Tenía doce años, seis meses, doce días y doce horas cuando mi madre
confundió la sangre con la orina. Venía de la fiesta de cumpleaños de
una amiga. Ya era de noche: estábamos casi en invierno. «¿Te has meado?»
no es la respuesta que una espera cuando grita con vergüenza «mamááá».
Las bragas eran negras y estaban mojadas. Lo primero que había hecho
nada más entrar en casa era ir al baño para hacer un pis. No me
aguantaba. El pantalón también era oscuro, pero no es un detalle
importante: la sangre no caló. Nací entre las ocho y media y las nueve
en punto de la mañana. Andando por la calle no noté nada. Andando por la
calle no me di cuenta de que ya podía tener hijos. Pero nada más notar
húmedas mis bragas lo supe. Pasé un papel blanco y se tiñó de burdeos.
Nada más notar húmedas mis bragas, mi madre creyó que me había meado
encima. Yo seguía sentada en la taza del váter. Ya había orinado, ya me
había limpiado, ya empezaba a estar nerviosa. Le dije que no. Parecía
enfadada. «Entonces ya tienes la regla». Sí, mamá: ya tengo la regla.
No hay comentarios:
Publicar un comentario