuál de las dos cogió ese único ejemplar, cuál de las dos abrió la puerta. Es la gran ventaja de acostarte con alguien de tu mismo sexo: no tenéis que esconderos a la hora de entrar en el mismo cuarto de baño. 
 
Ocupado. Últimamente siempre está ocupado. Subo por las escaleras para continuar con mi ruta semanal. Trato de olvidarme del pirata que ha tenido la indecencia de abordarme en este templo. Todos los viernes procuro venir para ver si encuentro algún buen libro que llevarme a casa. Pero me da miedo volvérmelo a cruzar, así que me mantengo alerta. El lavabo de las mujeres suele estar más ocupado que el de los hombres; tenemos la vejiga más pequeña, según tengo entendido. La biblioteca tiene cinco pisos y no todos guardan un cuarto de baño. Bloquearé su número de teléfono cuando llegue a casa. Tampoco todos los viernes tengo la suerte de llevarme una lectura para el fin de semana. 
 
La primera vez resultó un poco incómodo, la verdad. No se me había quedado su nombre y, tal vez para evitar que se enfadara por mis posibles meteduras de pata, le dije que era mi primera vez. Cerrar el pestillo fue ya todo un reto porque justo entramos en el cubículo que tenía la peor puerta. Encima teníamos que procurar no hacer ruido ya que, evidentemente, las paredes no estaban insonorizadas. Al menos no era una hora muy concurrida y no entró ninguna chica durante nuestra breve sesión. 
 
Estábamos una enfrente de la otra. La puerta imposiblemente cerrada a mi derecha, nuestros reflejos a mi izquierda, la pared a mi espalda, sus manos en mi cintura, mi espalda en la pared. Los azulejos blancos grises y su lengua en mi boca. Algo se movió dentro de mí. Algo se encendió, algo que hasta el momento había permanecido totalmente quieto y callado. Al principio creí que era la solitaria: había un parásito dentro de mi cuerpo. Pero en seguida descarté la idea. Un cosquilleo en lo más íntimo, unas ganas de más. No: unas ganas de algo. Sus manos en los acordes exactos. Su sexo pegado al mío. El contacto con el vello, con la piel. Yo deseaba tumbarme sobre las baldosas, pero me sabía mal decirlo y romper el hechizo, así que nos quedamos de pie, medio apoyadas en el váter. Papel higiénico en el suelo. Una compresa ensangrentada en la papelera. 
 
Cuando acabó la música me disculpé y volví a preguntarle su nombre. Me lo dio junto con su número de teléfono y el nombre de la carrera que estaba cursando y que al final, ya ves, no pudo acabar. Le di las gracias y la promesa de volverla a llamar. No lo hice hasta el día siguiente, que fue además cuando me di cuenta de que el número que me había dado era el verdadero. La felicidad también lo era. 
 
Salgo despacio por la puerta. Las manos vacías, los ojos rojos, secos. ¿Todo será así, a partir de ahora? No es la primera vez que me lo pregunto, así que supongo que ya sé la respuesta. Ella misma me lo dijo: se estaba muriendo. Ella intentaba aferrarse a la vida en sus momentos de mayor lucidez. Ella intentaba cualquier cosa con tal de encontrar una razón para quedarse. «Normalmente no me lío con una desconocida». A mí no hacía falta que me diera explicaciones. Pero todas las razones que encontraba, todos los motivos para permanecer en este mundo, eran pasajeros o no eran lo suficientemente fuertes. Yo, por ejemplo, que quería ser su dama andante y salvarla del dragón, fui incapaz de clavar bien la espada. 
 
Hago camino al andar a través de las escaleras. Me cruzo con caras desconocidas que, a pesar de que también van a menudo por la biblioteca, no voy a volver a ver nunca más. Deslizo la palma de mi mano por la barandilla. El silencio es rotundo. Rotundo es también mi convencimiento de que ese viernes sí encontraré un libro que pueda llevarme a casa. A la misma casa donde ella y yo hicimos tantas veces el amor cuando mis compañeras de piso no estaban. A la misma casa donde yo intentaba hacer que se quedara a mi lado. Pero la enfermedad es caprichosa y egoísta, y cuando la poseía la rompía en mil pedazos. A la misma casa en la que lloré el último día, yo lo sabía, lo sospechaba, en que hicimos el amor. 
 
Ni siquiera la enterraron, ¿sabes? Ni siquiera permitieron a su cuerpo descansar, tumbarse sobre el lecho y yacer así (como Plath) durante la eternidad. Paralela a la tierra que la habría acogido, yo lo sé, lo tengo claro, gustosa en su seno. 
 
La encontraron en su cama junto a una nota que pedía perdón. No había firma alguna ni destinatario. Sus padres creyeron que se dirigía a ellos y se quedaron la nota. Seguramente la tiraron pocos días más tarde. Yo sé que la había escrito para mí. «Este río de sangre es la vida que me llevo cuando hacemos el amor». Pero ese día no habíamos hecho el amor. Ese día ninguna de las dos estaba a principios de su ciclo. Esa sangre no era menstrual. 
 
La quemaron. La quemaron y la metieron en una urna. Resultaba más barato. Resultaba más barato convertir en polvo lo que ya de por sí era viento, ceniza, material volátil, estrella fugaz. La quemaron y yo no estuve delante. Porque yo me enteré tarde. Quiero decir que me lo dijeron tarde. Al final su madre me llamó por compromiso. Pero en realidad yo lo sentí justo en el momento en el que el filo del bolígrafo acuchillaba el papel. «Lo siento. Lo siento mucho».   
 
Llego a la planta en la que nos conocimos. Entro en la sala en la que la vi por primera vez. Ahora lo recuerdo. Me acerco a la estantería y ahí está: el libro gracias al cual nos hicimos el amor. De pie, en el estante de arriba, vertical. Levanto la mano temblorosa. Vuelven a caer las lágrimas. Permanecemos, el libro y yo, erguidos durante unos segundos, antes de cogerlo. Se lo llevó ella («But I would rather be horizontal»).

lunes, 21 de junio de 2021

Verano o Días de fiesta

A quien madruga 
 
—Otra vez vas a llegar tarde a clase.
 
Mi madre repite cada mañana la misma oración. Después me mira con reprobación y me desordena un poco el pelo; es su forma de darme los buenos días.
 
Voy al baño a mear y me lavo la cara con agua fría. Me caigo de sueño. Esa fuerza sobrehumana que me ataba a la cama sigue tirando de mí. Me pesa la espalda, me pesan los brazos, me duele la cabeza. 
 
Me visto con la misma ropa que llevaba el día anterior; no me apetece buscar algo limpio en el armario. Vuelve a aparecer mi madre por la puerta.
 
—¿Vas a desayunar? 
 
Lo que quiere preguntar en realidad es si voy a utilizar el cuchillo para partirme un trozo del bizcocho que hizo hace un par de días o puede echarlo ya a la pila. Le digo que sí, así que después de ponerme los vaqueros y la camiseta de The Flash me voy a la cocina y desayuno rapidito. 
 
El bizcocho está bueno, la verdad, aunque no siempre le salen así de bien. Vuelvo al baño a lavarme, voy a mi habitación a prepararme la mochila, me calzo y me voy. 
 
—Me voy.
 
—Vale, cariño, adiós. 
 
Hace tiempo que creo que mi madre sufre un trastorno de personalidad múltiple; nadie puede cambiar tan rápido la forma de tratar a una misma persona. Un día estás insistiendo en lo maleducada y desconsiderada que es tu vecina al poner esa música tan alta a tan bajas horas de la mañana y a los cinco minutos estás diciendo que qué agradable y simpática que es porque siempre da los buenos días. Que no, que no se puede. 
 
Llego tarde a clase. Tan tarde que ya han cerrado las puertas del instituto. Llamo al timbre y el conserje me dice que ya ha cerrado y no va a abrir: son las normas. Volverá a abrir las puertas a segunda hora, así que doy media vuelta y me voy. Hay un pequeño parque cerca de allí. A estas horas no suele haber nadie, así que me acerco y me siento en uno de los bancos de madera. 
 
Mi madre no sabe que fumo; pero tampoco me importa mucho que se entere, así que me lío un cigarro y me lo enciendo. Esa fuerza descomunal que me sujetaba a la cama sigue tirando de mí. Me cuesta levantar el brazo para darle una calada al cigarro. Hago un esfuerzo. Tiro el humo al lado equivocado y el viento me lo devuelve. Tampoco me importa mucho. También sigue doliéndome la cabeza.
 
Si no consigo entrar a segunda hora a clase, no entraré a ninguna. Los conserjes no te dan una tercera oportunidad: son las normas. Así que me levanto y voy hacia la puerta unos minutos antes de que la abran. Si no voy al instituto en todo el día, no sé qué haré. Una vez me pelé las clases porque estaba demasiado triste como para fingir tomar apuntes. Fue un aburrimiento. Mi madre no trabajaba ese día, así que no podía estar en casa; me tocó dar vueltas por las calles rezando para que ningún conocido me viera y se chivara. Me aburrí tanto que llegué una hora antes a casa con la excusa de que el profesor de la última hora no había venido y nos habían dejado salir. Coló, sonaba creíble. 
 
Cuando el conserje abre la puerta por segunda vez, veo al profesor de matemáticas salir de su coche. Está bastante bueno. Es joven, guapo, inteligente, viste bien, tiene un pelo precioso... Todas las chicas de clase están coladas por él. Se acerca a la puerta y entra detrás de mí. Yo camino despacio para poder verlo de cerca. Me da los buenos días con una sonrisa. No me reprocha el haber llegado tarde. Eso me gusta de él, que no te juzga. Cualquier chica tiene más posibilidades de ligárselo que yo. Lo sé porque está casado. Con una mujer. 
 
—¿Por qué no has venido al examen? 
 
Acabo de acordarme de que hoy teníamos examen a primera hora. Para eso he estado estudiando toda la semana. Además anoche me fui a dormir convencido de que lo iba a aprobar. 
 
—Tenía que ir al médico. 
 
No sé por qué les miento a mis compañeros de clase. 
 
—Ah. 
 
Es la conversación más larga que voy a tener en todo el día con alguno de ellos. 
 
Durante las clases sigue costándome mover los brazos; estoy tan cansado... Tomo apuntes, atiendo a la explicación, miento a la hora de decir que he hecho los deberes, salgo a la pizarra por voluntad ajena. La hora del recreo la paso con un par de amigos de otra clase. A veces se nos unen un par de chicas, depende de cómo les dé. Lo pasamos bien. Por un momento parece que no me duele tanto la cabeza. 
 
Cuando vuelvo a casa, mi madre ya se ha ido a trabajar. Me ha dejado la comida en la nevera, sólo tengo que calentarla. No tengo mucha hambre, así que lo más seguro es que me coma la mitad y acabe tirando el resto a la basura. Otra vez se le ha olvidado que hoy es mi cumpleaños.
 
Por la tarde me tumbo en el sofá con el televisor encendido. Hacen una sitcom de estas tan patéticas que gustan a la gente. Las noticias ya han entrado en la sección de deportes y a mí no me interesan los deportes. Hay tres canales de dibujos; dos de ellos están en anuncios y en el tercero ponen una especie de culebrón de adolescentes que supuestamente gusta a los pequeños. Ni siquiera las cadenas infantiles se libran de la morralla. 
 
Tengo que levantarme y hacer los deberes. Tengo que ducharme, salir a comprar las cosas que faltan. Quedan cinco horas para que cierre el supermercado. También tengo que suicidarme, pero qué pereza. 
 
Suena mi teléfono móvil justo cuando estoy leyendo la agenda para ver qué tengo que hacer para mañana. La redacción de castellano corre prisa. El trabajo de filosofía no tanta, pero tiene que ser largo, así que no sé si me dará tiempo; aún no me he leído el libro. 
 
—Felices dieciséis. 
 
Se ha acordado. No creía que fuera a hacerlo; me dijo que tenía muy mala memoria para las fechas. 
 
Mientras él se dirige hasta casa, yo decido ponerme a hacer los deberes de castellano. Desde donde viene, tardará un rato largo en llegar en coche, si es que ya se lo han arreglado en el mecánico. Enciendo el ordenador, abro el libro y la libreta, abro un documento Word totalmente vacío y busco «Wikipedia» en Google. 
 
He cometido el error de traerme el móvil a la mesa y ahora no dejo de mirar la hora en él. La hora también puedo mirarla en el ordenador, pero el móvil me distrae más. Y me pone más nervioso. En el fondo lo que espero es que me envíe un mensaje diciéndome que al final no puede venir; tal vez sea el empujón que necesito para quitarme la vida. «Abandonado por todos en su cumpleaños, un joven de dieciséis años decide quitarse la vida». Puede que como titular quede un poco largo, pero a mí me gusta. Lo malo es que no tendré forma de comprobar si he salido o no en los periódicos. 
 
Decido levantarme de la silla y dejar el teléfono móvil sobre mi mesita de noche. Aun así el trabajo de castellano me resulta imposible de hacer; me sigue doliendo la cabeza y ahora encima me carcomen los nervios. Hace casi un mes que no lo veo. Sólo quiero que llegue ya para quitarle la ropa y lamerle todo el cuerpo de arriba abajo. 
 
Decido volver a levantarme de la silla, pero esta vez para apagar el ordenador y guardar el libro y la libreta. Creo que lo mejor será que deje la redacción para luego y aproveche ahora, que aún no ha llegado, para salir a comprar. Cojo dinero de la mesita de noche de mi madre y justo alguien llama al timbre. Es él. Al parecer ya son las cinco; el tiempo pasa más deprisa de lo normal cuando tienes muchas cosas que hacer. Quedan cuatro horas para que cierre el supermercado. 
 
Mi madre no sabe que Raúl y yo nos estamos acostando. Ni siquiera sabe que Raúl existe. No sabe que, cuando ella se va a trabajar, él a veces viene a casa y me la chupa. No sabe que cuando salgo los viernes por la noche, muy de uvas a peras, no me voy con mis compañeros de clase de botellón, sino que me voy a dormir a su casa. 
 
—No esperaba que vinieras. 
 
—Lo sé. 
 
Lo primero que hace nada más entrar en mi casa es apoyar sus manos sobre mi cintura y besarme. Mientras nuestras salivas se mezclan creando una nueva saliva de dos tipos de ADN distintos, yo cierro la puerta de un portazo. Raúl no es nada escandaloso llamando y las posibilidades de que justo en ese momento algún vecino mío estuviera cotilleando son mínimas, así que dudo que alguien nos haya visto besándonos. Y si alguien ha escuchado el portazo y se ha puesto entonces a mirar a través de la mirilla, ha llegado tarde al espectáculo. 
 
Raúl es un poco más mayor que yo, un poco más alto que yo, un poco más fuerte que yo y mucho más atractivo. A su lado no me duele la cabeza. A su lado la muerte parece algo lejano, algo de otro mundo. En sus brazos, la fuerza que me ata a la cama, al reposo, a lo horizontal, se debilita. Se debilita y yo parece que me recompongo, me hago un poquito más fuerte, un poquito más valiente, un poquito más feliz. Raúl es el empujón que necesito para seguir con vida, pero no tengo intención de decírselo. 
 
Vamos al comedor para estar más cómodos. Se quita la chaqueta y la cuelga en el respaldo de una silla. Nos sentamos en el sofá, el uno al lado del otro, y seguimos besándonos. Esta vez con suavidad, degustando tranquilamente los labios que nos dan de comer. Él no sabe que siempre estoy triste, que cada día me cuesta más y más levantarme de la cama y fingir que tengo una vida como los demás, no sabe el bien que me hace dejándome permanecer a su lado. 
 
Pasa su mano por debajo de mi camiseta de The Flash y me acaricia la espalda con las yemas de los dedos. Se me eriza la piel. Mi columna vertebral son las teclas de un piano insonoro que él, niño prodigio, siempre ha sabido cómo tocar. Yo me abrazo a su cintura. Nos quitamos mutuamente las camisetas, pero soy tan torpe que no me doy cuenta de que lleva camisa (y eso que siempre lleva camisa) y le rompo sin querer un botón.
 
—No pasa nada, mi amor. 
 
Abraza mi nuca con su mano y me besa en la frente. Si no me importara no acostarme hoy con él, me echaría a llorar en este mismo instante. Pero no quiero estropear el momento con mis dramas paranoides. «Todo lo rompo», «todo me sale mal», «no merezco estar vivo». 
 
La primera vez que vi esa marca de su frente, creía que era una mancha de nacimiento. 
 
—Es de nacimiento, pero no es una mancha — me dijo—. Son muchas. 
 
Desabrochó su camisa despacio y me enseñó lo que es el vitíligo. Su piel enfrentada a sí misma, su piel dividida en dos, su piel el mapa del mundo. Desde la primera vez que lo vi, supe que quería estar con él el resto de mi vida. Mi yo de casi quince años (me quedaban tres meses para cumplirlos) sentía la curiosidad morbosa de los adolescentes desesperados por participar en el campo del sexo. Sus ganas de abrirme las puertas de par en par hicieron que me enseñara la polla sin pensárselo dos veces. Fue la primera vez que hicimos el amor. 
 
Cuando voy a desabrocharle el pantalón, me dice que frene un poco, que no tenga tanta prisa, que estoy muy nervioso. Estoy muy nervioso. Hace casi un mes que no nos vemos y hoy es mi cumpleaños. No esperaba que él se acordara. Me dijo que era muy malo memorizando fechas. 
 
—Vamos mejor a tu dormitorio, ¿no? 
 
Él ya había cumplido los dieciocho cuando nos conocimos; tiene tres años y medio más que yo. Yo estaba volviendo a casa despacio, disfrutando de la tarde tan agradable que había dejado la lluvia. Venía de casa de una amiga con la que antes solía quedar. Él estaba buscando algo en sus bolsillos mientras esperaba el autobús. Me paró y me preguntó si tenía un mechero. 
 
—¿Seguro que te dará tiempo? Normalmente, cuando alguien se enciende un cigarro, el autobús no tarda en aparecer... 
 
—Tranquilo, si acaba de pasar. Lo he perdido —en esa época tenía el pelo largo e intentaba apartárselo de la cara mientras prendía su cigarro—. Toma, gracias. ¿Quieres uno? 
 
Yo llevaba encima un paquete casi entero, pero acepté su ofrecimiento. En esa época aún no tenía la costumbre de liarme el tabaco. 
 
En mi dormitorio me tumbo encima de él. Su piel es tan suave que podría pasarme la vida tumbado sobre ella. Me desordena el cabello mientras yo muerdo su tierno cuello. Nos quitamos los pantalones y los tiramos al suelo. Siempre igual, la ropa por los aires, sin ningún tipo de orden. Me alimenta con su pecho y yo florezco desde dentro. Ojalá pudiera presentárselo a mi madre; decirle: 
 
—Mira, éste es Raúl, tu yerno. 
 
Y que ella lo aceptara. Pero Raúl tiene ya diecinueve años, y mi madre no puede saber que me acuesto con alguien que ya es mayor de edad. 
 
Mi lengua un remolino alrededor de su obligo. Sus manos una fuerte ventisca en mis cabellos. Bajo por su vientre, besando alternativamente cada uno de sus colores. Blanco, negro, blanco, negro. Mi boca una pieza de ajedrez que busca poner en jaque mate a su rey. Con la punta de mi nariz acaricio, de abajo arriba, su tronco. A él esto le gusta mucho. Después bajo sus calzoncillos y lamo el árbol del conocimiento. 
 
—Bésame.
 
 —¿Qué? 
 
—Bésame.
 
Creo que Raúl me quiere. Y eso es algo que me duele porque yo lo quiero a él. La única opción que tenemos es esperar a que yo cumpla los dieciocho para poder presentárselo a mi madre y decirle que nos acabamos de conocer. Pero no sé si él esperará dos años más. 
 
Se medio incorpora apoyándose sobre sus codos y me repite: 
 
—Bésame. 
 
Yo me acerco a gatas a su boca y se la beso. Nos abrazamos. Termina de quitarse los calzoncillos y me quita los míos. De nuevo todo por los aires. Me da a mí que hoy no me va a dar tiempo a salir a comprar. 
 
—Feliz cumpleaños. 
 
—Ya me lo has dicho antes. 
 
—Pero por teléfono. 
 
Nos fundimos en un abrazo. Nos acariciamos mutuamente la espalda; no parece importarle que la mía esté llena de acné. Permanecemos arrodillados sobre el colchón unos minutos, mientras nos besamos como si mañana fuera a acabarse el mundo. A lo mejor lo hace; nunca sé cuándo va a ser por fin mi último día. 
 
—Gírate. 
 
Tengo lubricante y preservativos en el cajón superior de mi mesita de noche. Le doy la espalda y me la besa. Me inclino hacia delante y apoyo las palmas de las manos sobre la cama. Veo de reojo cómo abre mi cajón. Por si acaso a alguno de los dos se le olvidara llevar protección a casa del otro, quedamos en que los dos tendríamos siempre en la nuestra. Con el tiempo me he dado cuenta de que su caja de preservativos se vacía más despacio. Creo que al principio se acostaba con otra u otras personas, pero dejó de hacerlo no sé por qué. 
 
Separo las piernas para estar más cómodo y me penetra con la máxima suavidad posible. La primera vez me dijo que a lo mejor sentía algo de dolor, y que si era así le dijera que parase; pero la verdad es que nunca he sentido dolor. Todo lo que siento cuando lo siento dentro de mí es felicidad; yo florezco desde dentro porque él me riega. 
 
La escultura que formamos no es de mármol ni bonita de observar. No creo que el sexo sea algo estético. Con su mano izquierda me masturba al mismo tiempo que me penetra. Raúl es ambidiestro; le he visto escribir igual de bien con la izquierda que con la derecha. Además tiene una letra muy bonita. La mía sin embargo es ilegible. Por eso me alegra tanto que la mayoría de los profesores del instituto pidan que hagamos los trabajos a ordenador. 
 
Al principio sus movimientos no están sincronizados, pero poco a poco el baile mejora. Yo clavo mis uñas en su glúteo derecho. Soy diestro, como la mayoría de la gente. Cuando necesito que vaya más rápido, pongo mi mano derecha sobre la suya izquierda y le ayudo a masturbarme. Estamos a punto de llegar a la cima. Aparto su mano en este sprint y, mientras él se corre en dirección a mi intestino grueso, yo lo hago sobre las sábanas. Ahora tengo que acordarme de poner la lavadora antes de que llegue mi madre. 
 
Yacemos abrazados sobre la cama. El silencio postcoital es un cántico celestial. En seguida me entra frío; supongo que a él también, porque coloca la sábana sobre nuestros cuerpos. En unos minutos nos levantaremos y nos ducharemos juntos: es nuestro ritual. Luego él se irá y todo seguirá como siempre. Yo seguiré sin poder decirle a mi madre que estoy enamorado. Él seguirá fingiendo que lo nuestro es temporal. Yo lloraré nada más cerrar la puerta. Pero ahora yacemos abrazados. Es mi cumpleaños. No esperaba que fuera a acordarse. Me dijo que se le daban mal las fechas. 
 
—¿Sabes que hoy cumplo quince años? 
 
—¿Tienes quince años? 
 
—Sí. Hoy. Mi madre se ha olvidado de felicitarme. 
 
—Felicidades. No sabía que fuera tu cumpleaños. 
 
—Lo sé, no te preocupes... 
 
—Nunca me acuerdo de estas cosas, ¿sabes? 
 
—¿Nunca? 
 
—Casi nunca. Las fechas se me dan fatal. Sólo me acuerdo del día de Año Nuevo. 
 
—¿Y la Nochevieja? Es el día anterior al año nuevo... 
 
—Ya... Pero es que a veces me lío y creo que diciembre tiene treinta días. En serio, no te rías, es muy fuerte.
 
—Vaya... De todas formas da igual. Total, sólo lo he dicho porque acabo de caer en la cuenta. No es importante. 
 
—Seguro que tu madre se acuerda esta noche justo antes de irse a dormir. 
 
—Sí... No es cierto que nunca se acuerde, ¿vale? Es que tiene la cabeza en otra parte y siempre se da cuenta tarde. Pero no pasa nada. 
 
Cuando llegue de trabajar, mi madre me sonreirá tímidamente y me deseará un feliz cumpleaños. Excusará su olvido diciendo que apenas nos hemos visto hoy, que esta mañana no sabía que ya estábamos a día trece, que tiene muchas cosas en la cabeza; yo le diré que no se preocupe y le daré las gracias. Pero ahora es momento de permanecer abrazado al cuerpo que amo. 
 
Quedan treinta minutos para que cierre el supermercado, menos mal que está cerca de casa. Salgo con cara de haber echado un polvo. La cajera lo nota. Casi nunca sonrío y cuando lo hago lo hago falsamente. Esas cosas se notan. Pero esta vez le sonrío de verdad, e incluso devuelvo el saludo con palabras audibles. La cajera pensará que el polvo ha valido mucho la pena; tanto que si esta noche mi madre olvida felicitarme el cumpleaños no me importará. 
 
Mañana llevaré el trabajo de castellano mal hecho. Pienso hacerlo esta noche. Con un poco de suerte no tendré que leerlo en voz alta. También tengo que empezar el libro que nos mandaron en filosofía. Si es que puedo. Normalmente tengo insomnio; la fuerza sobrehumana que me arrastra hasta la cama no tiene el poder de hacer que me duerma. Tumbado me desvelo totalmente y me entran ganas de llorar. Dormir es un infierno, últimamente tengo muchas pesadillas. No son pesadillas en el sentido de película de terror, pero sí son sueños muy extraños que me dejan un mal cuerpo por la mañana. Por eso, cuando no consigo dormir, en vez de intentarlo, suelo aprovechar para leer o estudiar o hacer cualquier otra cosa que me distraiga. Con suerte mi cerebro olvida que padecemos un trastorno del sueño y nos caemos redondos a las tantas de la madrugada. Pero creo que esta noche dormiré bien; el polvo ha valido mucho la pena. 
 
Llega mi madre a las diez y cuarto y me pilla, como siempre, haciendo la cena. Como nuestro horario nunca cambia, nuestras tareas domésticas son básicamente las mismas todos los días, con algún cambio los fines de semana y los festivos. Por ejemplo, ella hace la comida y yo la cena. Por ejemplo, ella friega por la mañana y yo por la tarde. Por ejemplo, ella barre los suelos y yo salgo a comprar. Me da un beso en la mejilla mientras corto el tomate para la ensalada. Estoy absorto. Ella va a su habitación a quitarse los zapatos y a ponerse cómoda. Yo sigo pensando en Raúl y en lo que ha pasado esta tarde. No me lo esperaba; aunque no sea garantía de que a partir de ahora todo vaya a ser un camino de rosas, sé que esta noche dormiré bien y por tanto mañana me levantaré pronto y será la primera vez en meses que mi madre no me diga que voy a llegar tarde a clase. 
 
—Feliz cumpleaños, cariño, que esta mañana se me ha olvidado. Cuando te has ido, he mirado el calendario y digo: «¡Ostras! ¡Si hoy es el cumpleaños de Alberto!». 
 
—Gracias. Me imaginaba que te acordarías más tarde. No pasa nada. 
 
Mañana seguiré pensando en Raúl. A lo mejor no hace falta esperar dos años para decirle a mi madre que estamos juntos. A lo mejor con esperar unos meses y decirle que nos acabamos de conocer es suficiente. Mi madre tiene que saber que, si fuera mucho más mayor que yo, a mí ni se me habría ocurrido salir con él. Y conociéndole, si nos lleváramos más de cuatro años, o incluso si nos hubiéramos conocido un poco antes o hubiera sabido mi edad, él no habría siquiera intentado conocerme. O sí, pero habría esperado más tiempo antes de hacerme el amor por primera vez. Que me ponga el profesor de matemáticas no significa que quiera acostarme con él, ni siquiera si no tuviera a Raúl.
 
 Porque a Raúl lo tengo. Ahora lo sé. 
 
Aún no han arreglado su coche, así que esta tarde ha tenido que volver a casa en autobús. Yo le he acompañado a la parada. Me sentía tan relajado que no he pensado siquiera en que alguien pudiera vernos juntos. De paso que he salido a acompañarle, he aprovechado para ir directamente a comprar. En la parada del autobús nos hemos cogido de la mano. 
 
—Ya está viniendo. 
 
Son las palabras que no quería escuchar. Me ha mirado compasivo y ha rozado mi mejilla con las yemas de sus dedos. No quería que se fuera. No: quería que me llevara consigo. Cuando el autobús ha parado y ha abierto sus puertas, me ha susurrado algo al oído y me ha dado un beso en la mejilla. Nuestras manos seguían entrelazadas. Yo me he quedado sin saber qué decir; no me lo esperaba. Él me ha sonreído con fuerza. Es un chico muy alegre. Nuestras manos se han separado despacio mientras él subía al autobús y yo permanecía abajo con el brazo extendido. Creo que la conductora también esperaba mi respuesta. Raúl me miraba tranquilo. Él no es como yo, él siempre está seguro de sí mismo. Es algo que me gusta mucho y a su lado parece que se me pega. Las parejas hacen eso, ¿no?: se siembran seguridad mutuamente. 
 
He vuelto a nacer. Puede que en el fondo no tenga nada malo, nada que repela a las personas. No al menos a todas las personas. Puede que en el fondo sí que se me pueda amar, pero hay que tener tiempo y ganas de escarbar. Raúl las tiene. Raúl es especial, creo que le caerá bien a mi madre. No le importa que yo apenas hable; él sólo quiere estar a mi lado y hacerme feliz. Creo que la conductora sí esperaba mi respuesta porque ha cerrado las puertas nada más dársela. Después me he quedado mirando el autobús como quien contempla el buque de guerra en el que marcha su marido sin saber si volverá. Yo sé que el mío lo hará. 
 
—Yo también te quiero.