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miércoles, 14 de agosto de 2024

HASTA LUEGO, Y GRACIAS POR LAS GALLETAS

La consulta estaba y sigue estando muy cerca de una de las estaciones de metro que hay en el centro, y como mi apartamento de treinta y cinco metros cuadrados de independizada primeriza también estaba cerca de una boca de metro, pues me venía de lujo. El piso era más pequeño que el de mi anterior psiquiatra, pero estaba mucho mejor iluminado. La entrada era grande y lo primero que había a la derecha, nada más pasar por la puerta, era un mostrador con una secretaria sentada de cara a un ordenador que se encargaba de atender las llamadas telefónicas, realizarlas, dar citas y cobrar el precio convenido a los clientes, entre otras cosas. A mano izquierda había una puerta que daba al cuarto de baño, lugar que no pisé, de nuevo, por miedo a que me dijeran que tenía prohibido el acceso (es decir, a hacer el ridículo), a pesar de que vi a más de un cliente traspasar el umbral.
        La entrada era grande precisamente porque era también la sala de espera, con una decena de sillas típicas de sala de espera, un revistero con folletos sobre la salud mental y un par de plantas decorativas. Una limpiadora se encargaba de dejarlo todo aseado por la mañana, a eso de las nueve, con ayuda de la propia secretaria, que le facilitaba la faena para que no hiciera trabajo de más (como limpiar una consulta que no había sido utilizada desde la última vez que fue limpiada y, por tanto, no era necesario repetir el proceso). Había un total de tres y la mía era la que estaba más al fondo, escondida detrás de una pared. Era más pequeña que la consulta de mi anterior psiquiatra pero, de nuevo, mucho mejor iluminada. La consulta además era bastante austera, aunque no por ello la decoración dejaba de ser bonita, simplemente menos recargada. Las sesiones costaban ochenta euros, pero como quería verme cada semana decidió bajármelo diez euros. Según dijo.
        Al principio, que quisiera verme cada semana, me pareció algo positivo: significaba que quería saber de primera mano cómo iba evolucionando. Gracias a ello, por ejemplo, me ajustaba las dosis cada siete días y no cada tres meses. Poco después vi que también significaba correr. Si me pedía que llamara por teléfono a un familiar, tenía que hacerlo sí o sí esa semana, puesto que en la siguiente cita iba a tener que narrarle la experiencia; si me pedía que socializara un poco en el trabajo, que contara alguna batallita, como hacían los demás, tenía que hacerlo sí o sí en el siguiente turno para poder contárselo después; si me pedía que quedara con alguien, más de lo mismo. Esto me hizo tener miedo de fallarle, de que si no lograba equis tarea ella pensara que no estaba poniendo suficiente empeño en mejorar, y empecé a mentirle muy pronto; le decía, por ejemplo, que había quedado con una amiga y, aunque con cierta ansiedad, en general lo había pasado bien.
        De todas formas, sí intenté seguir el tratamiento. La mayor parte de las veces. Intenté hacer las meditaciones, a pesar del escepticismo y el aburrimiento; hablar por teléfono, sólo que en vez de llamar lo hacía a través de mensajes de texto; seguir en contacto con algunas viejas amigas por Instagram; seguir en contacto con mi familia gracias a alguna que otra visita esporádica; salir de casa para tomar el aire y no sólo a Consum... Yo lo exageraba, claro: le decía que había hablado por teléfono en vez de por WhatsApp, le decía que había hablado en persona en vez de por teléfono. Necesitaba que siguiera creyendo en mí, y para eso necesitaba alimentar mis progresos, que viera que su método funcionaba. Y estoy segura de que así lo pensaba en parte porque, cuando dejé de ir después de tres meses y medio de visitas semanales, estuvo siete días enteros llamándome por teléfono, buscándome, intentando averiguar por qué me había ido.
        También intenté serle sincera, dentro de lo posible, sabiéndome mal decirle que me quería morir y por tanto no sacando el tema. Quiero decir: no le hablé de las veces que intenté cortar mis venas, pero cuando mi ánimo volvió a decaer drásticamente se lo comuniqué y ella me aumentó la dosis de los antidepresivos. Lo mismo pasó cuando mi ansiedad subió de nivel por ciertos motivos concretos y ella me dio otras pastillas que podían o no funcionar y que yo podía o no tomarme dependiendo de cómo me sintiera en el momento o qué iba a hacer a lo largo del día que pudiera causarme ansiedad.
        No le conté, al igual que a mi anterior psiquiatra, que las pastillas para dormir me provocaban alucinaciones, llegando incluso a temer por mi vida e integridad física, pensando en alguna ocasión que iban a violarme, momento en el cual yo procedía a encender todas las luces y a esconderme en el cuarto de baño (única estancia independiente de mi hogar) para llorar acurrucada hasta que se pasaran el miedo o las voces. Tampoco que a veces escribía en mi diario sin percatarme, sin ser yo parte consciente de la historia, o que en vez de algo tan inofensivo como una frase puntual en una libreta que sólo yo iba a leer era un mensaje privado a una persona real que después me contestaba sin saber que le había escrito bajo los efectos de una droga legal. Pero cuando dejaron de funcionarme se lo hice saber para que me pusiera remedio, para que me recetara otra cosa aparte o como aditivo, y ella me aconsejó la melatonina, para que la tomara junto con el Zolpidem.
        Me vais a permitir ahora hacer un pequeño paréntesis, en parte porque me gustaría saborear estas últimas horas, para contaros una anécdota relacionada precisamente con esto, con la melatonina.
        Cuando me la recomendó, yo no había oído hablar nunca de ella. No sabía ni dónde se compraba ni cómo ni en qué formatos se vendía. Sobres, cápsulas, comprimidos efervescentes. ¡No sabía nada! Y al salir de su consulta ese día, yo seguí exactamente igual de ignorante que al principio. Como no me imaginaba que la melatonina pudiera ser algo que se compra sin receta, creía firmemente y con el decaimiento que ello conlleva que a la doctora se le había olvidado hacerme el papelito; así que durante toda esa semana no me acerqué a la farmacia y, en la siguiente cita, cuando ella me preguntó, por miedo a parecer tonta por no haber sabido comprar la melatonina, le dije que había estado durmiendo mejor gracias a esa nueva ayuda.
        Lo bueno es que sólo fue una semana y, justo después de la siguiente consulta, sí me atreví a ir a una farmacia donde, gracias a una farmacéutica muy amable, pude adquirir las que son como golosinas, que parecen menos medicamento y más tentempié de antes de irte a la cama. Porque después de estar tanto tiempo medicándome día sí día también he acabado por aborrecer hasta la píldora más minúscula y ahora incluso evito tomarme un Paracetamol cuando siento fuertes dolores menstruales. Lo malo, claro, es que al parecer simples chucherías no me sentía culpable a la hora de tomarme otra dosis (y otra y otra y otra) hasta que por fin parecían hacer efecto.
        Una noche, cuando los antidepresivos funcionaban y yo llevaba unos días sintiéndome más animada, contenta de estar viva, con fuerzas y convencimiento real de poder conseguir cualquier cosa que me propusiera, cogí una de las cuchillas que utilizo para rascar la grasa de la cocina de inducción y empecé a cortarme la muñeca y el antebrazo. Pensaba, en ese momento, que podía con todo; que no había nada que fuera capaz de pararme aunque fuera ligeramente, que yo mandaba en mi vida, que por fin era capaz de suicidarme. A la mañana siguiente, analizando la escena, pensé que si de todas formas el resultado iba a ser el mismo, que si mi estado depresivo no tenía nada que ver y el deseo de matarme estaba ahí independientemente de mi estado de ánimo, no valía la pena seguir yendo a la consulta de una psiquiatra que intentaba por todos los medios posibles hacerme feliz.
        Pero no fue ahí cuando abandoné, sino cuando me volví a quedar sin trabajo y me di cuenta de que estaba pagando setenta euros a la semana por unas sesiones de diez minutos en las que ya casi nunca decía la verdad.
        Al principio, como siempre, no hubo grandes cambios. Ahorré en gastos, que nunca viene mal. Pronto empezó a costarme más dormir, claro, por haberme quedado sin pastillas; la melatonina por si sola no funcionaba y para el hipnótico necesitaba receta. Pero esto era algo que yo ya tenía asumido que iba a ocurrir. Entonces, a las dos semanas o así, mi cuerpo empezó a notar los síntomas de haber dejado los antidepresivos, algo que ya había experimentado anteriormente pero a lo que parece que una nunca se acostumbra. Vómitos, mareos, temblores, un dolor de cabeza extraño, como si hubiera algo atravesándomela, llantos incontrolados, irritabilidad, nuevos tics nerviosos. El síndrome de abstinencia es distinto para cada persona; no existe una ciencia exacta en cuanto a la recuperación, salvo que al final siempre se sale. Siempre, claro, que vivas lo suficiente para verlo.
        Hoy, aquí y ahora, ya se me ha pasado. Mi cuerpo ha olvidado por fin lo que fue una vez medicarse y ahora trabaja de manera regular. Apetito escaso, vértigos puntuales, dolor de cabeza normal, como si hubiera algo aplastándomela, llantos silenciosos, los tics nerviosos de siempre, con los que ya casi me siento reconfortada. Ahora incluso vuelvo a admitir que necesito buscarme otra psiquiatra.
        Me llamo Sara y soy acólita. No en sentido físico, sino más bien psíquico. A día de hoy no creo que pueda dejar de serlo. Quizá en unos años no necesite depender de una médica o un medicamento, pero de momento prefiero no dejar a mi cerebro a cargo del libre albedrío. Y no creo que haya nada malo en ello. Sé que con el paso de los años he mejorado en muchos aspectos, aunque haya otros tantos que se han agudizado. Por ejemplo ahora vivo sola y sin depender económicamente de nadie, pero es precisamente por estar viviendo sola por lo que no dudo en descuidar, entre otros, la higiene del hogar. También sé que avanzar lento es avanzar y que no pasa nada por necesitar ayuda, aunque a veces le dé la espalda a quien me la conceda. Por ejemplo las veces que he acudido por voluntad propia a un profesional y lo he terminado dejando. O que retroceder no es sinónimo de fracaso y que siempre hay más oportunidades para volver a intentarlo con más tranquilidad. Por ejemplo las veces que he contactado por voluntad propia con un profesional y lo he terminado ignorando. No sé, todas estas cosas me parecen importantes y decirlo en voz alta, un logro. Pero bueno, creo que ya he acaparado suficiente por hoy el micro.
        ¿Alguien más quiere hablar?

domingo, 14 de julio de 2024

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Un día, después de que el chico con el que hasta hacía poco me acostaba me dijera que lo mejor que podía hacer era buscar apoyo en la medicina, me atreví por fin a ponerme en contacto con un psiquiatra.
        Aproveché que habían disminuido momentáneamente las medidas de seguridad para pedir cita, ya que por culpa de la pandemia la mayoría sólo pasaba consulta a través de Internet y yo no iba a abrirme una cuenta en Skype para hablar desde el ordenador de la salita donde cualquier miembro de mi familia pudiera escucharme.
        Por la imagen que aparecía en la página web, me pareció demasiado mayor, muy alejado de mi generación y, por tanto, menos dispuesto a comprender. Pero su profesión precisamente lo obligaba a ello y, como no somos nosotros los que juzgamos, decidí deshacerme de mis prejuicios y darle una oportunidad. Como cuando quedas con alguien de Tinder en la vida real: no sólo no se parecía al hombre de la fotografía, sino que además era bastante más mayor.
        La cita, si mal no recuerdo, estaba programada a las ocho y media de la tarde. Yo llegué puntual, como siempre que intento llegar antes de la hora porque me da miedo llegar tarde. Me abrió una enfermera vestida de enfermera (esto es: pijama blanco de hospital) y me dejó en la entrada. Después pasé a un despacho bastante lúgubre y vacío donde me senté a esperar. Entonces la misma enfermera que ya me había dejado sola dos veces se sentó a la mesa y me hizo unas cuantas preguntas de rigor, imagino que para pasarle la chuleta al doctor y que éste no me recibiera en su consulta sin saber nada de mí. Luego salimos del despacho y me llevó a una pequeñísima sala de espera donde volvió a dejarme sola por tercera vez.
        La enfermera me dijo qué doctor me atendería, me dio su nombre y apellido, pero al parecer los dos psiquiatras que allí trabajaban eran padre e hijo, así que me quedé igual. Me pidió además que tuviera paciencia, que esperara a que me llamaran para pasar a la consulta, y que si quería podía cambiar de canal, ya que no iba a entrar nadie más en la salita. Le di las gracias y me senté en el extremo izquierdo del sofá, de cara a la televisión. Casi todos los muebles eran de color marrón, y no sólo los de la sala de espera, sino los de toda la casa. El piso era grande y con muchas habitaciones, mínimo seis, aunque dos de ellas fueran muy pequeñas. Desde donde yo estaba, podía escuchar cómo hablaba una pareja en la otra sala de espera, cómo conversaban con la enfermera como si fueran ya clientes habituales, cómo reían, cómo pasaba el tiempo y seguían sin marcharse a casa. Yo me puse a mirar la televisión, intentando calmar los nervios que me acechaban, y decidí no cambiar de canal por temor a que los demás lo supieran y empezaran a criticarme por poner alguna serie o película poco convencional. Así que estuve viendo Ahora caigo y supongo que después Pasapalabra, ya no me acuerdo, porque era el canal que estaba puesto. También bajé el volumen para molestar lo menos posible.
        Cuando ya hacía rato que se habían hecho las nueve y media de la noche y mi parálisis luchaba contra mis ganas de salir de allí y volver a casa sin despedirme, la misma enfermera que había estado paseándome de aquí para allá vino a llamarme. Atravesamos un largo y triste pasillo y me metió en la habitación del fondo, una de las más grandes, donde se encontraba el que sería mi psiquiatra sentado a su mesa. Ahí fue cuando me enteré de que, a pesar de mis dudas acerca de la edad del doctor cuyo rostro salía en la página web, me había tocado otro más mayor y, por tanto, aún más alejado de mi generación.
        Una vez dentro, las preguntas de siempre. Dónde vives, con quién, háblame de tus padres, de tu familia más cercana, de tu infancia, ¿con quién te has acostado?, nunca has tenido novio, ¿no?, cómo vas a tener novio si tú misma dices que no hablas, entiendo, ¿cómo duermes por las noches? Me recetó Stilnox para dormir y Anafranil, un antidepresivo que, según entendí, él también se tomaba. Me dijo que esperara sequedad en la boca y estreñimiento, que él mismo llevaba siempre consigo una botella de agua para lo primero, que sólo sería mientras se estuviera acostumbrando el cuerpo al medicamento, que entonces los efectos adversos pasarían a la historia, aunque no fueron estos los que noté. ¿Tienes carnet de conducir? No. Y ¿cómo piensas irte a casa? En autobús. ¿Hay autobuses a estas horas? Sí.
        Por culpa de esta primera mentira, al salir definitivamente de la consulta, tuve que correr hasta la parada del metro más cercana, esperando que llegara enseguida y así no tener que correr hasta Plaza España. Una vez bajo, vi que el siguiente metro pasaba en unos quince o veinte minutos, así que volví a subir corriendo las escaleras y fui lo más veloz que pude sin sentir que hacía el ridículo hasta la parada del autobús. Una vez allí, cogí el primero en llegar, que no era la línea que me llevaba a casa, y le pregunté al conductor si sabía si vendría el 160 o ya había pasado el último. Como me dijo con cara de preocupación que ya no había más autobuses, le dije que no pasaba nada y me senté al lado de la ventana. Bajé casi a las doce de la noche en el pueblo de al lado y, guiándome por mi instinto entre la oscuridad, llegué sana y salva a casa, preguntándome si sería o no capaz al día siguiente de ir a la farmacia.
 
*
 
Siéndoos totalmente sincera, creo que como profesional era muy bueno. Su forma de hablar, de indagar en mi vida sin hacer que me sintiera violenta, de darme ánimos («tiempo al tiempo, paciencia y fuerza», me dijo la primera vez al salir de su consulta), su manera de explicarme las cosas para que yo las entendiera. No sé... supongo que con los años había adquirido cierta experiencia que otros no tienen y se notaba. Por eso me dolió tanto dejarlo y ojalá me lo hubiera pensado un poquito mejor, pero lo hecho hecho está y no vale la pena flagelarse por ello.
        Costaba ciento ochenta euros la sesión, pero daba cita cada dos o tres meses (mi siguiente psiquiatra me cobraba setenta a la semana, es decir, dos cientos ochenta euros en un solo mes), así que creedme, aunque tuviera que aflojar demasiado de golpe: compensaba. No compensaba, precisamente, la espera. Recuerdo que, cuando mi segunda psicóloga me daba cita en dos semanas exactas, me parecía demasiado pronto; pero cuando alargaba a tres me parecía una eternidad. Entiendo que el doctor quisiera volver a verme después de que el antidepresivo empezara a surtir efecto porque si no no había mucho que hacer (la terapia era noventa y nueve por ciento medicación), pero aun así era mucho tiempo como para poder habituarme a ir al psiquiatra y no era bueno para mí. (Sí, podía llamarlo por teléfono cualquier día de la semana a cualquier hora siempre que lo necesitara; pero, seamos realistas, no iba a hacerlo).
        En la segunda visita, ya casi terminado el verano, me preguntó por mi rutina diaria y yo no supe qué contestarle. Me puso como ejemplo la suya: levantarse de la cama, tomarse un café, leer el periódico (esto quizá me lo acabo de inventar, ¿se siguen vendiendo periódicos en papel?), y yo seguí sin saber qué decir porque ni siquiera desayuno todos los días; así que se me ocurrió la brillante idea de empezar a utilizar una libreta para anotar qué hacía en cada momento. De esta forma quizá, en la siguiente cita, pudiera contarle algo más. Después me preguntó qué tal estaba durmiendo ahora que me había unido al club de los hipnóticos y yo no le dije que a veces las pastillas me provocaban alucinaciones terribles pero que tampoco podía dejar de tomarlas porque entonces tenía pesadillas aún más terribles, por lo que le medio mentí diciendo que funcionaban bien (casi siempre lo hacían). También me duplicó la dosis de los antidepresivos, cosa que ya me había advertido que iría haciendo a lo largo de las sesiones, con forme me fuera habituando a ellos, para no sufrir demasiados efectos secundarios.
        Tras salir de su consulta me dirigí a la entrada a través del largo pasillo para esperar a la enfermera. Allí me quedé de pie mirándome fijamente en el espejo y de reojo a la cámara de seguridad hasta que vino ella con el sobre blanco que contenía mis recetas y un papel impreso en el que ponía cuándo sería mi próxima cita y las instrucciones para medicarme. Después de repasarlo bien todo, le di el dinero en efectivo (al contrario que la anterior, esta vez me acordé en seguida) para que ella me diera a mí el sobre y poder así meterlo torpemente y mal doblado en mi bolso. Bajé por las escaleras, salí a la calle y me dirigí tranquilamente hasta la parada del autobús.
        Fue unas semanas después cuando tuve la brillante idea de mudarme. Necesitaba huir de casa de mis padres y tenía lo que yo consideraba suficiente dinero ahorrado para salir del paso; aunque me había quedado recientemente sin trabajo, yo sabía que no pasarían muchos meses antes de que me volvieran a llamar, así que no había motivos por los que esperar.
        Busqué en diferentes páginas de Google hasta dar con una habitación bastante amplia en un piso bastante grande y bonito muy cerca de Plaza España y, por tanto, de una parada de metro y varias de autobús. Compartiría cocina y cuarto de baño con otras tres o cuatro personas, pero era un comienzo. «¿Qué es lo peor que puede pasar?», escribí el catorce de octubre en mi diario, «¿Que me digan que no me quieren alquilar porque actualmente no tengo trabajo? Pues vale, me busco otra habitación». Al día siguiente, tras muchos ensayos y muchos mensajes descartados, conseguí escribir al número que aparecía en el anuncio y concerté una cita. El viernes de esa misma semana, vi el piso y quedé maravillada con el espacio y la iluminación; pero como era la primera vez que hacía algo así no supe qué preguntas específicas hacerle al dueño y éste pensó que en realidad no estaba interesada. Quedamos en que le haría saber si me quedaba o no una de esas dos habitaciones que tenía libres, pero a la semana siguiente encontré otro piso mejor acerca del cual sí supe preguntar y no volvió a saber de mí.
        Una vez hube firmado el contrato de alquiler en el banco de madera que había plantado delante de la misma puerta del patio, vino lo más difícil: decírselo a mis padres. Así que, en vez de eso, lo primero que hice fue empezar a llevar poco a poco cosas a mi nuevo piso, principalmente ropa y libros, para ver si la presión me podía y acababa confesando. Cuando se suponía que llevaba ya casi dos semanas viviendo por mi cuenta, después de haber pagado media fianza y el primer mes de alquiler, decidí que lo mejor era empezar por mi hermano, en quien normalmente me sentía apoyada, para que después él me respaldara a la hora de contárselo a nuestros padres. Pero en vez de respaldarme se enfadó conmigo, quizá porque no quería que su hermana pequeña fuese la primera en marcharse, «así que al final no se lo dije a mis padres», escribí nueve días más tarde. «En su lugar, decidí que lo mejor era morir». Como podéis comprobar, paso de cero a cien en menos de medio segundo. Y lo cierto es que me pasé la comida tratando de que no me vieran llorar al mismo tiempo en que pensaba que esa misma tarde me suicidaría dando todo por finalizado. Total, qué otra cosa podía hacer.
        Ahora lo pienso y la verdad es que ese día cometí muchos errores. El primero y más grave fue decirles a mis padres que llegaría para la cena.
        Allá a las cinco de la tarde cogí todas mis pastillas y las recetas que me quedaban por canjear en la farmacia y me despedí diciendo que había quedado. Si les hubiera dicho que cenaba fuera, puede que ahora mismo no estuviera aquí contándoos nada de esto. O puede que sí porque creo que mi segundo error fue, precisamente, tomar demasiadas pastillas y acabar vomitándolas.
        Como era sábado, no encontré ninguna abierta y, harta de buscar farmacias, me fui directa a mi nuevo estudio: una habitación de casi treinta y seis metros cuadrados con una llamada cocina office que en realidad no era tal y un pequeñísimo cuarto de baño para mí sola. Una vez allí volví a guardar todas las cosas que había ido llevando poco a poco para devolverlas a casa de mis padres, no pensando en la muerte sino en que al final no iba a mudarme. Mientras todo esto ocurría, yo lloraba y lloraba. Lloraba en la calle, lloraba en el autobús, lloraba subiendo los tres pisos de escaleras, lloraba metiendo mis libros en diferentes bolsas de tela, lloraba cerrando con fuerza las cremalleras de mi mochila. Entonces, sobre las seis y media, cuando hube terminado de desinstalarme, me tomé todas las pastillas de Anafranil que me quedaban, casi media caja de Stilnox (al final no pude canjear el resto de las recetas), una decena de Diacepames, un orfidal, una pastilla blanca y ovalada cuyo nombre desconocía y siempre desconoceré y cuatro pastillas redondas y marrones que parecían Lacasitos pero que no sabían a chocolate. Tras esto me tumbé en la cama de colchón viscoelástico con la que contaba el estudio y me puse a llorar. De repente me entró pánico y se me quitaron de golpe todas las ganas de morir que tenía. Me tapé con la fina colcha color hueso que venía dentro de uno de los armarios y me acurruqué llorando y temblando cada vez más hasta que prácticamente me dormí o perdí conciencia de mí misma. A partir de aquí lo único que recuerdo son breves fragmentos de lo que ocurrió aquella tarde-noche.
        Supongo que, al ver que no llegaba para la cena, me llamaron por teléfono (mi tercer y creo que último error fue no ponerlo en silencio, en cuyo caso jamás habría contestado) porque tengo una imagen de mí bajando las escaleras mientras le digo a mi padre en qué calle puede encontrarme. Iba tan colocada que cuando me vieron a través de la ventanilla del coche sin mascarilla lo primero y único que pensaron fue que estaba borracha. Al día siguiente me desperté en mi cama y él estaba sentado a mi lado. Según tengo entendido me desmayé y probablemente me caí, ya que encontré un moratón en mi cadera izquierda y me dolía mucho ese mismo lateral de la cabeza, como si me hubiera dado un golpe. Pero creo que ni siquiera me llevaron al hospital, cosa que habría agradecido por mil razones distintas. Por supuesto, después de esto, tuve que contarles lo del piso. Y la cosa no fue mal, aunque siguieron pensando que me había ido de fiesta y me había pasado de rosca con el alcohol. Incluso después de decirles que no había bebido nada.
        «El lunes por la mañana», escribí nueve días después en mi diario «fui al piso a ver si encontraba mi bolso (me lo dejé allí junto con la cartera, pero me traje la mochilita con las cosas que había dejado en el estudio). Me daba miedo haber roto algún mueble, la verdad, y que tuviera que decírselo al casero; por suerte no lo hice. Lo que sí hice, al parecer, fue vomitar y tratar de limpiarlo (vi un trozo de vómito en el suelo que pude limpiar sin dificultad alguna y un rollo de papel higiénico sobre la cama, probablemente de intentar limpiarlo sin mucho éxito mientras me encontraba bajo el efecto de las pastillas). Lo que no sé es si vomité aposta o sin querer (supongo que sin querer, pero deseándolo)». También encontré el pez espada que me regaló el chico con el que aún no sabía que había dejado de acostarme sobre la mesa, totalmente intacto salvo por una aleta perdida. Afortunadamente la encontré enseguida justo debajo de la mesa y se la puse, y palpando la madera pude hacer un poco más de memoria y recordar que justo después de tomarme todas las pastillas le había enviado un mensaje, un mensaje de lo más simple preguntándole cómo estaba, si estaba bien, y que me había contestado. Luego fantaseé con que quizá podría invitarlo a mi piso para hablar y contarle todo esto, pero nuestra relación terminó antes de que pudiera hacerlo.
        Una vez me hube mudado del todo, abandonando, esta vez sí, la casa de mis padres para siempre, decidí que no volvería al psiquiatra. «¿Cómo van a saber qué medicinas necesito si no me hacen pruebas?», anoté el veintitrés de diciembre, «¿Todos los antidepresivos sirven para todas las depresiones? ¿Cómo puede saber lo que tengo en sólo una sesión?». De repente me volví escéptica (como ya me había ocurrido en el pasado) recordando que yo misma en el trabajo había llevado a pacientes a que les hicieran un TAC porque de un día para otro les había caído encima la tristeza y los médicos querían ver que les estaba ocurriendo dentro de sus cabezas. «¿Por qué no pueden a mí hacerme un TAC? ¿Por qué no pueden llevarme a mí al hospital para que me ayuden?».
        En el fondo lo único que ocurría era que me daba miedo tener que confesarle a ese pobre hombre que trataba de ayudarme que había intentado matarme con todo lo que él me había recetado, así que la tomé con su forma de ejercer la medicina. Le envié un mensaje por WhatsApp a la enfermera, que era quien gestionaba las citas, diciéndole que no podría acudir a la siguiente cita y supongo que tampoco le di la opción de adjuntarme otra fecha, así que ella me habló muy enfadada y yo acabé bloqueando su número de teléfono.

viernes, 14 de junio de 2024

DEL GRIEGO ΨΥΧΟ- (PSYCHO-); DEL LATÍN EMOTIO, -ONIS

Esto fue en dos mil diecisiete, y hasta dos años después no volví a intentarlo.
        La encontré en Internet, en una de las tantas páginas poco fiables sobre médicos privados que existen. Focalicé la búsqueda en una ciudad concreta et voilà. No era la primera, pero sí la única sin una foto personal de perfil; esto me dio confianza, ya que al menos sabría que no la estaba eligiendo por su sonrisa amable o su mirada persuasiva, sino por su experiencia. Contaba con la opción de pedir cita online, cosa que siempre viene bien si tienes ansiedad social y te es imposible hacer una llamada telefónica, se ubicaba en una dirección a la que podía llegar sin dificultad alguna y la primera sesión era gratis: ¿qué podía salir mal?
        Esta vez decidí no decírselo a nadie, ni si quiera a mis padres, esconderlo como un secreto o algo vergonzoso, un defecto del espíritu. Yo llevaba ya un año trabajando en el mismo puesto (mi primer y más largo contrato) y la situación en casa se había tranquilizado mucho; pero seguía contaminada por la tristeza, paralizada ante la vida, encerrada en el silencio.
        La consulta estaba, si mal no recuerdo, en un primer piso de una finca bastante antigua con una fachada bien bonita y muy cuidada. La que sería mi psicóloga medio compartía lugar de trabajo con otra colega suya: cada una en una habitación distinta, cada una con horarios también distintos. El apartamento no era precisamente grande pero sí suficiente. La entrada daba directamente a la sala de espera, que tenía un enorme ventanal como pared del fondo, justo detrás de un pequeño sofá en el que nunca llegué a sentarme por miedo a que sólo fuese decorativo. Los colores predominantes eran el gris y el blanco, con motas de color rosa claro dispersas por toda la estancia. Aparte del sofá, había tres o cuatro sillas que sí llegué a probar (tampoco era cuestión de esperar erguida), una lámpara de pie, un reloj de agujas colgado en la pared, un par de mesitas decoradas con flores de tela y un farolillo con una vela apagada dentro... Un paraíso para los ojos si no fuera por los excesivos ejemplares de Mr. Wonderful que se reproducían por toda la casa.
        También había un cuarto de baño en el que nunca entré, quizá por miedo a que yo como paciente no tuviera permitido el acceso, pero sobre todo por el temor que a veces aún me embarga de contemplar mi rostro en el espejo y ver que ya no lo tengo, o que sólo está a medias, o que me es completamente desconocido.
        Durante esa época me obsesionaba terriblemente esta idea. Mirarme en el espejo y descubrir que, en contra de toda lógica, mi aspecto había cambiado desde la última vez que lo vi. Por ejemplo encontrar una brecha enorme dividiendo mi cara en dos mitades casi exactas, como si mi piel estuviese hecha de tierra y hubiera habido un terremoto de magnitud seis en la escala de Richter. O ver un profundo agujero negro donde debería alojarse mi ojo izquierdo.
        Y no sólo a encontrarme desfigurada sino también, poco a poco, a la propia muerte. La obsesión por el suicidio que me había acompañado durante tantísimos años acabó convirtiéndose en un temor irracional a morirme de repente. Procuraba alejarme de los coches aparcados por si acaso había alguna bomba en ellos a punto de estallar, corría cada vez que cruzaba un puente para evitar la bala del francotirador, alzaba regularmente la vista al techo para comprobar si parecía o no que fuera a caérseme encima. Estoy segura de no ser la única en esta sala que ha pasado por este tipo de crisis, pero es que las cosas empezaron a ponerse... obsesivas. Esta clase de pensamientos derivaron en psicosis.
        De golpe empecé a tener un miedo excesivo a que se me rompieran los huesos. Por ejemplo hacer un movimiento demasiado brusco y que se me partiera el cuello; o coger objetos pesados, e incluso hacer un mal giro al masturbarme, y que se me rompieran las muñecas; caminar tranquilamente por la calle y que se me partieran las piernas. Me imaginaba cayendo en medio del paso de cebra y que un pobre transeúnte tuviera la obligación moral y legal de recogerme. O que ocurriera en mi dormitorio y no hubiera nadie en casa. Después empecé a temer el quedarme dormida, de noche, sola o acompañada, en la cama. Me daba miedo dormir de lado por si se me dislocaba el hombro; me daba miedo dormir boca arriba por si se me hacía añicos la caja torácica; me levantaba de repente y sobresaltada, en plena oscuridad, para palpar mi cuerpo y comprobar que no había nada roto en él, que mis clavículas seguían intactas, que mi cráneo no presentaba abolladuras. Al mismo tiempo intentaba convencerme, claro, de que mis sospechas eran infundadas, que no había motivos para que ocurriera semejante disparate; pero me era imposible evitar pensar de esa manera.
        Tampoco era este mi mayor temor. Del mismo modo que la cicatriz en el espejo, también me daba miedo descubrirme haciéndoles daño a los demás sin darme cuenta. Actuar sin percatarme de ello. Estar ahí sin saberlo, sin estarlo realmente, de nuevo, sin saberme parte de la historia. Por ejemplo pegarle un puñetazo a alguien de repente y sin motivo alguno en el transporte público. O tener un hijo y en un episodio de locura transitoria ahogarlo en la bañera. O estar haciendo las prácticas del carnet de conducir y provocar un accidente con más de un muerto y que ninguno de ellos fuera yo.
        Nada de esto le conté a la psicóloga; me sabía mal que creyera que estaba loca o peor: que estaba mintiendo. Yo sabía que estaba siendo irracional, que no tenía ningún antecedente de dicha índole como para creer que pudiera ocurrir, así que no pensé que fuera necesario decírselo, porque de todas formas no me diría nada que yo no supiera ya. A ella sólo le hablé del miedo al rechazo, a que se burlaran de mí, a hacer el ridículo delante de todo el mundo y que todo el mundo empezara a pensar mal de mi persona.
        Para mí el ridículo abarca un gran espectro de circunstancias. Desde resbalarme un día de lluvia y caerme de culo delante de un grupo de estudiantes de instituto (me ha pasado) hasta que me pillen robando un pintaúñas de setenta y cinco céntimos en un bazar (también me ha pasado). Además es algo que se mide con el doble rasero de: si lo hago yo es ridículo, si lo hacen los demás no. Tratar sin éxito de suicidarme es un buen ejemplo de ello. Dejarme la cartera en casa y darme cuenta justo cuando estoy en la caja o, como me ocurrió aquel día, olvidarme simplemente de que tengo que pagar, es otro.
        Como en esa época yo no estaba acostumbrada a pagar una consulta, al final de la segunda sesión, que fue la primera después de la de reconocimiento, estuve a punto de levantarme de la silla sin darle sus cincuenta euros. Afortunadamente para mí y mi autoestima, sólo hice la tentativa; porque ella se me quedó mirando fijamente a los ojos durante unos segundos y yo, por mucho que insistiera en que dicha acción era imposible de realizar, fui capaz de leerle la mente: saqué de mi cartera un billete naranja y lo tendí, un poco avergonzada, a sus manos.
        A sus manos también me puse yo (qué fino hilo cuando quiero) al aceptar intentar lo que generalmente se abrevia con las siglas TCC.
        La terapia cognitiva-conductual da por hecho que me paso el día consciente de lo que pienso (pienso y luego siento); pero no siempre es así. A veces la tristeza se instala en mi cuerpo sin ver siquiera una estrella fugaz recorriendo el cielo de mi mente, sin que una imagen (nítida o borrosa) se haya postrado ante mí. No hay pájaros revoloteando en mi cabeza, no hay polillas en mi estómago, no hay avispas en mi corazón. No soy consciente de que me haya ocurrido nada concreto, ni lo más mínimo, a lo largo del día; sólo estoy yo permaneciendo erguida en medio de mi habitación. A veces este pesar se instala en mi pecho nada más despertarme simplemente por haberme despertado, y ni siquiera recuerdo lo que he soñado, si es que he soñado. Quizá esté leyendo un libro, inmersa en el tercer capítulo de una serie de televisión o masturbándome tranquilamente dentro del cuarto de baño justo antes de empezar ducharme. Quizá este pesar me atraviese mientras me masturbo tranquilamente dentro del cuarto de baño justo antes de empezar a ducharme y yo ni siquiera tenga forma de saber por qué.
        Pero mi psicóloga creía firmemente que si analizaba cada pensamiento, si diseccionaba minuciosamente cada momento de mi vida, separaba la frase en mi cerebro del sentimiento que causaba del hecho que la había ocasionado del lugar en el que estaba de cómo había actuado, dejaría de tener miedo y, por tanto, empezaría a vivir. Para esto empecé a llevar una especie de diario en el que trataba de anotar la mayor información posible sobre cada oración condenatoria que rezaba mi cabeza. Por ejemplo, si había pensando que cierto grupito de personas se había reído de mí en la calle, tenía que escribir qué estaba haciendo (pasear por la calle) y qué había ocurrido exactamente (un grupo de chicas jóvenes cerca de mí se estaba riendo) y cuál había sido mi respuesta (llorar e insultarme a mí misma) y si había o no pruebas reales de que mi pensamiento fuera certero (en realidad no las había porque yo sólo estaba caminando por la calle y el grupo de chicas jóvenes parecía estar a su bola) y si había o no reaccionado de manera proporcionada (en realidad no porque, aunque fuera cierto que se reían de mí, no las conocía de nada y sólo era un grupo de crías de instituto aún por madurar) y, por tanto, de qué clase de pensamiento se trataba (conclusiones apresuradas: lectura de pensamiento).
        Por ejemplo, si pensaba que mi psicóloga me odiaba y no se preocupaba por mí, tenía que escribir dónde estaba (en la consulta) y qué había ocurrido exactamente (la psicóloga me ha llamado María) y cuál había sido mi respuesta (perder la fe en el tratamiento) y si era o no motivo de peso para generar dicho pensamiento (probablemente no, ya que sólo se ha equivocado de nombre y es mi segunda cita con ella) y si mi reacción había sido coherente con lo que había pasado (no porque el hecho de que se equivoque de nombre no quiere decir que sea una mala psicóloga, sólo que acabamos de conocernos) y, de nuevo, de qué clase de pensamiento se trataba (conclusiones apresuradas: error del adivino).
        Por ejemplo, si pensaba que él me quería, tenía que escribir por qué lo creía (por su forma de rozarme con los dedos de la mano, por cómo me miraba, cómo me apoyaba en los momentos difíciles, cuando la relación con mis padres se complicaba o cuando yo sentía que no valía para nada, que era preferible estar muerta, por su manera de hacerme ver que yo era mejor persona de lo que pensaba, que tenía que ser más indulgente conmigo misma, que tenía que tratarme bien, o por el tiempo que pasábamos en silencio, el uno junto a la otra, compartiendo el calor de nuestros cuerpos, desnudos, después de hacer el amor) y qué había hecho yo (ilusionarme) y si era o no motivo suficiente (al parecer no) y si había reaccionado de manera exagerada (sinceramente, no lo creo) y qué tipo de pensamiento había tenido (conclusiones apresuradas: lógica deductiva). Ahí me di cuenta de la rapidez de mis conclusiones, de lo que deduje que era culpable la ansiedad, pero sospechar la raíz del problema no significa empezar a desecharlas todas de manera automática.
        Los cambios de cita a última hora y su insistencia en que todo estaba en mi cabecita, como ella la llamaba, como si por ello mis sentimientos fueran menos válidos y nada de lo que creyera que ocurría pudiera ser real, son dos de los motivos por los que empecé a odiarla.
        Empecé a ocultarle información, bien porque no sabía cómo explicarme, bien porque no quería hacerlo. Me planteé incluso fingir una mejora a la par que buscaba otro psicólogo, pero me pareció una idea de lo más estúpida. Me planteé, no sé cómo, hacer que fuera ella la que dejara de darme citas. No sabía cómo conseguir despedirme (despedirla) y me daba miedo empezar a ir a otro profesional sin haber sido capaz de dejar a la primera y que luego me ocurriera lo mismo con este otro y empezara a acumular psicólogos como quien sufre el síndrome de Diógenes. Aparte, claro, de la pérdida de dinero. Supongo que se dio cuenta de que tenía pensado abandonar la terapia porque se me da fatal disimular, así que un día me dijo, sin venir a cuento, que si decidía dejar de ir yo dejaría de tener psicóloga, pero ella seguiría teniendo otros clientes. Fue el tercer motivo por el que empecé a odiarla.
        Un mes después de finalizar mi contrato de trabajo, me apunté a un cursillo gratuito sobre la higiene alimenticia a través del SERVEF; uno para parados, básicamente para salir de casa. Eran sesenta horas, cinco al día durante dos semanas, de lunes a viernes por la mañana. La buena o mala suerte hizo que justo el primer día me coincidiera con mi siguiente cita con la psicóloga, así que después de pensármelo mucho le envíe un mensaje vía WhatsApp para decirle que no podría acudir a nuestro encuentro, pero me abstuve de manera consciente de proponerle un cambio de día. Entonces ella me preguntó si quería que me diera otra cita o no, y yo me quedé en blanco, sin saber cómo darle una negativa por respuesta, hasta que ella me dio, consciente o no, el empujón que necesitaba escribiéndome que, yo ya lo sabía, tenía una agenda muy complicada. Cuarto y último motivo.
        Parece mentira, pero irse no es nada fácil. Por eso es importante saber aprovechar las pequeñas y repentinas oportunidades que se te brindan. Si tenéis, por ejemplo, la oportunidad de escaquearos de esa comida de fin de exámenes antes de sentaros a la mesa, adelante, no os lo penséis: hacedlo. Porque cuando ya os hayáis acomodado a la silla, cuando a vuestro alrededor estén recitando versos sueltos del menú y hayan germinado un par de sangrías en el centro, será demasiado tarde. Esa creencia tan extendida que dice que, por el simple hecho de exponerte a situaciones que te generan ansiedad o cualquier otro tipo de malestar, te acabarás habituando y al final, mágicamente y sin ningún otro tipo de herramienta, sólo por el puro costumbrismo, te habrás curado es falsa. Eso nunca pasa, siento ser yo la que os lo diga. Aunque esto tampoco significa que una tenga que dejar definitivamente de vivir; sólo hay que saber encontrar el punto intermedio.
        Por eso os pido que os marchéis, si de todas formas no sentís que estáis ahí realmente, porque un acólito observa, escucha, espera, sonríe y asiente, finge estar ahí. Un acólito finge estar ahí. Nadie se percata del fingimiento, de la representación teatral al aire libre, de la excesiva dramatización. Nadie se da cuenta de las veces que mira la hora en su teléfono móvil, o de las veces que desvía la mirada para ver si tiene la suerte de hacerse invisible y logra escabullirse entre las sillas sin que lo vean. Hace como que presta atención cuando en realidad está esperando a que alguien se ponga de pie para tener la excusa de marcharse también. Pero de aquí a que esto ocurra pueden pasar HORAS, y durante ese tiempo la cosa sólo puede empeorar.
        No digo que la primera persona en levantarse de la mesa vaya a preguntarle a la acólita si le apetece irse ya a su casa, pero siempre es más fácil decir «Yo también me voy» que «Yo me voy». El adverbio implica acumulación, una reiteración en el acto, una seguridad sin precedentes gracias, precisamente, a que hay precedentes: ya ha habido alguien que ha avisado de su partida, ¿por qué no iba a poder hacerlo una comensal más?, de donde salen dos salen tres. Por supuesto, en estas situaciones hay que ser rápida; de nada sirve esperar a que desaparezca por el horizonte la silueta del pionero para decir que tú también tienes que irte a casa, pues ese «también» pierde su validez con el paso del tiempo. Tienes que saber coger la oportunidad al vuelo antes de que se encuentre demasiado lejos como para tener que cogerla estirando el brazo.
        Así que el miércoles, veintisiete de noviembre, ya no tenía psicóloga. Pero no pasaba nada, decidí no desanimarme y empezar en seguida a buscar otra: si había logrado hacerlo una vez, por qué no iba a poder hacerlo otra. Esta vez sí había antecedentes y, creo, pensar que podría repetirlo no entraba dentro de la categoría de las conclusiones apresuradas; sobre todo porque la TCC se centra únicamente en los pensamientos negativos, si bien los positivos pueden ser igual de erráticos, y la respuesta a dicho pensamiento iba a ser algo productivo sí o sí aunque no consiguiera volver a pisar la consulta de un psicólogo en lo que me quedaba de vida.

domingo, 14 de abril de 2024

CONSULTA AMBULATORIA

La primera vez que busqué ayuda profesional fue un desastre. Por mi parte, claro; se me fue el santo al cielo y olvidé la mitad de las cosas por las que había decidido hacer caso a todas las personas que habían insistido en que acudiera a un profesional de la salud mental con tal de no tener que ayudarme ellas.
        La sala de espera era bastante amplia y constaba de seis puertas más la principal: siete. La tercera planta de un edificio de cinco. Una mesa de mimbre cubierta por unas cuantas revistas antiguas de cotilleos señalaba el centro de la habitación. Alrededor de dicha mesa, cuatro sillas a juego. Después un sofá, o puede que dos pequeños, en la pared del fondo, y las típicas sillas azules de sala de espera apoyadas en las dos paredes laterales. También había, colgadas entre puerta y puerta, varias pinturas; cuadros de algún antiguo paciente agradecido por el tratamiento, supongo. Por último, un tablón de anuncios repleto de propaganda.
        La primera puerta de la derecha daba a la recepción, donde dos recepcionistas se turnaban la mañana. Yo pasaba a decirles que había llegado y que tenía hora en diez minutos y ellos me pedían que esperara sentada a que me llamaran. Procuraba siempre sentarme cerca de la segunda puerta, que era la de la consulta de mi psicóloga, que estaba justo enfrente de la de enfermería, que era la segunda puerta empezando por la izquierda, justo después de la puerta que daba a la consulta de la otra psicóloga. Las otras dos puertas de más al fondo nunca supe qué escondían.
        El primer día me atendió una enfermera, y fue tan amable y simpática conmigo que de verdad pensé que iban a curarme. A curarme, incluso, de lo que había olvidado mencionar. Porque yo le dije a mi madre que esperara fuera, y con ella fuera de juego, en lugar del motivo por el que mis padres me obligaban a ir a un psicólogo, le hablé sólo de lo que de verdad me preocupaba. Recuerdo, por ejemplo, que en vez de decirle que esa misma semana había intentado clavarme un bolígrafo en el muslo le dije que me costaba mucho, pero mucho-mucho, conversar con los demás. Recuerdo, y esto es bastante anecdótico, empezar a decirle: «Sólo sé que me cuesta mucho hablar con las personas. Por ejemplo, estoy con alguien y no me sale la» y que la palabra «voz» no saliera de mi boca. Recuerdo estar convencida de no ser una persona introvertida, ya que me encantaba estar con la gente, salir a bailar, jugar, reír y divertirme con el resto. Y recuerdo su sonrisa indulgente al decirme, sin pestañear siquiera un poquito: «Mira el lado positivo; al menos no necesitas un psiquiatra».
        La primera visita real fue al mes siguiente, coincidiendo con el cumpleaños de mi padre, con quien en ese momento no me hablaba. Respondí un cuestionario de satisfacción, le hablé de mi familia, de algunos de los chicos con los que había salido, no todos, del dolor de cabeza. Le dije que le daba tantas vueltas a las cosas que me era imposible dormir por las noches. Le dije que me gustaba escribir, aunque no fuera del todo cierto, ya que no es precisamente «gustar» el verbo que utilizaría en estos casos. Le dije que me sentía paralizada, sola, ausente; pero que en mi cabeza tampoco me imaginaba siendo una persona habladora. Otra mentira.
        En mi cabeza siempre tengo voz, mantengo conversaciones, razono sobre temas que creo que domino, doy discursos de agradecimiento, largas conferencias ante cientos de personas (para muestra un botón: este cuento escrito a modo de monólogo recitado en un pequeño teatro o en el sótano de una iglesia, delante de un puñado de desconocidos que se ríen de mis chistes). En mi cabeza soy una persona divertida, hago reír a los chicos que me gustan, a las amigas que en la vida real no quedan conmigo, a los bebés que me miran embobados en el metro. Quizá de haberle dicho la verdad habría conseguido ayudarme. Y quizá no.
        Al tercer día, más o menos a finales de septiembre, resucité de entre los que creen en la psicología y dejé de querer ir. Pensándolo ahora, en retrospectiva, puede que hiciera mal en desconectar tan pronto. A fin de cuentas, a ella no le importaba que permaneciera callada, y esto es algo que siempre he buscado en las personas: el poder estar en silencio sin sentir que hace falta decir nada. Pero yo tenía miedo, tenía miedo, supongo, porque no creía que lo dijera en serio; quizá por su manera de escrutarme con la mirada, quizá por lo que nunca supe que anotaba en su cuaderno. Yo pensaba que hacía falta decir algo, cualquier cosa, explicar los motivos, narrar el dolor, y me sentía tan paralizada que creía que alguien me había arrancado la voz y jamás podría volver a utilizarla. Además, aclaremos esto: una acude a un psicólogo para algo, ¿no? Para hablar. Pues eso.
        El caso es que no sentía que ir a su consulta me estuviera ayudando realmente. Esto es en parte porque, cuando me pedía que escribiera mis sueños en un cuaderno para leérselos más tarde, yo los modificaba por miedo a que me juzgara, como si una pudiera controlar sus pesadillas y evitar que un pulpo gigante la devore mientras conduce una moto acuática en medio de un barrio residencial. Pero sobre todo es porque me di cuenta en seguida de que era fiel seguidora de Freud, y no iba a dejar que su propio complejo de Electra me otorgara un diagnóstico que no me merecía.
        Así que yo caminaba hacia el ambulatorio sin ganas, con paso lento, memorizando las palabras exactas que iba a escupirle a la cara, interiorizando las mentiras que me hacían quedar menos loca ante una persona cuyo trabajo era el de no juzgarme. Al final las sesiones eran tan breves, por culpa básicamente de la falta de respuestas a sus preguntas, que no merecía la pena seguir yendo. Aunque sí obtuve un pequeño logro, uno que reforzaba mi independencia, que me empujaba unos centímetros hacia la total aceptación de mi yo adulta: logré pedirle a mi madre que dejara de acompañarme al ambulatorio y, aunque a regañadientes, dejó de acompañarme.
 
*
 
La última visita fue la más absurda de todas. La recuerdo como si hubiera sido esta misma tarde y ahora me dispusiera a escribirlo por primera vez en mi diario.
        Para empezar, llegué cuarenta minutos tarde. Tan tarde que, durante todo el trayecto andando (porque aunque llegaba tarde yo no corría), únicamente pensaba en que tendría que llamar a la puerta de su consulta e irrumpir la sesión que estuviera teniendo con alguna otra pobre alma desesperada que hubiera acudido allí en busca de respuestas. Yo irrumpiría desconsideradamente en la habitación. Yo cortaría una frase (¿aceptaría después la sangre en las manos?). Yo partiría en dos la explicación sin tener yo ninguna para haber llegado cuarenta minutos tarde.
        Imaginaos entonces la mezcla de alivio y decepción al comprobar que la consulta estaba totalmente vacía. Y no sólo la de mi psicóloga, sino también la de su colega. Sin mencionar, por supuesto, que las otras cuatro puertas estaban cerradas a cal y canto y no parecía emanar de ellas ni un mísero suspiro.
        Había subido despacio por las escaleras, cogiéndome bien fuerte de la barandilla, sintiendo la rugosidad de la madera, dando pasos pesados, afrontando el vértigo, mirando de vez en cuando hacia abajo, por el hueco, mientras el miedo recorría también despacio mi pequeño cuerpo, desde los pies hasta la cabeza, luchando contra ese instinto de huida. Y todo ¿para qué? Para encontrarme toda la planta dedicada a la salud mental vacía, tan vacía que las dos únicas trabajadoras que allí había esa tarde se encontraban charlando alegremente sobre temas intrascendentes que nada tenían que ver con el trabajo.
        «Llegas tarde», me dijo desde el interior de la consulta de su compañera, con lo que supuse que quería decir «hola», y yo me senté en la silla que estaba justo al lado de su puerta. Rodillas pegadas, manos sobre el regazo, esperando paciente a que ella terminara de contarle su vida a su amiga o al revés. Estaba nerviosa, evidentemente: no sabía qué hacía allí, por qué no me había quedado en casa viendo la televisión, el programa de La Sexta que hacían nada más entrar la tarde, porque ni siquiera eran las cinco. En aquella época recuerdo que escribía un diario en mi teléfono móvil y después lo pasaba a ordenador, para no malgastar papel, a pesar de que después lo imprimí todo, eliminé el documento Word y volví a pasarlo a ordenador años más tarde para no tenerlo almacenado bajo la cama, por falta de espacio; así que recuerdo narrar a cada segundo lo que estaba ocurriendo, escribir que quería, con todo mi corazón, salir pitando de allí.
        La psicóloga me castigó haciéndome esperar unos minutos. El castigo aún era mayor si tenemos en cuenta que la puerta de la consulta en la que conversaba amigablemente permanecía abierta. Una sentada en su silla y la otra de pie con las manos apoyadas en la mesa. Las vagas palabras de sus bocas atravesando el umbral sin consideración alguna. Yo pegada a la silla azul de plástico, amoldándome al asiento como un líquido o un gato dentro de un cuenco de vidrio, con unas tremendas ganas de echarme a llorar.
        Por fin decidió levantarme el castigo y vino a abrir su consulta, que ya estaba cerrada con llave. Entramos en silencio y nos sentamos en nuestros respectivos asientos, una enfrente de la otra, contemplándonos, desafiantes. Aún soy capaz de experimentar el chasco al ver que no había el típico sillón negro que siempre sale en las películas y que lo que tenía que hacer simplemente era sentarme en una silla normal y corriente delante de su escritorio. Aunque sí había en una esquina una mesa baja y redonda rodeada de tres o cuatro sillas infantiles.
        «No me des más citas», fue lo primero que le dije tras unos largos segundos sin hablar. «Para esto no hacía falta que vinieras», fue su categórica respuesta.
        Había un papel colgado en la pared de fuera, al lado de la puerta. El papel, con tinta de impresora, rezaba: «Si no van a acudir a su hora, llamen para anular la cita y así podamos dársela a otros pacientes que la necesiten». Yo no podía simplemente decirle que me sabía mal no haber anulado la cita. Que, más que saberme mal, lo que ocurría era que me daba miedo que me llamara por teléfono para saber por qué no había ido. Que me daba igual que llamara a mi teléfono móvil, ya que lo tenía en silencio y siempre podía ignorar la llamada, que el problema era que llamara al teléfono fijo y contestara mi madre. Que mi madre se enteraría de que había faltado a la consulta y se lo contaría a mi padre. Que siempre podía decirles que se me había olvidado, pero que entonces ellos se quejarían de mi mala memoria, de mi poco sentido de la responsabilidad, de mi falta de respeto. Así que no le dije nada.
        No le dije nada, simplemente me levanté y me fui, aceptando que jamás me curaría, que jamás llegaría sentirme como una persona normal. Después, de camino a casa, contemplé detenidamente el cartoncito que llevaba conmigo siempre que acudía al ambulatorio; un cartoncito que ella misma me había dado el primer día para anotar nuestras próximas citas, más o menos cada dos semanas, para que no me olvidara de ir. Era una especie de Bingo al que todos los pacientes jugábamos: el primero en rellenarlo entero, antes se curaría. Nunca supe quién ganó.

jueves, 14 de marzo de 2024

BIENAVENTURADOS LOS QUE LLORAN

La primera vez que pensé en el suicidio fue durante la catequesis, a la tierna edad de los ocho años. No exactamente dentro de esas cuatro deprimentes paredes amarillas, con una mesa de madera en el centro rodeada de niños, sino durante esa época. Todos los alumnos de mi clase decían que querían tomar la Comunión por los regalos, yo quería tomarla porque creía en Dios.
        El caso es que la catequista (una mujer mayor con aspecto de mujer mayor) nos explicó que, al morir, nuestra alma inmortal permanecía inalterable en el Cielo (si habías sido bueno), en el Infierno (si habías sido malo) o en el Purgatorio (si no habías sido bautizado [algo de lo que por suerte me libraría porque yo sí había sido bautizada]).
        A los ocho años yo me imaginaba muriendo de vieja, claro, tumbada en la cama; durmiendo, sin apenas enterarme de nada, rodeada, quizá, de mis seres queridos. A los ocho años yo me imaginaba abriendo los ojos en las puertas del cielo y viendo a San Pedro gritándome «bienvenida» al oído porque los años habían hecho mella en mí. Después San Pedro me acompañaba del brazo a través del umbral de la enorme puerta de oro y ya ahí les pasaba el relevo a los angelitos. A los ocho años yo suponía que el alma tenía el mismo aspecto y consistencia que el cuerpo que había dejado atrás (la catequista había dicho «in-al-te-ra-ble»). ¡Imaginaos entonces el horror que experimentaba al saber que iba a pasarme la eternidad con el mismo aspecto que el de mi vieja catequista! Chepada, coja, lenta, con dolor en las articulaciones, arrugas, cansancio, medias del color de mi carne para esconder los surcos de la edad, ropa gruesa y apagada. Así que a los ocho años hice un pacto conmigo misma y me prometí morir cuando llegara a los veinticinco (edad en la que suponía que gozaría de la más absoluta belleza, fuerza y agilidad físicas y un buen par de tetas).
        ¿Tenía miedo de ir de cabeza al Infierno? La verdad es que no: nunca creí que el suicidio fuera un pecado. Si es Dios quien nos guía, ¿cómo negar que nos ha guiado hasta la azotea y nos ha dado un empujón hacia el vacío? Si no hubiera querido que muriera, ¿no habría hecho que el cartero llamara a la puerta justo cuando iba a afilar el cuchillo en la piel? ¿No habría hecho que no tuviera suficientes pastillas en la mesita de noche? A los ocho años yo estaba convencida, y feliz, de que no llegaría a los veintiséis. Y hasta que no los cumplí, una parte de mí siguió convencida de ello.
        Pero no fue hasta los catorce cuando me planteé de verdad la idea del suicidio. Hasta ese momento, la imagen de la muerte era algo confusa, borrosa: simplemente pensaba que desaparecería y ya está. Mi cuerpo explosionaría de manera silenciosa y me evaporaría al instante, como una pequeña burbuja de jabón o la ampolla que me salió en la muñeca izquierda después de quemarme con el cigarro.
        A los catorce años fumaba. Esa época no duró mucho porque, no voy a esconderme, me daba mucho miedo que mis padres se enteraran. Durante aquellos años además, y supongo que gracias a la imprecisa idea que tenía de ella, no temía a la muerte: mi miedo era únicamente al dolor, así que empecé a ensayar. Un día, en el cuarto de baño que hay enfrente de mi dormitorio, apagué una colilla en mi piel para ver si era capaz de soportar el daño. Me salió una ampolla que luego reventé para ver correr el agua fresca del manantial, como hago con cualquier otra ampolla, y después me arranqué la pielecilla, cosa que hizo que se me quedara la marca para siempre (vale: sólo se ve si sabes dónde mirar, pero está ahí).
        Un día, de repente, dejé de creer en Dios. Al entrar en el instituto, pasé por una especie de crisis de fe, a lo Lisa Simpson: me alejé del cristianismo y emprendí la búsqueda, a través de ese maravilloso universo llamado Internet, de una nueva religión. Yo estaba en un momento de mi vida en el que necesitaba desprenderme de las cosas, sufría porque no alcanzaba aquello que anhelaba (como todo adolescente) y el budismo, con sus Cuatro Nobles Verdades, fue la única que me convenció. También me atrajo el hecho de que el budismo sea una religión no teísta, y cada vez que leía más y más acerca de esa religión en diferentes páginas web, más me gustaba. «Soy budista», anoté en mi diario. Y durante un tiempo fui budista.
        Sin embargo, la idea de la reencarnación, por muy tentadora que me resultara en ese preciso momento, nunca llegó a convencerme. Y aunque se supone que no es necesario estar totalmente de acuerdo con una religión para seguirla, el negar la reencarnación (un pilar tan básico del budismo, lo primero en lo que se piensa cuando se habla de esta creencia) me hizo pensar que tal vez el budismo tampoco estuviera hecho para mí.
        A donde quiero ir a parar con todo esto es a que, aunque ya no temía pasar la eternidad con un terrible aspecto porque no creía ni en el Cielo ni en el Infierno ni en la inmortalidad del alma cristiana, yo seguí convencida de que debía suicidarme cuando llegara a los veinticinco. Supongo que llevaba tantos años con ella, que la idea había echado raíces en mi cerebro, haciendo mucho más difícil su expulsión. De hecho, se me había metido tanto en la cabeza que había días en los que no había otra cosa en la que pensara.
        No fue exactamente esto lo que le dije a mi primer psiquiatra; al doctor le dije que a veces, en ciertas ocasiones, me entraban ganas de morirme. Una pastilla de anafranil y un zolpidem antes de dormir fue la respuesta a mis plegarias, pero lo malo de los antidepresivos es que no te das cuenta de que funcionan hasta que dejas de tomarlos y vuelves a estar en la mierda. O al menos eso fue lo que me pasó a mí cuando, en un arrebato de locura pasajera, me las tomé todas y me quedé sin pastillas. Pero creo que me estoy adelantando a los acontecimientos.
        La primera vez que intenté suicidarme en serio fue a los quince años con el diazepam de mi madre. Digo en serio porque a veces una intenta suicidarse sin tener realmente ganas de morir; a veces sólo es una forma tan válida como cualquier otra de pedir ayuda. Había empezado a padecer insomnio y una necesidad compulsiva de llorar en todas partes. Lo que en ese momento no sabía cómo nombrar crecía poco a poco dentro de mí: una parálisis destructiva, si Sylvia Plath me permite copiarle el término, se apoderaba de mi cuerpo cada vez que alguien me dirigía la palabra. Daba igual que fuera un profesor, un compañero de clase, un amigo o alguien de mi familia, mis músculos, simplemente, dejaban de moverse. Y después ya no fue la palabra sino que bastó con la mirada. Un sentimiento de soledad, de desamparo, de rechazo, comenzó a envolverme como a un caramelo de anís. Así que un día decidí que no merecía la pena seguir viviendo, y por primera vez en mucho tiempo me fui a la cama con una gran sonrisa en la cara. Al día siguiente me desperté como si nada porque al parecer quince pastillas de cinco miligramos cada una no son suficientes para poder reencarnarte en una bonita mariposa rosa.
        Si echo la vista atrás, si analizo una a una las etapas de mi al parecer no tan larga vida, creo fervientemente que todo fue inevitable. Al fin y al cabo, el primer recuerdo que tengo, y esto es algo que le encantaría escuchar a mi actual psiquiatra porque está OBSESIONADA con encontrar la raíz de los problemas, es también el recuerdo de mi primera humillación.
        Estábamos en mi casa celebrando una cena familiar con el que viene siendo el núcleo de toda mi familia paterna, ya sabéis: tíos, primos, abuelos. Una de las poquísimas veces, y creo que la única que recuerdo, en las que nos hemos reunido todos en casa de mis padres. Yo ya no llevaba pañal porque estaba en esa edad en la que los pequeños de la casa están aprendiendo a ir al orinal. Correteaba por la casa sin camiseta, con mi pelo corto y mis pendientes de plata, la más pequeña del grupo. Y entonces yo, niña rubita de ojos verdes, le dije a mi madre, delante de todos, que a esa edad me parecían gigantes incluso cuando estaban sentados: «Quiero hacer caca». Mi familia, prácticamente una decena de personas, se me quedó mirando fijamente y ella me respondió, delante de todos: «Ya no te hace falta, ¿no?».
        En ese momento el tiempo se detuvo. Yo, niña rubita de ojos grandes, petrificada por culpa de todos esos ojos de Medusa que me observaban desde la mesa del comedor y ese tono acusador en la voz de mi madre, pasé sin pensarlo mi mano derecha por encima de mi culo infantil y se me manchó de mierda. Porque, en efecto, ya no me hacía falta ir al orinal. Ya había hecho caca y la caca había traspasado las bragas y el pantalón. Me miré la mano llena de mierda y todos los gigantes empezaron a reír como ríen siempre los adultos delante de los niños: sin consideración, sin pensar en las consecuencias de oír esa carcajada que ha provocado tu torpeza, como si de verdad creyeran que por ser pequeño el niño tiene unos sentimientos también pequeños e insignificantes.
        Me sentí humillada, fría, distante. Me sentí de una forma que no sabía puesto que aún no conocía las palabras adecuadas. La Tierra dejó de dar vueltas alrededor del sol y a su vez el sol dejó de dar vueltas alrededor del centro de la galaxia, pero mi mente comenzó a girar sobre sí misma. Así que mi madre me llevó al baño, me sentó en el orinal de color rosa o amarillo, no recuerdo bien, por si acaso aún lo necesitaba y me cambió de ropa.
        Voy a ser franca: si no le cuento esta historia a mi doctora es únicamente porque me da vergüenza usar un lenguaje escatológico en voz alta, a pesar de que la ayudaría a entender un par de cosas. Pero estuve a punto de hacerlo, supongo que algo es algo, se me pasó por la cabeza, el día en que me pidió que echara la vista atrás y le contara mi primer recuerdo. En su lugar opté por narrarle el típico momento de estar llorando de la mano de tu madre el primer día de colegio y no encontrar consuelo.
 
porque ellos serán consolados
Mateo 5:4

domingo, 14 de enero de 2024

AA

Hola, me llamo Sara y soy acólita.

No en sentido religioso, claro, sino más bien físico.

Normalmente, cuando tengo dudas sobre una palabra, la busco en el Diccionario de la Lengua Española, al que puedes ir escribiendo «dle.rae.es» en el buscador o acceder directamente desde la RAE. Sólo de manera ocasional me dirijo a WordReference.

Ninguno de estos diccionarios da la importancia que se merece a la palabra, que es lo que soy y por lo que estoy aquí. Para la Real Academia Española, es la cuarta y última acepción, que dice así:

4. m. satélite (|| persona que depende de otra).

Como veis, ni siquiera te dicta directamente el significado, sino que primero te da una palabra que puede servir de sinónimo y ya, después, una brevísima definición. Para leer la definición completa debes hacer clic en la palabra «satélite», que te redirige a la acepción que buscas:

 3. m. Persona o cosa que depende de otra y está sometida a su influencia. U. t. en apos.

No vaya a ser, pobre de ti, que te pienses que eres un cuerpo celeste opaco que sólo brilla por la luz que se refleja del sol y gira alrededor de un planeta.

Como digo, en WordReference tampoco es que haya mucha diferencia; lo que pasa es que hay una acepción menos y, por tanto, la que nos atañe no es la cuarta sino la tercera:

3. col. Persona que depende de otra.

Depender de alguien no es tan sencillo como parece.

Primero hay que pensar bien de quién vas a depender. Si eliges, por ejemplo, una persona que viaja mucho, probablemente acabes sintiéndote muy sola; si eliges, por ejemplo, una persona a la que le guste estar a tu lado, pues no.

También debes tener en cuenta si vas a depender totalmente o sólo en ciertos aspectos. Por ejemplo: puede no importarte que la persona de la que dependes no pase la mayor parte del tiempo a tu lado siempre y cuando te escriba algún mensaje, mínimo, cuatro veces por semana. Es muy doloroso comprobar que, encima de que casi nunca está contigo, siempre eres tú la que anda detrás para que mantengáis una conversación. Yo confieso que la mayoría de las veces prefiero el silencio, siempre y cuando el silencio implique que la otra persona se encuentra en mi misma habitación. Pero esta es sólo mi perspectiva, por supuesto, en realidad es una cuestión de gustos.

El tiempo también es muy importante. ¿Tu dependencia va a ser a jornada completa o sólo los fines de semana? A lo mejor trabajas en una empresa informática y libras sábados y domingos; no quiere decir que tus sentimientos hacia la persona de la que dependes varíen de manera regular, sino que en el trabajo estás tan distraída que no te da tiempo a pensar en tus carencias. A mí me ha pasado, no siempre, pero me ha pasado. ¿A alguien más le ha pasado?

A lo mejor son las noches las que te ponen triste y no soportas la soledad que esto conlleva. A lo mejor es el despertar y ver que no hay nadie respirando con fuerza sobre tu nuca. A lo mejor no te gusta comer sola.

En mi tercer año de universidad, tuve la obligación de quedarme a comer dos días a la semana porque tenía clase mañana y tarde y muy poquitas horas de diferencia. Coger el metro y el autobús para comer en casa y luego coger el autobús y el metro para volver a la facultad no me salía rentable, así que tenía que comer en la cafetería. En mi tercer año de universidad, seguía arrastrando las asignaturas de primero. Las clases de por la mañana y las de por la tarde no formaban parte del mismo curso y nadie más las estaba repitiendo, así que comía sola. Nunca comí en la cafetería.

Una cafetería es, según la Wikipedia, «un establecimiento de hostelería donde se sirven aperitivos y comidas, generalmente platos combinados, pero no menús o cartas». Como veis, a veces también leo la Wikipedia. En el segundo párrafo explica que «en algunos países se le llama cafetería a un restaurante donde no se ofrece servicio de camareros, y donde los clientes utilizan una bandeja, para pasar a una barra de menús y escoger sus platos, y luego pasar por la caja para pagar, principalmente en centros comerciales, de trabajo y escuelas». O universidades.

En mi universidad las mesas y las sillas de la cafetería eran de color añil. Las bandejas no lo recuerdo, ya que sólo las usé una vez: cuando me invitaron, en el sentido cortés y no monetario de la palabra, a comer. No era la cafetería más cara de la zona, pero la de la facultad de filosofía, que se encuentra justo al lado, era más económica. Hablo en pretérito porque hace años que no me acerco por allí; puede que las cosas hayan cambiado.

No sé por qué, pero comer delante de alguien que no está comiendo conmigo me pone nerviosa. A lo mejor pienso que me mancharé y haré el ridículo. O que habré elegido algo que se supone que no se come a esa hora y se burlarán de mí. O que algún buen samaritano, sin ninguna mala intención, me deseará que me aproveche.

Sentarme sola en un lugar público al que la mayoría de la gente se sienta por grupos o en pareja no me parecía lo más apetecible, así que lo que hacía era irme a la biblioteca. Claro que a esa hora, en la biblioteca, me daba miedo que alguien me viera y se preguntara por qué no me iba a comer; así que utilizaba mi carnet de estudiante para sacar un libro y me iba al parque a leer. Devoraba libros, que suele decirse, aunque no haya ninguna dieta que lo especifique como algo saludable.

Sí, pensar que alguien pudiera verme a esa hora en el parque y se preguntara por qué no estaba comiendo tampoco era plato de mi agrado; así que procuraba sentarme en un banco lo más apartado posible y nunca más de veinte minutos seguidos, no fuera a ser que el hombre que llevaba el mismo tiempo que yo leyendo en el banco de enfrente empezara a sospechar. Pero no os preocupéis que comer, lo que se dice comer, sí comía: si veía que tenía hambre, me iba a algún supermercado y me compraba alguna cosilla. Papas, frutos secos, napolitanas de chocolate. Gominolas.

Como decía, depender de alguien no es tan sencillo como parece. Si se va la persona de la que dependes: ¿qué haces?, ¿cómo actúas?, ¿con quién comes? Yo en esa época no dependía de nadie en concreto. Lo cual quiere decir que tenía una infinidad de personas de las que poder depender. Lo cual te da una mayor posibilidad de tener a alguien cerca del que depender en un determinado momento. Lo cual, a la vista está, es mentira.

Otra cosa que también es mentira es que nadie más se quedara a comer esos días en la cafetería. Claro que había alumnos de mi curso que tenían clase mañana y tarde, que se habían visto, como yo, en la obligación de repetir alguna asignatura; pero ninguno quería comer conmigo. No eran precisamente los compañeros con los que yo me llevara bien, si es que dicha especie tenía el dolor de existir, y para sentarme sola en la mesa de al lado, soportando sus miradas de reojo, sintiendo en mi piel el ácido corrosivo de sus cuchicheos, prefería no estar allí. De todas formas, ellos no conocían esta dependencia que me arropa como si de una manta de coralina se tratara, así que no es precisamente lo que intentaban evitar.

En mi escaso dominio de lo que viene siendo la navegación en la red, he encontrado un tercer, si no metemos a la Wikipedia en esto, diccionario. Se trata, por supuesto, del Diccionario del Español Jurídico.

El DEJ es más indulgente con nosotras, las personas acólitas, de lo que lo son el resto de diccionarios; y ¡además parece que nos tiene en muy alta estima! Su definición dicta lo siguiente:

1. Gral. Persona que sigue o acompaña.

Como veis, no sólo nos encontramos en la primera acepción, sino que además utiliza verbos más amables. Seguir, acompañar, son verbos dulces, sobre todo el segundo. ¿Quién no quiere seguidores en Twitter que le alimenten el ego alabando su agudeza mental? ¿Quién no quiere estar acompañada en ese día tan especial, como puede serlo tu cumpleaños, el inicio de las vacaciones o una entrega de premios? Pero entonces, quien no supiera de mi condición de acólita y aun así no se acercara a mí, ¿era simple y llanamente porque no deseaba mi compañía? La indulgencia puede ser también un puñetazo en el estómago.

Oigo una voz por ahí al fondo que dice: «¿Por qué no les preguntabas tú si les importaba que comieras con ellos? Al fin y al cabo, ibais a la misma clase y todos erais personas adultas: ¿cómo sabías que te iban a decir que no?». Pues verás: según Raimon Gaja y muchos otros profesionales de la salud mental que utilizan la terapia cognitiva-conductual con sus pacientes, «la mayoría de nuestros problemas surgen porque nuestro estilo cognitivo está distorsionado».

Existen diez tipos de pensamientos distorsionados. Por lo general, incluso la persona más sana mentalmente hablando tiene, ha tenido o tendrá, al menos, uno en toda su vida. Voy a dar un paso más allá y me aventuraré a decir que el más común de los diez se trata, ni más ni menos que, de las conclusiones apresuradas. Dentro de estas conclusiones apresuradas, se distinguen los llamados «lectura del pensamiento» y «error del adivino». Estoy más que segura de que cualquiera deduce, por el nombre, qué quiere decir cada uno; así que me voy a ahorrar la explicación.

¿Para qué preguntarles si les importaba que comiera con ellos si de todas formas me iban a decir que no? Al fin y al cabo, ellos eran tres y yo sólo una. Que ellos me preguntaran a mí habría sido considerado un gesto de amabilidad por su parte; que yo les preguntara a ellos, pura intromisión. Un acólito puro no se entromete. Un acólito observa, escucha, espera, tiene opiniones que no exterioriza a menos que se lo pidan, sonríe y asiente, está ahí. Un acólito está ahí. Un acólito sigue, acompaña; dice a todo que sí, salvo si tiene que decir que no.

Ya he dicho que la única vez que comí en la cafetería fue la vez que me preguntaron si quería quedarme. También he dicho que en esa época no dependía de nadie. Como Abraham diciéndole a su hijo que Dios proveerá el cordero para el sacrificio, y por supuesto esto es una alusión a Mercedes Cebrián, yo también estaba medio mintiendo. No dependía de nadie, pero estaba enamorada: ¿un acólito nota la diferencia?

Algo de lo que no te advierten los diccionarios, detrás de tanta definición, es de que un acólito tiene serias posibilidades de acabar enamorándose de las personas de las que depende si observa que éstas disfrutan de su compañía y además le piden que forme parte de cosas que también son de su agrado. Porque yo no creo que la dependencia esté reñida con tener criterio o personalidad y, estaréis de acuerdo conmigo, no es lo mismo que te pidan esconder un cadáver que ir a tomar un helado en la cafetería de la esquina. El roce hace el cariño y, cuando el roce se trata de una actividad agradable, fácilmente realizable y cero o muy poco peligrosa, es más sencillo dejarse llevar y permitir que los sentimientos florezcan de manera relajada sobre tu piel.

Cuando él me preguntó si me quedaba a comer, después de salir del examen y sin ninguna necesidad de quedarme porque por la tarde no había clase, esperaba que mi respuesta fuera afirmativa. Quiero decir que él quería que yo comiera con él; él quería pasar tiempo conmigo. Obviamente, le dije que sí. Y no, él no estaba enamorado.

De nuevo la misma premisa: una persona que no conocía esta tendencia mía a depender de los que me rodean; pero dando como resultado algo totalmente distinto: el querer estar conmigo, al menos, por unas horas.

Pero en serio: ¿un acólito nota la diferencia?

Sé perfectamente cuándo detesto a una persona. Lo sé, sobre todo, porque me ha pasado más veces de las que estoy dispuesta a confesar. Porque, sí, un acólito sigue y acompaña, me repito más que las persianas, dulcemente; pero a veces es amargo el sabor. A veces no te gusta. La lengua se estremece y se niega rotundamente a volver a lamer la superficie. Probar bocado se convierte en deporte de riesgo para la garganta. Traga y regurgita, qué asco, vuelve a tragar; o lo intenta, más bien, pues no puede.

Pero el amor es difícil distinguirlo, no sólo para las personas acólitas. Saber diferenciar cuándo amas de verdad a alguien, cuándo deseas a una persona, pasar el resto de tu vida con ella, despertarte cuando suene su despertador aunque tú no necesites madrugar, mezclar tu ropa con la suya en la lavadora, atreverte a comer lo que cocine a la hora de la cena, oírla respirar al otro lado de la puerta del cuarto de baño, de cuándo simplemente te has hartado de estar sola.

Yo he estado sola mucho tiempo, a pesar incluso de mi condición, porque ser acólita no es lo mismo que estar ahí. Escuchar las voces de los otros ir y venir a tu alrededor, las risas, los suspiros, los chasquidos de lengua. Estar en el centro. Estar en el centro y no ser capaz de coger nada al vuelo. Literalmente. Estar en el centro y que las palabras te rodeen, esquivándote, rozando tu cabello, sin llegar a alcanzarte realmente porque no perteneces a la conversación. Estás ahí, las ondas de sonido te atraviesan, ves sus rostros, hueles sus perfumes, tocas la misma mesa que ellos tocan, los mismos cubiertos, saboreas la comida, la cerveza; pero nada tiene, en realidad, que ver contigo.

Por eso me sentí tan bien, pero tan bien, cuando él me preguntó si me quedaba a comer. Cuando él se dirigió a mí directamente, sin mirar a su alrededor, sin esperar que nadie más respondiera. También la primera vez, antes de entrar en esa clase de lingüística. O cuando me cogió de la mano con fuerza, entrelazando nuestros dedos, y la descansó sobre su rodilla. Cuando probó, tanteó más bien, qué ocurriría si en vez de su rodilla fuera mi muslo el lecho en el que posarla. Cuando en vez de su mano fue su nuca. Qué pensar entonces, cuando yo lo observaba desde lo alto y él no apartaba la mirada de la pequeña pantalla: un hecho cotidiano, confortable. Qué pensar cuando me besó en la mejilla, cuando me besó en los labios.

No quiero decir que fuera el primero ni el último, porque no lo fue, pero en ese momento fue importante. Estar ahí. De verdad. Formar parte de la obra, ser protagonista de la historia, palpar con las yemas de tus dedos tu nombre en el guion de la película. No ser acólita.

Por eso estoy aquí.