Te lo cuento porque es irremediable.
Los estómagos, Luna Miguel.
—Ven —fue la primera vez que me
tuteaba; se arrastró por mi cuerpo una sensación extraña, como un escalofrío—.
Te mostraré algo.
[...]
—¡Adelante! ¡No te quedes ahí
parada, chiquilla! —¿Chiquilla?— ¡Pasa!
Me dio un pequeño empujón con su
mano derecha sobre mi espalda y me obligó, amablemente, a pasar. Olía de forma
realmente exquisita... Nunca olvidaré ese olor. Era una mezcla de pino,
proveniente del bosque, y flores; unas flores que no sabía distinguir por mi
escaso conocimiento en la materia. Además, era una habitación cálida y llena de
amor.
Di unos pasos hacia delante y me
fijé en el retrato que había colgado sobre el lecho de la anciana. Se trataba
de una familia verdaderamente feliz, todos con una amplia sonrisa. La pareja,
con ojos de enamorados y sonrisa dulce, se encontraba a los lados del lienzo
abrazando ambos a la pequeña muchacha que regía, con sonrisa juguetona, el
centro del cuadro. Una familia feliz, sí, verdaderamente feliz.
—Veo que te has fijado en mi más
preciado tesoro —di un pequeño respingo; de tanto mirar el cuadro había dejado
de pensar en mi alrededor y había estado a punto de creer que me encontraba
sola—. Mi más preciado tesoro...
Un tesoro enmarcado en la madera que
parece ser estaba de moda en aquellos tiempos, un bien preciado capaz de sacar
una melancólica sonrisa a una mujer a la que se le saltaban las lágrimas cada
noche, antes de dormir, cuando lo observaba.
—¿Puedo preguntar de quiénes se
tratan...? —Dije tímidamente en un tono dubitativo un tanto infantil; quizá era
cierto que seguía siendo una «chiquilla».
—Claro que puedes, ¿cómo no? Ja,
ja, ja —Esa era la risotada que me hacía ver que no ocurría nada, la que me
aliviaba en mi pueril pusilanimidad—. Habrás deducido tú solita que la mujer
sonriente, la de la derecha, soy yo.
—Sí, se le parece bastante...
—Por favor, tutéame.
—Oh, perdone... ¡Perdón! Ambas
tenéis las mimas facciones —la muer tenía razón, se parecían; tenían los mismos
ojos y los mimos labios... ¡y la misma cara! ¿De verdad no me había dado cuenta
aún?—, y la misma sonrisa...
—Sí... Sólo que era bastante más
joven, ¡claro está!
Un triste suspiro de devoción por
el pasado recorrió la estancia y nos envolvió cálida a la vez que fríamente.
—El hombre de cabello castaño y
barba y cejas pobladas que me acompaña, como habrás deducido también, se trata
de mi marido.
Aquel era su rostro. El color de
los ojos no se apreciaba con claridad, más se le veían sinceros. Vestía como un
verdadero campesino lleno de fino polvo. Tal vez fuera labrador o de algún
oficio semejante.
—Y la pequeña señorita... vuestra
hija.
—Así es... El vestido que lleva
puesto se lo hice yo misma, ¡con mis propias manos!, con la lana del pueblo. Un
traje hecho a medida para mi princesa de piel y rizos dorados, el angelito de
ojos verdes de la familia, mi debilidad y la de mi esposo —se derrumbaba poco a
poco ante mí y yo no podía hacer nada por evitarlo—. Pero las desgracias
ocurren, sin saber por qué, y todo se oscurece de pronto y sin aparente motivo.
«¿Qué ocurrió?», habría deseado
preguntar; pero era una situación un tanto incómoda y suponía que la respuesta
sería demasiado... trágica. Seguramente no la hubiera ofendido ni nada por el
estilo, pero no quise arriesgarme.
—Chère...
—No tiene por qué contarme nada
si no quiere —olvidé tutearla de nuevo, pero no pereció percatarse.
—Venga, te acompañaré a la que
será tu habitación.
—¿Piensa acogerme de verdad en su
morada?
—Mon Dieu ! Qu'est-ce que je t'ai
déjà dit ? Tu toie-moi ! Ha,
ha !
—Perdón... se me olvida.
La típica sonrisa de haber
olvidado algo de poco valor aparente emergió de mi boca mientras mi vista se
deslizaba veloz hacia el suelo. Me mordí el labio inferior y volví a mirarla a
los ojos. Sonrió ampliamente y salió por la puerta. No tuve más remedio que
seguirla, no era de mi agrado permanecer en la habitación de una mujer sin que
ésta estuviera allí presente, y mucho menos con el retrato de dos difuntos que
miraban felizmente e incomodaban sin querer a una recién llegada.
[...]
Me contó entonces su historia.
Me contó que nació y se crió en un pequeño pueblo del norte de
Francia. Un pueblo pequeño. Más, incluso, que este en el que nos
encontrábamos. Siempre fue una niña tímida. Aplicada en la
escuela, si se le podía llamar escuela a las clases de costura y
demás quehaceres domésticos, y responsable en todos los ámbitos.
Su padre le enseñó a leer y escribir a edad muy temprana porque no
quería que fuera demasiado ingenua, como lo eran, por culpa de la
sociedad, las mujeres de su época. Así que se acostumbró a
escribir un diario.
Escribía todo lo que hacía. Los lugares a los que iba, las personas con las que se cruzaba, las conversaciones que mantenía, las que oía que mantenías las personas con las que se cruzaba. Procuraba escribir con todo lujo de detalles todo lo que ocurría a su alrededor a lo largo del día. Lo que comía, los vestidos que llevaba, los pensamientos fugaces que invadían su cabeza rubia como el oro... Hasta que lo conoció a él.