jueves, 14 de marzo de 2024
BIENAVENTURADOS LOS QUE LLORAN
domingo, 14 de enero de 2024
AA
Hola, me llamo Sara y soy acólita.
No en sentido religioso, claro, sino más bien físico.
Normalmente, cuando tengo dudas sobre una palabra, la busco en el Diccionario de la Lengua Española, al que puedes ir escribiendo «dle.rae.es» en el buscador o acceder directamente desde la RAE. Sólo de manera ocasional me dirijo a WordReference.
Ninguno de estos diccionarios da la importancia que se merece a la palabra, que es lo que soy y por lo que estoy aquí. Para la Real Academia Española, es la cuarta y última acepción, que dice así:
4. m. satélite (|| persona que depende de otra).
Como veis, ni siquiera te dicta directamente el significado, sino que primero te da una palabra que puede servir de sinónimo y ya, después, una brevísima definición. Para leer la definición completa debes hacer clic en la palabra «satélite», que te redirige a la acepción que buscas:
3. m. Persona o cosa que depende de otra y está sometida a su influencia. U. t. en apos.
No vaya a ser, pobre de ti, que te pienses que eres un cuerpo celeste opaco que sólo brilla por la luz que se refleja del sol y gira alrededor de un planeta.
Como digo, en WordReference tampoco es que haya mucha diferencia; lo que pasa es que hay una acepción menos y, por tanto, la que nos atañe no es la cuarta sino la tercera:
3. col. Persona que depende de otra.
Depender de alguien no es tan sencillo como parece.
Primero hay que pensar bien de quién vas a depender. Si eliges, por ejemplo, una persona que viaja mucho, probablemente acabes sintiéndote muy sola; si eliges, por ejemplo, una persona a la que le guste estar a tu lado, pues no.
También debes tener en cuenta si vas a depender totalmente o sólo en ciertos aspectos. Por ejemplo: puede no importarte que la persona de la que dependes no pase la mayor parte del tiempo a tu lado siempre y cuando te escriba algún mensaje, mínimo, cuatro veces por semana. Es muy doloroso comprobar que, encima de que casi nunca está contigo, siempre eres tú la que anda detrás para que mantengáis una conversación. Yo confieso que la mayoría de las veces prefiero el silencio, siempre y cuando el silencio implique que la otra persona se encuentra en mi misma habitación. Pero esta es sólo mi perspectiva, por supuesto, en realidad es una cuestión de gustos.
El tiempo también es muy importante. ¿Tu dependencia va a ser a jornada completa o sólo los fines de semana? A lo mejor trabajas en una empresa informática y libras sábados y domingos; no quiere decir que tus sentimientos hacia la persona de la que dependes varíen de manera regular, sino que en el trabajo estás tan distraída que no te da tiempo a pensar en tus carencias. A mí me ha pasado, no siempre, pero me ha pasado. ¿A alguien más le ha pasado?
A lo mejor son las noches las que te ponen triste y no soportas la soledad que esto conlleva. A lo mejor es el despertar y ver que no hay nadie respirando con fuerza sobre tu nuca. A lo mejor no te gusta comer sola.
En mi tercer año de universidad, tuve la obligación de quedarme a comer dos días a la semana porque tenía clase mañana y tarde y muy poquitas horas de diferencia. Coger el metro y el autobús para comer en casa y luego coger el autobús y el metro para volver a la facultad no me salía rentable, así que tenía que comer en la cafetería. En mi tercer año de universidad, seguía arrastrando las asignaturas de primero. Las clases de por la mañana y las de por la tarde no formaban parte del mismo curso y nadie más las estaba repitiendo, así que comía sola. Nunca comí en la cafetería.
Una cafetería es, según la Wikipedia, «un establecimiento de hostelería donde se sirven aperitivos y comidas, generalmente platos combinados, pero no menús o cartas». Como veis, a veces también leo la Wikipedia. En el segundo párrafo explica que «en algunos países se le llama cafetería a un restaurante donde no se ofrece servicio de camareros, y donde los clientes utilizan una bandeja, para pasar a una barra de menús y escoger sus platos, y luego pasar por la caja para pagar, principalmente en centros comerciales, de trabajo y escuelas». O universidades.
En mi universidad las mesas y las sillas de la cafetería eran de color añil. Las bandejas no lo recuerdo, ya que sólo las usé una vez: cuando me invitaron, en el sentido cortés y no monetario de la palabra, a comer. No era la cafetería más cara de la zona, pero la de la facultad de filosofía, que se encuentra justo al lado, era más económica. Hablo en pretérito porque hace años que no me acerco por allí; puede que las cosas hayan cambiado.
No sé por qué, pero comer delante de alguien que no está comiendo conmigo me pone nerviosa. A lo mejor pienso que me mancharé y haré el ridículo. O que habré elegido algo que se supone que no se come a esa hora y se burlarán de mí. O que algún buen samaritano, sin ninguna mala intención, me deseará que me aproveche.
Sentarme sola en un lugar público al que la mayoría de la gente se sienta por grupos o en pareja no me parecía lo más apetecible, así que lo que hacía era irme a la biblioteca. Claro que a esa hora, en la biblioteca, me daba miedo que alguien me viera y se preguntara por qué no me iba a comer; así que utilizaba mi carnet de estudiante para sacar un libro y me iba al parque a leer. Devoraba libros, que suele decirse, aunque no haya ninguna dieta que lo especifique como algo saludable.
Sí, pensar que alguien pudiera verme a esa hora en el parque y se preguntara por qué no estaba comiendo tampoco era plato de mi agrado; así que procuraba sentarme en un banco lo más apartado posible y nunca más de veinte minutos seguidos, no fuera a ser que el hombre que llevaba el mismo tiempo que yo leyendo en el banco de enfrente empezara a sospechar. Pero no os preocupéis que comer, lo que se dice comer, sí comía: si veía que tenía hambre, me iba a algún supermercado y me compraba alguna cosilla. Papas, frutos secos, napolitanas de chocolate. Gominolas.
Como decía, depender de alguien no es tan sencillo como parece. Si se va la persona de la que dependes: ¿qué haces?, ¿cómo actúas?, ¿con quién comes? Yo en esa época no dependía de nadie en concreto. Lo cual quiere decir que tenía una infinidad de personas de las que poder depender. Lo cual te da una mayor posibilidad de tener a alguien cerca del que depender en un determinado momento. Lo cual, a la vista está, es mentira.
Otra cosa que también es mentira es que nadie más se quedara a comer esos días en la cafetería. Claro que había alumnos de mi curso que tenían clase mañana y tarde, que se habían visto, como yo, en la obligación de repetir alguna asignatura; pero ninguno quería comer conmigo. No eran precisamente los compañeros con los que yo me llevara bien, si es que dicha especie tenía el dolor de existir, y para sentarme sola en la mesa de al lado, soportando sus miradas de reojo, sintiendo en mi piel el ácido corrosivo de sus cuchicheos, prefería no estar allí. De todas formas, ellos no conocían esta dependencia que me arropa como si de una manta de coralina se tratara, así que no es precisamente lo que intentaban evitar.
En mi escaso dominio de lo que viene siendo la navegación en la red, he encontrado un tercer, si no metemos a la Wikipedia en esto, diccionario. Se trata, por supuesto, del Diccionario del Español Jurídico.
El DEJ es más indulgente con nosotras, las personas acólitas, de lo que lo son el resto de diccionarios; y ¡además parece que nos tiene en muy alta estima! Su definición dicta lo siguiente:
1. Gral. Persona que sigue o acompaña.
Como veis, no sólo nos encontramos en la primera acepción, sino que además utiliza verbos más amables. Seguir, acompañar, son verbos dulces, sobre todo el segundo. ¿Quién no quiere seguidores en Twitter que le alimenten el ego alabando su agudeza mental? ¿Quién no quiere estar acompañada en ese día tan especial, como puede serlo tu cumpleaños, el inicio de las vacaciones o una entrega de premios? Pero entonces, quien no supiera de mi condición de acólita y aun así no se acercara a mí, ¿era simple y llanamente porque no deseaba mi compañía? La indulgencia puede ser también un puñetazo en el estómago.
Oigo una voz por ahí al fondo que dice: «¿Por qué no les preguntabas tú si les importaba que comieras con ellos? Al fin y al cabo, ibais a la misma clase y todos erais personas adultas: ¿cómo sabías que te iban a decir que no?». Pues verás: según Raimon Gaja y muchos otros profesionales de la salud mental que utilizan la terapia cognitiva-conductual con sus pacientes, «la mayoría de nuestros problemas surgen porque nuestro estilo cognitivo está distorsionado».
Existen diez tipos de pensamientos distorsionados. Por lo general, incluso la persona más sana mentalmente hablando tiene, ha tenido o tendrá, al menos, uno en toda su vida. Voy a dar un paso más allá y me aventuraré a decir que el más común de los diez se trata, ni más ni menos que, de las conclusiones apresuradas. Dentro de estas conclusiones apresuradas, se distinguen los llamados «lectura del pensamiento» y «error del adivino». Estoy más que segura de que cualquiera deduce, por el nombre, qué quiere decir cada uno; así que me voy a ahorrar la explicación.
¿Para qué preguntarles si les importaba que comiera con ellos si de todas formas me iban a decir que no? Al fin y al cabo, ellos eran tres y yo sólo una. Que ellos me preguntaran a mí habría sido considerado un gesto de amabilidad por su parte; que yo les preguntara a ellos, pura intromisión. Un acólito puro no se entromete. Un acólito observa, escucha, espera, tiene opiniones que no exterioriza a menos que se lo pidan, sonríe y asiente, está ahí. Un acólito está ahí. Un acólito sigue, acompaña; dice a todo que sí, salvo si tiene que decir que no.
Ya he dicho que la única vez que comí en la cafetería fue la vez que me preguntaron si quería quedarme. También he dicho que en esa época no dependía de nadie. Como Abraham diciéndole a su hijo que Dios proveerá el cordero para el sacrificio, y por supuesto esto es una alusión a Mercedes Cebrián, yo también estaba medio mintiendo. No dependía de nadie, pero estaba enamorada: ¿un acólito nota la diferencia?
Algo de lo que no te advierten los diccionarios, detrás de tanta definición, es de que un acólito tiene serias posibilidades de acabar enamorándose de las personas de las que depende si observa que éstas disfrutan de su compañía y además le piden que forme parte de cosas que también son de su agrado. Porque yo no creo que la dependencia esté reñida con tener criterio o personalidad y, estaréis de acuerdo conmigo, no es lo mismo que te pidan esconder un cadáver que ir a tomar un helado en la cafetería de la esquina. El roce hace el cariño y, cuando el roce se trata de una actividad agradable, fácilmente realizable y cero o muy poco peligrosa, es más sencillo dejarse llevar y permitir que los sentimientos florezcan de manera relajada sobre tu piel.
Cuando él me preguntó si me quedaba a comer, después de salir del examen y sin ninguna necesidad de quedarme porque por la tarde no había clase, esperaba que mi respuesta fuera afirmativa. Quiero decir que él quería que yo comiera con él; él quería pasar tiempo conmigo. Obviamente, le dije que sí. Y no, él no estaba enamorado.
De nuevo la misma premisa: una persona que no conocía esta tendencia mía a depender de los que me rodean; pero dando como resultado algo totalmente distinto: el querer estar conmigo, al menos, por unas horas.
Pero en serio: ¿un acólito nota la diferencia?
Sé perfectamente cuándo detesto a una persona. Lo sé, sobre todo, porque me ha pasado más veces de las que estoy dispuesta a confesar. Porque, sí, un acólito sigue y acompaña, me repito más que las persianas, dulcemente; pero a veces es amargo el sabor. A veces no te gusta. La lengua se estremece y se niega rotundamente a volver a lamer la superficie. Probar bocado se convierte en deporte de riesgo para la garganta. Traga y regurgita, qué asco, vuelve a tragar; o lo intenta, más bien, pues no puede.
Pero el amor es difícil distinguirlo, no sólo para las personas acólitas. Saber diferenciar cuándo amas de verdad a alguien, cuándo deseas a una persona, pasar el resto de tu vida con ella, despertarte cuando suene su despertador aunque tú no necesites madrugar, mezclar tu ropa con la suya en la lavadora, atreverte a comer lo que cocine a la hora de la cena, oírla respirar al otro lado de la puerta del cuarto de baño, de cuándo simplemente te has hartado de estar sola.
Yo he estado sola mucho tiempo, a pesar incluso de mi condición, porque ser acólita no es lo mismo que estar ahí. Escuchar las voces de los otros ir y venir a tu alrededor, las risas, los suspiros, los chasquidos de lengua. Estar en el centro. Estar en el centro y no ser capaz de coger nada al vuelo. Literalmente. Estar en el centro y que las palabras te rodeen, esquivándote, rozando tu cabello, sin llegar a alcanzarte realmente porque no perteneces a la conversación. Estás ahí, las ondas de sonido te atraviesan, ves sus rostros, hueles sus perfumes, tocas la misma mesa que ellos tocan, los mismos cubiertos, saboreas la comida, la cerveza; pero nada tiene, en realidad, que ver contigo.
Por eso me sentí tan bien, pero tan bien, cuando él me preguntó si me quedaba a comer. Cuando él se dirigió a mí directamente, sin mirar a su alrededor, sin esperar que nadie más respondiera. También la primera vez, antes de entrar en esa clase de lingüística. O cuando me cogió de la mano con fuerza, entrelazando nuestros dedos, y la descansó sobre su rodilla. Cuando probó, tanteó más bien, qué ocurriría si en vez de su rodilla fuera mi muslo el lecho en el que posarla. Cuando en vez de su mano fue su nuca. Qué pensar entonces, cuando yo lo observaba desde lo alto y él no apartaba la mirada de la pequeña pantalla: un hecho cotidiano, confortable. Qué pensar cuando me besó en la mejilla, cuando me besó en los labios.
No quiero decir que fuera el primero ni el último, porque no lo fue, pero en ese momento fue importante. Estar ahí. De verdad. Formar parte de la obra, ser protagonista de la historia, palpar con las yemas de tus dedos tu nombre en el guion de la película. No ser acólita.
Por eso estoy aquí.
domingo, 16 de octubre de 2022
ELECCIÓN - capítulo eliminado de una novela inédita
Tal vez porque nací en viernes trece o porque, mientras mi madre me gestaba en su vientre, una mujer le echó un mal de ojo tras negarse a comprarle un ramito de romero por sobrarle en el apellido, la mala suerte me acompaña desde que nací.
Por ejemplo mis padres no pudieron acudir al bautizo de mi prima más cercana en edad, por coincidir la fecha. Mala suerte. Por ejemplo ese mismo día, tras lavarme la enfermera o la auxiliar (no sé quién de las dos lo haría pero me lo imagino) me devolvieron a una madre que no era mi madre mientras a mi madre le daban otro bebé que no era el suyo. Mala suerte. Afortunadamente el otro era un varón y se dieron cuenta en seguida, así que nos volvieron a cambiar. Buena suerte.
También es cierto que la suerte hay que buscarla, que no llega porque sí, mientras te encuentras tirada en el sofá de tu diminuto apartamento contemplando el techo blanco e inamovible; que en todo caso deberías estar escribiendo tu novela, por muy cutre que te parezca, para ver si consigues algo con ella, bueno o malo.
Por ejemplo, al contrario que mi hermano, yo nunca fui a la guardería porque hasta los tres años (hasta empezar el cole) se me daba genial hacer amigos en el parque. Los buscaba. Por ejemplo un día de Carnaval, en una fiesta de disfraces del colegio, un día en el que hicimos una actividad fuera de clase pero dentro del edificio, en el mismo recibidor al que me toca ir a votar cuando hay elecciones, me hurgué la nariz de manera inconsciente y tan fuerte que me sangró. Estábamos todos en círculo, en grupos de tres o cuatro, cada grupo disfrazado de un ejemplar de la naturaleza distinto (yo era una flor), mientras las que iban de abejitas (entre ellas, la maestra) saltaban de grupo en grupo para seguir con la historia que estábamos contando. Al plantarse delante de mí, la maestra me preguntó en voz alta y sin consideración alguna si me había estado hurgando la nariz, con lo que yo me eché a llorar, paramos el juego y entramos todos en clase: la maestra, los alumnos y mi deseo de desaparecer para siempre de este mundo. Me lo busqué.
Supongo que a lo largo de mi vida me he buscado muchas cosas, pero nos habíamos quedado en mi posible siguiente psicóloga, así que allá vamos.
En menos de una semana, conseguí cita en una clínica con nombre de secta comercial. La cita era dos días después de que se acabara el cursillo que estaba haciendo en ese momento, con lo cual todo parecía cuadrar a la perfección. Recuerdo que el penúltimo día hicimos un examen que acabamos aprobando todos, yo además con una nota bastante aceptable (un siete con seis). También recuerdo que no pasaba nada si suspendíamos porque al día siguiente habría otro examen para los que ese día no habían aprobado o, por el motivo que fuera, no habían acudido a la clase. ¿Y para los que no faltábamos nunca y tampoco necesitábamos la recuperación? Pues bien: a la profesora se le ocurrió la brillante idea de que hiciéramos una pequeña redacción de un tema en concreto. Pero no una redacción cualquiera, a partir de los folletos y apuntes que habíamos tomado durante esas semanas, nooo, qué va... ¡Una redacción con búsqueda en Google incluida!
Miré a mi alrededor y vi a todo el mundo con la cara enfocada en sus teléfonos inteligentes buscando información en Internet acerca del tema que habían decidido desarrollar. Yo elegí la Toxoplasma Gondii porque me pareció lo más sencillo que había en el temario; sin embargo el verdadero problema era que yo no tenía datos en el móvil y, por tanto, tampoco forma de buscar en Google. La escuela ni siquiera contaba con Wi-Fi gratis para los alumnos y, sinceramente, me daba vergüenza levantar la mano y decirle a esa mujer tan parecida a Rossy de Palma, delante de todo el mundo, que era la única pringada de la clase sin una triste tarifa de Internet en el móvil. La ansiedad alcanzó niveles insospechados cuando la profesora nos avisó de que, después de escribir las redacciones, las leeríamos en voz alta para formar un pequeño debate (un speech, según ella, que sonaba mejor). Fue entonces cuando mi cerebro se puso a trazar un plan para escapar de esa planta baja digno de Prison Break.
¿Por qué os cuento todo esto? Pues porque decidimos que, antes de leer las redacciones, podríamos irnos juntos a almorzar a una cafetería, a modo de cálida despedida. Era la ventana que necesitaba para huir despavorida. El día anterior me habían llamado de la clínica para confirmar la cita del jueves y eso me dio la idea de poner la excusa de estar esperando una llamada para no tener que acudir directamente a la cafetería. No fui la única que se quedó en el aula, con lo cual nadie me insistió en acompañarlos, pero eso significaba que seguía sin tener vía libre del todo. Unos minutos después de que se fueran, cogí mis cosas y me metí en el baño a fingir que hacía pis. Un rato después salí, me lavé las manos, me quedé en el pasillo, cogí el teléfono móvil y salí por la puerta de cristal sin decirle nada a nadie, como si tuviera intención de volver a entrar. Entonces comencé a caminar y caminar mirando a todas partes y asegurándome de no pasar cerca de ningún bar o cafetería, ya que no tenía ni idea de qué sitio habían escogido. Cuando estuve a una distancia que consideré prudencial, me relajé, puse en silencio y modo avión mi teléfono móvil para no enterarme de las llamadas que me iban a hacer después para ver dónde diablos me había metido y me dirigí a la calle Colón, para irme de compras. El jueves, sin una razón específica de mucho peso, cancelé mi cita con la nueva psicóloga y decidí no volver a intentarlo hasta el año siguiente.
Al año siguiente volví a coger cita con otro psicólogo, esta vez un hombre, por variar, mediante la misma página con la que había cogido cita la primera vez. Me abrí del todo, le dije que quería suicidarme y que por favor me enviara un mensaje para confirmar la cita porque si no yo no sabría si de verdad la página funcionaba. Cuando llegó el día de la supuesta cita, no había leído ningún mensaje suyo, así que volví a poner el móvil en silencio y modo avión por si acaso (una parte de mí sabía lo que iba a pasar). Un poco más tarde vi que me había llamado un número que no tenía registrado en la agenda. Mucho más tarde vi que sí me había enviado un mensaje para confirmar la cita, pero no a través de WhatsApp como la primera, sino al correo electrónico; así que me sentí la persona más estúpida del mundo y mis ganas de morir volvieron a llegar a lo más alto.
Me lo busqué.