Para empezar, ni siquiera soy una
mujer: soy una niña. Soy una niña mentirosa y cobarde. Probablemente te
responda que no, que no llevo ansiolíticos en el bolso, que no fumo
desde la última vez que te dije que ya no fumaba, que tengo prisa y que
me están esperando. Una vez me acosté con alguien bajo las estrellas. La
última vez que me cogieron de la mano, sentí miedo. A veces, cuando no
lo siento, digo la verdad. Puedo decirte que ya no tengo amigos, que
apenas he cambiado desde la última vez que nos besamos, que he tirado la
toalla a pesar de mi admiración por Douglas Adams. Una vez envié un
mensaje a todos los Danis de Valencia para buscar a uno en concreto. Y
lo encontré. La muerte se me antoja absurda. Tan absurda como esta
tendencia enfermiza que tengo a perderme y a encontrar siempre el camino
sin pararme a preguntar. Cojo muchos autobuses. Leo poesía actual como
cualquier otra gilipollas, pero no te preocupes: no leo ni a Marwan ni a
Ojeda. Silencio absoluto cuando me preguntas cómo estoy. Estoy viva y
no voy a suicidarme, que es lo que en realidad quieres saber. He robado
más de un libro que después me ha robado el corazón. Hay días en los que
solo hablo porque alguien me pregunta cómo ir a un sitio. Me acojo a mi
derecho a permanecer en silencio. Escribo mucho, pero tampoco hace
falta que me creas.
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