Anoche se me ocurrió asomarme para mirar debajo de la cama y vi que el monstruo estaba llorando. Le pregunté qué le ocurría, pero no supo decírmelo. O yo no supe entenderlo. O ambas cosas a la vez.
Tragué un poco de saliva e intenté tocar su rostro mojado con mis manos temblorosas, pero al parecer el pobre había estado pasando tanto miedo allí abajo que había colocado entre él y el resto del mundo un cristal para que nadie pudiera hacerle más daño. Golpeé suavemente el vidrio y le pregunté si me dejaba entrar, pero en lugar de responder se puso a llorar más fuerte.
Le dije que yo también tenía miedo y que me sentía sola, y que por eso me había asomado, para buscar compañía, aunque solo fuera la compañía de los monstruos que me asustaban de pequeña —esto último no se lo dije, claro—. El monstruo, en lugar de compadecerse y sentir lástima por mí, se indignó hasta el punto de darme la espalda y ponerse a mirar detenidamente el gotelé de la pared, como si le importara realmente la disposición de la pintura. Pero unos segundos después volvió a girarse porque se sentía solo y también buscaba compañía.
Anoche, después de asomarme para mirar debajo de la cama y ver que el monstruo estaba llorando, se me ocurrió tumbarme en el suelo y fijar la mirada en sus preciosos ojos verdes. Entonces caí en la cuenta de que no me era extraño verlo tan solo, pero sí que me resultaba extraño el hecho de no extrañarme por ello.
Me paré a pensarlo un momento y recordé que de pequeña había muchos más monstruos viviendo debajo de mi cama (los suspensos, la oscuridad, la falta de oxígeno, el morir aplastada, la locura, la soledad...). Y por supuesto ninguno de ellos se cubría tras un cristal porque la única que tenía miedo era yo —de ellos.
Volví a hablar con el monstruo y le pregunté si lloraba porque todos los demás se hubieran ido sin él, pero no quiso contestarme. Le pregunté por qué no se iba él a buscarlos y dijo que no podía, que estaba encerrado para siempre en ese oscuro lugar de debajo de mi cama. Me dio tanta pena que empecé a golpear fuertemente el cristal para ayudarlo a salir.
Ni siquiera le dio tiempo a gritar. Comenzó a desfigurársele poco a poco el rostro y se cayó en pedazos hasta fundirse con el suelo como el queso en los macarrones. No sé quién de los dos se quedó más sorprendido, la verdad, pero yo fui la única que se quedó para verlo desaparecer del todo. A lo mejor se ha ido a buscar a sus viejos amigos, pensé, ya que he logrado romper el cristal que se lo impedía.
Estuve toda la noche esperándolo, pero no volvió.
Desde entonces soy yo la que duerme debajo de la cama.
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