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miércoles, 30 de marzo de 2022

b (LVA)

Mi madre, por así decirlo, me enseñó todo el pueblo y me contó historias sobre lo que más me podría afectar, según ella.

Me explicó que antes de su hija habían muerto también dos jóvenes más. Fueron dos muchachas, a lo que llegaron a la conclusión errónea de que sólo eran  mujeres las que morían. Pero después murió algún que otro joven varón.

No atacaban diariamente, los vampiros. Pasaban un par de semanas de una víctima a otra, y más adelante pasaban incluso meses. Pero, cuando creían que la pesadilla había terminado, se mostraba otro cuerpo en la plaza. Y éste siempre era joven, a veces hasta demasiado.

La aldea entera había decidido que los más pequeños debían partir para evitar una lenta y dolorosa muerte.

Mientras que los más mayores se quedarían cuidando del pueblo. No eran capaces de abandonar el lugar donde habían nacido. No estaban preparados para eso. Tal vez acabarían muriendo, pero morirían luchando.

Madame Lavoisier me llevó una vez por el pueblo a altas horas de la noche para que viera cómo de preparados estaban ante un posible ataque.

Pude observar, gracias a ella, los crucifijos en las puertas; oler el repulsivo olor a ajo que tanto detestaba. Nunca me gustó ese alimento y no entendía como podía usarse en tantos manjares.

Pude escuchar también el clic de los arcabuces a punto para disparar y el sonido del acero al desenvainar las espadas y cuchillos. Ese sonido me encantaba; sonaba tan frío, tan distante. Lo adoraba.

Debíamos andar despacio y mirar bien dónde pisábamos. Al mínimo ruido, todos los varones saldrían para atacar; no se lo pensarían dos veces, no pensarían en que pertenecemos al pueblo. Atacarían a matar.

Por eso debes procurar no ir sola en medio de la noche. Lo mejor que puedes ha-cer es permanecer encerrada en casa, al menos hasta que te conozcan mejor.

Dimos un pequeño rodeo más y volvimos a casa. No era su intención mostrarme un verdadero ataque vampírico  y dejar que nos mordieran para observar cómo era el modus operandi de los principales enemigos de la aldea.

 

lunes, 28 de marzo de 2022

a (LVA)

Madame Lavoisier me crió como a una hija. Me contó historias sobre las víctimas del pueblo, que éstas aparecían de la noche a la mañana en medio de la plaza. Me contó que la habitación que yo ocupaba era antes la de su hija, que los vestidos que ahora yo utilizaría eran suyos. Y me contó cómo un seductor caballero de rubia melena y ojos azules apareció en la aldea una noche de invierno.

Su hija y él congeniaron y vivieron una bonita historia. Noches cálidas el uno al lado de la otra, paseos nocturnos bajo las acogedoras estrellas; fueron, sin duda, los mejores días de la vida de la muchacha.

–¿Partieron juntos a otra villa?

–No. Juntos no–. Estaban humedeciéndose sus castaños ojos; parecía afligida.

–¿Qué ocurrió?– Me daba miedo preguntar, no sabía cuál sería su reacción.

La mujer se echó a llorar.

Supe entonces que, semanas más tarde, apareció el cuerpo de su niña. Yacía desangrado en medio de la plaza.

–¿Y aquel seductor caballero?

–Desapareció. Sin dejar rastro. No se supo nada de él.

–Es terrible...

Todo el mundo fue a buscar al caballero. Todo el mundo fue a buscar su muerte. Entraron en todas las casas buscando un culpable, travesaron el bosque en busca de alguna pista sobre su paradero.

Nada. No hubo rastro de él.

Fue en aquel momento en el que la anciana se dio cuenta del verdadero peligro. Ya había habido ataques, cuerpos de vecinos desangrados, pero nunca le había ocurrido nada a su diminuta familia.

La mujer y su hija llevaban viviendo solas durante mucho tiempo, el marido había muerto por causas naturales. Había sido un varón raudo y fuerte, pero era muy mayor, se llevaba dieciocho años con su esposa. Tras su muerte, Madame Lavoisier se había ocupado sola de la casa y de su hija. Contaba, por supuesto, con la ayuda de los vecinos; pero la lejanía le impedía disfrutar de mucha de esa ayuda. Con la muerte de su hija, la anciana había podido comprobar cómo eran de apreciadas sus vidas en ese pueblo, y por esa razón detestaba la idea de saber que aún moría de vez en cuando gente inocente.

Ninguno en el pueblo tenía pruebas sólidas de su existencia, pero todas las piezas del puzzle (la noche, las marcas en el cuello, el desangramiento) llevaban a la misma conclusión: los vampiros pretendían acabar con el pueblo.

domingo, 20 de diciembre de 2020

R (LVA)

Te lo cuento porque es irremediable.

Los estómagos, Luna Miguel.

 

—Ven —fue la primera vez que me tuteaba; se arrastró por mi cuerpo una sensación extraña, como un escalofrío—. Te mostraré algo.

 

[...]

 

—¡Adelante! ¡No te quedes ahí parada, chiquilla! —¿Chiquilla?— ¡Pasa!

Me dio un pequeño empujón con su mano derecha sobre mi espalda y me obligó, amablemente, a pasar. Olía de forma realmente exquisita... Nunca olvidaré ese olor. Era una mezcla de pino, proveniente del bosque, y flores; unas flores que no sabía distinguir por mi escaso conocimiento en la materia. Además, era una habitación cálida y llena de amor.

Di unos pasos hacia delante y me fijé en el retrato que había colgado sobre el lecho de la anciana. Se trataba de una familia verdaderamente feliz, todos con una amplia sonrisa. La pareja, con ojos de enamorados y sonrisa dulce, se encontraba a los lados del lienzo abrazando ambos a la pequeña muchacha que regía, con sonrisa juguetona, el centro del cuadro. Una familia feliz, sí, verdaderamente feliz.

—Veo que te has fijado en mi más preciado tesoro —di un pequeño respingo; de tanto mirar el cuadro había dejado de pensar en mi alrededor y había estado a punto de creer que me encontraba sola—. Mi más preciado tesoro...

Un tesoro enmarcado en la madera que parece ser estaba de moda en aquellos tiempos, un bien preciado capaz de sacar una melancólica sonrisa a una mujer a la que se le saltaban las lágrimas cada noche, antes de dormir, cuando lo observaba.

—¿Puedo preguntar de quiénes se tratan...? —Dije tímidamente en un tono dubitativo un tanto infantil; quizá era cierto que seguía siendo una «chiquilla».

—Claro que puedes, ¿cómo no? Ja, ja, ja —Esa era la risotada que me hacía ver que no ocurría nada, la que me aliviaba en mi pueril pusilanimidad—. Habrás deducido tú solita que la mujer sonriente, la de la derecha, soy yo.

—Sí, se le parece bastante...

—Por favor, tutéame.

—Oh, perdone... ¡Perdón! Ambas tenéis las mimas facciones —la muer tenía razón, se parecían; tenían los mismos ojos y los mimos labios... ¡y la misma cara! ¿De verdad no me había dado cuenta aún?—, y la misma sonrisa...

—Sí... Sólo que era bastante más joven, ¡claro está!

Un triste suspiro de devoción por el pasado recorrió la estancia y nos envolvió cálida a la vez que fríamente.

—El hombre de cabello castaño y barba y cejas pobladas que me acompaña, como habrás deducido también, se trata de mi marido.

Aquel era su rostro. El color de los ojos no se apreciaba con claridad, más se le veían sinceros. Vestía como un verdadero campesino lleno de fino polvo. Tal vez fuera labrador o de algún oficio semejante.

—Y la pequeña señorita... vuestra hija.

—Así es... El vestido que lleva puesto se lo hice yo misma, ¡con mis propias manos!, con la lana del pueblo. Un traje hecho a medida para mi princesa de piel y rizos dorados, el angelito de ojos verdes de la familia, mi debilidad y la de mi esposo —se derrumbaba poco a poco ante mí y yo no podía hacer nada por evitarlo—. Pero las desgracias ocurren, sin saber por qué, y todo se oscurece de pronto y sin aparente motivo.

«¿Qué ocurrió?», habría deseado preguntar; pero era una situación un tanto incómoda y suponía que la respuesta sería demasiado... trágica. Seguramente no la hubiera ofendido ni nada por el estilo, pero no quise arriesgarme.

Chère...

—No tiene por qué contarme nada si no quiere —olvidé tutearla de nuevo, pero no pereció percatarse.

—Venga, te acompañaré a la que será tu habitación.

—¿Piensa acogerme de verdad en su morada?

Mon Dieu ! Qu'est-ce que je t'ai déjà dit ? Tu toie-moi ! Ha, ha !

—Perdón... se me olvida.

La típica sonrisa de haber olvidado algo de poco valor aparente emergió de mi boca mientras mi vista se deslizaba veloz hacia el suelo. Me mordí el labio inferior y volví a mirarla a los ojos. Sonrió ampliamente y salió por la puerta. No tuve más remedio que seguirla, no era de mi agrado permanecer en la habitación de una mujer sin que ésta estuviera allí presente, y mucho menos con el retrato de dos difuntos que miraban felizmente e incomodaban sin querer a una recién llegada.

[...]

Me contó entonces su historia.

Me contó que nació y se crió en un pequeño pueblo del norte de Francia. Un pueblo pequeño. Más, incluso, que este en el que nos encontrábamos. Siempre fue una niña tímida. Aplicada en la escuela, si se le podía llamar escuela a las clases de costura y demás quehaceres domésticos, y responsable en todos los ámbitos. Su padre le enseñó a leer y escribir a edad muy temprana porque no quería que fuera demasiado ingenua, como lo eran, por culpa de la sociedad, las mujeres de su época. Así que se acostumbró a escribir un diario. 

Escribía todo lo que hacía. Los lugares a los que iba, las personas con las que se cruzaba, las conversaciones que mantenía, las que oía que mantenías las personas con las que se cruzaba. Procuraba escribir con todo lujo de detalles todo lo que ocurría a su alrededor a lo largo del día. Lo que comía, los vestidos que llevaba, los pensamientos fugaces que invadían su cabeza rubia como el oro... Hasta que lo conoció a él.

sábado, 12 de diciembre de 2020

L - IX (LVA)

El incendio parecía haberse iniciado en el bosque. Al contrario de la aldea de la anciana que escuchaba atenta mi relato, la aldea de la que yo provenía no había sido edificada en medio del bosque, pero teníamos uno pequeño en lo que nosotros solíamos llamar la parte de atrás. Y mi casa era de las que más atrás estaban, así que fue de las primeras en convertirse en polvo. Junto con todo lo que había en su interior.

Nada más salir por la puerta eché un rápido vistazo alrededor para asegurarme de que tanto mi padre como mi madre seguían vivos. No los encontré, pero dado que habían pasado la noche fuera, en la otra punta del pueblo, supuse que estarían bien. Aproveché la confusión que había creado el fuego y me adentré en la oscuridad. Corrí por entre los árboles que se hallaban más lejos de las llamas y no volví la vista atrás.

No comenté a mi silenciosa oyente que mi intención era que me creyeran pasto de las llamas. Y ella, tan discreta como era, no preguntó por qué, si yo no había provocado el incendio, huí de esa manera.

La verdad es que el fuego fue una bendición. Aquella noche, como todas, Lucio entró por la ventana de mi habitación. Lo había hecho ya tantísimas veces, desde antes, incluso, de que nuestra relación se volviera tan abusiva, que cada vez escalaba más velozmente las paredes de ladrillo. Pero, a diferencia de otras veces, esa noche lo esperaba ansiosa.

Mis padres se habían ido a casa de unos amigos a celebrar un cumpleaños. No iban a ser los únicos padres que acudieran a la fiesta. Esa noche muchos adolescentes tendrían la casa para ellos solos. Y esa noche Lucio y yo hicimos el amor.

Por primera vez di yo el paso. Lo conduje a sentarse sobre mi cama bien hecha y me senté sobre él, tapándole la boca para que no hablara. Me sentí como si estuviera en la cima del mundo. Podía extender la mano hacia arriba y tocar el sol, pero preferí tocarlo a él. Yo tenía el control.

Besé sus labios. Sus carnosos labios. Y por primera vez en mucho tiempo me supieron a gloria. Pedazo de cielo en nuestras bocas, lamiéndolo y relamiéndolo, transportándolo de una cueva a otra, con nuestras lenguas.

Sin esperar mucho tiempo, nos deshicimos de la ropa como el viento se deshace de las hojas de los árboles. Estábamos en la cima del mundo y estábamos juntos. Podía extender la lengua hacia el cielo y quemármela con el sol, pero la deslicé hacia el centro de su virilidad. Un cordero recién nacido recibiendo por primera vez el néctar que lo mantendrá con vida por un tiempo.

Nos alimentamos mutuamente como dos amantes. Por primera vez el deseo, las caricias, el amor. Le había pillado por sorpresa y resulta que le gustaba. La delicadeza, el pacto, la aprobación. Me entregué a él.

Me entregué a él y él se durmió en mis brazos. Así que me zafé de él y abrí despacio el cajón superior de mi mesita de noche. Cogí el cuchillo que había escondido justo después de que se hubieran ido mis padres, creyéndome dormida en mi habitación  y lo degollé como degolló mi padre al cerdo en la festividad del Patrón del pueblo. Después me puse mi vestido blanco y mis zapatos de los domingos, los que usaba cuando iba a la plaza del pueblo a oler las flores mientras me reía de los feligreses, y volví a esconder el arma.

Nunca había visto a Lucio tan tranquilo, tan en paz con el mundo. Recé a un Dios en el que no creía por su alma. Por que perdonara sus pecados, su ambición. Al fin y al cabo era sólo un muchacho al que nadie había enseñado a hacer el amor. Él sólo se guiaba por un instinto muy primario.

Fue entonces cuando apareció el fuego. Y se me ocurrió la idea de que quizá, tal vez, si lograba huir de allí, creyeran que el cuerpo que yacía calcinado sobre mi cama era el mío.

martes, 8 de diciembre de 2020

L - VIII (LVA)

Tras despertarme de mi trance gracias a lo que pareció el sonido de un cuchicheo en el piso inferior, bajé en busca de la mujer para preguntarle por la habitación en la que me hospedaría.

—¿Quién era? —La encontré cerrando la puerta; acababa de despachar a alguien.

—¡Oh!, nada. Una vecina. La verdad es que no suelen venir mucho por aquí —de nuevo esa risa estridente suya a la que acabaría acostumbrándome—. Ha venido con el pretexto de avisarme de que hay una forastera que se ha acercado por aquí. ¡Es evidente que llega un poco tarde!

Empezamos a reír las dos muy a gusto y terminamos coincidiendo en que lo que de verdad quería era curiosear a ver si yo seguía en la casa y si iba a quedarme mucho tiempo. Ninguno de los aldeanos tardó en averiguar que la respuesta era sí.

Sí. Sí. Cuánto tiempo sin afirmar tan rotundamente algo. En los primeros días en mi nuevo hogar, adaptándome a tener que bajar y subir la colina para ir y venir de la villa casi diariamente, puesto que todas las tiendas y demás sitios de interés estaban allí congregados, pensé mucho en mi vieja casa chamuscada.

Tenía siempre presente a Lucio, cada vez que me observaba en el espejo, y aún me preguntaba cómo había ocurrido la metamorfosis. Si había experimentado un cambio gradual o si yo lo había empujado, de un día para otro, a renacer.

Todo iba bien entre nosotros. Los días resplandecían más cuando caminábamos cogidos de la mano. Los pájaros cantaban a nuestro paso. Los girasoles nos confundían con el astro rey. Estábamos enamorados. Hasta que un día se volvió ambicioso.

Empezó a buscar en mí algo que yo no tenía, o creía no tener. Se tornó un pirata esclavizando la tripulación de su navío, profanando mis tierras con su pala, como si mi cuerpo fuera una remota isla del Pacífico, y fraccionando nuestra intimidad con ayuda de la botella de ron.

Tenía catorce años en aquella época, un año más desde que comenzó nuestra historia, un año menos que cuando terminó, y me preguntaba dónde habían quedado los abrazos. Dónde habían ido los besos con los que antes me pedía que me quedara. ¿Acaso se habían caído por la borda todas sus muestras de afecto? ¿Es que ya no me quería?

Su boca me succionaba ahora como si de un agujero negro se tratase. Es de sentido común asegurar que cuando atraviesas un agujero negro te mueres. Su lengua de serpiente inyectaba el veneno en la mía inocente. Su mirada se volvió oscura. Sus dedos eran gusanos y mi sexo, el cadáver que debían devorar.

Yo deseaba seguir siendo una isla deshabitada, una isla tranquila en medio del Pacífico, pero le dejé cavar. Le dejé cavar hasta encontrar el tesoro que buscaba. Y dejé que se lo llevara. Pero, como he dicho, se había vuelto ambicioso.

Le entregué mi virginidad y le supo a poco. Así que cada noche vino a por más. Y aunque nuestros cuerpos cada vez se fundían más el uno con el otro, nuestras mentes cada vez estaban más distanciadas. Ya no había la dulzura que había habido antes, ya no brillaba el sol porque ya no paseábamos de la mano. Ya no hacíamos el amor, sólo profanábamos mi cama. Se había levantado un muro entre nosotros que sólo se deshacía cuando su sexo penetraba el mío. Y yo me dejaba hacer. Pensando que quizá, tal vez, el amor infantil de las risas al unísono y las miradas cómplices ya había caducado para mí.

Le hablé a mi anfitriona del incendio. El terrible infierno que asoló media aldea. Y de cómo escapé. De cómo el fuego se fue extendiendo por las casas de madera, en una villa parecida a la que ahora habitaba, pero por suerte no tan apelotonada.

Conseguí salir corriendo de mi casa, bajando torpemente las escaleras y sin poder pararme a coger nada. El humo lo invadía todo, apenas podía respirar, cundía el pánico por doquier. Los niños lloraban, les habían levantado injustamente de sus camas, ahora no podrían volver a conciliar el sueño.

viernes, 4 de diciembre de 2020

L - VII (LVA)

—La dejaré instalarse.

Si no hubiera sido porque no casaba con la actitud que había demostrado hasta ahora, habría pensado que mi solitaria anfitriona se burlaba de mí. No llevaba conmigo ninguna maleta, ninguna bolsa de tela en la que guardara algo de ropa interior y una chaqueta. Ningún neceser, ningún monedero para comprarme las cosas por el camino. Ni un triste cepillo de dientes. Había salido corriendo de mi antiguo hogar, huyendo del incendio y de los bomberos, sin tiempo para coger ni mi bolso. Lo único que tenía que instalar en el dormitorio eran mis ganas de dormir en una cama, y eso ya lo había instalado nada más posar un pie en la aldea.

Ocurrió algo. Algo extraño de explicar. La mujer salió de la que de ahora en adelante sería mi cuarto privado y yo escuché un ruido que parecía surgir de dentro del armario. Una melodía que me atraía, como una sirena. Una llamada de auxilio.

En realidad no se escuchó nada, claro, pero algo me hizo abrir las puertas de madera. Y cuál fue mi sorpresa al verlo lleno de hermosos vestidos. Tal vez de cuando mi anfitriona era joven, tal vez de otra bella muchacha. Azul cobalto, verde lima, rosa palo. Colores que jamás olvidaré. Esa misma noche, a la hora de la cena, averiguaría que los vestidos pertenecieron a su hija, pero de momento los acariciaba imaginándome a una joven y antigua anfitriona luciéndolos en las fiestas del pueblo.

Pero los vestidos que heredaría también esa misma noche tras el «Puede quedárselos si le vienen» de la dueña de la casa no son lo único que encontré. Tras ellos se escondía un tesoro aún mayor. Tras ellos me encontraba yo, de pie, con expresión de asombro, la boca abierta de par en par, como las puertas del armario, y los ojos como platos. Tras las suaves telas coloridas se encontraba un espejo.

Pesaba demasiado para levantarlo a la primera, así que lo deslicé poco a poco hacia mí. Restalló un poco al rozar con la madera, pero ambos materiales eran muy resistentes como para haberse estropeado. Conseguí alzarlo despacio a unos exiguos milímetros de la base del armario. Lo saqué con mucho esfuerzo y lo apoyé, dando un fuerte estrépito y de forma provisional, en la pared; hasta que no encontrara el sitio idóneo, lo dejaría a la derecha de la ventana.

—Ya está, ¡cuánto tiempo sin verme!  —Estaba realmente satisfecha de mi proeza.

Entonces me di cuenta de mi aspecto. Pasé las mangas de mi vestido sobre el empolvado cristal y vi mi cabello alborotado, mi ropa sucia y desgarrada, mi aspecto de haber estado tres días vagabundeando por las montañas. Aquella superficie reflectante me hizo ver que si yo me hubiera visto llegar al pueblo con este aspecto seguramente también me habría cerrado la puerta en las narices. No me habría parado a pensar que tal vez, sólo tal vez, había estado huyendo del gran incendio que arrasó su casa con su amante dentro.

Me puse a pensar en él. En Lucio. Recordé la primera vez que me sumergí en el placer de su carne. La primera vez que caí en la tentación.

Nunca antes había estado en su casa. Entre esos brazos que me rodeaban y esa húmeda boca que me succionaba las pocas dudas que había podido tener a lo largo del camino hasta llegar a tocar el timbre. Estaba en DEFCON 4: un poco nerviosa, pero nada grave. Él alivió la tensión del momento señalándonos en el espejo que teníamos en frente. Un espejo casi tan alto como las paredes. Un espejo casi tan grande como mis ganas de estar con él. Nos piropeó. Acarició mi espalda y nos piropeó. Yo no sabía si de verdad creía lo que estaba diciendo, que era preciosa, pero a su lado me sentí así.

Mi actitud de dejarme hacer me trasformó en una delicada margarita: él se encargó de quitarme uno a uno todos los pétalos. Me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere. Yo sabía que en su interior rezaba por que hubiera traído un número impar de prendas de vestir

Me encontré desnuda frente a él, pero no tenía miedo. Me sentía cómoda a su lado. Me sentía fuerte. No era la primera vez que lo intentábamos. Lo nuestro ya había empezado a hornearse tiempo atrás, pero habíamos sacado la tarta demasiado pronto del horno. Ahora teníamos otra segunda oportunidad, sólo necesitábamos no precipitarnos con el postre.

Se despojó entonces él de todas sus hojas. Llegó el otoño en su dormitorio. Pero la estación que vino después no fue el invierno sino la primavera. Una primavera letal para todos los alérgicos al polen.

Después de aquello empezamos a salir.

—De acuerdo. Que pase una buena tarde.

lunes, 30 de noviembre de 2020

L - VI (LVA)

Nos tomamos la infusión en silencio. Probé algunas de las pastas que había traído mi encantadora anfitriona y descansé en el canapé. La anciana se había sentado en el sillón que yo había imaginado que era su sitio habitual. El ambiente era de lo más agradable.

Contemplé la ventana que había en la pared de enfrente de la puerta. Una ventana cerrada desde la que se apreciaba la infinitud del bosque de altos pinos, cubiertos ahora de nieve por culpa del invierno. Me pregunté cómo había sido capaz de caminar durante tres días casi sin descanso, por miedo a que hubiera algún depredador al que le atrajera mi olor, por esas montañas. Ya no importaba mucho: lo había conseguido.

—Venga, le enseñaré el piso de arriba.

Acabamos de almorzar (no llevaba reloj encima, pero habría apostado cualquier cosa a que era casi mediodía) y dejamos las cosas sobre la mesita. La mujer tendió su mano hacia mí y yo se la cogí. El tacto rugoso me recordó al de las paredes. Hasta donde yo sabía, no había nada colgado en ninguna habitación. ¿Seguiría la misma norma el piso de arriba?

Me levanté y fui tras ella a las escaleras que había en el fondo de la habitación. Subimos poco a poco los raídos peldaños; con miedo, al menos yo, de que se rompieran. Aunque, como era de esperar, no se rompió ni uno.

Salimos al piso de arriba. Un pequeño cubículo rectangular con tres puertas cerradas: dos en la pared de la derecha y una enfrente de la escalera. Todo estaba muy oscuro, no había ninguna ventana. La poca luz que se apreciaba llegaba del hueco por el que acabábamos de subir. Por supuesto, la mujer se sabía la casa como la palma de su mano y abrió sin vacilar la puerta de la que sería mi dormitorio.

Era una habitación un tanto desolada, como todo en esa casa, sin mucho abalorio y demasiado espacio libre. Una cama, un armario y una mesa de resistente madera.

—La casa se construyó más o menos sobre la marcha y sin mucha idea de cómo organizar y distribuir las habitaciones. Teníamos prisa. Los materiales son buenos, eso sí, no se agobie: no va a caerse. Pero por eso este dormitorio tiene una forma tan extraña —la habitación tenía una especie de entradita estrecha y luego se abría a la izquierda, dando la sensación de que no se había construido para ser un dormitorio—. El que yo uso es un poco más pequeño, pero como es cuadrado lo prefiero. Espero que no le moleste.

Lo primero que se veía nada más entrar era la mesa, que se apoyaba en la pared de la derecha. La cama descansaba a la izquierda y a su lado, apoyado en la pared de enfrente de la puerta y a la izquierda de la ventana, estaba el armario.

De nuevo la rugosidad en las paredes. De nuevo la desnudez. Paredes completamente blancas, la cama perfectamente hecha, la mesa vacía. ¿Alguien había usado alguna vez aquella habitación? Me acerqué pausadamente a la ventana. Me asomé a ella y por primera vez supe por qué aquella mujer cuyo nombre aún desconocía me había dejado entrar.

Las casas formaban un círculo. Todas estaban en reunión, se comunicaban entre sí. Eran una gran familia, pero una gran familia cerrada: no había espacio para nadie más. Por eso yo estaba allí, mirándoles fijamente desde la lejanía. A mí me habían rechazado. Yo, como mi anfitriona, no había sido bienvenida a participar en el ritual. Así que había tenido que irme lejos, había tenido que seguir andando hasta la colina. Y había acabado en la única casa cuya puerta principal no miraba a la plaza central.