lunes, 6 de junio de 2016

En tu casa ya no se sirven calamares

Y menos mal porque los detesto. Se oye el llanto del vecino y yo me alegro porque no puede hacerme la competencia. Pero es que yo soy veinte veces mayor que él y claro: juego con ventaja.

En la tele hay dos amantes que se ríen mientras se quitan la ropa mientras se besan. Somos tú y yo superando a las ganas. Tu madre no volverá hasta dentro de dos días y eso hay que aprovecharlo.

Me atraviesas todo el cuerpo con los ojos. Cae tu boca sobre mí como un alud. Aquí allí allí aquí. Habla más alto porque hace ya un rato que he dejado de escucharte. Somos unos adultos de cincuenta años que han redescubierto la adolescencia.

Ahora tienes veinte mil manos que me cubren suavemente todo el cuerpo. Pero te da miedo romperme porque soy muy frágil, dices. Y yo te digo que soy de vidrio y si me rompes no pasa nada porque siempre puedes volver a construirme porque el vidrio es cien por cien reciclable y a mí me gustan las cosas cien por cien reciclables. Como mi saliva en tu boca o tus huellas dactilares en mi vestíbulo vulvar, a punto de entrar en casa.

En mi casa hace calor hasta en invierno. Te quiero tanto que pase lo que pase siempre encontrarás cuatro paredes y un techo bajo el que llover cuando fuera el frío haga de las suyas. Te quiero tanto que tenerte no es suficiente. Quiero también tus gustos musicales, tu puntuación en los videojuegos, el odio que le tienes a esa nariz tuya que me encanta, tu voz para cantar, tus manos en el piano, tus camisetas negras, tu carrera universitaria, tu pérdida de tiempo al ir a aquella tienda que al parecer cierra por la tarde, tu casa y esos calamares que saldrán del congelador en cuanto yo salga por la puerta.

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