Ella se sienta a su lado e intenta convencerla de que va a morir sola. Pero resulta que ya se convenció de ello antes de conocerla. Y cuando la conoció comprendió que jamás volvería a estar sola. Porque inmediatamente supo que ella nunca la abandonaría.
Acaba de llegar al mundo y todos la miran. Todos adoran a la pequeña mientras aún tiene la poca edad como para considerarla graciosa. Luego la observan con lupa para distinguir y señalar sus rarezas y sus torpezas. Ya desde tan minúscula sabe cómo se sienten los animales en el zoo.
Tiene tres años y sufre su primer abandono. Los primeros en acogerla serán también los primeros en humillarla públicamente. Llora a todas horas y la llaman llorona. Llora en todas partes y nadie la consuela.
Tiene ocho años y está en catequesis. Hay que hacer caso a los mayores. Hay que rezar antes de dormir. Hay que confesarse para ir al cielo. Mentir está mal. Mentir está mal, pero a ella le mienten. Le mienten a pesar del caso que hace. Le mienten a pesar de lo mucho que reza, de rodillas, enfrente de su cama, por las noches. Le mienten a pesar de que se confiesa con el párroco de la iglesia. Mentir está mal, pero a ella le dicen que posee un alma inmortal. Le dicen que cuando fallezca, ya de vieja, si se ha portado bien, su alma permanecerá intacta en el cielo. De manera permanente. Así que ella se imagina a sí misma en forma de espíritu, en el cielo, con la piel arrugada, fea, canosa y un poco chepada, tal y como estaría si muriera de vieja, y no le gusta. La espanta pensar en pasar toda la eternidad con ese aspecto. El aspecto de su vieja catequista, la que se encarga de mentirle todos los miércoles por la tarde diciéndole que posee un alma inmortal. Y empieza a convencerse a sí misma de que no durará mucho. Decide en secreto que morirá a los veinticinco, cuando su belleza alcance su cénit, y pasará la eternidad joven, fuerte y resplandeciente.
Tiene doce años y toda la culpa. El rostro de enfado de la madre al ver que su niñita, su polluelo, su estúpida cría, la que llora a todas horas, ya es, inevitablemente, lo que conmúnmente se llama una mujer. La burla del padre vendrá unos minutos más tarde. El color burdeos se convertirá a partir de ese momento en su color favorito.
Tiene catorce años y la vida se tuerce. Llegan los deseos de ser madre y el terrible miedo a, si muere, como lo planeado, a los veinticinco, no serlo. Se imagina dando a luz a una niña noche tras noche. Se imagina con un bebé en brazos día tras día. Se imagina. Se imagina tantas cosas que se presiona a sí misma y llega la eterna virginidad. Respira hondo y cambia el plan inicial de morir a los veinticinco. A partir de entonces, los veinticinco no señalarán la muerte, sino la concepción. A partir de entonces, los veinticinco serán la edad en la que sea madre.
Tiene quince años y quince pastillas en el estómago. No desea la vida. Se imagina a sí misma muerta sobre la cama. Cree fervientemente que a la mañana siguiente sus padres irán a despertarla y encontrarán su cadáver. Esa noche duerme mejor que nunca. Esa noche duerme feliz. Pero a la mañana siguiente despierta decepcionada. No lo sabe, pero seguramente ella ya esté a su lado. O esté a punto de presentarse.
Tiene dieciocho años y ha perdido a sus amigos. Pero no está sola; sabe que ella está a su lado. No sabe desde cuándo (quizá desde los quince, quizá desde siempre, quizá desde hace poco), pero sabe que está allí con ella y que nunca la abandonará.
Tiene veinte años y por primera vez en su vida ha sentido deseos de yacer con un hombre. No es la primera vez que se enamora, pero sí la primera vez que descubre que su aparato reproductor no está muerto. Como mucho agonizante, moribundo, muy cansado. Pero parece que se mueve, ¡ruge! La pega es que él está al otro lado de la pantalla y el eclipse no se vuelve a producir. No es feliz. Hace tiempo que ya no lo es. Está hecha un lío. No sabe si hacer caso a su yo de ocho años o a su yo de catorce, así que traza un nuevo plan que dicta que, si a los veinticinco no se queda embarazada, a los veinticinco se suicidará. Los astros apuntan a que será esto último lo que terminará ocurriendo.
Tiene veintitrés años y cada vez la obsesiona más la idea del suicidio. Se imagina a sí misma clavándose un cuchillo en la garganta. Lleva ya seis o siete años haciéndose cortes en las muñecas y hace un tiempo ha empezado con el resto del cuerpo. Se esfuerza en esconder las cicatrices pero está cansada de hacerlo; de todas formas, nadie las ve. Hace tiempo que han dejado de fijarse en ella salvo para burlarse o gritarle cuando hace algo mal. Se imagina a sí misma muerta por sobredosis y a veces lo intenta. Le duele la barriga y vomita. Tiene miedo de habituar su cuerpo. Tiene miedo de no morir. Pero también tiene miedo de hacerlo. Es entonces cuando ella se sienta a su lado e intenta convencerla de que va a morir sola. Pero resulta que ya se convenció de ello antes de conocerla. Y cuando la conoció comprendió que jamás volvería a estar sola. Porque inmediatamente supo que ella nunca la abandonaría.
Tiene catorce años y la vida se tuerce. Llegan los deseos de ser madre y el terrible miedo a, si muere, como lo planeado, a los veinticinco, no serlo. Se imagina dando a luz a una niña noche tras noche. Se imagina con un bebé en brazos día tras día. Se imagina. Se imagina tantas cosas que se presiona a sí misma y llega la eterna virginidad. Respira hondo y cambia el plan inicial de morir a los veinticinco. A partir de entonces, los veinticinco no señalarán la muerte, sino la concepción. A partir de entonces, los veinticinco serán la edad en la que sea madre.
Tiene quince años y quince pastillas en el estómago. No desea la vida. Se imagina a sí misma muerta sobre la cama. Cree fervientemente que a la mañana siguiente sus padres irán a despertarla y encontrarán su cadáver. Esa noche duerme mejor que nunca. Esa noche duerme feliz. Pero a la mañana siguiente despierta decepcionada. No lo sabe, pero seguramente ella ya esté a su lado. O esté a punto de presentarse.
Tiene dieciocho años y ha perdido a sus amigos. Pero no está sola; sabe que ella está a su lado. No sabe desde cuándo (quizá desde los quince, quizá desde siempre, quizá desde hace poco), pero sabe que está allí con ella y que nunca la abandonará.
Tiene veinte años y por primera vez en su vida ha sentido deseos de yacer con un hombre. No es la primera vez que se enamora, pero sí la primera vez que descubre que su aparato reproductor no está muerto. Como mucho agonizante, moribundo, muy cansado. Pero parece que se mueve, ¡ruge! La pega es que él está al otro lado de la pantalla y el eclipse no se vuelve a producir. No es feliz. Hace tiempo que ya no lo es. Está hecha un lío. No sabe si hacer caso a su yo de ocho años o a su yo de catorce, así que traza un nuevo plan que dicta que, si a los veinticinco no se queda embarazada, a los veinticinco se suicidará. Los astros apuntan a que será esto último lo que terminará ocurriendo.
Tiene veintitrés años y cada vez la obsesiona más la idea del suicidio. Se imagina a sí misma clavándose un cuchillo en la garganta. Lleva ya seis o siete años haciéndose cortes en las muñecas y hace un tiempo ha empezado con el resto del cuerpo. Se esfuerza en esconder las cicatrices pero está cansada de hacerlo; de todas formas, nadie las ve. Hace tiempo que han dejado de fijarse en ella salvo para burlarse o gritarle cuando hace algo mal. Se imagina a sí misma muerta por sobredosis y a veces lo intenta. Le duele la barriga y vomita. Tiene miedo de habituar su cuerpo. Tiene miedo de no morir. Pero también tiene miedo de hacerlo. Es entonces cuando ella se sienta a su lado e intenta convencerla de que va a morir sola. Pero resulta que ya se convenció de ello antes de conocerla. Y cuando la conoció comprendió que jamás volvería a estar sola. Porque inmediatamente supo que ella nunca la abandonaría.
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