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jueves, 17 de septiembre de 2026

XIX

Me asusté... Me asusté muchísimo... Verlo abalanzarse sobre ella, sin prestar atención a su protesta, ¡su clara negativa, joder! ¡Es que le dijo claramente que se fuera!, ¡que la dejara en paz, joder!, que la dejara en paz...
    Sé que yo ese día no le dije nada a nadie; ni al día siguiente, ni al otro, ni al otro. Sé que me cerré en banda y tardé un montón en contarlo. Bueno... [entre risas] lo conté porque no había más remedio, en realidad. Joder... [Cubre su rostro con las manos y permanece unos segundos en silencio]. Supongo que porque ya no podía más; me estaba... como ahogando, por culpa de mantener el secreto. ¿Saben a lo que me refiero? Una sensación muy rara.
    Sí... Como una especie de nudo o... algo que impide... el paso del aire a los pulmones. No lo sé. No lo sé, no lo sé.
    Lo que intento decir es que, aunque en aquel momento yo decidí callarme, en realidad habría agradecido cualquier tipo de ayuda. Si alguien hubiera entrado por la puerta y me lo hubiera quitado de encima, aún estaría buscando la forma de darle las gracias. Porque habría significado un favor enorme, ¿saben?, un favor que no sé si podría haber logrado compensar.
    No, no, en serio... ¡No estoy exagerando! Ne me regardes pas comme ça ; tu me fais sentir stupide ! [Ríe mirando a su hermana mayor].
    No, en serio: me habría evitado este miedo que me ha acompañado durante estos tres meses; esta sensación de que, vaya donde vaya, haga lo que haga, iba a volver a encontrármelo. Incluso ir a Consum me asustaba... Ya ves tú, comprar tomates lo terrorífico que es... Por eso me lancé directa a por él; no quería que le pasara lo mismo que a mí.
    No pretendía matarlo, pero tampoco puedo decir que me arrepienta: era él o ella.
 

jueves, 3 de septiembre de 2026

XVIII

Me sentía... Me sentía traicionada. Sí. Pero no quería estallar sin darle siquiera una oportunidad de explicarse; qué sé yo... igual se me escapaba algo. Decidí esperar y ver qué tenía que decirme, si es que tenía algo que decirme.
    Dejamos primero a Álex. Ivette insistió; su casa se encontraba más cerca, pero dijo que como había comido un poco ya no tenía tanta prisa. «Luego hablamos», le susurré a Álex al oído mientras nos abrazábamos para despedirnos. Le di un beso y me fui con Ivy.
    Una vez nos quedamos las dos a solas, me cogió fuertemente del brazo y empezó a titubear. «Tía... sabes que a Toni le cayó una y tuvo que ir a septiembre, ¿no?». Asentí: por muy cierto que sea que Toni se ha estado esforzando en aprobar, es innegable que siempre ha sido un pasota. Se ha habituado a ser un pasota. Cuesta mucho cambiar el chip de tu cerebro; lo quiera o no, esta condición asoma de vez en cuando la patita y le hace no concentrarse lo suficiente, con la consecuencia lógica de suspender algún examen o dos. «Lo acompañé, ¿sabes? Nunca había ido y... no sé, me hacía ilusión». Sonreía mucho y muy bien, se notaba que estaba contenta con su novio; pero también la noté un poco triste al decir esto. «Y mientras esperaba a que hiciera el examen, me crucé con Ricardo, el profesor. ¿Te acuerdas del año pasado, cuando estaba tan pendiente de mí? Por que aprobara la asignatura y todo eso». Empecé a entender por qué estaba triste, y además me imaginaba por dónde iban a ir los tiros; pensar en Ivette a solas con el profesor de matemáticas, aunque sólo fuera en medio del pasillo, lugar al que cualquiera puede acceder en cualquier momento, me daba escalofríos. Por supuesto, tenía la esperanza de que la bala se desviara en el último momento; nadie quiere imaginarse lo peor. «Ssíí...». «Ya... Pfff... Es que... tía, no me apetece que sea así. ¡Me da rabia! Prefiero no ir a su clase y que me suspenda». Supongo que no estaba preparada.
    Cuando llegamos a mi portal, la abracé muy fuerte. Le hizo gracia. Intentaba consolarla de alguna forma más bien torpe, ya que no sabía con exactitud sobre qué tenía que consolarla. Sabía que tenía que ver con Ricardo y, probablemente, con el día en que Toni hizo su examen de recuperación; pero no conocía más detalles. ¿Qué le había dicho? ¿Qué le había hecho? ¿Qué le había insinuado? ¿Tenía que ver con ese «Toni x Ivo» mal terminado que había en una de las barandillas del piso de arriba?
    Estuvimos así un par de minutos, cabeza con cabeza; yo rodeándola a ella por la espalda y ella rodeándome a mí por la cintura; su cuello olía ligeramente a frambuesa, como siempre; hasta que ella empezó a despegarse poco a poco de mí, me dio un beso en la mejilla y me sonrió tiernamente. Era su forma de darme las gracias. Su forma de decirme que sabía de sobra que podía confiar en mí, a pesar de no haberse atrevido a hablar en ese momento. Su forma de decirme que se alegraba de tenerme como amiga.
 

jueves, 20 de agosto de 2026

XVII

Tampoco pretendía tirarlo al suelo, ¿saben? ¡Sólo apartarlo de ella! Pero tropezó... Tropezó con la mochila... [Cubre su rostro con la mano]. Madre mía.
    Gracias. [Se suena los mocos y hace ruido]. [Entre risas]. Perdón.
 

jueves, 6 de agosto de 2026

XVI

Sé que no está bien, pero Álex y yo hicimos una pequeña apuesta sobre si Ivette seguiría con Toni o habría cambiado, como ya mandaba la tradición, de objeto de deseo. Durante el verano nosotras habíamos hecho oficial nuestra relación, que era lo que habíamos planeado desde un principio: quedamos prácticamente todos los días, nos vimos con algunas compañeras de clase sin escondernos, hicimos el amor. Ivette, sin embargo, se había ido a Francia dejando aquí a su novio, que no se había ido ninguna parte. Claro está que esto no tiene por qué significar nada; pero, conociéndola como la conocíamos, nos esperábamos cualquier cosa.
    Entramos en cuarto ilusionados. Nuestro último curso obligatorio; después de éste, casi todos continuaremos haciendo bachiller, pero algunos dejarán el instituto para siempre. Creo que ninguno tiene expectativas de ponerse ya a trabajar, así que supongo que se meterán en algún módulo. Digo yo. Bueno, los padres de Juanjo tienen un bar; pero Juanjo sí que quiere seguir estudiando. No sé.
    Los primeros días suelen ser bastante ligeros, igual que los últimos, cuando ya has dado toda la materia y no te queda nada por hacer. Aunque esto por supuesto depende siempre del profesor; algunos, ya desde el primer día, te están explicando la primera declinación latina y otros la primera semana no se molestan ni en abrir el libro. Ninguna de las dos opciones es mejor que la otra, en realidad.
    Empezamos el lunes. Álex y yo entramos cogidas de la mano; Ivette llegó junto a Toni, pero sin entrelazar sus dedos. Más bien ella lo cogía del brazo mientras él caminaba, con aire distraído, con las manos en los bolsillos. Le había crecido mucho el pelo y lo llevaba recogido en una trenza de raíz. Una trenza francesa. Poco después de empezar el curso, volvió a cortárselo, así que ustedes no la han visto con el pelo tres dedos por debajo de los hombros. Se despidió de su chico y vino hacia nosotras al grito de: «¡Lo sabía!». No le dije que lo que yo sabía era que nos había pillado el último día de tercero.
    Ese día no hubo clase de matemáticas, pero sí al martes siguiente. Durante el recreo, Ivy había estado quejándose de que no le apetecía nada dar matemáticas a última hora; que durante el verano se había acostumbrado a comer pronto y a esa hora iba a estar todo el rato crujiéndole la tripa. Más teniendo en cuenta que, al sentarse enfrente del profesor, no tendría oportunidad de comer a escondidas. «Siéntate en última fila», le dijo Álex. «Como si me fuera a dejar...». «Ya... es verdad... Hay que ponerse en orden alfabético». Ivette balbuceó algo que no oí bien porque mientras lo decía miraba a Toni, que se encontraba en la otra punta de las gradas intercambiando saludos con los chicos de nuestra clase. Al final convenimos en sentarnos cada una donde quisiéramos, rompiendo el orden, a ver qué ocurría. Durante la clase de inglés, les dijimos al resto que hicieran lo mismo. Todos estuvieron de acuerdo. O todos a los que se lo dijimos, claro, porque a Richy no le comentamos nada.
    Cuando llegó la hora, Álex y yo nos sentamos juntas en la segunda fila. Dani y Antón hicieron lo propio en la tercera. Ivette se fue al final del todo. Richy se quedó un poco parado, pero se sentó con Juanjo sin protestar. Todos nos sentamos donde quisimos, sacamos lápices y libreta, ya que sabíamos que Ricardo era de los que meten caña desde el primer día, y esperamos. Entonces entró el profesor, echó un rápido vistazo a la clase, permaneció un rato en silencio y al final, mientras se sentaba en su mesa, dijo: «Avisadme cuando estéis sentados en vuestro sitio y empezamos».
    Durante un par de minutos, nadie dijo nada. Ricardo ordenaba sus cosas sin prestarnos atención y nosotros nos echábamos miradas sin saber qué hacer. Estaba claro que quería que nos sentáramos por orden alfabético, pero por qué. La tensión acabó haciéndose palpable y alguien se levantó, cruzó la clase, le dijo a otro alguien que se levantara de su sitio y se sentó en su lugar. Volvimos todos al redil.
    Cuando hubimos ocupado nuestra silla correspondiente, eché yo un rápido vistazo al aula. Tenía a Richy a mi derecha refunfuñando algo sobre que tendríamos que habernos sentado bien desde un principio. Antón intentaba llamar la atención de Dani, a la otra punta de la clase, moviendo los brazos por encima de su cabeza. Alba charlaba animosamente con Juanjo, riéndose, seguramente, de la situación. Álex colocaba sus cosas de nuevo en su mesa, meticulosamente, bien ordenaditas. Lucas buscaba su chaqueta, que estaba donde se había sentado anteriormente, lugar ocupado ahora por Cristina, que no sabía de quién era la chaqueta que descansaba a su espalda. Sara se recogía el pelo enfrente del profesor, que tenía los ojos puestos en la silla vacía de Ivy.
    Miré hacia atrás y no la vi por ningún lado. De hecho, pensé, no la había visto siquiera entrar en clase. Al no verla sentada delante de mí, había dado por supuesto que se había colocado ya por el final, pero en realidad no la había visto ni llegar. La había perdido de vista a la salida de inglés, cuando me había dicho que se iba un momento al baño. «Alex... ¿no se encontraba Ivette hoy contigo? En la hora del recreo». «S-sí, sí que estaba conmigo». Su breve balbuceo hizo gracia a Ricardo. Yo estuve a punto de intervenir, pero él prosiguió sin darme tiempo: «¿Y dónde está ahora?». «No lo sé». «¿No lo sabes?». «N-no...». «Ivette no nos ha dicho nada», alcé la voz al tiempo que mi mano para que no me acusara de no pedir turno de palabra. Ricardo me miró desafiante, abrió y cerró la boca pensando, seguramente, en si reprochar o no mi comportamiento, y acabó diciendo: «Ya veo». Así que empezamos la clase con más de veinte minutos de retraso.
    A la salida le pregunté a Álex si sabía algo de Ivy y me dijo que no. Vimos de casualidad a Toni y corrimos a su lado; tampoco sabía dónde estaba, así que nos despedimos de él y nos fuimos. Ya en la calle, nada más girar la esquina, la vimos sentada en el respaldo de uno de los bancos que rodean el instituto, con la mochila a sus pies y el móvil entre las manos. Levantó la cabeza y nos vio acercarnos a ella. «Me iba a ir a casa, pero me he quedado a esperar a Toni. ¿Qué tal la clase de mates? ¿Os habéis sentado donde queríais?». «Qué va; nos ha hecho sentarnos por orden». «Y ha preguntado por ti». Esperaba que me contara por qué se había ido sin necesidad de preguntarle, pero no lo hizo. Actuaba como si saltar la valla sin decirnos nada fuera algo normal, cuando al menos a mí siempre me había dicho lo que iba a hacer. Álex fue más indulgente. «¿Has comido algo?». «Una chocolatina. Mira, ahí está. ¡Toni!». «¿Qué me han dicho, que te has pelado la clase?». Ivette se rió, me miró y contestó a Toni al tiempo que le subía la cremallera de la chaqueta hasta casi arriba del todo y luego la bajaba. «Bueeeno... Es que no me apetecía estar todo el rato viéndole el careto. ¿Hacia dónde vas ahora?». Estuvieron un rato charlando mientras Álex y yo esperábamos sentadas en el banco. Le daba vueltas a por qué, después de tanta historia con lo de intentar sentarnos donde quisiéramos, se había largado sin decirnos adiós. Vino con nosotras y nos fuimos; Toni partió en la otra dirección.
 

jueves, 23 de julio de 2026

XV

A ver, no soy tonta... Sé que Toni no tenía intención de salir conmigo en serio. Sé que él sólo quería follar; pero, a pesar de no conseguirlo, seguía intentándolo. Se lo dije; y él me dijo que sí, que tenía razón, pero era evidente que había algo más. [Entre risas]. ¿Cómo va a ser sólo sexo si no hay sexo? Así que un poco antes de Fallas decidimos empezar a salir. Y al poco conseguimos acostarnos.
    Tampoco es que decidiéramos empezar a salir... Es algo que surgió de manera espontánea, como si hubiera sido evidente que íbamos a acabar así. Cada día nos acercábamos más el uno a la otra; no es que nos escondiéramos ni nada por el estilo...  Nosotros no pretendíamos ocultar que hubiera algo entre nosotros; ¡no como Álex y Hadiya! [Ríe].
    Perdón, es que me he acordado de algo buenísimo. [Ríe]. O sea... Tú las ves ahí a las dos en plan superparaditas, pero ¡me acuerdo de una vez! Creo que fue en fin de curso... ¿Fue en fin de curso? ¡Sí! Típico día en el que no hay clase, estamos todos en el patio haciendo actividades, pasando de todo... ¡Algunos ni se molestan en venir! Hay exposiciones para los padres... No sé, movidas que se hacen en el instituto; en el nuestro al menos. Íbamos Toni y yo buscando un aula vacía en la que poder enrollarnos, ¿vale? Fuimos al piso de arriba porque nos pareció más seguro, ya que casi todo el mundo estaba fuera en el patio. Entramos creo que en la de latín. ¡Sí, la de latín! Y... [Ríe]. Lo siento, de verdad. Es que abrí la puerta y... [Llora de la risa].
    Sí, sí, me sereno. Ay... Lo digo rápido que si no no puedo: abrí la puerta y pillé a Hadi con la cabeza metida debajo de la falda de Álex ¡chupándole la polla!
    [Entre risas]. Tía, deberías haber visto la cara de la pobre Álex... Una mezcla entre estar a punto de correrse y cagarse de miedo. [Ríe]. Ay...
    Pero no dije nada, eh. Incluso le pedí a Toni que nos fuéramos, sin dejar que se asomara a mirar. Claro, el pobre chico me preguntó que qué pasaba y le dije: «Nada, nada. Vámonos». Se quedó muy desconcertado, pero es que tampoco era plan de dejarlas al descubierto en esa situación, ¿saben? Una cosa es que me ría, porque de verdad que fue buenísimo, y otra cosa que vaya largándolo por ahí... ¡Para que luego digan que no soy una buena amiga!
    Al final Toni y yo nos metimos en el lavabo de chicas; es lo más cómodo.
    El caso es que la Nit del Foc fuimos juntos a ver el castillo. Subí fotos con él a Instagram; los de clase ya se imaginaban que estábamos liados y los pocos que aún no se habían enterado lo hicieron en ese momento. Luego fuimos a La Cremà con algunos de ellos y acabó por confirmarse nuestra relación.
    El de matemáticas me pilló manía. O eso pensé yo la primera vez que me quitó el teléfono en clase. Hacía tiempo que ningún profesor lo hacía; durante todo tercero no había dado motivos para ello. Seguía recibiendo mensajes de Lucas, pero, en cuanto veía que era él, ni me molestaba en leerlos. Al final decidí bloquearlo, claro, era muy cansino. Pero un día, ya en el tercer trimestre y ya consolidada nuestra relación, se me ocurrió enviarle un mensaje a Toni. Sabía que estaba en el aula de enfrente dando inglés y que no iba a contestar al WhatsApp, pero me pareció divertido enviarle alguna cosilla. Ricardo me miró fijamente y me echó la bronca. «¿Te aburres, Ivette?», me soltó bruscamente, y yo le dije que no y que lo sentía. Era la primera vez que me hablaba en ese tono. Me pidió el teléfono, se lo di y no me lo devolvió hasta terminar la clase.
    En esos tres últimos meses de tercero, esto se convirtió en una costumbre. Decía que estaba muy decepcionado conmigo, que en lugar de estudiar me pasaba el día pensando en chicos. Que cuando quería, podía, pero que mi preciosa cabecita, que era como él la llamaba mientras me ponía el pelo detrás de las orejas y me apretaba la barbilla con los dedos, no parecía entenderlo. Me buscaba en el patio para decirme qué había hecho mal en los ejercicios de ese día, yo le preguntaba si no había otro momento para hablar de ello, él miraba a Toni y me decía que un repetidor no era buena influencia para mí. Me empezó a dar mucho asco, pero no se lo comenté a nadie. Decidí volver a copiar en sus exámenes; si empezaba a sacar buenas notas, igual dejaba de darme la vara.
 

jueves, 9 de julio de 2026

XIV

Por primera vez en mi vida tenía novia; una novia dulce, atenta, cariñosa, buena estudiante y que me hacía reír. No cabía en mí de gozo, pero tampoco lo entendía. Es decir, Álex siempre me había gustado, por supuesto, sólo que no en ese sentido. Sus cabellos estilo Ariel siempre me habían parecido preciosos. Esos vestidos tan bonitos que su padre diseñaba para ella eran, en realidad, la envidia de todas las chicas; incluso de Ivette, por mucho que insistiera en negarlo. Yo al menos sentía envidia. Envidia sana, eso sí; sobre todo cuando de pequeña mis padres me cortaban el pelo porque les costaba desenredar estos cabellos tan rizados que tengo.
    Sí, sí, ja ho se... Per a vosatros era més còmode i jo ho entenc. No passa res.
    Ahora todo era diferente; acababa de nacer en mí un sentimiento que no conocía. Dudaba incluso de haber amado a Ivette. Porque era amor, ¿verdad?, lo que sentía por Álex. Lo que siento por Álex... Ahora ya no tengo dudas, pero al principio era todo muy extraño.
    Empezamos llevándolo en secreto. Aunque habían dejado de meterse con ella, seguía teniendo miedo; sobre todo ahora que Toni había vuelto. Pero había vuelto muy cambiado; venía todos los días a clase y no se metía con nadie. Algunos chicos seguían llevándole la corriente, pero tampoco había ninguna corriente que llevar. No hacía nada, no hablaba de nada salvo cuando le preguntaban, no insultaba a ningún profesor, no se liaba ningún cigarro en las escaleras, no se encendía ningún porro detrás del pilar de la clase de inglés. Admito que era algo inusual, así que, bien pensado, supongo que no era de extrañar que hubiera personas mostrándose escépticas frente al cambio; Álex era una de esas personas.
    Sin embargo, no fuimos las únicas que se juntaron aquella noche. Estoy segura de que Clara y Alberto, tan pegados como habían estado en la terraza, acabaron, como mínimo, besándose en algún escondido rincón de la ciudad. O al menos eso espero, porque se les veía muy bien a los dos, muy en su salsa, mientras bailaban. Luego nunca se les ha visto juntos, pero no significa nada: pudo haber sido un rollo de una noche y ya está. No lo que, sorprendentemente, acabó siendo el lío de Toni e Ivette.
    «Me he tirado a Toni». «WHAT?», creo que, de nuevo, alcé demasiado mi tono de voz. «Sí, tía, el viernes. Su madre trabajaba hasta las ocho y tenía la casa libre». Álex, que también estaba con nosotras ese día en la hora del recreo, le preguntó si no seguía con Lucas. «Qué va. Es un pesado de mierda. Aún me sigue escribiendo a veces; y eso que le he dejado claro que se ha terminado, pero bueno. Toni dice que, como me siga mareando, lo encontrará y le partirá las piernas. Es más mono...». Ivette hablaba de él como el año anterior había hablado de Lucas, que ahora era el pesado de mierda, y el año anterior había hablado de Richy, que ahora... bueno, ahora era Richy. Le brillaba el rostro, sonreía muy tiernamente, estaba encantada. Me alegraba por ella, por supuesto, pero me sentía desconcertada. «Y ¿cómo es que te has acostado con Toni? ¿Te gusta?». No me contestó.
    Después, antes de irse a la fuente, nos preguntó si por fin estábamos saliendo. Me sentí fatal porque no le había dicho a Álex que, nada más salir de su patio, le había mandado un mensaje a Ivy contándole lo de nuestro beso; pero no pareció sentarle mal. De hecho, nos sirvió de empujón para sacar el tema, ya que ninguna lo había hecho hasta la fecha, salvo la brevísima conversación acerca de si recordábamos algo de la noche de Halloween.
    De modo que Ivette pasó de responder a los mensajes de Lu, que a saber dónde se encontraba, a responder a los de Toni, que podía estar a quinientos metros o en el aula de al lado. A efectos prácticos puede parecer que no hubo ninguna diferencia, pero sí la hubo: Toni apenas miraba el teléfono en clase. Guardaba silencio, copiaba los ejercicios de la pizarra, trataba de esforzarse en serio por aprobar; así que Ivette, igual de pendiente que el año anterior de la vibración en su bolsillo, miraba menos la pantalla. Y lo curioso de esto es que, a pesar de que Ivette miraba la pantalla del móvil menos que el año anterior, el profesor de matemáticas se lo confiscaba más a menudo. Parecía estar más pendiente de ella en ese sentido; ya no sólo la sacaba a la pizarra para mirarle el culo, sino que también la observaba de reojo cuando había otro alumno tiza en mano haciendo el ejercicio. Estaba siempre al acecho, como un depredador observando atentamente a su presa, sopesando el mejor momento para saltar sobre ella.
    En cuanto la veía sacando su teléfono móvil, aunque fuera sólo para mirar la hora, se lo quitaba y no se lo devolvía hasta que terminaba la clase, momento en el que aprovechaba para tener una breve charla con ella. «Qué pesado de mierda», se quejaba Ivy a la salida, pero no era la única. También a Toni le mosqueaba el hecho de que, cuando se acercaba a hablar con ella entre clases, para saludarla, para darle un beso, para preguntarle qué tal el examen, apareciera el profesor y los mandara a cada uno a su clase. Se quejaba porque siempre era el mismo profesor; siempre era Ricardo el que estaba pendiente. Una vez incluso, en el patio, estando en hora de recreo, Ricardo separó a Ivette de Toni para hablar con ella sobre un ejercicio que había hecho especialmente mal en el último examen. «¿No hay otro momento para hablar de esto? ¿Tiene que ser ahora?»; fue la primera vez en mucho tiempo que veíamos a Toni encararse a un profesor. Ricardo lo amenazó con ponerle un parte, Toni lo invitó a comerle la polla e Ivette, asustada por si al final le ponían un parte a su novio y lo que esto podría suponer para su historial académico, intentó poner paz yéndose con el profesor de matemáticas a hablar del examen que tan mal había hecho. Toni no se quedó nada contento.
 

jueves, 25 de junio de 2026

XIII

Fue muy divertido porque, veréis, yo sabía que Toni fumaba. O sea, se pinchaba, ¿cómo no iba a fumar?, vamos... Entonces me acerqué a él tan borracha como estaba y le dije: «¿Me das uno?». Así que él, con esa sonrisilla de seductor que tiene, saca la cajetilla del bolsillo izquierdo de su pantalón y me da UN CHICLE. O sea... ¡un puto chicle! [Ríe]. Y yo: «A ver, un chicle no; ¡un cigarrillo!». Y va y me suelta que ya no fuma. ¡Ja! Ni de coña. Me empecé a reír en su cara y dice: «Si no lo quieres tú, me lo como yo», y ¡se lo mete en la boca! Y no se lo pierdan: guarda el envoltorio dentro del paquete para tirarlo más tarde a la papelera. Yo seguía riéndome. Apoyé mi frente en su hombro mientras me descojonaba y él siguió a su bola haciendo pompas y fingiendo que yo no estaba ahí; así que le acepté uno.
    Al día siguiente, en la hora del recreo, Toni se me acerca como quien no quiere la cosa, se sienta a mi lado en las gradas, junta su rodilla con la mía, yo me río, él se me queda mirando muy seriamente y dice: «¿Quieres un chicle?». [Lanza una breve carcajada que termina en suspiro].
    Y que conste que se portó como un auténtico caballero esa noche, ¿eh? De verdad. Después de que nos pillaran en la terraza, él y yo bajamos juntos y nos escabullimos por una calle bastante solitaria. Yo no sabía a dónde me estaba llevando hasta que reconocí su portal; subimos a su casa y pasamos al comedor. Se quitó los zapatos y me dijo que yo podía hacer lo mismo si quería; me quité los tacones y dejé mi sombrero de bruja en la mesa. Fue a la cocina y trajo dos vasos llenos de agua; me dio uno y me lo bebí. [Entre risas]. No tenía ni idea de lo sedienta que estaba hasta que me lo terminé.
    Le pregunté por su madre y me dijo que esa semana curraba de noches. Se sentó en el sofá, muy pegado a mí. Me abrazó. Sentí un cosquilleo recorriendo mi cuerpo. Nos besamos; suave, dulcemente. El cosquilleo se me concentró en una parte muy íntima; tanto que automáticamente me coloqué encima de él y empecé a hacer movimientos adelante y atrás rozando mi vulva con su entrepierna. Los besos subieron de nivel; nos quitamos las camisetas, los pantalones, el tutú; nuestros dientes chocaron sin que eso afectara a nuestra forma de besar. Y se hizo superreal.
    Yo le dije a Hadi que me había acostado con él, pero... [niega con la cabeza]. A ver... Él me susurró al oído: «Vamos a la cama», me cogió en volandas y me llevó hasta el dormitorio de su madre. Yo me asusté un poco, nunca lo había hecho; se lo dije, y me dijo que no pasaba nada. Se quitó los calzoncillos, me quitó las bragas junto con las medias, que, por cierto, yo creía que me las iba a romper y no: las quitó perfectas. Dijo: «Espera» y salió corriendo de la habitación. Yo aproveché para quitarme el sujetador y llegó él con un condón. Se colocó encima mío [sic], me besó y empezó a tocarme el clítoris con una mano mientras con la otra se masajeaba la polla.
    Entonces se puso el condón y empezó a metérmela.
    Dios... No tienen NI IDEA del sufrimiento. En serio, ¡qué dolor!
    ¡No te rías! Lo pasé fatal... Le pedí que parara en seguida. Bueno, le grité. Me preguntó asustado qué ocurría y dejó de metérmela. [Entre risas]. Pobrecillo, qué cara puso. Le dije que lo sentía, que no sabía por qué me pasaba eso, pero que me dolía muchísimo y que lo sentía. Me dijo que no pasaba nada y que probaríamos otra cosa. Me puse yo encima para ver qué tal, pero me hacía el mismo daño. Hundí mi cara entre las manos y me eché a llorar. [Entre risas]. Iba cieguísima.
    No, en serio, quería desaparecer en ese mismo instante. Jamás pensé que me ocurriría algo así con un chico. Me ofrecí a chupársela, pero me dijo que no hacía falta. Respiramos hondo, me relajé un poco, lo probamos en un par de posturas más y desistimos. Me sentía muy avergonzada; pero él no paraba de repetir que no tenía de qué preocuparme, que era normal, que no era la primera chica a la que le ocurría y que ya encontraríamos una solución. Me abracé a él y estuvimos así largo raro. Luego, creo que sobre las tres, nos levantamos, nos vestimos y me acompañó a casa.
    Al lunes siguiente, mientras competíamos por ver quién hacía la pompa de chicle más grande, me dijo que había dejado las drogas. Le recordé entre risas que, por si se le había olvidado, el alcohol era una droga. «No bebí nada», fue su respuesta, y la verdad es que no recordaba haberlo visto beber en ningún momento.
    Y no sé... Empezamos a vernos de vez en cuando, pero sin acostarnos. Aunque al final lo conseguimos, [entre risas] a base de insistir. Y alguna que otra ayudita, ya saben... Lubricante y paciencia; muuucha paciencia. El dolor, aunque poco a poco, siempre desaparece; parecido a cuando me masturbo.
    Lo gracioso es que ahora follamos un montón. Y, entre tú y yo, casi siempre soy yo la que lleva la voz cantante. [Guiña un ojo a un servidor].
 

jueves, 11 de junio de 2026

XII

Tampoco le duró mucho este nuevo enamoramiento. O no le duró más que el anterior. Lo supimos gracias a la fiesta de Halloween.
    A mí no me hacía mucha gracia lo del botellón y apenas bebí. Bueno, apenas iba a beber, porque al final sí que bebí bastante... Tampoco me gustaba mucho la idea de disfrazarnos, pero como Hadi se iba a disfrazar... Bueno, al final le pedí una camiseta vieja a mi padre y la rompí como si fuera una muerta o algo de eso. Además, como me venía larga la podía usar de vestido. Aunque debajo me puse unos pantaloncitos para no pasar mucho frío. Antes solía ponerme siempre unos debajo de las faldas y los vestidos; no sé, para reforzar...
    Hadi se curró un montón su disfraz. Iba preciosa. Se pintó toda la cara gris y verde, como si su piel estuviera podrida, y se dibujó unas cicatrices muy bien hechas por todo el cuerpo. Como una brecha en la frente y arañazos en los brazos; ese tipo de cosas. Y ¡su camiseta desgarrada estaba mil veces mejor que la mía! En serio, iba muy bien disfrazada; la mejor de toda la fiesta.
    La noche empezó siendo tranquilita, pero se descontroló en seguida. Había luna llena y el cielo estaba prácticamente despejado; parecía aposta para nuestra quedada. Nadie se metió conmigo y más de uno me felicitó por el disfraz, o sea que guay. Al menos al principio, claro, antes de que Richy... Pfff... [Cubre su rostro con las manos].
    Sí, perdona... Es que... Esto no se lo he contado a nadie, ¿vale? Ni siquiera a Hadi...
    A ver, estábamos en la terraza, cada uno a su bola. Hacía un rato que me había terminado mi cubata y fui a ponerme algo de beber. Entonces él aprovechó que estaba sola para acercarse a mí.
    Sí, sí: Richy. Y, sinceramente, yo creía que había dejado de fijarse en mí porque ya no me molestaba tanto en clase; pero a lo mejor el alcohol hizo... hizo que afloraran esos viejos sentimientos. ¡Qué sé yo!
    Pues no sé... Es que se me acercó por detrás y al girarme me asustó y di un respingo, ¿vale?; ¡no esperaba encontrármelo tan de cerca! Entonces... Entonces estiró el brazo para cogerme. Para cogerme... ya saben... el... pene; es que no sé cómo llamarlo. Y mientras me tenía cogida, me suelta: «¿Crees que tu polla cabrá en mi boca?» [intenta imitar la voz de Richy]; así que yo le di un manotazo y le dije que se fuera a la mierda. Y, cuando me estaba alejando de él mientras agarraba fuertemente mi vaso con ambas manos como si de verdad fuera a sujetarme en caso de caída, dijo algo más acerca de mi culo. No lo oí muy bien, pero separé todo lo que pude la camiseta de mi cuerpo para que no me lo mirara. Luego me pegué a la única persona que sabía que me defendería a muerte e intenté no hacer caso a Richy.
    Al cabo de un rato, Hadi dijo que se había colado un señor en la fiesta, o algo así. No sabía a qué se refería. Se rieron de lo bebida que estaba y a los pocos segundos nos fuimos dando cuenta todos de que también veíamos a ese señor; que no eran imaginaciones suyas. Salimos corriendo; yo intenté no perder a Hadi de vista. Estuvimos un rato por la calle, cogidas del brazo. Acompañamos a Isa... y a Elena, creo, a su casa y luego ella me acompañó a la mía.
    Ver a Hadi en mi portal me derritió el corazón. Sólo quería estar con ella, que no se fuera, mirarla durante horas. Ahí me di cuenta de que iba bastante borracha y supongo que por eso me envalentoné. Pensé: «Ahora o nunca» y la besé. Pero sólo fue un pico, un beso sin importancia, manos lejos de su cuerpo; lo juro, ni la toqué. Hubo un silencio larguísimo, o eso me pareció. Ya creía que lo había fastidiado todo cuando de repente me besó ella a mí. Y después nos besamos las dos a la vez hasta que bajó mi vecina a tirar la basura y lo dejamos.
    Al lunes siguiente intenté evitarla del mismo modo en que Richy parecía intentar evitarme a mí. En la hora del patio vino a pedirme perdón por portarse como un cerdo. Bueno, literalmente dijo: «Perdón si te molestó». Si me molesto... Le dije que vale y que por favor me dejara en paz; tenía otras cosas en las que pensar. No sabía si Hadi recordaba algo de lo que pasó en mi portal y, por tanto, tampoco sabía cómo volver a hablar con ella, qué tenía que decirle, si quería seguir siendo o no mi amiga.
    A finales de esa misma semana, Hadi se me acercó a la salida y me preguntó si había sido yo la que escribió, cuando estábamos en primero, su nombre en la barandilla. Yo intenté hacerme la tonta porque de verdad confiaba en que no se acordara de nuestro beso, pero no coló; así que me dijo que qué lástima que la otra noche se encendieran las luces y se alejó por el puente. Esa misma noche le envié un WhatsApp diciéndole que sí había sido yo y ella me respondió que, de haberlo sabido, no se habría enfadado tanto con su admiradora misteriosa. Luego le hice la temida pregunta de: «¿Te acuerdas de todo lo que pasó el viernes?» y ella me dijo que sí, que se acordaba de nuestro beso; besos, en plural; y que le habían gustado mucho.
    Supongo que, si yo fuera un poquito más valiente, le habría dicho lo que sentía y punto. Pero no. A la semana siguiente, yo seguía teniendo mucha vergüenza de verla; ya no por haberla besado y que tal vez no se acordara, sino porque ahora sabía que se acordaba. No es que la evitara, pero... tampoco sabía qué decirle, ¿saben? Evitaba sacar el tema. Porque, sí, se acordaba de nuestro beso, pero no sabía si le había parecido bien que la besara o no. No me lo había dejado claro. Que se acordara de todo no quería decir que lo aprobara; ella aquella noche había bebido bastante... A lo mejor sólo había sido un beso tonto en una noche de borrachera. Y como ella tampoco sacaba el tema...
    Por suerte teníamos una amiga bocazas que, no saben lo mucho que me duele admitirlo, en ciertas ocasiones, viene muy bien.
    Ivette, claro, se sentó con aire distraído a nuestro lado y lanzó la bomba que rompería el silencio tan incómodo que nos tenía atrapadas: «Me he tirado a Toni». A la pobre Hadi casi le da un ataque, pero es que, cuando menos te lo esperas, ¡Ivy cambia de novio! «Creía que seguías con ese tal Lucas», le dije, y ella dijo que no, que era un pesado de mierda y que habían cortado. Aunque él seguía escribiéndole... Después Hadi le preguntó si le gustaba Toni. Era la que más alucinaba de las dos; bueno, y a la que más le importaba, porque como siempre han sido tan amigas... Y ahora que me acuerdo, sí que me suena haberlos visto a los dos muy juntitos en la terraza, la noche de Halloween... No sé cómo habría empezado la cosa, pero yo los había viso muy bien... Recuerdo hasta que sentí un poco de envidia porque Hadi no me estaba prestando tanta atención como Ivette a Toni... Aunque tampoco es que me estuviera ignorando, claro. Y luego sí que nos besamos... Da igual.
    Ivette no nos dio muchos detalles. Más bien vagueó un poco a la hora de responder a nuestras preguntas; soltando pedacitos de esa noche, como si no estuviera muy segura de contárnoslo, mirando a su alrededor, tal vez buscando a su chico... O decía la verdad y le daba vergüenza, o se lo estaba inventando. Pero sí que estuvieron muy juntitos, así que supuse que era cierto.
    Cuando se hartó de contarnos su vida, cosa rara, pero bueno, se levantó del banco y nos soltó: «Y ¿vosotras qué? ¿Estáis juntas?». Hadi y yo nos pusimos superrojas y balbuceamos una especie de respuesta. Ivette se echó a reír y se fue, dejándonos a las dos solas y sin más remedio que hablar del tema.
    Decidimos tomárnoslo con calma, salir en secreto; no por ella, sino por mí. A mí me daba mucha vergüenza; era algo nuevo, habría sido motivo de burla; no quería que los demás se metieran con Hadi. Ella decía que no le importaba, que no sabía por qué, pero que yo le gustaba mucho. Sentía algo muy fuerte por mí que hasta hacía poco desconocía. «Como si una supernova acabara de morir en mi pecho», me dijo. Pero yo tenía miedo. Aunque sí que se lo dije en seguida a mis padres... [Sonríe mirando a su padre]. Estaba muy feliz. Y Hadi tampoco tardó mucho en contárselo a los suyos.
    Mi idea era sobrevivir a tercero y ya en cuarto entrar como pareja; dejar pasar el verano. Tal vez alguien nos viera en julio cogidas de la mano y fuera escampando el rumor; así en septiembre, cuando volvieran a vernos las caras, ya no sería una novedad. Y por poco lo conseguimos; pero ¡por muy poco! Lo que pasa es que Ivy nos pilló... Pfff... [Cubre su rostro con las manos]. Qué vergüenza pasé, en serio... Hadi no se dio cuenta en ese momento; se lo conté más tarde. Y menos mal que era el día de la fiesta de fin de curso y no había mucha gente a la que pudiera contárselo... Pero no vean cómo jode que fuera ella, precisamente ella, la que nos pillara; después de haberle insistido tantas veces, durante todo el curso, que no estábamos saliendo...
 

jueves, 28 de mayo de 2026

XI

El tercer curso nos sorprendió con un Toni con el pelo corto y sin un cigarro en la oreja entrando por la puerta; por la puerta del instituto, claro, porque venía para cursar otra vez primero. Dudábamos entre acercarnos o no para hablar con él, pero al final fue él mismo quien vino a saludar. Nos dimos la mano, besos, abrazos. Le dimos una especie de pésame, sin saber muy bien qué decir y qué no; nos dio las gracias. Nos dijo que venía para hacer primero, a ver qué tal, que iba a empezar a tomárselo en serio. Le preguntamos por su madre; nos dijo que bien. Le dijimos que creíamos que se había cambiado de instituto; nos dijo que no, que su madre había entrado en una profunda depresión por la muerte de su hermano y habían decidido irse al pueblo en el que ella había nacido, para estar con sus padres, los abuelos de Toni, pero que ya estaba mucho mejor, que se había recuperado bastante y no estaba tan enferma.
    Toni ahora tenía tres años más que sus compañeros de clase. Si no me equivoco, le dejaron quedarse porque no llegaba a los dieciséis. Creo que, si hubiera tenido un año más, habría tenido que pasar directamente a la escuela de adultos. O algo así. Pero por su situación, la dirección del instituto, o quien sea, de nuevo, que se encargue de esas cosas, le permitió quedarse siempre y cuando no repitiera ningún curso a partir de ese momento.
    Al ser tan mayor en comparación con los de su clase, salía solo al patio. Nosotros ya no nos dividíamos chicas por un lado y chicos por otro, ahora hacíamos grupos mixtos; y mi grupo, por llamarlo de alguna manera, solía ir a hacerle compañía. En parte por eso decidimos hacer nuestro primer botellón.
    El treinta y uno de octubre, decidimos quedar toda la clase para celebrar la fiesta de Halloween. La idea la tuvimos un par de semanas antes. Ya no había tantos roces entre nosotros, lo digo sobre todo por la pobre Álex, y era hora de empezar a salir por la noche. Algunos ya lo hacían y a otros sus padres no les dejaron quedar, pero para la mayoría de nosotros ésa fue nuestra primera vez.
    Algunos chicos tuvieron la idea de invitar a Toni, por eso de que no se sintiera marginado, pero sobre todo porque Toni sabía cómo y dónde comprar alcohol. Pusimos cinco euros cada uno porque nos pareció una buena cifra. Éramos como mínimo veinte, así que hagan ustedes las cuentas: los vasos y los hielos no nos costaron apenas, y sólo compramos dos coca-colas y dos fantas de limón; el resto lo gastamos en bebidas alcohólicas. El par de euros o así que sobró lo gastamos en chucherías. A Toni decidimos invitarlo por haber tenido que ir a comprar.
    Para que nadie tuviera que responsabilizarse solo de todo, decidimos guardar el alcohol en diferentes casas. No en todas, claro, porque no todos teníamos dónde esconderlas, pero en total hicimos cinco o seis reparticiones. Además, así después sería más fácil transportarlo al lugar de encuentro. Ya saben, por el peso.
    No, jo en casa no guardí res.
    Empezamos el botellón en la terraza de Jaime. Dejamos todo el alcohol en el suelo, sobre una toalla que imagino subiría Jaime, y nos fuimos sirviendo. Los vasos no estaban justos, pero escatimaban un poco, así que había que guardarlos para repetir.
    El motivo de beber en la terraza era, primero, evitar que nos pillara la policía o alguien que nos conociera y pudiera chivarse a nuestros padres o a otro alguien que pudiera chivarse a nuestros padres. Después, la finca de Jaime estaba un poco deshabitada; sin ir más lejos, en el último piso había dos casas vacías. Al principio decidimos colocarnos encima de dichos pisos, para molestar lo menos posible y que no nos oyeran los vecinos, pero poco a poco el alcohol hizo que nos diera un poco igual el ruido y nos fuimos desperdigando como gotas salidas de un aspersor. Por último, esa terraza tenía, bueno, tiene unas vistas preciosas.
    Ivette y yo fuimos juntas al punto de encuentro. Ella podría haber guardado perfectamente algunas botellas en su casa, pero se las arregló para no tener que hacerlo; no le apetecía nada tener que cargar peso. La verdad es que iba guapísima. Decidimos que, ya que era Halloween, podríamos disfrazarnos. No todos se disfrazaron. Las chicas sí, todas; pero algunos chicos llevaban la misma ropa con la que habían ido esa mañana al instituto. Eran unos sosos.
    Ivette, ya les digo, muy guapa. Llevaba un vestido negro ceñido al cuerpo por arriba y acabado por debajo con una falda tipo tutú; unas medias de rayas horizontales negras y rojas, semitransparentes, que recordaban a las piernas de una bruja de dibujos animados; unos zapatos de tacón negros, creo que de charol o algún material igualmente brillante; y el típico sombrero puntiagudo de ala ancha y redondeada que no dejaba de toquetear coquetamente con las manos. Iba maquillada con los ojos principalmente negros y unos labios rojos impresionantes. Álex iba mucho más sencilla; había desgarrado una vieja camiseta y la había manchado con sangre falsa, que había usado también para mancharse un poco la cara. Yo me disfracé del típico zombi.
    Bebimos bastante en esa terraza; tanto que ni nos dimos cuenta de lo alta que teníamos la música. Yo veía a todo nuestro grupito que era la clase de tercero A repartido en trocitos por toda la superficie. Jaime, Roberto, Dani y Antón hablando en una esquina. Lucía, Jesús y Elena admirando las vistas. Clara y Alberto bailando un ritmo totalmente distinto al que salía del pequeño altavoz portátil de Lucas. Ivette riendo con Toni. El pesado de Richy mirando a Álex. Álex sentada a mi lado. Un señor mayor parado en el centro dando voces.
    Todo está un poco borroso y no me acuerdo de lo que hacía cada uno de mis compañeros de clase, pero sí de que fui la primera en ver al hombre y que cuando avisé al resto la reacción general fue la de decirme que iba muy pedo. Tampoco voy a culpar sólo al alcohol, por supuesto: todo estaba muy oscuro, era normal no verlo a la primera. E incluso verlo no era señal de reconocerlo; yo tardé unos minutos en comprender lo que estaba ocurriendo. Pero insistí. Insistí en que había alguien ahí. Y ya en cuanto los demás se dieron cuenta de que no me lo estaba imaginando, salimos corriendo por la puerta metálica. Algunos incluso se arriesgaron a pararse a coger alguna botella de alcohol, ya que habían puesto el dinero, pero yo pasé de eso.
    Ya en la calle terminamos de separarnos. Fue todo un caos porque cada uno corrió en una dirección sin mirar atrás. No sé qué sería del resto, sólo sé que yo me quedé con Isa, Jaime y Álex.
    Jaime era uno de los que habían arriesgado la vida por una botella de vodka sabor piruleta, que además estaba bastante llena, así que nos sentamos en un banco solitario y nos la bebimos a morro entre los cuatro. Después seguimos paseando por la calle dando eses y escondiéndonos de la policía como si de verdad nos estuvieran buscando. Riendo y cayendo al suelo como fichas de dominó. Un cuadro. Giramos una esquina y nos encontramos con Richy, Elena y Antón, que sorprendentemente había perdido a su amigo del alma. Estuvimos un rato juntos y al final hicimos un intercambio: Jaime se fue con los chicos y Elena se vino con nosotras.
    No sé hasta qué hora estuvimos las cuatro en la calle, y tampoco sé hasta qué hora y por dónde se quedarían los otros tres. Al lunes siguiente, no todos recordaban exactamente qué había pasado después de que el vecino nos descubriera. Algunos no se acordaban ni de haberse ido corriendo de la terraza y, quién sabe, a lo mejor de verdad alguno logró quedarse allí arriba, a merced de todas las bebidas abandonadas.
     Sé que dejamos a Isa en su casa y después a Elena. También sé que, cuando fui a darle a Álex dos besos en su portal, ella me besó en los labios. Me quedé muy sorprendida porque no tenía ni idea de que ella quisiera besarme. De repente echaba de menos ese «Hadi ♥» que tanto me había molestado durante todo el curso de primero. Me pidió perdón y automáticamente la besé yo a ella. Fue un acto reflejo, no sabía que fuera capaz de aquello. Después la luz se apagó y entramos en su patio, cerramos la puerta para que no nos vieran desde fuera y nos besamos una tercera y última vez; esta vez abrazadas y con lengua. Mi maquillaje de zombi se corrió en su boca y noté un bulto sobre mi pubis. Un desconocido y, lo cierto es que, agradable cosquilleo recorrió mi cuerpo. Volvió a encenderse la luz y me marché a casa.
 

jueves, 14 de mayo de 2026

X

Esto es anónimo, ¿verdad? O sea... No va a salir de aquí, ¿no?
    Vale. A ver. Yo les dije que Lucas era mi novio, pero no lo era. Pero tampoco era ésa la única mentira y mucho menos la más grave, o sea... Sí que lo conocí mientras yo estaba en Maulévrier, pero ¡no en persona!
    Más o menos... No. A ver. Yo estaba en la casa de mis abuelos viendo la tele, aburridísima junto con mi hermana y mis primas. Bueno, nuestras primas. El caso es que de repente me vibró el móvil y yo, pues, fui a mirar qué era. Vi que tenía una nueva notificación de Facebook y abrí creyendo que igual era algún like en la foto que había subido apenas unos minutos antes. O algún comentario. Porque la verdad es que el paisaje de allí es precioso y obviamente nunca pierdo la oportunidad de fardar de pueblo siempre que voy. ¡Ni que estuviera loca! Pero no era ningún like, sino una petición de amistad de un tal Lucas. Hice clic en su perfil para ver quién era; no lo conocía de nada pero era muy guapo, así que acepté.
    Las chicas se quejaban de que sólo tenía una foto, pero no es verdad; había alguna más de él, lo que pasa es que no le gustaba subir fotos de su cara...
    Hadiya y Alejandra.
    [Entre risas]. Sí, claro, quién [sic] van a ser si no.
    Bueno, nada más aceptar su petición, me mandó un mensaje privado. Puedo enseñárselo, por si quiere escribirlo también en el ordenador. Es esto: lo primero. [Entrega su teléfono móvil]
 
Eey, hola Ivette 
    No nos conocemos pero the visto de casualidad x el feis i me as parecido muy guapa. Tu nombre tambien mola. Espero q no t moleste q t haya agregado [Sic]

    [Entre risas]. Tiene un montón de faltas de ortografía, pero me pareció adorable.
    Yo le contesté en seguida; es lo que hay justo debajo.
    Desliza un poco, sí.
    Sí, ponlo también si quieres. Bueno... Lo que vean, que yo no... 
 
Holaa. Noo no te preocupes, no me molesta :) Tú también me pareces muy guapo. De donde eres?? [Sic]

    A partir de ahí empezamos a hablar prácticamente todos los días. Al principio hablábamos de cosas muy generales: qué música escuchábamos, qué libros habíamos leído, qué deportes hacíamos... No sé... Muchas cosas, está todo ahí, en el móvil; sigue deslizando hacia abajo. Hablábamos de los estudios; Lucas acababa de empezar segundo de bachiller. Se había metido en la rama de ciencias porque quería estudiar... No me acuerdo, la verdad, algo de ciencias.
    Empezó a tontear conmigo en seguida. Cada vez que subía una foto al Face, él me enviaba un mensaje privado diciéndome lo sexy que salía o que qué pena no estar ahí él para hacerme la foto desde otro ángulo o chorradas de ese estilo. A mí me hacía gracia. Me hacía sentirme importante; me hacía sentirme deseada. En clase había muchos chicos medio colados por mí, pero se conformaban con darme likes y comentar emoticonos; hablaban de mí, pero ninguno se acercaba a ligar conmigo.
    Se hizo Instagram aposta para seguirme porque yo le dije que si quería ver todo lo que subía tenía que seguirme en Instagram. ¡Hay fotos que no puedo compartir en Facebook, con toda la familia mirándome!
    Pero si tú haces lo mismo, ¿qué me estás contando? Pf.
    Poco a poco empezamos a enviarnos algo más que mensajes. Me refiero a canciones que nos recordaban al otro o vídeos de YouTube que creíamos que le iban a gustar. Ese tipo de cosas. Le envié una foto del corazón con nuestras iniciales que pinté en una barandilla el primer día de insti; le gustó mucho, dijo que era muy tierna. [Ríe].
    Cuando llegó el día de Navidad, le envié una foto para que viera lo guapa que iba a ir a la cena con la familia. ¡Ah, bueno, es verdad! Después de seguirnos en Instagram, también nos dimos nuestros números de teléfono para hablar por WhatsApp porque es mucho más cómodo que el chat del Facebook. Y en el WhatsApp tiene una foto totalmente diferente a la de Facebook, o sea que eso de que sólo existe una foto de su cara es mentira.
    Bueno, yo le envié una foto de mí con la ropa que me iba a poner para la cena y él me envió una foto de la ropa que pensaba ponerse. Le dije que la camisa que había escogido no pegaba nada con los pantalones y me mandó una foto de otras posibles camisas. El pobre no tenía mucha idea de vestirse, ¡menos mal que estaba yo ahí!
    Yo estaba supercontenta y no podía parar de hablarles de él a las chicas de clase. Y aunque digan ahora que yo era una pesada, ya les digo yo que ellas también me preguntaban. E incluso intentaban averiguar cosas por su propia cuenta; o sea, Hadi, por ejemplo, averiguó que se llamaba Lucas porque vio que el único «Lu» que tenía de amigo en Facebook que ella no conociera era él. Porque hay un Lucas en clase y un Louis que es el novio de un primo mío y Hadi sabe quién es. O sea, no es que lo conozca personalmente, pero sabe de su existencia, quiero decir.
    Lo que no sabían era el apellido, ya que no lo tenía puesto en Facebook ni en Instagram; por eso me preguntaron si era francés. Yo intenté no mentirles, pero es que tampoco podía decirles que era español y que me preguntaran entonces por qué no quedábamos. No sabía qué decirles; pero no sabía qué decirles porque ni siquiera yo lo entendía. O sea, vale, sí: si es de Extremadura, por ejemplo, o de Galicia, pues obviamente no nos podemos ver porque está en la otra punta. Pero no sé... Yo les dije que no era francés, pero que vivía en Francia, en Maulévrier, y así me evitaba más comidas de coco. Se extrañaron un poco, pero les recordé que yo soy francesa y vivo aquí. También les dije que hablábamos en los dos idiomas; a veces en francés, a veces en castellano; para que fuera creíble. [Entre risas]. No habría tenido ningún sentido que les dijera que Lucas no entendía ni papa de francés.
    Les dije que no teníamos fotos juntos porque no se nos había ocurrido. Durante el verano que habíamos pasado, supuestamente, juntos, pues lo habíamos pasado disfrutando y no se nos había ocurrido hacernos fotos. Que besaba muy bien y olía a desodorante Axe. No, obviamente no se lo había contado a mis padres; no se lo conté a ésta de aquí, así que imagínense.
    [Entre risas]. Qué tonta. Si je t’aime.
    Un día, bueno, una noche, así, de repente, me dijo que se aburría y me pidió que le mandara una foto de mí en ropa interior. Me hice un montón de fotos en sujetador y bragas porque no sabía desde qué ángulo hacérmela. Al final le mandé una en la que parecía que tenía más tetas. Me dejó en visto y me sentí un poco indignada; encima de que me lo curro... Al cabo de un rato lo vi escribiendo. Me dijo que le gustaba mucho la foto y que se acababa de masturbar mirándola. Luego nos despedimos, eliminé de mi móvil todas las fotos que me había hecho y me fui a dormir porque al día siguiente había clase.
    Como se pueden imaginar, empezamos a enviarnos ese tipo de imágenes más seguido. Al principio yo le enviaba fotos de mí en ropa interior y él me enviaba una foto de su paquete en calzoncillos; para enseñarme cómo le había hecho empalmarse, ya saben. Era como una especie de juego porque las fotos eran cada vez más provocativas. Una vez yo, por ejemplo, le envié una foto sin sujetador pero tapándome las tetas con el brazo; y él me respondió con el calzoncillo medio bajado enseñando los pelillos de más arriba, pero sin mostrar nada más: sólo pelo.
    No, no conservo las fotos. Las borraba justo después. [Entre risas]. Por si acaso alguien me cogía el móvil y se ponía a cotillear, claro. ¡Me da un infarto como me pase eso!
    Ni idea. Yo imagino que sí... Por el mismo motivo, ¿saben? Por si, yo qué sé, va a enseñarle una imagen en concreto a su madre, su madre empieza a pasar las fotos y se encuentra con el percal. Pero no lo sé seguro porque nunca hablamos de eso.
    ¡Llegamos incluso a mandarnos vídeos! Vaya tela... Una foto aún tiene su punto, pero un vídeo... Pfff... [Cubre su rostro con las manos]. Vaya tela.
    ¡Empezó él! Después de enviarle yo una foto completamente desnuda, me mandó un vídeo de él haciéndose una paja. Literalmente. No se veía nada más; era un vídeo de su polla empinada, cegada por el flash, y su mano derecha arriba, abajo, arriba, abajo, arriba, abajo. [Gesticula con la mano y la cabeza].
    ¡Sí! Como un partido de tenis, pero en vertical. Y me envió varios vídeos así. Sabía que no eran el mismo porque se le veían diferentes calzoncillos, pero el cariz no cambiaba en absoluto. Una vez hasta me mandó uno con un mensaje de texto que ponía: «Chúpamela».
    [Entre risas]. Sí, sí, tal cual. Yo flipaba con el pavo. Creo que contesté con una carita sonrojada o yo qué sé. El vídeo no creo, pero a lo mejor mi respuesta sigue estando ahí. [Mira su teléfono móvil].
    Bueno, no la encuentro, da igual.
    Él volvió a repetir el mensaje: «Chúpamela». Me quedé un poco parada y le pregunté si iba en serio; me dijo que sí y yo le dije que vale. Supongo que fue ese el momento en el que me di cuenta de que la cosa se estaba poniendo un poco turbia. Dejé el móvil en la mesita y me fui a hacer otra cosa; deberes o algo; fregar los platos, no sé. Al rato vi que tenía un nuevo mensaje suyo y leo: «¿Me la has chupado ya?». Claro, respondí que sí, ¡por decirle alguna cosa! Creo que quería que lamiera la pantalla, ¿no? Eso parecía. Luego me escribió algo como... Si me había gustado, supongo. Le dije que sí, mucho, carita sonrojada, y me contestó que ojalá me hubiera visto hacerlo, que quería agarrarme del pelo mientras se la chupaba o rodearme el cuello o no sé qué historias. [Entre risas]. Se le iba un poco la pinza.
    Pero no fue ahí cuando decidí romper con él. De hecho, días más tarde, yo también intenté enviarle un vídeo masturbándome. Porque me lo pidió, claro. Y... no sé... Quería probar yo también. Eso sí: me resultó muy complicado.
    ¡Porque me faltaban manos! O sea, necesitaba una mano para coger el móvil, otra para abrir los labios de la vagina y otra para meterme los dedos por el coño. Era imposible. Pero al final lo conseguí: dejé el móvil en la cama y yo me arrodillé justo encima de la cámara para masturbarme.
    Al principio no me sentí muy cómoda. Entre el dolor de meterme un par de dedos y el pensar que luego él me estaría mirando... Estaba muy nerviosa. Intenté relajarme respirando hondo. Ya me había quitado las bragas para el vídeo, así que simplemente las cogí y me froté toda la zona con ellas; porque, si lo hago sin nada de por medio, siento como un escozor. No es un escozor, es que no sé cómo explicarlo. Da igual.
    Cuando ya parecía haber lubricado un poco, dejé las bragas arrugadas a un lado, lamí mi dedo corazón de la mano derecha y lo introduje. Hice círculos dentro del músculo para relajarlo. Luego saqué el dedo y lo volví a chupar, pero esta vez también junto con el dedo anular. Los introduje los dos en la vagina, sintiendo daño. Siempre me pasa igual, pero me he dado cuenta con el tiempo de que el daño se pasa mientras me masturbo; así que, como no era un dolor insoportable, no los saqué.
    Moví verticalmente mis dedos hasta que ese dolor se convirtió en placer; y seguí así hasta que dejé de estar pendiente del teléfono móvil y la vagina empezó a contraerse, a palpitar, más bien, contribuyendo al orgasmo. Lancé un gemido y me senté encima de la pantalla. Saqué los dedos de mi cuerpo y fui al baño a lavarme. Después vi el vídeo tapándome la cara de vergüenza y lo envié sin pensármelo demasiado, no fuera a ser que al final no se lo enseñara. No lo volví a hacer.
 

jueves, 30 de abril de 2026

IX

Por suerte, en segundo de la ESO, la cosa cambió; la gente que en primero se metía conmigo dejó de marearme. O al menos dejó de marearme tanto. Y, aunque me... fastidie, tengo que confesar que gran parte de esa “suerte” [hace el gesto de comillas con las manos] fue Ivette.
    A ver, hay que tener en cuenta que a ella siempre le ha gustado ser el centro de atención; por eso se decoloró el pelo a escasos dos días de reanudar el instituto. Claro... todo el mundo fijándose en ella. Y tampoco es que me queje, o sea... Yo me había cortado flequillo ese verano y me daba miedo que me miraran y lo usaran como motivo de burla, así que por ese aspecto debo estarle agradecida; porque ella desvió la atención hacia sí. Pero no era la única con un cambio de look, ¿saben? Dani, por ejemplo, se había rapado el pelo. Lucía se había hecho mechas de colores. A Hadi le estaba creciendo tanto el pelo que su propio peso estaba deshaciendo la forma de pompón tan graciosa que hasta ahora había llevado. Pero no es por esto por lo que digo que Ivette, hmm... contribuyó a que yo me sintiera menos... objeto de burla.
    Bueno, claro, tampoco sería sólo por ella. En el colegio se metieron mucho conmigo durante todo un curso y al siguiente se cansaron un poco; aquí pasaría lo mismo, digo yo. Pero el hecho de que Ivette dejara de tratarme tan mal ayudó un montón a que yo no me sintiera tan cohibida.
    Aunque yo seguía teniendo miedo; me quité el flequillo en menos de un mes por si acaso resultaba que aún no se habían dado cuenta de que lo tenía y se reían entonces de mí. Nadie dijo nada, o sea que supongo que nadie se fijaba en mí. Pero, bueno, ¡Ivette! Tenía novio. ¡O eso decía ella, claro! Que no sé yo... Me lo dijo Hadi, y luego fuimos juntas a preguntarle a Ivy por él. Nos dijo que lo había conocido en su pueblo. Mau... ¿lévre [sic]? Algo así. Ya les digo que nosotras no lo conocimos en ningún momento; ni oímos su voz en ningún audio ni nada. Yo, sinceramente, creo que se lo inventó para llamar la atención.
    Hadi sí que se lo creía, no dudaba nunca de su palabra, pero Ivette sólo nos pudo enseñar una foto suya: la que tenía de perfil en Facebook. El resto de las fotos de su cuenta eran de coches deportivos y demás tonterías; ceniceros con colillas, fotos borrosas supuestamente de algún botellón y paredes con grafitis, o cosas por el estilo. Nos dijo que era mayor que ella; unos diecisiete o así, creo.
    Prácticamente durante todo segundo, para Ivette no existió nada más que su teléfono móvil. Se pasaba el día sonriendo a la pantalla, enviando mensajes, leyendo lo que él le escribía desde donde quiera que estuviera; supongo que Francia, no sé, digo yo que viviría allí. Más de una vez los profesores la castigaron quitándole el teléfono y obligándola a quedarse en clase en la hora del recreo.
    No sé si todos, no recuerdo... cada clase en concreto. Pero supongo que sí, él también. Que se le caía la baba cada vez que la veía caminar por los pasillos. La sacaba a la pizarra y, en vez de vigilar que estuviera haciendo bien el ejercicio, lo que hacía era estudiar su figura como si la memorizara para un examen. Daba ganas de vomitar. Pero Ivette usaba el móvil delante de sus narices; por mucho que no quisiera importunar mínimamente al fuego de sus entrañas, tuvo que castigarla alguna vez o allí todos nos habríamos puesto a tuitear. No llamaría a sus padres, claro, pero al menos quitarle el móvil sí.
    Bueno. El caso es que no había fotos. [Entre risas]. ¡En serio! O sea... se suponía que habían pasado un verano increíble juntos, pero ¡no tenía ni una puta foto con él en su móvil! Ejem. Perdón por la palabrota. Que no digo que sea obligatorio, pero, si vas a mantener una relación a distancia, lo normal es tener fotos en el móvil para verlas cuando lo eches de menos. Digo yo, ¿eh?  Yo tengo un millón de fotos con Hadi y seguimos yendo a la misma clase. A mí no me cuadraba la historia.
    Aun así, debo decir que me alegré muchísimo de su relación con ese chico, fuera real o imaginaria. Para empezar, por lo que he dicho antes: dejó de meterse conmigo. Y una menos... pues se notaba. Porque además era una de las que más me... Iba a decir jodían. De las que más daño me hacían. Porque Ivette no es que me señalara y cuchicheara desde la distancia, no; Ivette me hablaba muy bruscamente y me cortaba. Me mandaba indirectas cuando sabía que yo estaba cerca sabiendo que me hacía mucho daño. Se notaba que intentaba hacerse la superior. Pero me dejó en paz. Y, aunque por supuesto seguía sin caerme bien, me di cuenta de que Hadi ya no parecía estar tan enamoriscada, ¿saben? Es como si al verla feliz con otra persona, hubiera cambiado el chip. Eso también se lo agradecí íntimamente.
    Un día Hadi me abordó a la salida del colegio con la frase: «Lucas se llama». Le pregunté de qué estaba hablando y me dijo: «¡El novio de Ivy!». Además me cogió del brazo, así, rodeándomelo con el suyo, que ya sé que es algo muy común entre las chicas, pero... ¡no voy a mentir!: hizo que las mariposas de mi estómago se revolucionaran. «”Lucas” no parece un nombre muy francés, ¿no?», le dije intentando no sonreír mucho por si se me notaba. «A ver, es que yo no sé pronunciarlo... Se dirá... “Lucá” o algo así...». Nos empezamos a reír a carcajadas y acabamos considerando la idea de que no fuera un chico francés. A fin de cuentas, Ivette tampoco vivía en Francia; igual lo había conocido mientras él también veraneaba. Quise saber si le había enseñado alguna foto más. «Qué va», fue la respuesta de Hadi. Y entonces hice un gesto con la mano y sin querer ¡le rocé una teta! [Cubre su rostro con las manos]. Diooos... ¡me morí de vergüenza, en serio! Pfff... Qué mal.
    Sí, sí, pero es que lo pasé fatal. Le pedí perdón y me puse superroja. Ella se rió, nno-no-no le dio importancia. Me dijo: «Pero ¡si ni lo he notado! ¿No ves que llevo un jersey tan gordo?» mientras yo me tapaba la cara con las manos y rezaba por volver atrás en el tiempo.
    Claro, ¿a quién no le ha pasado, que toca sin querer algo que no debe? Pero en ese momento yo quería que me tragara La Tierra.
    Al día siguiente decidimos tenderle una emboscada a Ivette para que nos contara todo sobre ese tal “Lucá” [hace el gesto de comillas con las manos]. A mí me importaba más pasar tiempo con Hadi que cotillear acerca del supuesto novio de Ivy, pero algo de curiosidad sí tenía. Al menos por la imaginativa de las respuestas; por ver qué se iba a sacar de la manga y si soltaba sin querer algo que la contradijera.
    Pues le hicimos las típicas preguntas que se hacen, ya saben, hmm... Cómo os habéis conocido exactamente, de dónde es, cómo besa, ¿se lo has contado a sus padres?, a qué huele su ropa, por qué no os habéis hecho una foto juntos para que nosotras podamos ver lo monos que sois, ¿existe de verdad o te lo has inventado? No sé...
 

jueves, 16 de abril de 2026

VIII

Al comienzo del segundo curso, los alumnos nos sentamos directamente en orden alfabético, porque la verdad es que para qué retrasar lo inevitable: Ricardo seguía siendo el profesor de matemáticas. Todo estaba igual a como lo habíamos dejado y a la vez distinto. Ivette lucía un dorado precioso en sus cabellos un poco más largos de lo habitual, a ras de los hombros. Richy había aprendido a plancharse las camisas, seguramente por influencia de su madre, que lo habría visto muy desaliñado. Teníamos una nueva repetidora que se pasaba las horas del recreo leyendo en un banco mientras escuchaba música o, al menos, llevaba puestos los auriculares. Bambi seguía muerto y Toni había desaparecido junto con su madre, aparentemente para pasar el luto tranquilos.
    Los profesores apenas habían cambiado: seguíamos teniendo la misma tutora, el profesor de francés aprovechaba cada oportunidad que tenía de enseñar fotos de su hija recién nacida, la profesora de tecnología se había hecho un liso permanente que no le quedaba ni bien ni mal y el director seguía igual de alegre y despistado como siempre.
    Yo había decidido olvidar a la chica que me gustaba, y lo había decidido, esta vez, en serio. Hasta ahora, como nunca la había visto colada por nadie, había mantenido la jugosa idea de que podría corresponderme; ahora ya sabía que no. Había aprovechado esos dos meses sin verla para metérmelo en la cabeza: Ivette era hetero; le gustaba Richy; Ivette era hetero y encima le gustaba Richy. O eso creía yo, hasta que la pillé escribiendo en las escaleras con permanente negro: «I & L» dentro de un corazón amorfo.
    Durante las vacaciones de verano, la dirección, o quien fuera que se encargara de esas cosas, había decidido que era hora de pintar las barandillas del instituto; tanto las de dentro como las de fuera. Escogieron un color llamativo que supuestamente nos quitaría a los alumnos las ganas de pintarrajear por encima y ahora lucían un bonito azul eléctrico que no pegaba para nada con el tono anaranjado del ladrillo. Habían desaparecido el «H x I = APS» de enfrente de la clase donde dábamos historia y sociales que tanto había disfrutado plasmar y el «Hadi ♥» que no sabía quién había tenido la desfachatez de escribir sin mi permiso. Pero Ivy, cómo no, se encargaba ya en el primer día de estrenarlas.
    «¿Quién es “L”?», le pregunté. «Mi novio». «¿TIENES NOVIO?». Por favor, esto transcríbalo en mayúsculas porque grité más de lo debido; tanto que los alumnos que nos rodeaban, en su mayoría de otras clases, se nos quedaron mirando. Titubeó un poco y al final me contestó: «Bueno, no es que sea mi novio-novio... Es alguien a quien conocí mientras estaba en Maulévrier». Terminó de hacer esa especie de corazón que envolvía las iniciales y sonrió satisfecha. Cuando sonreía de esa forma, se le iluminaba tanto el rostro que me hacía pensar, pobre de mí, que no iba a ser capaz de olvidarla del todo.
    Maulévrier.
    Sí: «mau», «le», con tilde.
    Sí, hacia la derecha. Y después: uve, erre, i, e, erre. Creo, vamos.
    [Entre risas]. Sí, es un poco complicado.
    Bueno, entonces le pregunté: «¿Y qué pasa con Richy?». «¿Qué pasa con él?». Su tono daba a entender sorpresa, como si de verdad no supiera de qué hablaba, mientras seguía admirando su propia obra de arte. «Eso digo: que qué pasa con Richy». Se levantó del suelo y se pasó rápidamente las manos por encima de los glúteos y las piernas, limpiando los posibles restos de polvo que hubieran quedado impregnados en su pantalón vaquero. «¡Oh! Ya... Bueno, Lu es más divertido». Me guiñó un ojo, cogió su mochila y se fue para clase; dejándome ahí, pasmada, intentando averiguar de qué nombre podía derivar «Lu».
    Tras unos segundos que me parecieron minutos, reaccioné y me fui yo también para clase. Se me ocurrían Luc o Lucien. El primero era demasiado corto como para tener que acortarlo más y el segundo no estaba segura en ese momento, clásico despiste producido por un shock muy fuerte, de que fuera nombre de chico. También estaba Louis, aunque podría haber dicho perfectamente Luc y yo no haber escuchado bien la pronunciación.
    A partir de ese momento, no existió nada para Ivette salvo ese misterioso «Lu». Se pasaba el día sonriendo a la pantalla de cinco pulgadas de su teléfono móvil; mirando su rostro atrapado en el aparato electrónico; leyendo sus mensajes y respondiendo cuidadosamente; sin importarle siquiera que los profesores la castigaran por usar el teléfono en clase. Porque la veían, créanme, a veces no se molestaba ni en disimular; y prácticamente todos la castigaron al menos una vez en todo el curso, bien sin móvil hasta que terminara la clase, bien quedándose en el aula en la hora del recreo. Pero a ella le daba igual; lo único que le importaba era conversar con su chico.
    Empezó a cortarse un poco cuando la tutora habló con sus padres y sus padres le advirtieron de que como siguiera así iba a quedarse sin teléfono móvil. No fue del todo eficaz porque ella seguía pendiente de aquello que vibraba dentro de su bolsillo, pero sólo lo sacaba de ahí en las clases en las que lograba sentarse por el fondo. Y a veces cuando tocaba matemáticas, claro; por mucho que Ricardo llegara a castigarla, jamás se le habría ocurrido telefonear a sus padres.
    Hasta nos llegó a pedir consejo a Álex y a mí para ver qué podía o no contestar. ¡A nosotras!, que no teníamos ni idea de hablar con chicos. [Entre risas]. La pobre Álex acabó un poco harta del tema, porque la verdad es que Ivette puede llegar a ser muy pesada, pero a mí me hacía feliz verla tan ilusionada. Al menos le hacía el caso que se merecía, no como el hijo del profesor. Por primera vez una de nosotras saboreaba lo que era el amor correspondido; y que ella hubiera superado a Richy tan rápidamente me parecía el primer paso para que, poco a poco, todas fuéramos superando nuestros desengaños amorosos. El curso había empezado fuerte, y yo estrenaba zapatos, así que no iba a quedarme atrás.
 

jueves, 2 de abril de 2026

VII

Y ahora yo me pregunto: ¿sabía que su padre babeaba por una alumna? Yo imagino que sí porque se veía a la legua. Todos, de hecho, acabamos enterándonos; era algo que se veía si prestabas un mínimo de atención en clase. Cada vez que ella salía a la pizarra, lo encontrabas a él con la mirada fija en su trasero; no había excepción que confirmara ninguna regla. Era patético verlo tan abstraído; me entraban ganas de levantarme y clavarle un compás en el ojo. Entonces, dentro de mi propia indignación, oía risitas de fondo, murmullos ofendidos, de alumnos que probablemente también querían levantarse y clavarle un compás en el ojo, cuchicheos. Pero en realidad nadie hacía nada por evitarlo.
    Bueno, mentira, algo sí que hacíamos: lo que podíamos. O, más bien, lo que se nos ocurría. A veces Sara levantaba la mano. A veces Rafi hacía directamente la pregunta para ver si el profesor volvía de su trance. A veces Lucas se levantaba para sacar punta en la papelera, en lugar de esperar hasta el final de la clase para tirar los restos. A veces Dani le tiraba una goma de borrar a Antón con intención de hacer ruido. A veces Ivette, que se ayudaba a sí misma sin percatarse, se daba la vuelta para averiguar si lo estaba haciendo bien y ahí sí: el profesor no tenía más remedio que mirar a la pizarra y hacer algún comentario. A veces hasta había voluntarios para salir a la pizarra. O quejas de por qué siempre sacaba a Ivette. «Ivette no es la única que sale a menudo a la pizarra». Y una mierda.
    Por suerte, como siempre, llegó el final de curso y, con él, las esperadas vacaciones de verano. Ivette partió a Francia a principios de julio para pasar las vacaciones, como todos los años, junto con su familia; como pueden ver, ni siquiera podía concederme el placer de ser mi amor estival. Richy se fue con su madre. Álex fue a pasar el mes de julio en el pueblo de sus abuelos maternos, pero se volvió antes porque allí no tiene amigos y se aburre. Yo me fui una semana de viaje con mis padres. Creo que fue el año en que fuimos a Logroño. O Logroño fue al año siguiente y ése nos fuimos a Roma; no me acuerdo. El caso es que fue un verano normal, alegre, caluroso. Un verano de ir a la playa y salir con los amigos que no tenían chalet ni apartamento en los que escabullirse. Las fiestas del pueblo, los granizados de limón, las pipas en los bancos de la plaza del Ayuntamiento, los paseos por el río. Un verano de cerrar un libro y decidir no volver a abrirlo. Un verano que prometía un nuevo y mejor comienzo al llegar el mes de septiembre. Ya saben... como todos los veranos.
 

jueves, 19 de marzo de 2026

VI

Al final sacamos un ocho y medio. ¡No está nada mal, oigan! Contaba un veinte por ciento de la nota. Teóricamente, si aprobábamos todos los exámenes y nos portábamos bien, como alumnos medio ejemplares, podíamos aprobar la asignatura incluso sin presentar el trabajo; peeero si no presentábamos el trabajo, aunque fuera mal hecho, no podríamos aprobar. Típica jugarreta de profesores.
    Me dio un poco de pena presentarlo tan pronto, cuando aún quedaba un mes de plazo, porque ya no tendría excusa para ir a casa de Richy; pero al menos ya no vería al rarito de su padre fuera del horario lectivo. Porque era la única descripción que se me ocurría, la verdad. Hmm... No veía otra cosa. En clase daba igual porque había más alumnos y no era tan lapa, pero fuera del insti me ponía muy nerviosa.
    Aun así, ya les digo, me dio muchííísima pena no poder quedar más con Richy, no tener una excusa que me permitiera volver a su portal. [Entre risas]. Estaba tan pillada que a veces me planteaba volver a pasar por el suplicio de ver a su padre. Y no sé si fue el universo, Hadi o algún dios de la antigua Mesopotamia, pero lo conseguí; allá por el tercer trimestre volví a quedar con él, esta vez sí, los dos solos. [Aplaude].
    Fue muy, pero que muy, raro porque, de repente, se me acerca un día y me dice: «¿Quieres venirte a mi casa a estudiar mates?». Claro, yo le pregunté que quién más iba a ir. Y entonces me dice que nadie, que solos él y yo; que sabe que lo tengo difícil para aprobar, que su padre pone los exámenes muy chungos y que él me puede ayudar, si yo quiero. O sea: ir yo a su casa. A estudiar, pero conmigo. Solos. [Entre risas]. Obviamente le dije que sí.
    Sí, tía, coladísima. ¡No me interrumpas!
    Empezamos a quedar los viernes después de clase; teníamos la tarde libre, así que yo iba a comer a su casa y después sacábamos los libros. Casi siempre estudiábamos en el comedor, con su padre delante. Imaginaba que no se fiaba de si de verdad íbamos a estudiar o no, ya me entienden... Pero a veces conseguía que fuéramos a su cuarto, lejos de miradas indiscretas. Me enseñaba sus pósteres, su colección de música, sus libros de ciencia-ficción/fantasía. Yo me acercaba lo máximo a él, intentaba cogerle de la mano, le decía que le quedaban muy bien esos pantalones, que el pelo largo le hacía parecer más rebelde, que le quedaría bien ponerse un pendiente en la oreja, como tenían Toni y Bambi. Aunque, bueno, Bambi... Da igual.
    Le besé una vez. Pero sólo una vez.
    Sí, no sé; vi mi oportunidad y la aproveché. [Entre risas]. Creo que no le hizo mucha gracia. [Cubre su rostro con la mano]. Pfff... Pero fue un beso así como muy por encima... Tuvo ocasión de apartarse: ¡que lo hubiera hecho!
    El caso es que, aunque consiguiera estar a solas con el chico que me gustaba, su padre entraba de repente en la habitación y nos interrumpía; me ponía de los nervios, pero imaginaba que era cosa de padres. Al final nos consintió estar ahí siempre que tuviéramos la puerta abierta para que él pudiera venir regularmente a comprobar que de verdad estábamos estudiando.
    Me acuerdo de una ocasión en que Richy no sabía explicarme una cosa, un... un ejercicio, y tuvo que venir su padre a hacerlo. ¡Porque le dio la gana, eh!, no porque le pidiéramos ayuda ni nada. Yo iba ahí para estar con el hijo, no con el padre; para eso mejor esperar a estar en clase y preguntarle directamente, ¿no?
    A ver: estábamos en la mesa del comedor, ¿vale? Ricardo estaba sentado en el sofá, probablemente escuchándome cómo le decía a Richy que no me estaba enterando de nada. Entonces se levantó del sofá e hizo a su hijo quitarse de la silla. Richy lo hizo un poco a regañadientes, pero dejó paso a su padre, que se sentó a mi lado; en plan pegadísimo, más cerca de lo que había estado sentado Richy. Cogió un lápiz y empezó a rayar mis apuntes sin pedirme permiso. Yo miraba con cara de circunstancias al hijo, intentando transmitirle un mensaje con la mente: «¿Qué cojones le pasa a tu padre?». Creía que se le había ido la pinza; típico genio matemático loco, como sale en las películas. Aparté un poco el brazo porque notaba en mi antebrazo los pelillos del suyo y me hacía sentir muy incómoda. Después, al ver que se estaba emocionando demasiado, como si creyera que estaba en clase o algo así, y no paraba de explicarme cosas que yo seguía sin entender, sonreí y dije: «Ah, vale, ya lo entiendo. Gracias». Él paró, me miró sorprendido, me devolvió la sonrisa y me dijo: «Ya sabía yo que en el fondo no eras tan tonta» mientras me acariciaba con su mano mi muslo derecho, que ese día estaba al aire porque me había puesto un short. Después se levantó y Richy volvió a sentarse, alejando un poco la silla y dejándola tal y como estaba antes de que se sentara su padre. Yo terminé copiando en el examen.
 

jueves, 5 de marzo de 2026

V

Después de las vacaciones de Navidad, Ricardo decidió cambiar radicalmente las disposiciones de los asientos: pasamos del libre albedrío al orden alfabético. Ivette se apellida Avignon, así que le tocó sentarse en frente de la mesa del profesor; a la derecha de Sara Andrés, que era la primera de la clase, tanto en apellido como en notas. Las mesas estaban puestas de dos en dos y a mí me tocó sentarme al lado de Richy, ya que los dos, tócate las narices con la casualidad, nos apellidamos Figueroa. El primer apellido de Álex es Sanchiz, así que le tocó al lado de Antón, que se apellida Rius y que tampoco estaba muy contento con este cambio, ya que lo separaba de su amigo Dani, que se apellida Dávalos.
    Obviamente, como no es que fuéramos unos niños muy revoltosos, el profesor de matemáticas tuvo que hacer esta redistribución con todos los grupos a los que daba clases. Para que nadie sospechara nada.
    Yo tampoco sospeché nada al principio, a pesar de que Ricardo no era muy discreto con sus intenciones. Por suerte en ese momento estaba enamorada de Ivette, así que la miraba mucho en clase. También contemplaba detenidamente todo lo que había en su entorno, todo lo que pudiera absorber un poquito de su luz; su mesa, sus libros, sus botas nuevas, el lápiz que se le había caído sin darse cuenta, Juanjo diciéndole: «Se te ha caído», las personas, en general, que la rodeaban. Al final, de manera inevitable, tuve que fijarme también en el profesor de matemáticas.
    ¿Sabía alguien lo que yo sentía por ella? Creo que no. ¿Y lo que ella sentía por el hijo del nuevo profesor del instituto? Creo que sólo yo. ¿Y lo que Richy sentía por Álex? Todas las chicas de clase.
    La muerte de Bambi no sorprendió a nadie pero detuvo, por un tiempo, nuestras vidas. Fue a finales del segundo trimestre. Bambi y su hermano faltaban mucho a clase, todos teníamos claro que iban a volver a repetir. No sabíamos exactamente qué hacían cuando no venían al instituto, pero nos lo imaginábamos; los rodeaba siempre un halo de misterio y hablaban entre ellos entre risas, como dando por hecho que los demás éramos demasiado inocentes como para entenderlo. No era verdad, pero cada día nos caían peor, así que los dejábamos creerse superiores.
    Si su madre no hubiera ido al instituto a explicar a los docentes qué había ocurrido, ninguno lo habríamos llegado a adivinar; habríamos pensado simplemente que habían decidido no volver nunca más a clase. Pero su madre acudió al centro con los ojos hinchados de llevar una semana entera llorando; y después nuestra tutora nos lo explicó como mejor pudo, sin darnos los detalles. Más tarde, el hermano vivo nos contó que había muerto como su padre, sólo que en lugar de una prostituta era una mesa de café sobre la que apoyaba la cabeza con la nariz más blanca que la nieve.
    A Toni le afectó mucho más de lo esperado, aunque supongo que es normal, teniendo en cuenta lo unidos que estaban. La muerte de su padre siempre les había dado igual porque no lo habían conocido, pero su hermano ya era otra historia. No volvimos a saber nada de él hasta casi dos años después, lo cual nos sorprendió mucho porque no esperábamos volver a verlo nunca más. Pero aún es pronto para hablar de esto.
    Ricardo tuvo la suerte de que Ivette fuera mala en matemáticas; así podía sacarla más a menudo a la pizarra. Porque Ricardo resultó ser también de esos profesores que suelen pedir a los alumnos más atrasados que salgan a hacer los ejercicios: supuestamente para ayudarlos, pero más bien para burlarse de ellos. O, como en el caso de Ivette, para mirarles el culo.
    Aprovechando mi posición en la clase de matemáticas, la única clase en la que me sentaba cerca de Richy, Ivette me pidió por favor, por favor, que le hablara, de manera que no se notara mucho, bien de ella. Yo quería hacerle el favor, deseaba que fuera feliz, la quería desde hacía tanto tiempo que no podía soportar que el chico que le gustaba, por muy idiota que fuera, no se fijara en ella. Pero la verdad es que yo nunca he sabido disimular. Me refiero a la hora de hablar: ¿cómo iba a intentar que Richy sintiera interés en Ivette sin decirle que Ivette quería ser su novia? Afortunadamente, padre e hijo, en esa clase de matemáticas de justo antes del recreo, me lo pusieron fácil.
    Verán, me encontraba yo felizmente tomando apuntes cuando de repente Richy me da un codazo y me susurra: «Por fa, Hadi, tú que te llevas tan bien con Álex... ¿no podrías averiguar si yo también le gusto? ¿Aunque sólo sea un poco?». Sí, exacto, por poco me atraganto yo también. Me costó contener la carcajada, pero como no quería que supiera que todas las chicas de clase menos Ivette nos reíamos de que de verdad creyera que tenía posibilidades con Álex, me hice la tonta: «¿Te gusta Álex? Si siempre te estás metiendo con ella». «Ya... Pero lo hago de broma». ¡Ya!, ¡claro! «Ella no opina lo mismo», le dije, y él siguió insistiendo: «Por fa... Pregúntaselo». «Mira, no hace falta ni que le pregunte: no le gustas. Así que olvídala».
    Esto también iba para mí; claramente yo también debía aplicarme el cuento: tenía que olvidar a Ivette. Sé que yo no la importunaba como Richy importunaba a Álex, pero sí que intentaba estar siempre cerca de ella; procuraba sentarme a su lado en el patio, pasarle la pelota en gimnasia, estar en su equipo. La miraba a todas horas siempre que ella estuviera distraída. Soñaba despierta con ella por las noches con la consecuencia lógica de a veces soñar también dormida. Escribía su nombre en las esquinas de mis libros de texto heredados de la vecina de mi abuela. No era sano. Cada vez que menstruaba, me preguntaba si ella también estaría en esa parte del ciclo. No era sano.
    Tampoco era sano por parte de Ivette: amaba a quien no le correspondía, como todos. Formábamos un cuarteto digno de admirar: yo quería a Ivette, Ivette quería a Richy, Richy quería, entre comillas, a Álex y Álex me quería a mí. Pero yo quería a Ivette y, por tanto, deseaba ayudarla. A lo mejor pensaba que si Richy se fijaba de una vez por todas en la chica más guapa de nuestro curso, todo se solucionaría: dejaría en paz a la pobre Álex, tendría a Ivette contenta y yo, al ver a mi amada con alguien, la dejaría marchar. Así que, aprovechando que el pervertido de Ricardo había pedido a Ivette que saliera a la pizarra, yo, como quien no quiere la cosa, le dije a su hijo: «¿Por qué no intentas fijarte en otra chica? Por ejemplo... Ivette». «¿Ivette?». «Sí, no sé... Mírala, es guapa». Guapísima. «Sí... Bueno, da igual. Gracias, Hadi».
    No creía que hubiera surtido efecto, la verdad, ya que no pareció muy convencido; pero un día, a la salida del colegio, los vi caminar juntos hasta donde me alcanzaba la vista. Ivette parecía muy feliz y prácticamente saltaba a su alrededor; hablaba con él, reía con él. Tenía un poco de envidia, si les soy sincera. Pero él se mantenía rígido, impasible; como si en realidad no quisiera caminar a su lado, como si simplemente se hubiera resignado a acompañarla porque alguien se lo hubiera pedido. O esa era la sensación que me daba, al menos. En cualquier caso, no parecía saber la suerte que tenía de tenerla a su lado.
 

jueves, 19 de febrero de 2026

IV

[Entre risas]. La verdad es que no tengo ni idea de cómo no se me ocurrió que Richy fuera a invitar a Álex a formar parte del grupo. De verdad. Claro, ahora me río, pero en aquel entonces me pareció una putada. Incluso si Hadiya también estaba entre nosotros. Quiero decir: sé que Álex estaba colada por Hadi, y a Hadi le caía muy bien Álex; pero eso no impedía que Richy insistiera en ponerse a su lado a todas horas. En clase, por ejemplo, si Hadi faltaba porque estaba enferma, él procuraba sentarse junto a Álex. Se portaba como un puto acosador. La verdad es que tampoco entiendo por qué en primero me molaba tanto. Porque estaba bueno, supongo. Aunque según mi hermana el que de verdad estaba bueno era su padre, el profesor de matemáticas; pero mi hermana también tiene el gusto en el culo, no hay más que ver los tíos con los que ha salido, todos superviejos.
    ¡Anda que no! El último con el que salió era una especie de músico de más de treinta tacos que vivía en un piso compartido. Que sí, que es mayor que yo, pero, tía, tienes veintidós: sal con uno de veintisiete, no con un uno de treinta y cuatro... Y total, ya ves, Ricardo sólo era veintitrés años mayor que nosotras, pero es que a mí ¡me parecían cincuenta! Y no es que tuviera aspecto de viejo ni nada. Quiero decir: no tenía canas ni arrugas y se movía bastante ágil; tampoco tenía chepa ni se subía los pantalones hasta casi las axilas como hace mi abuelo. A lo mejor, si nos ponemos, por no echar por tierra los gustos de mi querida hermana aquí presente, podría decirse incluso que era bastante guapo. Pero con doce años a ninguna nos lo parecía.
    El primer día que quedamos para hacer el trabajo fue el típico día de repartir tareas y no hacer prácticamente nada. Fue raro porque, como el padre de Richy estaba ahí, y encima era nuestro profesor, yo creía que se portaría como el típico sargento que manda callar cada cinco minutos; pero no, se portó guay. De hecho, nos ayudó bastante; nos aconsejó que quedáramos más veces para ver cómo nos estaba yendo el trabajo y no terminar haciendo un truño inconexo. Porque es cierto: si cada uno hace una parte y se presenta sin haber leído todo el conjunto, al final lo que hay es una serie de páginas que parece que no tienen nada que ver entre sí, cada una escrita de una forma. Qué sé yo, eh... Una en Times New Roman, otra en Arial, aquella sin justificar, la otra con los títulos de los apartados centrados y en negrita, otra a doble espacio... Ya saben a lo que me refiero, ¿no?, ¡que se nota un montón que no lo hemos hecho en grupo! Porque la idea del trabajo en grupo es hacerlo en grupo, claro. Bueno, el caso es que Ricardo nos dijo que podíamos ir a su casa siempre que quisiéramos; todos a la vez o cuando pudiéramos cada uno. Y yo, como buena chica, le tomé la palabra.
    Me quejo de Richy, pero la verdad es que yo también era un poco acosadora. O sea, a ver, no es que fuera tooodos los días a su casa, pero iba, mínimo, una vez por semana. Claro, que siempre iba con algo del trabajo hecho, o sea que al menos hacía los deberes, ¿no? ¡Yo creo que sí! Por supuesto a veces también se lo decía a las chicas, para que vinieran conmigo. Bueno, sí, vale: sólo a Hadi, porque Álex no quería que viniera. Pero si venía Hadi también venía Álex, así que...
    Hadi cree que no lo sé, pero yo sé que estaba colada por mí. No es algo que me importe, la verdad, porque al menos me trataba bien. Quiero decir que aceptaba que ella a mí no me gustaba. Tiene gracia porque sus padres son gays y ella lesbiana: es como si en esa familia nadie quisiera saber nada del sexo opuesto. [Entre risas]. Ha sonado superhomófobo, perdón. Serénate, Ivy. No era mi intención. Pero yo creo que sí que tiene gracia. Bua, recuerdo cuando íbamos al colegio y Hadi llevaba el pelo supercorto porque sus padres no sabían peinárselo. Claro, al tenerlo tan rizado y la cabeza tan delicada por ser pequeña, tiraban de él y le hacían daño.
    Sí, claro, y el rollo de los peinados.
    ¡Si no lo digo porque sean tíos! Es que me ha venido ahora a la mente. Si mamá era igual con nosotras. ¿O no te acuerdas? ¿Que de pequeñas teníamos el pelo a ras de las orejas porque no quería estar desenredándonoslo a todas horas? Que a mí ahora me encanta el pelo corto, pero sé que a Hadi, por ejemplo, no. Supongo que por eso siempre estaba diciéndole a Álex que qué cabello tan bonito le estaba saliendo. Ahora, como se peina sola, lo lleva laaargo, que es como le gusta. Y además lo tiene supersuave y superfrondoso. ¿Se han fijado? ¿Los rizos le saldrán así o usará algún producto especial para su tipo de cabello? Tengo que preguntárselo.
    Sí, sí, perdón, que me estoy desviando.
    La cuestión es que conseguí que quedáramos más seguido de lo que tenían pensado los otros tres. Yo iba a casa de Richy esperando que se enamorara de mí y él se ponía guapo para ver si había suerte y seducía a Álex. Álex procuraba alejarse todo lo posible de Richy interponiendo a Hadi y Hadi se debatía internamente entre salvar a su amiga Álex o aliviar su mal de amores pegándose a mí. Ricardo siempre estaba presente; no era el típico sargento pero sí el típico pesado: siempre ahí, mirando, cotilleando, ya saben, muchos padres son así; a lo mejor ustedes son así, si tienen hijos...
    A mí me ponía nerviosa. Al principio pasaba de él, intentaba ignorar sus comentarios. Yo llegaba a casa, él abría la puerta, me decía que iba muy guapa, yo sonreía, preguntaba si estaba Richy, me decía que estaba esperando en el comedor y yo entraba. Luego Richy nunca estaba esperando en el comedor, sino en su cuarto, y su padre lo llamaba a gritos mientras me miraba fijamente o de reojo. Richy tardaba en aparecer, imagino que por la pereza de verme a mí en vez de a Álex; creo que ha quedado claro que sé de sobra que era una puta pesada. Yo permanecía de pie esperando y en la espera el profesor rompía el silencio con alguna frase tonta que en aquel entonces yo no entendía muy bien a qué venía: «Me gusta mucho tu falda», «Te quedan muy bien esos zapatos», «Bonito pintalabios».
    Al principio lo hacía desde cierta distancia: la mesa redonda del comedor nos separaba. Luego empezó a acercarse; rodeando el mueble hasta plantarse a mi lado mientras yo esperaba ansiosa a si hijo. Un día me dijo: «Te está creciendo el pelo» y me lo echó detrás de las orejas. Yo le sonreí un poco, [entre risas] ¿qué otra cosa iba a hacer?, y volví a dejarme el pelo por encima, que es como me gusta.
 

jueves, 5 de febrero de 2026

III

En mi primer trabajo en grupo en el instituto, me tocó estar con Richy. Pero, claro, no podía decirle que no a Álex, con esa forma tan dulce de pedírmelo, y no sólo porque Ivette también estuviera dentro.
    Según parece, Ivette se lo había propuesto a Richy, con la intención de poder ir a su casa y ligárselo. Richy había aceptado, pero la profesora había especificado que los grupos tenían que ser de cuatro, así que le preguntó a Ivette si tenía alguna preferencia y, como ésta dijo que no, se lo pidió a Álex. A Álex, lógicamente, no le caía bien Richy; pero Richy le había dicho que podía elegir al cuarto miembro y, como sabía que yo seguía sin grupo, aceptó y vino a preguntarme.
    Yo me había decepcionado un poco al saber que Ivette ya no estaba disponible, así que me emocioné más de lo conveniente cuando me enteré de que me estaban pidiendo que formara parte de su grupo. Era la única de las cuatro que iba a estar con la persona que le gustaba sin haberse arriesgado a parecer desesperada pidiéndoselo.
    Obviamente, yo sabía que no tenía posibilidades con Ivette; pero, mientras siguiera gustándome y yo no hiciera daño a nadie, iba a seguir fantaseando con ella. Ahora sé que, desgraciadamente, sí hacía daño a alguien.
    Álex se empezó a fijar en mí cuando, en el colegio, le dije que tenía un pelo muy bonito y que ojalá mis padres me dejaran dejármelo largo. Para esa pequeña niña fui la primera, sin contar a su familia más cercana, en aceptarla tal y como era; y eso se le quedó grabado en el pecho. Entonces hizo lo mismo que yo hice con Ivette cuando la conocí: hacerse mi amiga. Y mientras siguiera queriéndome y no hiciera daño a nadie, iba a seguir fantaseando conmigo.
    Fui la primera en llegar a casa de Richy. No era muy grande, pero teníamos sitio de sobra en el comedor. Su padre estaba en casa para poder ayudarnos, a pesar de que el trabajo no era de matemáticas sino de castellano. Álex fue la siguiente en llegar. Richy se había arreglado; parecía tener intención de ligarse a Álex, una chica de la que se burlaba cuando estaba con sus amigos. No me explicaba, y sigo sin explicarme, cómo podía pensar en serio que tenía alguna posibilidad.
    Ivette nunca ha sido nada puntual. No por despiste o pereza, sino porque siempre le ha gustado entrar a lo grande, captar la atención, que todos se giren para verla llegar. Además, era una de esas chicas que van adelantadas al resto. Digo «era» porque ahora todas hemos crecido, pero en esa época Ivette parecía más mayor que las demás y estaba más desarrollada. Estar desarrollada parece una forma sutil de decir que ya le han crecido las tetas, pero no me refiero a eso; aunque ya le estaban creciendo, aún le faltaban un par de años para que se le formara del todo el pecho. No, quiero decir que Ivette pensaba y hacía cosas que yo, por ejemplo, empezaría a hacer en dos o tres años.
    Era un viernes por la tarde cuando quedamos por primera vez para hacer el trabajo. Lo bueno y malo de tener un padre profesor es que te obliga a no dejarlo para última hora, así que nuestro grupo fue el primero en entregarlo. Por la mañana habíamos tenido educación física, así que lo normal habría sido pensar que por la tarde no era yo la única que iba en chándal. Habría sido un error pensar lo normal. Álex, por supuesto, llevaba un vestido verde lima a juego, pobre, ni hecho aposta, con las paredes de la entrada de la casa de Richy. Richy había aprovechado para ponerse una camisa que, todo sea dicho, le quedaba bastante bien, fingiendo que esa era la ropa que solía usar los viernes. Ivette llegó a casa de Richy más guapa, si cabe, de lo normal.
    En su plan de seducir al hijo del profesor de matemáticas, había encontrado un obstáculo que no sé cómo no previó: Richy había decidido que Álex estaría en su equipo. Tal vez Ivette pensara que, aunque él quisiera a Álex en el grupo, ella se negaría. Evidentemente, no fue el caso. Al saber que yo también estaba dentro, dicho obstáculo se había vuelto menos peligroso, pero aun así no quería arriesgarse. Cuando había clase de educación física, ella siempre iba en mallas, y las mallas son ropa de deporte bonita, así que no hacía falta que se cambiara. Pero su intención era crear tal impacto en su llegada que el shock hiciera que Richy empezara a fijarse en ella; así que apareció por la puerta con una minifalda negra, unas botas de ante con apenas tres centímetros de tacón también negras, una camiseta ajustada con la que se marcaba su ombligo, una finísima gargantilla elástica y los ojos y los labios ligeramente pintados.
    No sé si Ivette pretendía fingir que esa era la ropa que llevaba los viernes o de verdad se vestía así cuando no había clase, pero a partir de ese momento empezó a vestir más provocativa para ir al instituto. También empezó, de vez en cuando, sobre todo los días en los que no había educación física, a maquillarse. Pero los tacones los guardaba para algunos fines de semana.
    Fue entonces, una vez estuvimos los cuatro sobre la mesa del comedor, cuando el profesor de matemáticas, que había pasado de nosotros desde que yo había llegado, nos ofreció su ayuda. Richy le dijo que no hacía falta; no quería que su padre entorpeciera sus ya de por sí torpes intentos de seducir a Álex. Pero aun así él se sentó en el sofá, bolígrafo y cuaderno de crucigramas en mano, cerca del grupo, palabras textuales: «Por si me necesitáis».