Y ahora yo me pregunto: ¿sabía que su padre babeaba por una alumna? Yo imagino que sí porque se veía a la legua. Todos, de hecho, acabamos enterándonos; era algo que se veía si prestabas un mínimo de atención en clase. Cada vez que ella salía a la pizarra, lo encontrabas a él con la mirada fija en su trasero; no había excepción que confirmara ninguna regla. Era patético verlo tan abstraído; me entraban ganas de levantarme y clavarle un compás en el ojo. Entonces, dentro de mi propia indignación, oía risitas de fondo, murmullos ofendidos, de alumnos que probablemente también querían levantarse y clavarle un compás en el ojo, cuchicheos. Pero en realidad nadie hacía nada por evitarlo.
Bueno, mentira, algo sí que hacíamos: lo que podíamos. O, más bien, lo que se nos ocurría. A veces Sara levantaba la mano. A veces Rafi hacía directamente la pregunta para ver si el profesor volvía de su trance. A veces Lucas se levantaba para sacar punta en la papelera, en lugar de esperar hasta el final de la clase para tirar los restos. A veces Dani le tiraba una goma de borrar a Antón con intención de hacer ruido. A veces Ivette, que se ayudaba a sí misma sin percatarse, se daba la vuelta para averiguar si lo estaba haciendo bien y ahí sí: el profesor no tenía más remedio que mirar a la pizarra y hacer algún comentario. A veces hasta había voluntarios para salir a la pizarra. O quejas de por qué siempre sacaba a Ivette. «Ivette no es la única que sale a menudo a la pizarra». Y una mierda.
Por suerte, como siempre, llegó el final de curso y, con él, las esperadas vacaciones de verano. Ivette partió a Francia a principios de julio para pasar las vacaciones, como todos los años, junto con su familia; como pueden ver, ni siquiera podía concederme el placer de ser mi amor estival. Richy se fue con su madre. Álex fue a pasar el mes de julio en el pueblo de sus abuelos maternos, pero se volvió antes porque allí no tiene amigos y se aburre. Yo me fui una semana de viaje con mis padres. Creo que fue el año en que fuimos a Logroño. O Logroño fue al año siguiente y ése nos fuimos a Roma; no me acuerdo. El caso es que fue un verano normal, alegre, caluroso. Un verano de ir a la playa y salir con los amigos que no tenían chalet ni apartamento en los que escabullirse. Las fiestas del pueblo, los granizados de limón, las pipas en los bancos de la plaza del Ayuntamiento, los paseos por el río. Un verano de cerrar un libro y decidir no volver a abrirlo. Un verano que prometía un nuevo y mejor comienzo al llegar el mes de septiembre. Ya saben... como todos los veranos.
Bueno, mentira, algo sí que hacíamos: lo que podíamos. O, más bien, lo que se nos ocurría. A veces Sara levantaba la mano. A veces Rafi hacía directamente la pregunta para ver si el profesor volvía de su trance. A veces Lucas se levantaba para sacar punta en la papelera, en lugar de esperar hasta el final de la clase para tirar los restos. A veces Dani le tiraba una goma de borrar a Antón con intención de hacer ruido. A veces Ivette, que se ayudaba a sí misma sin percatarse, se daba la vuelta para averiguar si lo estaba haciendo bien y ahí sí: el profesor no tenía más remedio que mirar a la pizarra y hacer algún comentario. A veces hasta había voluntarios para salir a la pizarra. O quejas de por qué siempre sacaba a Ivette. «Ivette no es la única que sale a menudo a la pizarra». Y una mierda.
Por suerte, como siempre, llegó el final de curso y, con él, las esperadas vacaciones de verano. Ivette partió a Francia a principios de julio para pasar las vacaciones, como todos los años, junto con su familia; como pueden ver, ni siquiera podía concederme el placer de ser mi amor estival. Richy se fue con su madre. Álex fue a pasar el mes de julio en el pueblo de sus abuelos maternos, pero se volvió antes porque allí no tiene amigos y se aburre. Yo me fui una semana de viaje con mis padres. Creo que fue el año en que fuimos a Logroño. O Logroño fue al año siguiente y ése nos fuimos a Roma; no me acuerdo. El caso es que fue un verano normal, alegre, caluroso. Un verano de ir a la playa y salir con los amigos que no tenían chalet ni apartamento en los que escabullirse. Las fiestas del pueblo, los granizados de limón, las pipas en los bancos de la plaza del Ayuntamiento, los paseos por el río. Un verano de cerrar un libro y decidir no volver a abrirlo. Un verano que prometía un nuevo y mejor comienzo al llegar el mes de septiembre. Ya saben... como todos los veranos.