jueves, 8 de enero de 2026

I

La clase de gimnasia era la única hora del día en la que veíamos a Álex con pantalones. Recogía su larguísima melena rojiza en un moño alto y paseaba su marcada mandíbula por el campo de fútbol. Casi todos los chicos se burlaban de ella, incluso Richy. Pero Richy sólo tenía miedo de quedarse sin amigos; en el fondo estaba colado por Álex, aunque eso no lo hacía menos gilipollas.
    Nunca supe qué vio Ivette en él. Ella que era tan guapa y con la piel más lisa que jamás haya visto; con ese corte de pelo que dejaba ver su cuello de cisne y esos conjuntos tan perfectos que siempre llevaba. Era la única de nosotras que se metía con Álex. Sobre todo por la ropa; Álex siempre llevaba vestidos porque no sabía cómo hacer para que los pantalones no le marcaran el paquete. Ella prefería llamarlo regalo porque decía que era como el típico regalo navideño que una no pide pero aun así encuentra debajo del árbol. Era una forma de sobrellevarlo. Luego venía Ivette y le soltaba que eso era una estupidez, pero sólo lo decía porque tenía celos de que Richy se fijara en Álex en vez de en ella.
    Yo me fijé en Ivette desde el primer día en que la vi, aún en el colegio, recién llegada de Francia, nuestra vecina del norte. Tenía un acento precioso que poco a poco fue perdiendo, no como su encanto, que fue creciendo. Confieso que al principio yo albergaba la esperanza de que me correspondiera, pero entonces entramos en el instituto y ella se fijó en un chico, así que mi corazoncito hizo clac.
    Richy era nuevo en el pueblo, algo que, lógicamente, llamó la atención de Ivette. Su padre acababa de divorciarse y decidió mudarse. Richy se fue a vivir con él porque su madre viaja mucho por culpa del trabajo. A Richy le habría gustado quedarse con ella porque pensaba que así tendría más libertad de hacer lo que quisiera, pero acababa de cumplir los doce años y el juez pensó que lo que necesitaba era una persona adulta que estuviera siempre en casa.
    El padre de Richy resultó ser también el profesor de matemáticas. Nos mandaba muchos deberes y hablaba demasiado deprisa. No nos caía muy bien, pero fingíamos que sí porque teníamos miedo de que Richy se chivara y como consecuencia hiciera más difícil aprobar su asignatura. ¿Lo habría hecho alguna vez? Quién sabe.
    A la hora del recreo solíamos separarnos: chicas por un lado y chicos por otro. Estábamos lo suficientemente lejos como para cuchichear acerca de alguien del otro grupo, pero lo suficientemente cerca como para vernos bien. Richy siempre miraba hacia nosotras, para ver si por casualidad cruzaba miradas con Álex, pero siempre terminaba topándose con las insinuaciones de Ivette. Insinuaciones que yo captaba a la primera pero que, en dirección a Richy, caían en saco roto.
    El saco roto en este caso solían ser Dani o Antón o ambos, que también estaban colados por ella pero que habían decidido no decirle nada porque no querían destrozar la amistad que había entre ellos desde hacía ya tanto tiempo. Sin embargo, a veces, los pobres ilusos, creían que por fin ella había decidido corresponderles y se peleaban por ver cuál de los dos era el dueño de su corazón. No la conocían tan bien como yo como para saber a quién amaba y a quién aborrecía. Ellos dos la aborrecían; sobre todo porque creían, los pobres ilusos otra vez, que no se enteraba de nada.
    A mí no me amaba pero nos llevábamos bien. Hacía tiempo que eso me bastaba. Me dolía, y cada día más, pero me bastaba. También me había hecho muy amiga de Álex. Ella también estaba colada por alguien que no le correspondía, y se conformaba con que al menos fuera su amiga. Por esta regla de tres, podría haberme hecho amiga de Richy, pero Richy era un payaso.
    Álex tenía prohibido usar el lavabo de chicas. Sus padres habían ido a quejarse al instituto, pero no les habían hecho caso. Como solución, el centro les había ofrecido que Álex usara el lavabo de minusválidos. Pero Álex no era minusválida, Álex sólo era una chica que meaba de pie.
    Sus padres no habían querido conocer el sexo de su bebé antes de que naciera; querían que fuera una sorpresa. Sin embargo, todo el mundo les había insistido en que, al menos, tenían que elegir un nombre; así que eligieron Álex, que valía igual para chico que para chica. Al final la sorpresa resultó ser doble porque, siete años después de haber dado a luz a un niño, éste se convirtió en una niña.
    Yo recuerdo el cambio. Seguramente todos lo recordamos. Álex empezó a dejarse el pelo largo. Los niños se burlaban de él, las niñas teníamos envidia de su melena. Hay muchos hombres adultos con el cabello largo, pero niños pequeños no se ven tantos. Un día, ya en quinto de primaria, vino a clase con falda. Los cuchicheos empezaron desde lejos, mientras Álex llegaba al colegio acompañada de su padre, que la abrazaba por los hombros. Casi todos se reían. Yo era una de las pocas que no lo hacían.
    Era raro, no voy a mentir, pero ya sabíamos desde hacía tiempo que a Álex le encantaban las faldas y los vestidos. Siempre nos hacía algún cumplido a las otras chicas cuando llevábamos una. También solía hablar de sí mismo como si fuera una chica. Algunos decían que era porque le gustaban los chicos, pero mis padres no hablan de sí mismos como si fueran mujeres, así que esa teoría no se sostenía. No sé de qué hablaron la profesora y el padre de Álex ese día, pero gracias a ellos empezamos tarde las clases.
    Las chicas empezamos a hablar con Álex sobre la ropa. Álex pareció relajarse un poco y por un momento consiguió ignorar las risitas de los chicos. Antes de dejar que se fuera a clase, su padre le había dado un beso en la frente y le había dicho que estaba muy guapa. El padre de Álex es diseñador de ropa, así que lo decía con conocimiento de causa.
    No todos los chicos eran unos capullos, claro. Lo que pasa es que Toni y Bambi lo eran. Y Toni y Bambi eran los más chulos de la clase. O los más tontos, depende de cómo se mire. Eran mellizos y no tenían padre: había muerto esnifando cocaína de la espalda de una prostituta. O eso decían abiertamente los hermanos, que parecían desear cumplir los treinta para seguir sus pasos y enviudar a una mujer de veintipocos años embarazada. En realidad no teníamos forma de saber si la historia era cierta o no, sólo podíamos fiarnos de su palabra.
    El caso es que eran los más chulos, en parte porque eran repetidores, y casi todos los chicos intentaban seguir sus pasos; algunos porque los admiraban y otros porque les tenían miedo. Nosotras pasábamos de ellos y ellos pasaban de nosotras. A sus espaldas nos reíamos del apodo de Bambi: nos parecía demasiado adorable como para darnos miedo. Él creía que al ser el nombre del protagonista de una película infantil impactaba más, pero un ciervo que ha perdido a su mamá sólo puede dar lástima.
    No hace mucho, se lo preguntamos a Toni; nos dijo que, cuando era pequeño y después de ver la película, su hermano no era capaz de distinguir un ciervo de otro animal y llamaba «Bambi» a todo ser viviente con el que se cruzaba. A todo; ya fuera un gato, un colibrí o una colias común. Yo imagino que distinguirlos los distinguía, pero que le había cogido cariño al nombre del cervatillo. Hasta que un día Toni le dijo: «¡No!, ¡tú eres Bambi!» y a Bambi le gustó.
    A partir de entonces, Álex empezó a vestir con faldas y vestidos. Yo creía que con el tiempo se cansarían de reírse de ella; la novedad ya había pasado, no tenía sentido seguir; para qué recrearse en la página de un libro si después viene otra. Y casi fue así, pero al entrar en el instituto nuestra clase se entremezcló con otras clases y, al haber gente nueva que no estaba al corriente de la situación de Álex, volvieron las burlas del principio. Pero ella pasaba. Procuraba estar poco tiempo en el cuarto de baño y mucho tiempo al lado de sus amigas. No tardé en darme cuenta de que en realidad la falda no escondía que había nacido varón, sino que su propio cuerpo escondía que había nacido mujer.
 
 
NOTA de la publicación en este blog:
Novela terminada el 22 de febrero de 2020, publicada a plazos en este blog. Puede leerse entera a través de este enlace a Google Drive.

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