Mostrando entradas con la etiqueta tratamiento psicológico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta tratamiento psicológico. Mostrar todas las entradas

viernes, 6 de junio de 2025

La carta que no envié

a Marta
 
Hola, soy yo: Sara.

Perdona por el ghosting que te estoy haciendo; hace ya tiempo que quería escribirte, pero no sabía cómo. Lo que sí sé es que mereces una explicación, así que intentaré dártela lo mejor que pueda.

Te hice caso y volví a tomarme el anafranil bajando un poco la dosis. Tengo una alarma en el móvil para que no se me olvide. La idea es tomar esta dosis reducida hasta que descubra que está haciendo efecto y entonces seguir reduciendo hasta hacerla desaparecer.

Pero ahora mismo no puedo ir a las sesiones. No veo la hora que me venga bien porque siempre tengo algo que hacer y, como el único que sabe que voy al psicólogo es mi novio, no puedo poner esa excusa para irme antes, o para llegar más tarde, o para no acudir. Es patético, lo sé, pero es que yo me siento patética.

De verdad creo que puedes ayudarme. A pesar incluso de tu método, de que a mí no me gusta hablar del pasado tanto como a ti, creo que puedes mejorar mi vida considerablemente: hacerme soltar lastre, hacerme admitir mis miedos, hacerme ser y sentir libre.

Espero que te vaya bien en esa nueva consulta y espero que dentro de un tiempo, preferiblemente ya viviendo definitivamente en Carlet, preferiblemente dentro de no mucho, puedas y quieras ser mi psicóloga por tercera y espero que última vez.

Besos,
Sara

miércoles, 19 de febrero de 2025

leyendo los efectos adversos te das cuenta de que eres una entre cien pacientes Víctor te da el alta pero te pide que sigas tomándote los antidepresivos te están sentando muy bien ya apenas quieres herirte ya casi no te odias a ti misma ¿ese destello son tus ganas de vivir? también es conveniente que veas a Inés quizá cada tres semanas pero resulta que Inés ya no está trabajando le ha surgido un problema familiar del que no te ha contado nada por qué no te ha contado nada ¿no os llevabais tan bien? así que ahora tienes que ponerte a buscar otra psicóloga puedes aprovechar para reconciliarte con Marta ¿no teníais un vínculo especial? pero resulta que ya no tienes su teléfono lo enviaste a la papelera antes de que te hiciera más daño antes de que te quemara la piel así que ahora te toca escribir psicólogos Valencia en el recuadro blanco de la pantalla de Google descartar fotografías en la página de Doctoralia recordar a quiénes has besado y a quiénes has dejado tirados en la estacada para no repetir y sentir la vergüenza del reconocimiento la sonrisa burlona del sabía yo que volverías y entonces quizá, sólo quizá, encuentres lo que estás buscando
 

viernes, 14 de junio de 2024

DEL GRIEGO ΨΥΧΟ- (PSYCHO-); DEL LATÍN EMOTIO, -ONIS

Esto fue en dos mil diecisiete, y hasta dos años después no volví a intentarlo.
        La encontré en Internet, en una de las tantas páginas poco fiables sobre médicos privados que existen. Focalicé la búsqueda en una ciudad concreta et voilà. No era la primera, pero sí la única sin una foto personal de perfil; esto me dio confianza, ya que al menos sabría que no la estaba eligiendo por su sonrisa amable o su mirada persuasiva, sino por su experiencia. Contaba con la opción de pedir cita online, cosa que siempre viene bien si tienes ansiedad social y te es imposible hacer una llamada telefónica, se ubicaba en una dirección a la que podía llegar sin dificultad alguna y la primera sesión era gratis: ¿qué podía salir mal?
        Esta vez decidí no decírselo a nadie, ni si quiera a mis padres, esconderlo como un secreto o algo vergonzoso, un defecto del espíritu. Yo llevaba ya un año trabajando en el mismo puesto (mi primer y más largo contrato) y la situación en casa se había tranquilizado mucho; pero seguía contaminada por la tristeza, paralizada ante la vida, encerrada en el silencio.
        La consulta estaba, si mal no recuerdo, en un primer piso de una finca bastante antigua con una fachada bien bonita y muy cuidada. La que sería mi psicóloga medio compartía lugar de trabajo con otra colega suya: cada una en una habitación distinta, cada una con horarios también distintos. El apartamento no era precisamente grande pero sí suficiente. La entrada daba directamente a la sala de espera, que tenía un enorme ventanal como pared del fondo, justo detrás de un pequeño sofá en el que nunca llegué a sentarme por miedo a que sólo fuese decorativo. Los colores predominantes eran el gris y el blanco, con motas de color rosa claro dispersas por toda la estancia. Aparte del sofá, había tres o cuatro sillas que sí llegué a probar (tampoco era cuestión de esperar erguida), una lámpara de pie, un reloj de agujas colgado en la pared, un par de mesitas decoradas con flores de tela y un farolillo con una vela apagada dentro... Un paraíso para los ojos si no fuera por los excesivos ejemplares de Mr. Wonderful que se reproducían por toda la casa.
        También había un cuarto de baño en el que nunca entré, quizá por miedo a que yo como paciente no tuviera permitido el acceso, pero sobre todo por el temor que a veces aún me embarga de contemplar mi rostro en el espejo y ver que ya no lo tengo, o que sólo está a medias, o que me es completamente desconocido.
        Durante esa época me obsesionaba terriblemente esta idea. Mirarme en el espejo y descubrir que, en contra de toda lógica, mi aspecto había cambiado desde la última vez que lo vi. Por ejemplo encontrar una brecha enorme dividiendo mi cara en dos mitades casi exactas, como si mi piel estuviese hecha de tierra y hubiera habido un terremoto de magnitud seis en la escala de Richter. O ver un profundo agujero negro donde debería alojarse mi ojo izquierdo.
        Y no sólo a encontrarme desfigurada sino también, poco a poco, a la propia muerte. La obsesión por el suicidio que me había acompañado durante tantísimos años acabó convirtiéndose en un temor irracional a morirme de repente. Procuraba alejarme de los coches aparcados por si acaso había alguna bomba en ellos a punto de estallar, corría cada vez que cruzaba un puente para evitar la bala del francotirador, alzaba regularmente la vista al techo para comprobar si parecía o no que fuera a caérseme encima. Estoy segura de no ser la única en esta sala que ha pasado por este tipo de crisis, pero es que las cosas empezaron a ponerse... obsesivas. Esta clase de pensamientos derivaron en psicosis.
        De golpe empecé a tener un miedo excesivo a que se me rompieran los huesos. Por ejemplo hacer un movimiento demasiado brusco y que se me partiera el cuello; o coger objetos pesados, e incluso hacer un mal giro al masturbarme, y que se me rompieran las muñecas; caminar tranquilamente por la calle y que se me partieran las piernas. Me imaginaba cayendo en medio del paso de cebra y que un pobre transeúnte tuviera la obligación moral y legal de recogerme. O que ocurriera en mi dormitorio y no hubiera nadie en casa. Después empecé a temer el quedarme dormida, de noche, sola o acompañada, en la cama. Me daba miedo dormir de lado por si se me dislocaba el hombro; me daba miedo dormir boca arriba por si se me hacía añicos la caja torácica; me levantaba de repente y sobresaltada, en plena oscuridad, para palpar mi cuerpo y comprobar que no había nada roto en él, que mis clavículas seguían intactas, que mi cráneo no presentaba abolladuras. Al mismo tiempo intentaba convencerme, claro, de que mis sospechas eran infundadas, que no había motivos para que ocurriera semejante disparate; pero me era imposible evitar pensar de esa manera.
        Tampoco era este mi mayor temor. Del mismo modo que la cicatriz en el espejo, también me daba miedo descubrirme haciéndoles daño a los demás sin darme cuenta. Actuar sin percatarme de ello. Estar ahí sin saberlo, sin estarlo realmente, de nuevo, sin saberme parte de la historia. Por ejemplo pegarle un puñetazo a alguien de repente y sin motivo alguno en el transporte público. O tener un hijo y en un episodio de locura transitoria ahogarlo en la bañera. O estar haciendo las prácticas del carnet de conducir y provocar un accidente con más de un muerto y que ninguno de ellos fuera yo.
        Nada de esto le conté a la psicóloga; me sabía mal que creyera que estaba loca o peor: que estaba mintiendo. Yo sabía que estaba siendo irracional, que no tenía ningún antecedente de dicha índole como para creer que pudiera ocurrir, así que no pensé que fuera necesario decírselo, porque de todas formas no me diría nada que yo no supiera ya. A ella sólo le hablé del miedo al rechazo, a que se burlaran de mí, a hacer el ridículo delante de todo el mundo y que todo el mundo empezara a pensar mal de mi persona.
        Para mí el ridículo abarca un gran espectro de circunstancias. Desde resbalarme un día de lluvia y caerme de culo delante de un grupo de estudiantes de instituto (me ha pasado) hasta que me pillen robando un pintaúñas de setenta y cinco céntimos en un bazar (también me ha pasado). Además es algo que se mide con el doble rasero de: si lo hago yo es ridículo, si lo hacen los demás no. Tratar sin éxito de suicidarme es un buen ejemplo de ello. Dejarme la cartera en casa y darme cuenta justo cuando estoy en la caja o, como me ocurrió aquel día, olvidarme simplemente de que tengo que pagar, es otro.
        Como en esa época yo no estaba acostumbrada a pagar una consulta, al final de la segunda sesión, que fue la primera después de la de reconocimiento, estuve a punto de levantarme de la silla sin darle sus cincuenta euros. Afortunadamente para mí y mi autoestima, sólo hice la tentativa; porque ella se me quedó mirando fijamente a los ojos durante unos segundos y yo, por mucho que insistiera en que dicha acción era imposible de realizar, fui capaz de leerle la mente: saqué de mi cartera un billete naranja y lo tendí, un poco avergonzada, a sus manos.
        A sus manos también me puse yo (qué fino hilo cuando quiero) al aceptar intentar lo que generalmente se abrevia con las siglas TCC.
        La terapia cognitiva-conductual da por hecho que me paso el día consciente de lo que pienso (pienso y luego siento); pero no siempre es así. A veces la tristeza se instala en mi cuerpo sin ver siquiera una estrella fugaz recorriendo el cielo de mi mente, sin que una imagen (nítida o borrosa) se haya postrado ante mí. No hay pájaros revoloteando en mi cabeza, no hay polillas en mi estómago, no hay avispas en mi corazón. No soy consciente de que me haya ocurrido nada concreto, ni lo más mínimo, a lo largo del día; sólo estoy yo permaneciendo erguida en medio de mi habitación. A veces este pesar se instala en mi pecho nada más despertarme simplemente por haberme despertado, y ni siquiera recuerdo lo que he soñado, si es que he soñado. Quizá esté leyendo un libro, inmersa en el tercer capítulo de una serie de televisión o masturbándome tranquilamente dentro del cuarto de baño justo antes de empezar ducharme. Quizá este pesar me atraviese mientras me masturbo tranquilamente dentro del cuarto de baño justo antes de empezar a ducharme y yo ni siquiera tenga forma de saber por qué.
        Pero mi psicóloga creía firmemente que si analizaba cada pensamiento, si diseccionaba minuciosamente cada momento de mi vida, separaba la frase en mi cerebro del sentimiento que causaba del hecho que la había ocasionado del lugar en el que estaba de cómo había actuado, dejaría de tener miedo y, por tanto, empezaría a vivir. Para esto empecé a llevar una especie de diario en el que trataba de anotar la mayor información posible sobre cada oración condenatoria que rezaba mi cabeza. Por ejemplo, si había pensando que cierto grupito de personas se había reído de mí en la calle, tenía que escribir qué estaba haciendo (pasear por la calle) y qué había ocurrido exactamente (un grupo de chicas jóvenes cerca de mí se estaba riendo) y cuál había sido mi respuesta (llorar e insultarme a mí misma) y si había o no pruebas reales de que mi pensamiento fuera certero (en realidad no las había porque yo sólo estaba caminando por la calle y el grupo de chicas jóvenes parecía estar a su bola) y si había o no reaccionado de manera proporcionada (en realidad no porque, aunque fuera cierto que se reían de mí, no las conocía de nada y sólo era un grupo de crías de instituto aún por madurar) y, por tanto, de qué clase de pensamiento se trataba (conclusiones apresuradas: lectura de pensamiento).
        Por ejemplo, si pensaba que mi psicóloga me odiaba y no se preocupaba por mí, tenía que escribir dónde estaba (en la consulta) y qué había ocurrido exactamente (la psicóloga me ha llamado María) y cuál había sido mi respuesta (perder la fe en el tratamiento) y si era o no motivo de peso para generar dicho pensamiento (probablemente no, ya que sólo se ha equivocado de nombre y es mi segunda cita con ella) y si mi reacción había sido coherente con lo que había pasado (no porque el hecho de que se equivoque de nombre no quiere decir que sea una mala psicóloga, sólo que acabamos de conocernos) y, de nuevo, de qué clase de pensamiento se trataba (conclusiones apresuradas: error del adivino).
        Por ejemplo, si pensaba que él me quería, tenía que escribir por qué lo creía (por su forma de rozarme con los dedos de la mano, por cómo me miraba, cómo me apoyaba en los momentos difíciles, cuando la relación con mis padres se complicaba o cuando yo sentía que no valía para nada, que era preferible estar muerta, por su manera de hacerme ver que yo era mejor persona de lo que pensaba, que tenía que ser más indulgente conmigo misma, que tenía que tratarme bien, o por el tiempo que pasábamos en silencio, el uno junto a la otra, compartiendo el calor de nuestros cuerpos, desnudos, después de hacer el amor) y qué había hecho yo (ilusionarme) y si era o no motivo suficiente (al parecer no) y si había reaccionado de manera exagerada (sinceramente, no lo creo) y qué tipo de pensamiento había tenido (conclusiones apresuradas: lógica deductiva). Ahí me di cuenta de la rapidez de mis conclusiones, de lo que deduje que era culpable la ansiedad, pero sospechar la raíz del problema no significa empezar a desecharlas todas de manera automática.
        Los cambios de cita a última hora y su insistencia en que todo estaba en mi cabecita, como ella la llamaba, como si por ello mis sentimientos fueran menos válidos y nada de lo que creyera que ocurría pudiera ser real, son dos de los motivos por los que empecé a odiarla.
        Empecé a ocultarle información, bien porque no sabía cómo explicarme, bien porque no quería hacerlo. Me planteé incluso fingir una mejora a la par que buscaba otro psicólogo, pero me pareció una idea de lo más estúpida. Me planteé, no sé cómo, hacer que fuera ella la que dejara de darme citas. No sabía cómo conseguir despedirme (despedirla) y me daba miedo empezar a ir a otro profesional sin haber sido capaz de dejar a la primera y que luego me ocurriera lo mismo con este otro y empezara a acumular psicólogos como quien sufre el síndrome de Diógenes. Aparte, claro, de la pérdida de dinero. Supongo que se dio cuenta de que tenía pensado abandonar la terapia porque se me da fatal disimular, así que un día me dijo, sin venir a cuento, que si decidía dejar de ir yo dejaría de tener psicóloga, pero ella seguiría teniendo otros clientes. Fue el tercer motivo por el que empecé a odiarla.
        Un mes después de finalizar mi contrato de trabajo, me apunté a un cursillo gratuito sobre la higiene alimenticia a través del SERVEF; uno para parados, básicamente para salir de casa. Eran sesenta horas, cinco al día durante dos semanas, de lunes a viernes por la mañana. La buena o mala suerte hizo que justo el primer día me coincidiera con mi siguiente cita con la psicóloga, así que después de pensármelo mucho le envíe un mensaje vía WhatsApp para decirle que no podría acudir a nuestro encuentro, pero me abstuve de manera consciente de proponerle un cambio de día. Entonces ella me preguntó si quería que me diera otra cita o no, y yo me quedé en blanco, sin saber cómo darle una negativa por respuesta, hasta que ella me dio, consciente o no, el empujón que necesitaba escribiéndome que, yo ya lo sabía, tenía una agenda muy complicada. Cuarto y último motivo.
        Parece mentira, pero irse no es nada fácil. Por eso es importante saber aprovechar las pequeñas y repentinas oportunidades que se te brindan. Si tenéis, por ejemplo, la oportunidad de escaquearos de esa comida de fin de exámenes antes de sentaros a la mesa, adelante, no os lo penséis: hacedlo. Porque cuando ya os hayáis acomodado a la silla, cuando a vuestro alrededor estén recitando versos sueltos del menú y hayan germinado un par de sangrías en el centro, será demasiado tarde. Esa creencia tan extendida que dice que, por el simple hecho de exponerte a situaciones que te generan ansiedad o cualquier otro tipo de malestar, te acabarás habituando y al final, mágicamente y sin ningún otro tipo de herramienta, sólo por el puro costumbrismo, te habrás curado es falsa. Eso nunca pasa, siento ser yo la que os lo diga. Aunque esto tampoco significa que una tenga que dejar definitivamente de vivir; sólo hay que saber encontrar el punto intermedio.
        Por eso os pido que os marchéis, si de todas formas no sentís que estáis ahí realmente, porque un acólito observa, escucha, espera, sonríe y asiente, finge estar ahí. Un acólito finge estar ahí. Nadie se percata del fingimiento, de la representación teatral al aire libre, de la excesiva dramatización. Nadie se da cuenta de las veces que mira la hora en su teléfono móvil, o de las veces que desvía la mirada para ver si tiene la suerte de hacerse invisible y logra escabullirse entre las sillas sin que lo vean. Hace como que presta atención cuando en realidad está esperando a que alguien se ponga de pie para tener la excusa de marcharse también. Pero de aquí a que esto ocurra pueden pasar HORAS, y durante ese tiempo la cosa sólo puede empeorar.
        No digo que la primera persona en levantarse de la mesa vaya a preguntarle a la acólita si le apetece irse ya a su casa, pero siempre es más fácil decir «Yo también me voy» que «Yo me voy». El adverbio implica acumulación, una reiteración en el acto, una seguridad sin precedentes gracias, precisamente, a que hay precedentes: ya ha habido alguien que ha avisado de su partida, ¿por qué no iba a poder hacerlo una comensal más?, de donde salen dos salen tres. Por supuesto, en estas situaciones hay que ser rápida; de nada sirve esperar a que desaparezca por el horizonte la silueta del pionero para decir que tú también tienes que irte a casa, pues ese «también» pierde su validez con el paso del tiempo. Tienes que saber coger la oportunidad al vuelo antes de que se encuentre demasiado lejos como para tener que cogerla estirando el brazo.
        Así que el miércoles, veintisiete de noviembre, ya no tenía psicóloga. Pero no pasaba nada, decidí no desanimarme y empezar en seguida a buscar otra: si había logrado hacerlo una vez, por qué no iba a poder hacerlo otra. Esta vez sí había antecedentes y, creo, pensar que podría repetirlo no entraba dentro de la categoría de las conclusiones apresuradas; sobre todo porque la TCC se centra únicamente en los pensamientos negativos, si bien los positivos pueden ser igual de erráticos, y la respuesta a dicho pensamiento iba a ser algo productivo sí o sí aunque no consiguiera volver a pisar la consulta de un psicólogo en lo que me quedaba de vida.

domingo, 14 de abril de 2024

CONSULTA AMBULATORIA

La primera vez que busqué ayuda profesional fue un desastre. Por mi parte, claro; se me fue el santo al cielo y olvidé la mitad de las cosas por las que había decidido hacer caso a todas las personas que habían insistido en que acudiera a un profesional de la salud mental con tal de no tener que ayudarme ellas.
        La sala de espera era bastante amplia y constaba de seis puertas más la principal: siete. La tercera planta de un edificio de cinco. Una mesa de mimbre cubierta por unas cuantas revistas antiguas de cotilleos señalaba el centro de la habitación. Alrededor de dicha mesa, cuatro sillas a juego. Después un sofá, o puede que dos pequeños, en la pared del fondo, y las típicas sillas azules de sala de espera apoyadas en las dos paredes laterales. También había, colgadas entre puerta y puerta, varias pinturas; cuadros de algún antiguo paciente agradecido por el tratamiento, supongo. Por último, un tablón de anuncios repleto de propaganda.
        La primera puerta de la derecha daba a la recepción, donde dos recepcionistas se turnaban la mañana. Yo pasaba a decirles que había llegado y que tenía hora en diez minutos y ellos me pedían que esperara sentada a que me llamaran. Procuraba siempre sentarme cerca de la segunda puerta, que era la de la consulta de mi psicóloga, que estaba justo enfrente de la de enfermería, que era la segunda puerta empezando por la izquierda, justo después de la puerta que daba a la consulta de la otra psicóloga. Las otras dos puertas de más al fondo nunca supe qué escondían.
        El primer día me atendió una enfermera, y fue tan amable y simpática conmigo que de verdad pensé que iban a curarme. A curarme, incluso, de lo que había olvidado mencionar. Porque yo le dije a mi madre que esperara fuera, y con ella fuera de juego, en lugar del motivo por el que mis padres me obligaban a ir a un psicólogo, le hablé sólo de lo que de verdad me preocupaba. Recuerdo, por ejemplo, que en vez de decirle que esa misma semana había intentado clavarme un bolígrafo en el muslo le dije que me costaba mucho, pero mucho-mucho, conversar con los demás. Recuerdo, y esto es bastante anecdótico, empezar a decirle: «Sólo sé que me cuesta mucho hablar con las personas. Por ejemplo, estoy con alguien y no me sale la» y que la palabra «voz» no saliera de mi boca. Recuerdo estar convencida de no ser una persona introvertida, ya que me encantaba estar con la gente, salir a bailar, jugar, reír y divertirme con el resto. Y recuerdo su sonrisa indulgente al decirme, sin pestañear siquiera un poquito: «Mira el lado positivo; al menos no necesitas un psiquiatra».
        La primera visita real fue al mes siguiente, coincidiendo con el cumpleaños de mi padre, con quien en ese momento no me hablaba. Respondí un cuestionario de satisfacción, le hablé de mi familia, de algunos de los chicos con los que había salido, no todos, del dolor de cabeza. Le dije que le daba tantas vueltas a las cosas que me era imposible dormir por las noches. Le dije que me gustaba escribir, aunque no fuera del todo cierto, ya que no es precisamente «gustar» el verbo que utilizaría en estos casos. Le dije que me sentía paralizada, sola, ausente; pero que en mi cabeza tampoco me imaginaba siendo una persona habladora. Otra mentira.
        En mi cabeza siempre tengo voz, mantengo conversaciones, razono sobre temas que creo que domino, doy discursos de agradecimiento, largas conferencias ante cientos de personas (para muestra un botón: este cuento escrito a modo de monólogo recitado en un pequeño teatro o en el sótano de una iglesia, delante de un puñado de desconocidos que se ríen de mis chistes). En mi cabeza soy una persona divertida, hago reír a los chicos que me gustan, a las amigas que en la vida real no quedan conmigo, a los bebés que me miran embobados en el metro. Quizá de haberle dicho la verdad habría conseguido ayudarme. Y quizá no.
        Al tercer día, más o menos a finales de septiembre, resucité de entre los que creen en la psicología y dejé de querer ir. Pensándolo ahora, en retrospectiva, puede que hiciera mal en desconectar tan pronto. A fin de cuentas, a ella no le importaba que permaneciera callada, y esto es algo que siempre he buscado en las personas: el poder estar en silencio sin sentir que hace falta decir nada. Pero yo tenía miedo, tenía miedo, supongo, porque no creía que lo dijera en serio; quizá por su manera de escrutarme con la mirada, quizá por lo que nunca supe que anotaba en su cuaderno. Yo pensaba que hacía falta decir algo, cualquier cosa, explicar los motivos, narrar el dolor, y me sentía tan paralizada que creía que alguien me había arrancado la voz y jamás podría volver a utilizarla. Además, aclaremos esto: una acude a un psicólogo para algo, ¿no? Para hablar. Pues eso.
        El caso es que no sentía que ir a su consulta me estuviera ayudando realmente. Esto es en parte porque, cuando me pedía que escribiera mis sueños en un cuaderno para leérselos más tarde, yo los modificaba por miedo a que me juzgara, como si una pudiera controlar sus pesadillas y evitar que un pulpo gigante la devore mientras conduce una moto acuática en medio de un barrio residencial. Pero sobre todo es porque me di cuenta en seguida de que era fiel seguidora de Freud, y no iba a dejar que su propio complejo de Electra me otorgara un diagnóstico que no me merecía.
        Así que yo caminaba hacia el ambulatorio sin ganas, con paso lento, memorizando las palabras exactas que iba a escupirle a la cara, interiorizando las mentiras que me hacían quedar menos loca ante una persona cuyo trabajo era el de no juzgarme. Al final las sesiones eran tan breves, por culpa básicamente de la falta de respuestas a sus preguntas, que no merecía la pena seguir yendo. Aunque sí obtuve un pequeño logro, uno que reforzaba mi independencia, que me empujaba unos centímetros hacia la total aceptación de mi yo adulta: logré pedirle a mi madre que dejara de acompañarme al ambulatorio y, aunque a regañadientes, dejó de acompañarme.
 
*
 
La última visita fue la más absurda de todas. La recuerdo como si hubiera sido esta misma tarde y ahora me dispusiera a escribirlo por primera vez en mi diario.
        Para empezar, llegué cuarenta minutos tarde. Tan tarde que, durante todo el trayecto andando (porque aunque llegaba tarde yo no corría), únicamente pensaba en que tendría que llamar a la puerta de su consulta e irrumpir la sesión que estuviera teniendo con alguna otra pobre alma desesperada que hubiera acudido allí en busca de respuestas. Yo irrumpiría desconsideradamente en la habitación. Yo cortaría una frase (¿aceptaría después la sangre en las manos?). Yo partiría en dos la explicación sin tener yo ninguna para haber llegado cuarenta minutos tarde.
        Imaginaos entonces la mezcla de alivio y decepción al comprobar que la consulta estaba totalmente vacía. Y no sólo la de mi psicóloga, sino también la de su colega. Sin mencionar, por supuesto, que las otras cuatro puertas estaban cerradas a cal y canto y no parecía emanar de ellas ni un mísero suspiro.
        Había subido despacio por las escaleras, cogiéndome bien fuerte de la barandilla, sintiendo la rugosidad de la madera, dando pasos pesados, afrontando el vértigo, mirando de vez en cuando hacia abajo, por el hueco, mientras el miedo recorría también despacio mi pequeño cuerpo, desde los pies hasta la cabeza, luchando contra ese instinto de huida. Y todo ¿para qué? Para encontrarme toda la planta dedicada a la salud mental vacía, tan vacía que las dos únicas trabajadoras que allí había esa tarde se encontraban charlando alegremente sobre temas intrascendentes que nada tenían que ver con el trabajo.
        «Llegas tarde», me dijo desde el interior de la consulta de su compañera, con lo que supuse que quería decir «hola», y yo me senté en la silla que estaba justo al lado de su puerta. Rodillas pegadas, manos sobre el regazo, esperando paciente a que ella terminara de contarle su vida a su amiga o al revés. Estaba nerviosa, evidentemente: no sabía qué hacía allí, por qué no me había quedado en casa viendo la televisión, el programa de La Sexta que hacían nada más entrar la tarde, porque ni siquiera eran las cinco. En aquella época recuerdo que escribía un diario en mi teléfono móvil y después lo pasaba a ordenador, para no malgastar papel, a pesar de que después lo imprimí todo, eliminé el documento Word y volví a pasarlo a ordenador años más tarde para no tenerlo almacenado bajo la cama, por falta de espacio; así que recuerdo narrar a cada segundo lo que estaba ocurriendo, escribir que quería, con todo mi corazón, salir pitando de allí.
        La psicóloga me castigó haciéndome esperar unos minutos. El castigo aún era mayor si tenemos en cuenta que la puerta de la consulta en la que conversaba amigablemente permanecía abierta. Una sentada en su silla y la otra de pie con las manos apoyadas en la mesa. Las vagas palabras de sus bocas atravesando el umbral sin consideración alguna. Yo pegada a la silla azul de plástico, amoldándome al asiento como un líquido o un gato dentro de un cuenco de vidrio, con unas tremendas ganas de echarme a llorar.
        Por fin decidió levantarme el castigo y vino a abrir su consulta, que ya estaba cerrada con llave. Entramos en silencio y nos sentamos en nuestros respectivos asientos, una enfrente de la otra, contemplándonos, desafiantes. Aún soy capaz de experimentar el chasco al ver que no había el típico sillón negro que siempre sale en las películas y que lo que tenía que hacer simplemente era sentarme en una silla normal y corriente delante de su escritorio. Aunque sí había en una esquina una mesa baja y redonda rodeada de tres o cuatro sillas infantiles.
        «No me des más citas», fue lo primero que le dije tras unos largos segundos sin hablar. «Para esto no hacía falta que vinieras», fue su categórica respuesta.
        Había un papel colgado en la pared de fuera, al lado de la puerta. El papel, con tinta de impresora, rezaba: «Si no van a acudir a su hora, llamen para anular la cita y así podamos dársela a otros pacientes que la necesiten». Yo no podía simplemente decirle que me sabía mal no haber anulado la cita. Que, más que saberme mal, lo que ocurría era que me daba miedo que me llamara por teléfono para saber por qué no había ido. Que me daba igual que llamara a mi teléfono móvil, ya que lo tenía en silencio y siempre podía ignorar la llamada, que el problema era que llamara al teléfono fijo y contestara mi madre. Que mi madre se enteraría de que había faltado a la consulta y se lo contaría a mi padre. Que siempre podía decirles que se me había olvidado, pero que entonces ellos se quejarían de mi mala memoria, de mi poco sentido de la responsabilidad, de mi falta de respeto. Así que no le dije nada.
        No le dije nada, simplemente me levanté y me fui, aceptando que jamás me curaría, que jamás llegaría sentirme como una persona normal. Después, de camino a casa, contemplé detenidamente el cartoncito que llevaba conmigo siempre que acudía al ambulatorio; un cartoncito que ella misma me había dado el primer día para anotar nuestras próximas citas, más o menos cada dos semanas, para que no me olvidara de ir. Era una especie de Bingo al que todos los pacientes jugábamos: el primero en rellenarlo entero, antes se curaría. Nunca supe quién ganó.

martes, 4 de octubre de 2022

Ejercicio - cómo sabrías decir que estás bien

Si un día, de la noche a la mañana, se solucionaran todos mis problemas y yo me despertara sintiéndome bien conmigo misma, lo notaría porque a la hora de vestirme escogería el vestido más bonito que tuviera y lo combinaría que esos zapatos de tacón ancho que tanto me gustan y casi nunca me pongo. Saldría a la calle sin preguntarme qué piensan de mí los demás; escucharía reír a otras personas sin dar por hecho que se están burlando de mí. Caminaría tranquila, haría un par de fotos, me pararía a mirar los escaparates de las tiendas, acariciaría a algún gato callejero. En el trabajo sería capaz de participar en las conversaciones que mantienen mis compañeras porque el muro de mi garganta se habría derrumbado. Al llegar a casa me daría una ducha. Haría el amor con Xxxxx sin sentir esa parálisis que me dicta que cualquier movimiento que haga, cualquier verbo que deje de pronunciar, puede ser el último. No tendría miedo de volver a quedarme sola. No se me pasaría por la cabeza que merezco quedarme sola.

jueves, 10 de marzo de 2022

[no me da miedo llorar] - texto escrito el 12 de septiembre de 2017 para FB

no me da miedo llorar, no me da miedo mostrar esa cicatriz que me recuerda que no puedo olvidarte, ni la que está en braille, ni la que me duele, al menos una vez al día, no me da miedo desnudarme, mírame, adoro mi cuerpo, para qué querría cubrirlo, no me da miedo admitirlo, sí, a veces quiero morirme, sí, la sonrisa es sincera, sí, las lágrimas también, no, no es mi primera vez, no me da miedo la soledad, ya la he vivido, a veces la ansío, el silencio, las cenas para uno, elegir en qué lado de la cama dormir, elegir en qué lado de la cama dar vueltas durante toda la noche, no me da miedo el silencio, no me da miedo escribir, no me da miedo que todo el mundo lea lo que escribo, sí, vale, lo que tú digas, intento llamar la atención, no me importa, no me da miedo, también estoy escribiendo un libro, pero tú nunca lo leerás, voy por el tercer capítulo, llevo diecisiete páginas en el Word y creo que no voy a saber terminarlo, sí, me duele, claro que me duele, mañana a lo mejor borro todo esto y finjo no haberlo escrito, me siento sola porque casi siempre estoy sola, no pasa nada, así al menos no necesito hablar, no me da miedo que no me crean, si te miento, y seguramente lo haga a menudo, cuando me preguntas por la universidad, el trabajo o mi estado de ánimo, es porque a tu lado tengo miedo, no me da miedo admitirlo, pero tengo que escribirle un diario a la doctora y no puedo. no puedo. no puedo. no puedo.

 

no puedo leer en voz alta.

miércoles, 1 de julio de 2020

Psicoemoción


La reestructuración cognitiva o modificación del pensamiento es un proceso lento y doloroso
Primero tienes que detectar el pensamiento
El bienestar emocional es un estado agradable y utópico que sólo sirve para que sientas que lo estás haciendo mal
[Situación: Escribiendo]
[Pensamiento: El bienestar emocional es un estado agradable y utópico que sólo sirve para que sientas que lo estás haciendo mal]
[Emoción: Lo estoy haciendo mal]
[Conducta: Continúo escribiendo]
La Tríada Capitolina o Santísima Trinidad no sólo se compone de estas tres últimas sino que además sostiene que se van alimentando las unas de las otras
La terapia cognitiva-conductual cree que cambiando tus pensamientos cambiarás también tus emociones y por ende tu conducta
También cree, y esto es lo que duele, que no eres objetiva: ¡rápido, piensa en otra cosa!
Para comprobar si un pensamiento es bueno o malo existe una serie de herramientas
[¿En qué te basas? No, en serio, ¿en qué te basas?: OBJETIVIDAD]
[¿No estás sintiendo de manera un pelííín exagerada?: INTENSIDAD DE LA EMOCIÓN]
[¿De qué te sirve, en realidad, pensar así?: UTILIDAD]
[¿Qué error lógico del pensamiento estás cometiendo?: FORMA DE EXPRESARLO]
Según la tabla-resumen de los pensamientos distorsionados existen un total de diez
Según la tercera psicóloga de cinco a las que he pedido ayuda la primera impresión de absolutamente todas las personas que han acudido a su consulta ha sido la de tenerlos todos
Los tengo todos
Desde la generalización excesiva hasta el razonamiento emocional, pasando por un filtro mental y una descalificación de lo positivo; pero sobre todo soy experta en conclusiones apresuradas
Una vez encontrado y desmenuzado el pensamiento debes aprender a modificarlo
Al principio te costará porque no estás acostumbrada pero poco a poco le irás cogiendo el truco, ya verás que sí
Una vez cogido el truco sentirás que tus emociones son más sanas, que no necesariamente positivas, y por ende tu conducta
El bienestar emocional es un estado de paz y armonía que hace que te sientas a gusto contigo misma y el mundo que te rodea
[Situación: Escribiendo]
[Pensamiento: El bienestar emocional es un estado de paz y armonía que hace que te sientas a gusto contigo misma y el mundo que te rodea]
[Emoción: A gusto conmigo misma y el mundo que me rodea]
[Conducta: Dejo de escribir]

sábado, 30 de noviembre de 2019

Lo que no te cuento cuando voy a tu consulta

A Vanesa

Tengo miedo de mirarme en el espejo
Por si algún día descubro
Una enorme cicatriz

Que atraviesa de norte
A sur mi rostro y lo divide
En dos mitades

Un agujero en el centro
De la cara donde antes
Había un ojo

(El precio
Que tuve que pagar
Para olvidarte)

Un desgarro en este músculo
Vital nido inhabitable
Que ha dejado de latir

Las aguas del mar
Rompiendo entre mis muslos
Y empapando mis piernas

Un charco de sangre
Bajo mis pies
Plagado de huellas diminutas

sábado, 19 de octubre de 2019

TCC

La terapia cognitiva-
conductual
da por hecho
que me paso el día
consciente
de lo que pienso

(Pienso y luego siento)

Pero a veces no es así

A veces estoy triste
sin que una estrella fugaz
recorra el cielo
de mi mente

A veces estoy triste
y no ha ocurrido nada
salvo este continuo
permanecer erguida

A veces ojalá
estuviera muerta
A veces ojalá
no haber nacido
 
A veces ojalá
clavar más hondo
la cuchilla

A veces este pesar
se instala en mi pecho 
simplemente por haberme despertado
No estaba soñando nada
simplemente
no quería abrir los ojos

A veces me atraviesa
mientras veo la tele
A veces aparece
mientras
me masturbo

***

La terapia cognitiva-
conductual
también dice
que mi cuerpo
crea una respuesta
a las emociones

(Que yo actúo de una forma según siento)

Pero a veces no es así

A veces continúo
tumbada en esta cama
A veces continúo
sentada en esta silla
A veces continúo
mirando la película
A veces
continúo
masturbándome

No alzo los brazos
al cielo
No voy al baño a llorar
No te echo de menos
No intento suicidarme

No hago los deberes
No escribo en mi diario
No corrijo este poema
No intento
suicidarme

Estoy triste
simplemente

viernes, 31 de agosto de 2018

breves apuntes sobre una improbable curación



Es evidente que no estás bien. Se nota.

Las palabras no me impactan tanto como deberían.
No es la primera vez que las escucho.

I

Ve al psicólogo para que te confirmen lo que ya sabes. Que no se puede estar tan triste. Que a estas alturas ya deberías haber hecho algo con tu vida. O al menos haber plantado la semilla que en breve brotará. Que hay que relacionarse con los demás seres humanos. Que lo normal es querer vivir. Que estás enferma. Que nadie te puede curar.

II

Intenta explicar qué te pasa. Repite tu problema como el creyente el canto de su rosario. Date cuenta de que no sirve de nada. Llora. Llorar es una de las pocas cosas que no te dan miedo. Sal de la consulta peor de lo que estabas.

III

Rellena el cuestionario que te ofrece y cuestiona en silencio su forma de proceder. Contesta vagamente sus preguntas. La mayoría de ellas ni siquiera debería hacértelas. Están fuera de lugar. Pero no protestes. Finge que su método funciona para poder irte antes a casa.

IV

Invéntate tu propia terapia. Espera a que tu terapeuta te pida exactamente lo que ya te habías pedido tú antes. Satisfaz su deseo y no le digas que vas un paso por delante de ella. Ahora ya sabes que tu propia terapia tampoco funciona.

V

Abandona la terapia. Abandona la terapia y admite el miedo a lo desconocido. Admite que es mejor estar enferma de algo a lo que ya te has habituado que estar sana y volver a tener que acostumbrarte a tu nuevo yo. Huye como haces siempre y escóndete donde nadie pueda encontrarte. Porque de todas formas: ¿qué sentido tiene todo esto? ¿Tienes algún plan para después?

¿Qué harás cuando te vayas?

¿Cuando despiertes y no sea demasiado tarde?

¿Cuando tus manos llenas de sangre sean capaces de volver a abrazar?

¿A dónde irás?

¿Cuando te des cuenta de que la llave siempre ha estado en el otro extremo de la soga donde metías la cabeza?

¿Cuando te desaparezcan las ganas antes de apretar el gatillo por sexta vez?

¿Cuando encuentres el valor de despedirte?

¿Qué harás cuando se te curen las heridas?

¿Te acordarás de mí?