jueves, 30 de abril de 2026

IX

Por suerte, en segundo de la ESO, la cosa cambió; la gente que en primero se metía conmigo dejó de marearme. O al menos dejó de marearme tanto. Y, aunque me... fastidie, tengo que confesar que gran parte de esa “suerte” [hace el gesto de comillas con las manos] fue Ivette.
    A ver, hay que tener en cuenta que a ella siempre le ha gustado ser el centro de atención; por eso se decoloró el pelo a escasos dos días de reanudar el instituto. Claro... todo el mundo fijándose en ella. Y tampoco es que me queje, o sea... Yo me había cortado flequillo ese verano y me daba miedo que me miraran y lo usaran como motivo de burla, así que por ese aspecto debo estarle agradecida; porque ella desvió la atención hacia sí. Pero no era la única con un cambio de look, ¿saben? Dani, por ejemplo, se había rapado el pelo. Lucía se había hecho mechas de colores. A Hadi le estaba creciendo tanto el pelo que su propio peso estaba deshaciendo la forma de pompón tan graciosa que hasta ahora había llevado. Pero no es por esto por lo que digo que Ivette, hmm... contribuyó a que yo me sintiera menos... objeto de burla.
    Bueno, claro, tampoco sería sólo por ella. En el colegio se metieron mucho conmigo durante todo un curso y al siguiente se cansaron un poco; aquí pasaría lo mismo, digo yo. Pero el hecho de que Ivette dejara de tratarme tan mal ayudó un montón a que yo no me sintiera tan cohibida.
    Aunque yo seguía teniendo miedo; me quité el flequillo en menos de un mes por si acaso resultaba que aún no se habían dado cuenta de que lo tenía y se reían entonces de mí. Nadie dijo nada, o sea que supongo que nadie se fijaba en mí. Pero, bueno, ¡Ivette! Tenía novio. ¡O eso decía ella, claro! Que no sé yo... Me lo dijo Hadi, y luego fuimos juntas a preguntarle a Ivy por él. Nos dijo que lo había conocido en su pueblo. Mau... ¿lévre [sic]? Algo así. Ya les digo que nosotras no lo conocimos en ningún momento; ni oímos su voz en ningún audio ni nada. Yo, sinceramente, creo que se lo inventó para llamar la atención.
    Hadi sí que se lo creía, no dudaba nunca de su palabra, pero Ivette sólo nos pudo enseñar una foto suya: la que tenía de perfil en Facebook. El resto de las fotos de su cuenta eran de coches deportivos y demás tonterías; ceniceros con colillas, fotos borrosas supuestamente de algún botellón y paredes con grafitis, o cosas por el estilo. Nos dijo que era mayor que ella; unos diecisiete o así, creo.
    Prácticamente durante todo segundo, para Ivette no existió nada más que su teléfono móvil. Se pasaba el día sonriendo a la pantalla, enviando mensajes, leyendo lo que él le escribía desde donde quiera que estuviera; supongo que Francia, no sé, digo yo que viviría allí. Más de una vez los profesores la castigaron quitándole el teléfono y obligándola a quedarse en clase en la hora del recreo.
    No sé si todos, no recuerdo... cada clase en concreto. Pero supongo que sí, él también. Que se le caía la baba cada vez que la veía caminar por los pasillos. La sacaba a la pizarra y, en vez de vigilar que estuviera haciendo bien el ejercicio, lo que hacía era estudiar su figura como si la memorizara para un examen. Daba ganas de vomitar. Pero Ivette usaba el móvil delante de sus narices; por mucho que no quisiera importunar mínimamente al fuego de sus entrañas, tuvo que castigarla alguna vez o allí todos nos habríamos puesto a tuitear. No llamaría a sus padres, claro, pero al menos quitarle el móvil sí.
    Bueno. El caso es que no había fotos. [Entre risas]. ¡En serio! O sea... se suponía que habían pasado un verano increíble juntos, pero ¡no tenía ni una puta foto con él en su móvil! Ejem. Perdón por la palabrota. Que no digo que sea obligatorio, pero, si vas a mantener una relación a distancia, lo normal es tener fotos en el móvil para verlas cuando lo eches de menos. Digo yo, ¿eh?  Yo tengo un millón de fotos con Hadi y seguimos yendo a la misma clase. A mí no me cuadraba la historia.
    Aun así, debo decir que me alegré muchísimo de su relación con ese chico, fuera real o imaginaria. Para empezar, por lo que he dicho antes: dejó de meterse conmigo. Y una menos... pues se notaba. Porque además era una de las que más me... Iba a decir jodían. De las que más daño me hacían. Porque Ivette no es que me señalara y cuchicheara desde la distancia, no; Ivette me hablaba muy bruscamente y me cortaba. Me mandaba indirectas cuando sabía que yo estaba cerca sabiendo que me hacía mucho daño. Se notaba que intentaba hacerse la superior. Pero me dejó en paz. Y, aunque por supuesto seguía sin caerme bien, me di cuenta de que Hadi ya no parecía estar tan enamoriscada, ¿saben? Es como si al verla feliz con otra persona, hubiera cambiado el chip. Eso también se lo agradecí íntimamente.
    Un día Hadi me abordó a la salida del colegio con la frase: «Lucas se llama». Le pregunté de qué estaba hablando y me dijo: «¡El novio de Ivy!». Además me cogió del brazo, así, rodeándomelo con el suyo, que ya sé que es algo muy común entre las chicas, pero... ¡no voy a mentir!: hizo que las mariposas de mi estómago se revolucionaran. «”Lucas” no parece un nombre muy francés, ¿no?», le dije intentando no sonreír mucho por si se me notaba. «A ver, es que yo no sé pronunciarlo... Se dirá... “Lucá” o algo así...». Nos empezamos a reír a carcajadas y acabamos considerando la idea de que no fuera un chico francés. A fin de cuentas, Ivette tampoco vivía en Francia; igual lo había conocido mientras él también veraneaba. Quise saber si le había enseñado alguna foto más. «Qué va», fue la respuesta de Hadi. Y entonces hice un gesto con la mano y sin querer ¡le rocé una teta! [Cubre su rostro con las manos]. Diooos... ¡me morí de vergüenza, en serio! Pfff... Qué mal.
    Sí, sí, pero es que lo pasé fatal. Le pedí perdón y me puse superroja. Ella se rió, nno-no-no le dio importancia. Me dijo: «Pero ¡si ni lo he notado! ¿No ves que llevo un jersey tan gordo?» mientras yo me tapaba la cara con las manos y rezaba por volver atrás en el tiempo.
    Claro, ¿a quién no le ha pasado, que toca sin querer algo que no debe? Pero en ese momento yo quería que me tragara La Tierra.
    Al día siguiente decidimos tenderle una emboscada a Ivette para que nos contara todo sobre ese tal “Lucá” [hace el gesto de comillas con las manos]. A mí me importaba más pasar tiempo con Hadi que cotillear acerca del supuesto novio de Ivy, pero algo de curiosidad sí tenía. Al menos por la imaginativa de las respuestas; por ver qué se iba a sacar de la manga y si soltaba sin querer algo que la contradijera.
    Pues le hicimos las típicas preguntas que se hacen, ya saben, hmm... Cómo os habéis conocido exactamente, de dónde es, cómo besa, ¿se lo has contado a sus padres?, a qué huele su ropa, por qué no os habéis hecho una foto juntos para que nosotras podamos ver lo monos que sois, ¿existe de verdad o te lo has inventado? No sé...
 

jueves, 16 de abril de 2026

VIII

Al comienzo del segundo curso, los alumnos nos sentamos directamente en orden alfabético, porque la verdad es que para qué retrasar lo inevitable: Ricardo seguía siendo el profesor de matemáticas. Todo estaba igual a como lo habíamos dejado y a la vez distinto. Ivette lucía un dorado precioso en sus cabellos un poco más largos de lo habitual, a ras de los hombros. Richy había aprendido a plancharse las camisas, seguramente por influencia de su madre, que lo habría visto muy desaliñado. Teníamos una nueva repetidora que se pasaba las horas del recreo leyendo en un banco mientras escuchaba música o, al menos, llevaba puestos los auriculares. Bambi seguía muerto y Toni había desaparecido junto con su madre, aparentemente para pasar el luto tranquilos.
    Los profesores apenas habían cambiado: seguíamos teniendo la misma tutora, el profesor de francés aprovechaba cada oportunidad que tenía de enseñar fotos de su hija recién nacida, la profesora de tecnología se había hecho un liso permanente que no le quedaba ni bien ni mal y el director seguía igual de alegre y despistado como siempre.
    Yo había decidido olvidar a la chica que me gustaba, y lo había decidido, esta vez, en serio. Hasta ahora, como nunca la había visto colada por nadie, había mantenido la jugosa idea de que podría corresponderme; ahora ya sabía que no. Había aprovechado esos dos meses sin verla para metérmelo en la cabeza: Ivette era hetero; le gustaba Richy; Ivette era hetero y encima le gustaba Richy. O eso creía yo, hasta que la pillé escribiendo en las escaleras con permanente negro: «I & L» dentro de un corazón amorfo.
    Durante las vacaciones de verano, la dirección, o quien fuera que se encargara de esas cosas, había decidido que era hora de pintar las barandillas del instituto; tanto las de dentro como las de fuera. Escogieron un color llamativo que supuestamente nos quitaría a los alumnos las ganas de pintarrajear por encima y ahora lucían un bonito azul eléctrico que no pegaba para nada con el tono anaranjado del ladrillo. Habían desaparecido el «H x I = APS» de enfrente de la clase donde dábamos historia y sociales que tanto había disfrutado plasmar y el «Hadi ♥» que no sabía quién había tenido la desfachatez de escribir sin mi permiso. Pero Ivy, cómo no, se encargaba ya en el primer día de estrenarlas.
    «¿Quién es “L”?», le pregunté. «Mi novio». «¿TIENES NOVIO?». Por favor, esto transcríbalo en mayúsculas porque grité más de lo debido; tanto que los alumnos que nos rodeaban, en su mayoría de otras clases, se nos quedaron mirando. Titubeó un poco y al final me contestó: «Bueno, no es que sea mi novio-novio... Es alguien a quien conocí mientras estaba en Maulévrier». Terminó de hacer esa especie de corazón que envolvía las iniciales y sonrió satisfecha. Cuando sonreía de esa forma, se le iluminaba tanto el rostro que me hacía pensar, pobre de mí, que no iba a ser capaz de olvidarla del todo.
    Maulévrier.
    Sí: «mau», «le», con tilde.
    Sí, hacia la derecha. Y después: uve, erre, i, e, erre. Creo, vamos.
    [Entre risas]. Sí, es un poco complicado.
    Bueno, entonces le pregunté: «¿Y qué pasa con Richy?». «¿Qué pasa con él?». Su tono daba a entender sorpresa, como si de verdad no supiera de qué hablaba, mientras seguía admirando su propia obra de arte. «Eso digo: que qué pasa con Richy». Se levantó del suelo y se pasó rápidamente las manos por encima de los glúteos y las piernas, limpiando los posibles restos de polvo que hubieran quedado impregnados en su pantalón vaquero. «¡Oh! Ya... Bueno, Lu es más divertido». Me guiñó un ojo, cogió su mochila y se fue para clase; dejándome ahí, pasmada, intentando averiguar de qué nombre podía derivar «Lu».
    Tras unos segundos que me parecieron minutos, reaccioné y me fui yo también para clase. Se me ocurrían Luc o Lucien. El primero era demasiado corto como para tener que acortarlo más y el segundo no estaba segura en ese momento, clásico despiste producido por un shock muy fuerte, de que fuera nombre de chico. También estaba Louis, aunque podría haber dicho perfectamente Luc y yo no haber escuchado bien la pronunciación.
    A partir de ese momento, no existió nada para Ivette salvo ese misterioso «Lu». Se pasaba el día sonriendo a la pantalla de cinco pulgadas de su teléfono móvil; mirando su rostro atrapado en el aparato electrónico; leyendo sus mensajes y respondiendo cuidadosamente; sin importarle siquiera que los profesores la castigaran por usar el teléfono en clase. Porque la veían, créanme, a veces no se molestaba ni en disimular; y prácticamente todos la castigaron al menos una vez en todo el curso, bien sin móvil hasta que terminara la clase, bien quedándose en el aula en la hora del recreo. Pero a ella le daba igual; lo único que le importaba era conversar con su chico.
    Empezó a cortarse un poco cuando la tutora habló con sus padres y sus padres le advirtieron de que como siguiera así iba a quedarse sin teléfono móvil. No fue del todo eficaz porque ella seguía pendiente de aquello que vibraba dentro de su bolsillo, pero sólo lo sacaba de ahí en las clases en las que lograba sentarse por el fondo. Y a veces cuando tocaba matemáticas, claro; por mucho que Ricardo llegara a castigarla, jamás se le habría ocurrido telefonear a sus padres.
    Hasta nos llegó a pedir consejo a Álex y a mí para ver qué podía o no contestar. ¡A nosotras!, que no teníamos ni idea de hablar con chicos. [Entre risas]. La pobre Álex acabó un poco harta del tema, porque la verdad es que Ivette puede llegar a ser muy pesada, pero a mí me hacía feliz verla tan ilusionada. Al menos le hacía el caso que se merecía, no como el hijo del profesor. Por primera vez una de nosotras saboreaba lo que era el amor correspondido; y que ella hubiera superado a Richy tan rápidamente me parecía el primer paso para que, poco a poco, todas fuéramos superando nuestros desengaños amorosos. El curso había empezado fuerte, y yo estrenaba zapatos, así que no iba a quedarme atrás.
 

jueves, 2 de abril de 2026

VII

Y ahora yo me pregunto: ¿sabía que su padre babeaba por una alumna? Yo imagino que sí porque se veía a la legua. Todos, de hecho, acabamos enterándonos; era algo que se veía si prestabas un mínimo de atención en clase. Cada vez que ella salía a la pizarra, lo encontrabas a él con la mirada fija en su trasero; no había excepción que confirmara ninguna regla. Era patético verlo tan abstraído; me entraban ganas de levantarme y clavarle un compás en el ojo. Entonces, dentro de mi propia indignación, oía risitas de fondo, murmullos ofendidos, de alumnos que probablemente también querían levantarse y clavarle un compás en el ojo, cuchicheos. Pero en realidad nadie hacía nada por evitarlo.
    Bueno, mentira, algo sí que hacíamos: lo que podíamos. O, más bien, lo que se nos ocurría. A veces Sara levantaba la mano. A veces Rafi hacía directamente la pregunta para ver si el profesor volvía de su trance. A veces Lucas se levantaba para sacar punta en la papelera, en lugar de esperar hasta el final de la clase para tirar los restos. A veces Dani le tiraba una goma de borrar a Antón con intención de hacer ruido. A veces Ivette, que se ayudaba a sí misma sin percatarse, se daba la vuelta para averiguar si lo estaba haciendo bien y ahí sí: el profesor no tenía más remedio que mirar a la pizarra y hacer algún comentario. A veces hasta había voluntarios para salir a la pizarra. O quejas de por qué siempre sacaba a Ivette. «Ivette no es la única que sale a menudo a la pizarra». Y una mierda.
    Por suerte, como siempre, llegó el final de curso y, con él, las esperadas vacaciones de verano. Ivette partió a Francia a principios de julio para pasar las vacaciones, como todos los años, junto con su familia; como pueden ver, ni siquiera podía concederme el placer de ser mi amor estival. Richy se fue con su madre. Álex fue a pasar el mes de julio en el pueblo de sus abuelos maternos, pero se volvió antes porque allí no tiene amigos y se aburre. Yo me fui una semana de viaje con mis padres. Creo que fue el año en que fuimos a Logroño. O Logroño fue al año siguiente y ése nos fuimos a Roma; no me acuerdo. El caso es que fue un verano normal, alegre, caluroso. Un verano de ir a la playa y salir con los amigos que no tenían chalet ni apartamento en los que escabullirse. Las fiestas del pueblo, los granizados de limón, las pipas en los bancos de la plaza del Ayuntamiento, los paseos por el río. Un verano de cerrar un libro y decidir no volver a abrirlo. Un verano que prometía un nuevo y mejor comienzo al llegar el mes de septiembre. Ya saben... como todos los veranos.