A veces mi salida diaria se convierte en mi salida semanal. A veces me visto, me trenzo el pelo y me pinto las uñas para salir pero en el último momento me arrepiento y vuelvo a meterme en el pijama. A veces ya sé que debería salir más, pero para qué. Para coger el autobús y bajarme enfrente del Centro Comercial donde voy a llorar cuando no hay más mujeres en el baño. Para pasar al lado de la librería de segunda mano a la que prometo visitar la próxima vez que vaya a Valencia y acabar entrando en otro sitio más frío, más grande y más lleno, pero menos amable con los clientes. Para que después me duelan los pies. Para tener que volver de todas formas a casa y decir: ya he salido y aún es martes, hasta la semana que viene.
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