domingo, 13 de noviembre de 2016

a los ocho años era feliz y me prometí morir a los veinticinco

tenía una explicación. esa señora me comió el coco y me hizo creer en Dios. no podía llegar a vieja porque no quería pasarme la eternidad en el cielo con aspecto ajado y artritis. tenía que morir joven y bella, pero sin ser pequeña.

a los catorce la cosa cambió por completo. (vaya que si cambió...). tenía que morir en ese mismo momento, el momento más feliz de mi vida, pero no lo hice. y desde entonces duermo fatal.

a los quince me prometí que, si a los veinticinco estaba viva, soltera, independiente y sin hijos, recurriría a la inseminación artificial. (los sueños hay que cumplirlos antes de morir).

ahora tengo veintidós y hace tiempo que no tengo esperanzas. no debí salirme del plan inicial. no debí dejar de creer en Dios. ahora si no llego a los veinticinco significará que no hice todo lo que pude. ahora si llego a los veinticinco es probable que llegue también a los veintiséis, rompiéndole así el corazón a la niña feliz de ocho años que fui.

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