Mi risa inundaba tus oídos en ese salón comedor de la casa en la que vivías. Se hacía más y más fuerte por cada chiste que me contabas. Se hacía más fluida, más tranquila, más valiente mientras nos abrazábamos totalmente desnudos en ese sofá en el que nos habíamos hecho el amor sin pensar siquiera en si debíamos o no correr las cortinas. Mi risa era lo más íntimo que tenía y tú me la sacabas sin ninguna dificultad. Me acariciabas suavemente la espalda con las yemas de los dedos y me hacías reír. Me contabas los mismos chistes que la última vez en la que nos habíamos hecho el amor en la cama de matrimonio de la habitación de tu madre y a mí me hacían la misma gracia. Me contabas nuevos chistes que habías aprendido, o que habías recordado desde la última vez que nos vimos las caras para bebernos juntos una botella de vino, y yo me reía. Me contabas una y otra vez el que sabías que era mi chiste favorito y yo me reía igual de honestamente que el primer día. Yo te quería y tú me hacías reír. Yo te quería y tú disfrutabas de sacarme una sonrisa. Yo te quería y tú te alegrabas de que por una vez dejara de estar tan triste, tan harta, tan cansada. Yo te quería y tú me tratabas como si fuera lo más preciado de este mundo, la mujer más guapa, la mujer más lista. Yo te quería y tú me tratabas como si fuera la mujer más importante, la persona más fuerte que jamás habías conocido. Como si de verdad fuese tan valiente. Yo te quería y tú me convencías de que merecía más que nadie ser feliz. Yo me abría ante ti como la flor del cerezo en primavera, sin que nadie más me viera, y compartía contigo mis secretos. Confiaba en ti como para que me recogieras del suelo si caía o para que me pusieras el pelo por detrás de las orejas si tenía la necesidad de vomitar después de apenas haber compartido contigo esa botella de vino. Cuando lloraba tú me abrazabas y yo no sentía la necesidad de cubrirme la cara con las palmas de las manos. Cuando lloraba tú me abrazabas y yo no pasaba vergüenza. Los silencios no eran incómodos y nunca había obligación de rellenarlos. Yo leía un libro y tú trabajabas en el ordenador. Yo memorizaba con la punta de mis dedos ese rostro tan perfecto que tenías y tú mirabas tu teléfono móvil, leyendo algún hilo de Twitter o hablando por WhatsApp con tus amigos de la universidad. A veces rompías el silencio poniéndome en YouTube tus canciones favoritas. Me hablabas sobre la música y, aunque aficionado, a mis oídos eras todo un experto. Entonces te ponías a cantar mientras yo repasaba el puente de tu nariz y aunque no teníamos los mismos gustos musicales no me cansaba de escuchar esa preciosa voz que tenías. Y nunca quería que se terminara esa canción. Y nunca quería que dejaras de cantarme. Cuando nos íbamos a dormir después de habernos hecho el amor, de nuevo sobre la cama de matrimonio de la habitación de tu madre, yo rozaba el escaso vello de tu pecho, que te dejabas crecer sólo porque sabías que me gustaba, para calmar mi ansiedad. Y tú me abrazabas. Y nuestras piernas se entrecruzaban como una enredadera y nuestra piel estaba siempre en contacto por mucho calor que hiciera. Y si por casualidad nos dábamos la espalda durante la noche y no nos dábamos cuenta como para volver a girarnos, nuestras manos no se soltaban, seguían cogidas para no sentir el abandono. Aunque sólo fuera por el dedo meñique. Para no sentirnos solos.
Y aun así dices que no te enamoraste de mí.
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