Quien padece sara experimenta una parálisis en todo el cuerpo cuando oye cualquier tipo de ruido —una puerta, unos pasos, una voz.
Quien sufre sara tiene insomnio por la noche y se pasa el día durmiendo haga lo que haga —viajar en autobús, comprar el pan, leer en el parque.
Quien está sara riega a cada paso que da las plantas de los pies para ver si en lugar de la pena se ahoga ella.
Quien incuba sara no es contagioso de sara, pero sí del miedo a contagiarse.
Quien tiene sara no tiene remedio, tiene sara.
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