Mostrando entradas con la etiqueta en un estudio de 36 m². Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta en un estudio de 36 m². Mostrar todas las entradas

viernes, 13 de octubre de 2023

ME MUDÉ Y DE VERDAD PENSABA QUE VENDRÍAS A VERME

Era miércoles veintisiete de enero y aún no sabía, no era consciente, de que de verdad no íbamos a volver a vernos. Yo escribía en mi diario con la esperanza de que algún día me contradijera y dijera mira, tengo visita dijera mira, ya no estoy sola dijera mira, hemos hecho el amor en mi cama de uno treinta y cinco y ya no soy la única pringada que no folla en este piso.
 
Yo tenía veintiséis años y como dicta la media europea acababa de independizarme. En parte porque no soportaba seguir viviendo con mis padres, en parte porque necesitaba más espacio para mis libros. Excusa que luego utilicé para volver a mudarme dos años y medio más tarde, después de seguir comprando libros y no tener dónde amontonarlos a pesar de no quedármelos todos.
 
Yo tenía veintiséis años y acababa de quedarme sin trabajo. No obstante había calculado que podía vivir un año entero sin trabajar gracias a mis ahorros. Al final no pude probárselo a nadie porque me llamaron una o dos semanas más tarde para ofrecerme un contrato que por supuesto acepté sin pensarlo un segundo.
 
La puerta de la entrada se abría y cerraba a todas horas porque mis compañeras de piso –que no de estudio– tenían visitas. Yo esperaba que fueras tú quien viniera antes que nadie y vieras cómo había dejado el piso dónde había colocado el pez espada el pequeño altar que le había levantado a tu nariz. Esperaba que vinieras y te quedaras quizá un fin de semana, como las visitas de mis vecinas a quienes escuchaba follar tras las paredes y que por una vez fueran ellas las que me escucharan a mí. Así que te pedí que vinieras y me dijiste que no era un buen momento. Y yo dejé pasar los días esperando el momento propicio, esperando que de verdad vinieras a verme, esperando que de verdad cumplieras algunas de tus promesas.
 
Primero fue el toque de queda luego las oposiciones después la remota posibilidad de haber suspendido el mir. Después ya no pude aguantar más y creo que te envié un audio de whatsapp –qué quieres que te diga, estaba borracha–.
 
Supongo que fue ahí cuando lo nuestro terminó.

domingo, 9 de octubre de 2022

Capítulo eliminado de una novela inédita

Durante un tiempo estuve adaptándome a la vida de recién independizada, atravesando altibajos en los que a veces llegaba a odiar la casa, desde el ruido que hacían los electrodomésticos por la noche hasta el largo de las cortinas. Odiaba lo incómodas que a la larga resultaban las sillas y lo rápido que se hundía el viejo sofá bajo mi peso, lo mucho que se escuchaba a los vecinos del piso de arriba y el tic-tac del reloj que yo misma había colgado en la pared de justo al lado de mi cama. Y pronto empecé a odiar también la falta de espacio.

Traté de adquirir una rutina, de levantarme temprano, comer sano y hacer un poco de ejercicio, de escribir de manera habitual, ya que en realidad había sido mi mayor motivación a la hora de mudarme. Conseguí trabajo y volví a enamorarme, esta vez de un técnico de rayos con quien apenas intercambié un par de frases.

[Cuatro entradas de mi diario]*

Sí, amigas, en medio de este programa de autoayuda, entre las idas y venidas a este pequeño salón de actos, me he visto en la obligación de soltar la mano que me había sido tendida con tanto cariño.

Veréis, después de unos meses intentando no morir en el intento de vivir por mi cuenta, tratando de ser una mujer autosuficiente, de escribir mi propia entrada en esta enciclopedia cósmica, convencida de que para una mayor estabilidad emocional sólo me hacía falta ser, en fin, adulta, me di cuenta de que

Al final, el hecho de vivir sola no cambió nada en mí.
Ella y su gato, de Naruki Nagakawa y Makoto Shinkai.
 

domingo, 3 de enero de 2021

El título de una novela de Carmen Martín Gaite*

de acuerdo a una búsqueda rápida en Google
la media española es de veintinueve años
tres más que la europea
 
así que estoy contenta
 
puedo dejar de flagelarme por no hacer
nunca nada por no mover un dedo por
llegar tarde o salir, en este caso, por
haberme ido de casa
 
a los veintiséis años


miércoles, 23 de diciembre de 2020

🍳

Hace mes y medio intenté suicidarme. Te lo digo por aquí porque sé que no encontraré la fuerza para decirte que te quiero y te echo mucho de menos y ojalá me cogieras de la mano mientras duermes. Era sábado y no encontré ninguna farmacia abierta en la que canjear las recetas que me quedaban de mi anterior psiquiatra, así que cogí todas las pastillas que tenía y me fui a mi casa (he dicho «mi»). Después de volver a guardar mis cosas menos el único recuerdo que tengo de ti, cogí mi botella ecofriendly de Natura y la llené de agua de grifo (por si no lo sabías, yo bebo agua de grifo). Me tomé unas 28 pastillas de Anafranil 25 mg, 10 o 12 de Zolpidem, 10 Diazepames si es que este plural existe, un único Lorazepam, cuatro pastillas que parecían Lacasitos pero que no sabían a chocolate y ahora pienso que probablemente no te parezcan tantas, pero yo me eché en la cama llorando porque tenía miedo. Cuando me desperté, ya no estaba en mi nueva cama sino en la vieja. No estaba en mi nueva casa sino en la vieja. No eras tú el que me miraba mientras dormía y desde luego no me cogías de la mano. Luego me dijeron que me había desmayado, pero no me confirmaron si me había o no golpeado la cabeza a pesar de que me dolía, me dolía mucho el lateral izquierdo y tenía un moratón en la cadera izquierda, señal inequívoca de que me había caído al suelo al desmayarme. Al día siguiente volví a mi casa con miedo de haber roto algún mueble y que el casero se enfadara conmigo y me echara. Pero en lugar de un mueble roto vi medio vómito en el suelo y otro medio en papel higiénico porque al parecer había intentado limpiarlo y por eso mi pantalón nuevo estaba manchado (ya es la segunda vez que me vomito sobre un pantalón nuevo y no sé si es que el universo trata de decirme algo). También le faltaba una patita, y esto me dolió más que cualquier otra cosa, a la única caricia que me queda de ti. Me entraron muchas ganas de llorar, pero afortunadamente la encontré en el suelo y se la puse mientras le pedía perdón. Perdón, perdón, perdón. Alguna sombra de lo que había ocurrido recorría a ratos mi mente y me di cuenta, por último, de que te había enviado un mensaje. Cuando mi cerebro decidió no guardar un registro de lo que estaba pasando, cuando mi cerebro creyó divertido actuar a mis espaldas, te envié un mensaje, normal y corriente, para saber de ti.