Y
menos mal porque los detesto. Se oye el llanto del vecino y yo me
alegro porque no puede hacerme la competencia. Pero es que yo soy veinte
veces mayor que él y claro: juego con ventaja.
En
la tele hay dos amantes que se ríen mientras se quitan la ropa mientras
se besan. Somos tú y yo superando a las ganas. Tu madre no volverá
hasta dentro de dos días y eso hay que aprovecharlo.
Me
atraviesas todo el cuerpo con los ojos. Cae tu boca sobre mí como un
alud. Aquí allí allí aquí. Habla más alto porque hace ya un rato que he
dejado de escucharte. Somos unos adultos de cincuenta años que han
redescubierto la adolescencia.
Ahora
tienes veinte mil manos que me cubren suavemente todo el cuerpo. Pero
te da miedo romperme porque soy muy frágil, dices. Y yo te digo que soy
de vidrio y si me rompes no pasa nada porque siempre puedes volver a
construirme porque el vidrio es cien por cien reciclable y a mí me
gustan las cosas cien por cien reciclables. Como mi saliva en tu boca o
tus huellas dactilares en mi vestíbulo vulvar, a punto de entrar en
casa.
En
mi casa hace calor hasta en invierno. Te quiero tanto que pase lo que
pase siempre encontrarás cuatro paredes y un techo bajo el que llover
cuando fuera el frío haga de las suyas. Te quiero tanto que tenerte no
es suficiente. Quiero también tus gustos musicales, tu puntuación en los
videojuegos, el odio que le tienes a esa nariz tuya que me encanta, tu
voz para cantar, tus manos en el piano, tus camisetas negras, tu carrera
universitaria, tu pérdida de tiempo al ir a aquella tienda que al
parecer cierra por la tarde, tu casa y esos calamares que saldrán del
congelador en cuanto yo salga por la puerta.
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