Enterramos
a mi padre el sábado. Bajo una lluvia de hojas secas fruto del otoño.
Octubre es el mes de las calabazas. Yo llevaba una falda naranja el día
en que lo encontramos muerto. Enterrar no es la palabra. Lo dejamos en
un nicho. En el tercer piso de una finca a medio habitar. Nosotros
también vivíamos en un tercer piso —bueno, seguimos viviendo— de una
finca habitada sobre todo por la tercera edad. Mi vecina de la puerta
quince se sigue acordando de cuando yo era así de pequeña y mis padres
me dejaban al cuidado de sus hijas cuando se iban a trabajar. Mi vecina
de la puerta siete me sigue llamando por el diminutivo. Mi vecina de la
puerta uno ya no se burla de mí. Mis vecinos de la puerta cuatro ya no
mencionan a mi abuela cuando me ven. Quizá ya no les recuerdo a ella.
Quizá ya no tenemos nada en común, ahora que han cortado la cuerda que
nos unía.
Tuve que
vestirme de marrón oscuro en el funeral. Lo único negro que tengo son
una colección de medias que he usado una vez en la vida y un vestido
ajustado por el que se me asoma demasiado el corazón. Demasiado para el
funeral de un padre, quiero decir. Demasiado para los demás. Octubre
también es el mes de las ramas desnudas, pero yo cubrí mis brazos con la
chaqueta más oscura que encontré que podía valerme. Una con la
cremallera desgastada que costaba mucho de subir.
Después
de introducir la caja alargada en el hueco, fuimos a comer a un
McDonald's. Mi padre odiaba el McDonald's salvo cuando nos íbamos de
viaje. En Madrid comimos McDonald's. En París comimos McDonald's. En
Roma comimos McDonald's y pizza. Primera y última vez que me comí una
pizza grande entera yo sola. Yo sola también estaba la última vez que mi
padre se fue al campo. Así que sólo se despidió de mí.
El
último viaje que hicimos juntos fue el de Venecia. El foto-libro sigue
cogiendo polvo en la estantería. La tienda en la que nos lo hicimos ya
no existe. Ahora si queremos hacernos otro tiene que ser a través de
Internet. Todo tiene que ser a través de Internet. Mandar currículos,
inscribirte en la bolsa de trabajo, actualizar la cartilla del banco. Ya
ni siquiera te dan cartilla. Ahora hay una aplicación para el móvil con
la que puedes ver tus cuentas. Todo muy cómodo y sencillo. Mi padre lo
odiaba. Como también odiaba el campo de mis abuelos. Por eso me extrañó
que se fuera así como así.
Llevaba
unos días comportándose de forma extraña. En silencio. Pasando por alto
cosas que de normal no pasaba por alto. Ponernos a fregar tarde,
olvidarnos de decir que la puerta había vuelto a chirriar, terminar las
infusiones y no ir a por más. Esas cosas le molestaban. Como que mi
hermano saliera a correr a las nueve de la noche o mi obstinada negativa
a sacarme el carnet de conducir. Ahora que él no está, no hay nadie que
pueda obligarme a ello.
Suponemos
que fue un accidente. Intentaba levantar un muro y se le cayó encima.
Intentaba levantar una fortaleza y se le derrumbó. Intentaba construir
un hogar y nosotros le fallamos.
El
campo de mis abuelos siempre ha estado en ruinas. La piscina, un
socavón en la tierra. La puerta del baño, una triste cortina. Las
sillas, inexistentes. Salvo si nos acordamos de subir al coche las
plegables. Llevamos años toda la familia diciendo que tenemos que quedar
para arreglarlo. Empezar a quitar las malas hierbas y construir aunque
sea un rinconcito decente para hacer paellas. Nunca nos ponemos de
acuerdo con el día. Él llevaba varios días recluido en esas tierras. No
sabíamos qué hacía y por eso fuimos a mirar. Encontramos los escombros y
al principio no supimos lo que significaban. Los restos de una vida,
pensé yo, sin saber que él estaba ahí debajo.
Tampoco
sé muy bien cómo nos dimos cuenta. Quizá empezamos a remover en el
polvo, quizá quisimos comprobar el peso del ladrillo, quizá olimos la
carne muerta, o advertimos la silueta de un cuerpo, o simplemente ya nos
lo imaginábamos. El caso es que lo enterramos el sábado. Bajo una
lluvia de hojas secas fruto del otoño. Y ahora, cada vez que piso sin
querer un montículo de hojas caducas, sólo puedo acordarme de mí misma
con una falda naranja subiendo hasta la cima del montículo de ladrillos y
cemento, pisando sin querer el cadáver de mi padre.
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