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jueves, 14 de marzo de 2024

BIENAVENTURADOS LOS QUE LLORAN

La primera vez que pensé en el suicidio fue durante la catequesis, a la tierna edad de los ocho años. No exactamente dentro de esas cuatro deprimentes paredes amarillas, con una mesa de madera en el centro rodeada de niños, sino durante esa época. Todos los alumnos de mi clase decían que querían tomar la Comunión por los regalos, yo quería tomarla porque creía en Dios.
        El caso es que la catequista (una mujer mayor con aspecto de mujer mayor) nos explicó que, al morir, nuestra alma inmortal permanecía inalterable en el Cielo (si habías sido bueno), en el Infierno (si habías sido malo) o en el Purgatorio (si no habías sido bautizado [algo de lo que por suerte me libraría porque yo sí había sido bautizada]).
        A los ocho años yo me imaginaba muriendo de vieja, claro, tumbada en la cama; durmiendo, sin apenas enterarme de nada, rodeada, quizá, de mis seres queridos. A los ocho años yo me imaginaba abriendo los ojos en las puertas del cielo y viendo a San Pedro gritándome «bienvenida» al oído porque los años habían hecho mella en mí. Después San Pedro me acompañaba del brazo a través del umbral de la enorme puerta de oro y ya ahí les pasaba el relevo a los angelitos. A los ocho años yo suponía que el alma tenía el mismo aspecto y consistencia que el cuerpo que había dejado atrás (la catequista había dicho «in-al-te-ra-ble»). ¡Imaginaos entonces el horror que experimentaba al saber que iba a pasarme la eternidad con el mismo aspecto que el de mi vieja catequista! Chepada, coja, lenta, con dolor en las articulaciones, arrugas, cansancio, medias del color de mi carne para esconder los surcos de la edad, ropa gruesa y apagada. Así que a los ocho años hice un pacto conmigo misma y me prometí morir cuando llegara a los veinticinco (edad en la que suponía que gozaría de la más absoluta belleza, fuerza y agilidad físicas y un buen par de tetas).
        ¿Tenía miedo de ir de cabeza al Infierno? La verdad es que no: nunca creí que el suicidio fuera un pecado. Si es Dios quien nos guía, ¿cómo negar que nos ha guiado hasta la azotea y nos ha dado un empujón hacia el vacío? Si no hubiera querido que muriera, ¿no habría hecho que el cartero llamara a la puerta justo cuando iba a afilar el cuchillo en la piel? ¿No habría hecho que no tuviera suficientes pastillas en la mesita de noche? A los ocho años yo estaba convencida, y feliz, de que no llegaría a los veintiséis. Y hasta que no los cumplí, una parte de mí siguió convencida de ello.
        Pero no fue hasta los catorce cuando me planteé de verdad la idea del suicidio. Hasta ese momento, la imagen de la muerte era algo confusa, borrosa: simplemente pensaba que desaparecería y ya está. Mi cuerpo explosionaría de manera silenciosa y me evaporaría al instante, como una pequeña burbuja de jabón o la ampolla que me salió en la muñeca izquierda después de quemarme con el cigarro.
        A los catorce años fumaba. Esa época no duró mucho porque, no voy a esconderme, me daba mucho miedo que mis padres se enteraran. Durante aquellos años además, y supongo que gracias a la imprecisa idea que tenía de ella, no temía a la muerte: mi miedo era únicamente al dolor, así que empecé a ensayar. Un día, en el cuarto de baño que hay enfrente de mi dormitorio, apagué una colilla en mi piel para ver si era capaz de soportar el daño. Me salió una ampolla que luego reventé para ver correr el agua fresca del manantial, como hago con cualquier otra ampolla, y después me arranqué la pielecilla, cosa que hizo que se me quedara la marca para siempre (vale: sólo se ve si sabes dónde mirar, pero está ahí).
        Un día, de repente, dejé de creer en Dios. Al entrar en el instituto, pasé por una especie de crisis de fe, a lo Lisa Simpson: me alejé del cristianismo y emprendí la búsqueda, a través de ese maravilloso universo llamado Internet, de una nueva religión. Yo estaba en un momento de mi vida en el que necesitaba desprenderme de las cosas, sufría porque no alcanzaba aquello que anhelaba (como todo adolescente) y el budismo, con sus Cuatro Nobles Verdades, fue la única que me convenció. También me atrajo el hecho de que el budismo sea una religión no teísta, y cada vez que leía más y más acerca de esa religión en diferentes páginas web, más me gustaba. «Soy budista», anoté en mi diario. Y durante un tiempo fui budista.
        Sin embargo, la idea de la reencarnación, por muy tentadora que me resultara en ese preciso momento, nunca llegó a convencerme. Y aunque se supone que no es necesario estar totalmente de acuerdo con una religión para seguirla, el negar la reencarnación (un pilar tan básico del budismo, lo primero en lo que se piensa cuando se habla de esta creencia) me hizo pensar que tal vez el budismo tampoco estuviera hecho para mí.
        A donde quiero ir a parar con todo esto es a que, aunque ya no temía pasar la eternidad con un terrible aspecto porque no creía ni en el Cielo ni en el Infierno ni en la inmortalidad del alma cristiana, yo seguí convencida de que debía suicidarme cuando llegara a los veinticinco. Supongo que llevaba tantos años con ella, que la idea había echado raíces en mi cerebro, haciendo mucho más difícil su expulsión. De hecho, se me había metido tanto en la cabeza que había días en los que no había otra cosa en la que pensara.
        No fue exactamente esto lo que le dije a mi primer psiquiatra; al doctor le dije que a veces, en ciertas ocasiones, me entraban ganas de morirme. Una pastilla de anafranil y un zolpidem antes de dormir fue la respuesta a mis plegarias, pero lo malo de los antidepresivos es que no te das cuenta de que funcionan hasta que dejas de tomarlos y vuelves a estar en la mierda. O al menos eso fue lo que me pasó a mí cuando, en un arrebato de locura pasajera, me las tomé todas y me quedé sin pastillas. Pero creo que me estoy adelantando a los acontecimientos.
        La primera vez que intenté suicidarme en serio fue a los quince años con el diazepam de mi madre. Digo en serio porque a veces una intenta suicidarse sin tener realmente ganas de morir; a veces sólo es una forma tan válida como cualquier otra de pedir ayuda. Había empezado a padecer insomnio y una necesidad compulsiva de llorar en todas partes. Lo que en ese momento no sabía cómo nombrar crecía poco a poco dentro de mí: una parálisis destructiva, si Sylvia Plath me permite copiarle el término, se apoderaba de mi cuerpo cada vez que alguien me dirigía la palabra. Daba igual que fuera un profesor, un compañero de clase, un amigo o alguien de mi familia, mis músculos, simplemente, dejaban de moverse. Y después ya no fue la palabra sino que bastó con la mirada. Un sentimiento de soledad, de desamparo, de rechazo, comenzó a envolverme como a un caramelo de anís. Así que un día decidí que no merecía la pena seguir viviendo, y por primera vez en mucho tiempo me fui a la cama con una gran sonrisa en la cara. Al día siguiente me desperté como si nada porque al parecer quince pastillas de cinco miligramos cada una no son suficientes para poder reencarnarte en una bonita mariposa rosa.
        Si echo la vista atrás, si analizo una a una las etapas de mi al parecer no tan larga vida, creo fervientemente que todo fue inevitable. Al fin y al cabo, el primer recuerdo que tengo, y esto es algo que le encantaría escuchar a mi actual psiquiatra porque está OBSESIONADA con encontrar la raíz de los problemas, es también el recuerdo de mi primera humillación.
        Estábamos en mi casa celebrando una cena familiar con el que viene siendo el núcleo de toda mi familia paterna, ya sabéis: tíos, primos, abuelos. Una de las poquísimas veces, y creo que la única que recuerdo, en las que nos hemos reunido todos en casa de mis padres. Yo ya no llevaba pañal porque estaba en esa edad en la que los pequeños de la casa están aprendiendo a ir al orinal. Correteaba por la casa sin camiseta, con mi pelo corto y mis pendientes de plata, la más pequeña del grupo. Y entonces yo, niña rubita de ojos verdes, le dije a mi madre, delante de todos, que a esa edad me parecían gigantes incluso cuando estaban sentados: «Quiero hacer caca». Mi familia, prácticamente una decena de personas, se me quedó mirando fijamente y ella me respondió, delante de todos: «Ya no te hace falta, ¿no?».
        En ese momento el tiempo se detuvo. Yo, niña rubita de ojos grandes, petrificada por culpa de todos esos ojos de Medusa que me observaban desde la mesa del comedor y ese tono acusador en la voz de mi madre, pasé sin pensarlo mi mano derecha por encima de mi culo infantil y se me manchó de mierda. Porque, en efecto, ya no me hacía falta ir al orinal. Ya había hecho caca y la caca había traspasado las bragas y el pantalón. Me miré la mano llena de mierda y todos los gigantes empezaron a reír como ríen siempre los adultos delante de los niños: sin consideración, sin pensar en las consecuencias de oír esa carcajada que ha provocado tu torpeza, como si de verdad creyeran que por ser pequeño el niño tiene unos sentimientos también pequeños e insignificantes.
        Me sentí humillada, fría, distante. Me sentí de una forma que no sabía puesto que aún no conocía las palabras adecuadas. La Tierra dejó de dar vueltas alrededor del sol y a su vez el sol dejó de dar vueltas alrededor del centro de la galaxia, pero mi mente comenzó a girar sobre sí misma. Así que mi madre me llevó al baño, me sentó en el orinal de color rosa o amarillo, no recuerdo bien, por si acaso aún lo necesitaba y me cambió de ropa.
        Voy a ser franca: si no le cuento esta historia a mi doctora es únicamente porque me da vergüenza usar un lenguaje escatológico en voz alta, a pesar de que la ayudaría a entender un par de cosas. Pero estuve a punto de hacerlo, supongo que algo es algo, se me pasó por la cabeza, el día en que me pidió que echara la vista atrás y le contara mi primer recuerdo. En su lugar opté por narrarle el típico momento de estar llorando de la mano de tu madre el primer día de colegio y no encontrar consuelo.
 
porque ellos serán consolados
Mateo 5:4

domingo, 14 de enero de 2024

AA

Hola, me llamo Sara y soy acólita.

No en sentido religioso, claro, sino más bien físico.

Normalmente, cuando tengo dudas sobre una palabra, la busco en el Diccionario de la Lengua Española, al que puedes ir escribiendo «dle.rae.es» en el buscador o acceder directamente desde la RAE. Sólo de manera ocasional me dirijo a WordReference.

Ninguno de estos diccionarios da la importancia que se merece a la palabra, que es lo que soy y por lo que estoy aquí. Para la Real Academia Española, es la cuarta y última acepción, que dice así:

4. m. satélite (|| persona que depende de otra).

Como veis, ni siquiera te dicta directamente el significado, sino que primero te da una palabra que puede servir de sinónimo y ya, después, una brevísima definición. Para leer la definición completa debes hacer clic en la palabra «satélite», que te redirige a la acepción que buscas:

 3. m. Persona o cosa que depende de otra y está sometida a su influencia. U. t. en apos.

No vaya a ser, pobre de ti, que te pienses que eres un cuerpo celeste opaco que sólo brilla por la luz que se refleja del sol y gira alrededor de un planeta.

Como digo, en WordReference tampoco es que haya mucha diferencia; lo que pasa es que hay una acepción menos y, por tanto, la que nos atañe no es la cuarta sino la tercera:

3. col. Persona que depende de otra.

Depender de alguien no es tan sencillo como parece.

Primero hay que pensar bien de quién vas a depender. Si eliges, por ejemplo, una persona que viaja mucho, probablemente acabes sintiéndote muy sola; si eliges, por ejemplo, una persona a la que le guste estar a tu lado, pues no.

También debes tener en cuenta si vas a depender totalmente o sólo en ciertos aspectos. Por ejemplo: puede no importarte que la persona de la que dependes no pase la mayor parte del tiempo a tu lado siempre y cuando te escriba algún mensaje, mínimo, cuatro veces por semana. Es muy doloroso comprobar que, encima de que casi nunca está contigo, siempre eres tú la que anda detrás para que mantengáis una conversación. Yo confieso que la mayoría de las veces prefiero el silencio, siempre y cuando el silencio implique que la otra persona se encuentra en mi misma habitación. Pero esta es sólo mi perspectiva, por supuesto, en realidad es una cuestión de gustos.

El tiempo también es muy importante. ¿Tu dependencia va a ser a jornada completa o sólo los fines de semana? A lo mejor trabajas en una empresa informática y libras sábados y domingos; no quiere decir que tus sentimientos hacia la persona de la que dependes varíen de manera regular, sino que en el trabajo estás tan distraída que no te da tiempo a pensar en tus carencias. A mí me ha pasado, no siempre, pero me ha pasado. ¿A alguien más le ha pasado?

A lo mejor son las noches las que te ponen triste y no soportas la soledad que esto conlleva. A lo mejor es el despertar y ver que no hay nadie respirando con fuerza sobre tu nuca. A lo mejor no te gusta comer sola.

En mi tercer año de universidad, tuve la obligación de quedarme a comer dos días a la semana porque tenía clase mañana y tarde y muy poquitas horas de diferencia. Coger el metro y el autobús para comer en casa y luego coger el autobús y el metro para volver a la facultad no me salía rentable, así que tenía que comer en la cafetería. En mi tercer año de universidad, seguía arrastrando las asignaturas de primero. Las clases de por la mañana y las de por la tarde no formaban parte del mismo curso y nadie más las estaba repitiendo, así que comía sola. Nunca comí en la cafetería.

Una cafetería es, según la Wikipedia, «un establecimiento de hostelería donde se sirven aperitivos y comidas, generalmente platos combinados, pero no menús o cartas». Como veis, a veces también leo la Wikipedia. En el segundo párrafo explica que «en algunos países se le llama cafetería a un restaurante donde no se ofrece servicio de camareros, y donde los clientes utilizan una bandeja, para pasar a una barra de menús y escoger sus platos, y luego pasar por la caja para pagar, principalmente en centros comerciales, de trabajo y escuelas». O universidades.

En mi universidad las mesas y las sillas de la cafetería eran de color añil. Las bandejas no lo recuerdo, ya que sólo las usé una vez: cuando me invitaron, en el sentido cortés y no monetario de la palabra, a comer. No era la cafetería más cara de la zona, pero la de la facultad de filosofía, que se encuentra justo al lado, era más económica. Hablo en pretérito porque hace años que no me acerco por allí; puede que las cosas hayan cambiado.

No sé por qué, pero comer delante de alguien que no está comiendo conmigo me pone nerviosa. A lo mejor pienso que me mancharé y haré el ridículo. O que habré elegido algo que se supone que no se come a esa hora y se burlarán de mí. O que algún buen samaritano, sin ninguna mala intención, me deseará que me aproveche.

Sentarme sola en un lugar público al que la mayoría de la gente se sienta por grupos o en pareja no me parecía lo más apetecible, así que lo que hacía era irme a la biblioteca. Claro que a esa hora, en la biblioteca, me daba miedo que alguien me viera y se preguntara por qué no me iba a comer; así que utilizaba mi carnet de estudiante para sacar un libro y me iba al parque a leer. Devoraba libros, que suele decirse, aunque no haya ninguna dieta que lo especifique como algo saludable.

Sí, pensar que alguien pudiera verme a esa hora en el parque y se preguntara por qué no estaba comiendo tampoco era plato de mi agrado; así que procuraba sentarme en un banco lo más apartado posible y nunca más de veinte minutos seguidos, no fuera a ser que el hombre que llevaba el mismo tiempo que yo leyendo en el banco de enfrente empezara a sospechar. Pero no os preocupéis que comer, lo que se dice comer, sí comía: si veía que tenía hambre, me iba a algún supermercado y me compraba alguna cosilla. Papas, frutos secos, napolitanas de chocolate. Gominolas.

Como decía, depender de alguien no es tan sencillo como parece. Si se va la persona de la que dependes: ¿qué haces?, ¿cómo actúas?, ¿con quién comes? Yo en esa época no dependía de nadie en concreto. Lo cual quiere decir que tenía una infinidad de personas de las que poder depender. Lo cual te da una mayor posibilidad de tener a alguien cerca del que depender en un determinado momento. Lo cual, a la vista está, es mentira.

Otra cosa que también es mentira es que nadie más se quedara a comer esos días en la cafetería. Claro que había alumnos de mi curso que tenían clase mañana y tarde, que se habían visto, como yo, en la obligación de repetir alguna asignatura; pero ninguno quería comer conmigo. No eran precisamente los compañeros con los que yo me llevara bien, si es que dicha especie tenía el dolor de existir, y para sentarme sola en la mesa de al lado, soportando sus miradas de reojo, sintiendo en mi piel el ácido corrosivo de sus cuchicheos, prefería no estar allí. De todas formas, ellos no conocían esta dependencia que me arropa como si de una manta de coralina se tratara, así que no es precisamente lo que intentaban evitar.

En mi escaso dominio de lo que viene siendo la navegación en la red, he encontrado un tercer, si no metemos a la Wikipedia en esto, diccionario. Se trata, por supuesto, del Diccionario del Español Jurídico.

El DEJ es más indulgente con nosotras, las personas acólitas, de lo que lo son el resto de diccionarios; y ¡además parece que nos tiene en muy alta estima! Su definición dicta lo siguiente:

1. Gral. Persona que sigue o acompaña.

Como veis, no sólo nos encontramos en la primera acepción, sino que además utiliza verbos más amables. Seguir, acompañar, son verbos dulces, sobre todo el segundo. ¿Quién no quiere seguidores en Twitter que le alimenten el ego alabando su agudeza mental? ¿Quién no quiere estar acompañada en ese día tan especial, como puede serlo tu cumpleaños, el inicio de las vacaciones o una entrega de premios? Pero entonces, quien no supiera de mi condición de acólita y aun así no se acercara a mí, ¿era simple y llanamente porque no deseaba mi compañía? La indulgencia puede ser también un puñetazo en el estómago.

Oigo una voz por ahí al fondo que dice: «¿Por qué no les preguntabas tú si les importaba que comieras con ellos? Al fin y al cabo, ibais a la misma clase y todos erais personas adultas: ¿cómo sabías que te iban a decir que no?». Pues verás: según Raimon Gaja y muchos otros profesionales de la salud mental que utilizan la terapia cognitiva-conductual con sus pacientes, «la mayoría de nuestros problemas surgen porque nuestro estilo cognitivo está distorsionado».

Existen diez tipos de pensamientos distorsionados. Por lo general, incluso la persona más sana mentalmente hablando tiene, ha tenido o tendrá, al menos, uno en toda su vida. Voy a dar un paso más allá y me aventuraré a decir que el más común de los diez se trata, ni más ni menos que, de las conclusiones apresuradas. Dentro de estas conclusiones apresuradas, se distinguen los llamados «lectura del pensamiento» y «error del adivino». Estoy más que segura de que cualquiera deduce, por el nombre, qué quiere decir cada uno; así que me voy a ahorrar la explicación.

¿Para qué preguntarles si les importaba que comiera con ellos si de todas formas me iban a decir que no? Al fin y al cabo, ellos eran tres y yo sólo una. Que ellos me preguntaran a mí habría sido considerado un gesto de amabilidad por su parte; que yo les preguntara a ellos, pura intromisión. Un acólito puro no se entromete. Un acólito observa, escucha, espera, tiene opiniones que no exterioriza a menos que se lo pidan, sonríe y asiente, está ahí. Un acólito está ahí. Un acólito sigue, acompaña; dice a todo que sí, salvo si tiene que decir que no.

Ya he dicho que la única vez que comí en la cafetería fue la vez que me preguntaron si quería quedarme. También he dicho que en esa época no dependía de nadie. Como Abraham diciéndole a su hijo que Dios proveerá el cordero para el sacrificio, y por supuesto esto es una alusión a Mercedes Cebrián, yo también estaba medio mintiendo. No dependía de nadie, pero estaba enamorada: ¿un acólito nota la diferencia?

Algo de lo que no te advierten los diccionarios, detrás de tanta definición, es de que un acólito tiene serias posibilidades de acabar enamorándose de las personas de las que depende si observa que éstas disfrutan de su compañía y además le piden que forme parte de cosas que también son de su agrado. Porque yo no creo que la dependencia esté reñida con tener criterio o personalidad y, estaréis de acuerdo conmigo, no es lo mismo que te pidan esconder un cadáver que ir a tomar un helado en la cafetería de la esquina. El roce hace el cariño y, cuando el roce se trata de una actividad agradable, fácilmente realizable y cero o muy poco peligrosa, es más sencillo dejarse llevar y permitir que los sentimientos florezcan de manera relajada sobre tu piel.

Cuando él me preguntó si me quedaba a comer, después de salir del examen y sin ninguna necesidad de quedarme porque por la tarde no había clase, esperaba que mi respuesta fuera afirmativa. Quiero decir que él quería que yo comiera con él; él quería pasar tiempo conmigo. Obviamente, le dije que sí. Y no, él no estaba enamorado.

De nuevo la misma premisa: una persona que no conocía esta tendencia mía a depender de los que me rodean; pero dando como resultado algo totalmente distinto: el querer estar conmigo, al menos, por unas horas.

Pero en serio: ¿un acólito nota la diferencia?

Sé perfectamente cuándo detesto a una persona. Lo sé, sobre todo, porque me ha pasado más veces de las que estoy dispuesta a confesar. Porque, sí, un acólito sigue y acompaña, me repito más que las persianas, dulcemente; pero a veces es amargo el sabor. A veces no te gusta. La lengua se estremece y se niega rotundamente a volver a lamer la superficie. Probar bocado se convierte en deporte de riesgo para la garganta. Traga y regurgita, qué asco, vuelve a tragar; o lo intenta, más bien, pues no puede.

Pero el amor es difícil distinguirlo, no sólo para las personas acólitas. Saber diferenciar cuándo amas de verdad a alguien, cuándo deseas a una persona, pasar el resto de tu vida con ella, despertarte cuando suene su despertador aunque tú no necesites madrugar, mezclar tu ropa con la suya en la lavadora, atreverte a comer lo que cocine a la hora de la cena, oírla respirar al otro lado de la puerta del cuarto de baño, de cuándo simplemente te has hartado de estar sola.

Yo he estado sola mucho tiempo, a pesar incluso de mi condición, porque ser acólita no es lo mismo que estar ahí. Escuchar las voces de los otros ir y venir a tu alrededor, las risas, los suspiros, los chasquidos de lengua. Estar en el centro. Estar en el centro y no ser capaz de coger nada al vuelo. Literalmente. Estar en el centro y que las palabras te rodeen, esquivándote, rozando tu cabello, sin llegar a alcanzarte realmente porque no perteneces a la conversación. Estás ahí, las ondas de sonido te atraviesan, ves sus rostros, hueles sus perfumes, tocas la misma mesa que ellos tocan, los mismos cubiertos, saboreas la comida, la cerveza; pero nada tiene, en realidad, que ver contigo.

Por eso me sentí tan bien, pero tan bien, cuando él me preguntó si me quedaba a comer. Cuando él se dirigió a mí directamente, sin mirar a su alrededor, sin esperar que nadie más respondiera. También la primera vez, antes de entrar en esa clase de lingüística. O cuando me cogió de la mano con fuerza, entrelazando nuestros dedos, y la descansó sobre su rodilla. Cuando probó, tanteó más bien, qué ocurriría si en vez de su rodilla fuera mi muslo el lecho en el que posarla. Cuando en vez de su mano fue su nuca. Qué pensar entonces, cuando yo lo observaba desde lo alto y él no apartaba la mirada de la pequeña pantalla: un hecho cotidiano, confortable. Qué pensar cuando me besó en la mejilla, cuando me besó en los labios.

No quiero decir que fuera el primero ni el último, porque no lo fue, pero en ese momento fue importante. Estar ahí. De verdad. Formar parte de la obra, ser protagonista de la historia, palpar con las yemas de tus dedos tu nombre en el guion de la película. No ser acólita.

Por eso estoy aquí.

 

domingo, 16 de octubre de 2022

ELECCIÓN - capítulo eliminado de una novela inédita

Tal vez porque nací en viernes trece o porque, mientras mi madre me gestaba en su vientre, una mujer le echó un mal de ojo tras negarse a comprarle un ramito de romero por sobrarle en el apellido, la mala suerte me acompaña desde que nací.

Por ejemplo mis padres no pudieron acudir al bautizo de mi prima más cercana en edad, por coincidir la fecha. Mala suerte. Por ejemplo ese mismo día, tras lavarme la enfermera o la auxiliar (no sé quién de las dos lo haría pero me lo imagino) me devolvieron a una madre que no era mi madre mientras a mi madre le daban otro bebé que no era el suyo. Mala suerte. Afortunadamente el otro era un varón y se dieron cuenta en seguida, así que nos volvieron a cambiar. Buena suerte.

También es cierto que la suerte hay que buscarla, que no llega porque sí, mientras te encuentras tirada en el sofá de tu diminuto apartamento contemplando el techo blanco e inamovible; que en todo caso deberías estar escribiendo tu novela, por muy cutre que te parezca, para ver si consigues algo con ella, bueno o malo.

Por ejemplo, al contrario que mi hermano, yo nunca fui a la guardería porque hasta los tres años (hasta empezar el cole) se me daba genial hacer amigos en el parque. Los buscaba. Por ejemplo un día de Carnaval, en una fiesta de disfraces del colegio, un día en el que hicimos una actividad fuera de clase pero dentro del edificio, en el mismo recibidor al que me toca ir a votar cuando hay elecciones, me hurgué la nariz de manera inconsciente y tan fuerte que me sangró. Estábamos todos en círculo, en grupos de tres o cuatro, cada grupo disfrazado de un ejemplar de la naturaleza distinto (yo era una flor), mientras las que iban de abejitas (entre ellas, la maestra) saltaban de grupo en grupo para seguir con la historia que estábamos contando. Al plantarse delante de mí, la maestra me preguntó en voz alta y sin consideración alguna si me había estado hurgando la nariz, con lo que yo me eché a llorar, paramos el juego y entramos todos en clase: la maestra, los alumnos y mi deseo de desaparecer para siempre de este mundo. Me lo busqué.

Supongo que a lo largo de mi vida me he buscado muchas cosas, pero nos habíamos quedado en mi posible siguiente psicóloga, así que allá vamos.

En menos de una semana, conseguí cita en una clínica con nombre de secta comercial. La cita era dos días después de que se acabara el cursillo que estaba haciendo en ese momento, con lo cual todo parecía cuadrar a la perfección. Recuerdo que el penúltimo día hicimos un examen que acabamos aprobando todos, yo además con una nota bastante aceptable (un siete con seis). También recuerdo que no pasaba nada si suspendíamos porque al día siguiente habría otro examen para los que ese día no habían aprobado o, por el motivo que fuera, no habían acudido a la clase. ¿Y para los que no faltábamos nunca y tampoco necesitábamos la recuperación? Pues bien: a la profesora se le ocurrió la brillante idea de que hiciéramos una pequeña redacción de un tema en concreto. Pero no una redacción cualquiera, a partir de los folletos y apuntes que habíamos tomado durante esas semanas, nooo, qué va... ¡Una redacción con búsqueda en Google incluida!

Miré a mi alrededor y vi a todo el mundo con la cara enfocada en sus teléfonos inteligentes buscando información en Internet acerca del tema que habían decidido desarrollar. Yo elegí la Toxoplasma Gondii porque me pareció lo más sencillo que había en el temario; sin embargo el verdadero problema era que yo no tenía datos en el móvil y, por tanto, tampoco forma de buscar en Google. La escuela ni siquiera contaba con Wi-Fi gratis para los alumnos y, sinceramente, me daba vergüenza levantar la mano y decirle a esa mujer tan parecida a Rossy de Palma, delante de todo el mundo, que era la única pringada de la clase sin una triste tarifa de Internet en el móvil. La ansiedad alcanzó niveles insospechados cuando la profesora nos avisó de que, después de escribir las redacciones, las leeríamos en voz alta para formar un pequeño debate (un speech, según ella, que sonaba mejor). Fue entonces cuando mi cerebro se puso a trazar un plan para escapar de esa planta baja digno de Prison Break.

¿Por qué os cuento todo esto? Pues porque decidimos que, antes de leer las redacciones, podríamos irnos juntos a almorzar a una cafetería, a modo de cálida despedida. Era la ventana que necesitaba para huir despavorida. El día anterior me habían llamado de la clínica para confirmar la cita del jueves y eso me dio la idea de poner la excusa de estar esperando una llamada para no tener que acudir directamente a la cafetería. No fui la única que se quedó en el aula, con lo cual nadie me insistió en acompañarlos, pero eso significaba que seguía sin tener vía libre del todo. Unos minutos después de que se fueran, cogí mis cosas y me metí en el baño a fingir que hacía pis. Un rato después salí, me lavé las manos, me quedé en el pasillo, cogí el teléfono móvil y salí por la puerta de cristal sin decirle nada a nadie, como si tuviera intención de volver a entrar. Entonces comencé a caminar y caminar mirando a todas partes y asegurándome de no pasar cerca de ningún bar o cafetería, ya que no tenía ni idea de qué sitio habían escogido. Cuando estuve a una distancia que consideré prudencial, me relajé, puse en silencio y modo avión mi teléfono móvil para no enterarme de las llamadas que me iban a hacer después para ver dónde diablos me había metido y me dirigí a la calle Colón, para irme de compras. El jueves, sin una razón específica de mucho peso, cancelé mi cita con la nueva psicóloga y decidí no volver a intentarlo hasta el año siguiente.

Al año siguiente volví a coger cita con otro psicólogo, esta vez un hombre, por variar, mediante la misma página con la que había cogido cita la primera vez. Me abrí del todo, le dije que quería suicidarme y que por favor me enviara un mensaje para confirmar la cita porque si no yo no sabría si de verdad la página funcionaba. Cuando llegó el día de la supuesta cita, no había leído ningún mensaje suyo, así que volví a poner el móvil en silencio y modo avión por si acaso (una parte de mí sabía lo que iba a pasar). Un poco más tarde vi que me había llamado un número que no tenía registrado en la agenda. Mucho más tarde vi que sí me había enviado un mensaje para confirmar la cita, pero no a través de WhatsApp como la primera, sino al correo electrónico; así que me sentí la persona más estúpida del mundo y mis ganas de morir volvieron a llegar a lo más alto.

Me lo busqué.

sábado, 21 de marzo de 2020

No siento vergüenza

No me da miedo mostrar cómo escapa mi sangre

—ni la de mi útero
ni la de mis venas—

Soy débil y no me importa que se sepa

Pero no quiero que las lenguas viperinas

que no tiemblan
que no enferman
que no lloran

me señalen

martes, 4 de febrero de 2020

[poema censurado]


Ya lo dijo Antonio Requeni
¿Quién necesita que yo escriba?
Sin embargo era necesario
que él lo escribiera
para yo poder citarlo
Aunque a nadie le importe

Aunque a nadie le importe
necesito describir qué soy
esto que me define
por qué resbala la vida por mi piel
por qué se cuela la noche por mis poros
por qué nos caemos, Bruce

He aprendido sola
a levantarme
y a volver a caer
si lo que encuentro
en la palma de tu mano
no es lo que más me conviene

He aprendido sola
a levantarme
y a limpiarme el polvo
del vestido
con una única mano
mientras tecleo con la otra

Ya lo dijo Lux, lucis.
Cita de Lux, Lucis.
Y para eso sólo hacen falta dos dedos
O lo que es lo mismo:
una guía para saber a qué página del libro acudir
y un músculo que bombea

¿Acaso creías que esta sangre la había escupido yo sola?

Da igual lo que escriba
en mi teléfono móvil
el texto predictivo
siempre acaba repitiendo
la misma palabra:
miedo

Da igual lo que escriba
en nuestra conversación
de WhatsApp acabo
siempre borrándolo todo
por culpa del
miedo

sábado, 21 de diciembre de 2019

Hipocondríaca


Tengo una bandada de cuervos dentro de los ojos
Si los arranco no veré nada y los cuervos seguirán ahí

He colocado un espantapájaros en un lugar estratégico

—La punta de mi nariz—

Espero que funcione

Y mientras espero recito la lista de las cosas
que tengo que contarle a mi médica

que de tanto pensar en ir y no hacerlo normal
que sea de cabecera

Doctora me duele la cabeza
Una mano gigante me aplasta el cráneo

Doctora me tiemblan las manos
Aníbal ha vuelto a coger los elefantes

Doctora me cuesta respirar
La serpiente se ha enroscado en mis pulmones

Sin darme tiempo siquiera
de aceptar la manzana

y atragantarme

Doctora me cuesta
masticar

Los cuarenta ladrones han venido a por mis dientes
y más de uno se ha quedado sin botín

Es culpa de los poetas
Los han descrito como perlas y se los han tragado

Es culpa mía
Los he visto llegar y no he cerrado la boca

Doctora no siento las piernas
El miedo me paraliza

La alarma me pide que corra y yo
me quedo quieta

No importa lo que venga a por mí
sé que me voy a quedar

ciega

Doctora estoy perdiendo la retina
Los cuervos la picotean