El
forense volvió a colocar bien la sábana blanca. No sabes qué impresión
me dio ver tu rostro en esa mesa, Rebeca, no sabes el nudo en el
estómago, el vacío en el interior de las costillas, la fuerza en los
dientes, esa presión en la mandíbula que trata de evitar el llanto.
Volver a verte. Volver a ver tu rostro joven. Porque estaba más joven,
claro, sin apenas arrugas de expresión, aunque igual de bello que cuando
me dijiste adiós. Qué recuerdos de cuándo te vi por vez primera. Qué
recuerdos.
—Si necesita un momento, puede quedarse a solas con ella.
—No, no, no, de verdad que no. Es mejor que me vaya ya.
Qué
mentiroso. No me extraña que me abandonaras. A ti también te mentía,
¿verdad? Te decía que trabajaba hasta tarde cuando en realidad me iba a
casa de Teresa. Claro que en aquella época yo ya sospechaba que ibas a
dejarme. No es excusa, lo sé. Supongo que es más fácil abandonar que
tratar de reconquistar. Pero ¡qué belleza, si la hubieras visto! Parecía
que dormía, nuestra niña. Ojalá hubieras podido venir. Te habrías visto
dormir en esa sala tan fría. Habrías querido despertarte. Te habrías
enfadado porque llegaba tarde a clase, como cuando seguía en el
instituto y se quedaba remoloneando en la cama. Lo que pasa es que la
universidad es otra historia. Y además ya es una mujer adulta: si llega
tarde a clase, ya se apañará ella. Mientras apruebe los exámenes, a
nosotros qué más nos da.
—¿Ha venido usted solo? ¿Quiere que llamemos a un taxi?
—No hace falta, gracias, ya me apaño yo.
Me
han dicho que no sufrió, aunque eso no lo pueden saber a ciencia
cierta. ¿Cómo no te va a doler un disparo? Me dolió a mí que te fueras a
pesar de que se veía venir, imagínate una bala perdida en el corazón.
Que también hay que tener puntería, la verdad. Justo el día en que la
pobre había cortado con Lucas. ¿No te lo había dicho? Sí. Llevaban un
tiempo regular. La cosa no funcionaba bien, suele pasar. El chico está
destrozado, claro, se siente culpable aunque no haya tenido nada que ver
con el fatídico atraco al banco. Pobre chico. Destrozado, como todos.
El corazón roto por partida doble.
—Al centro, por favor.
El
caso es que no me atrevo a entrar en su habitación, Rebeca, no me
atrevo a cruzar el umbral. Como cuando fui a pedirte salir por primera
vez en la residencia en la que vivíamos. Tú oíste los tres golpes secos
sobre la madera, pero no me viste tratando de respirar profundamente
delante de tu puerta cerrada, no me viste acercándome y alejándome sin
terminar de decidirme del todo, sin terminar de convencerme la ropa que
llevaba puesta, cómo me había peinado, las palabras que iba a usar.
—Una cerveza, por favor.
—A ésta invita la casa.
Me
miran con pena. Me miran con pena, pero no me dicen nada. Parecido a
cuando te marchaste de nuestra vida. Respetan mi espacio. Me dejan
respirar, pensar en nuestra niña, llorar por nuestra suerte. Me dejan
asimilar la pérfida pérdida. Me dejan solo, Rebeca, me dejan solo.
Escribiendo esta carta que no te llegará. Esta misiva que sé que no
obtendrá respuesta alguna. Esta mala letra que, si por un milagro
consigue una sola reacción, espero que sea de nuevo esa mueca tan
graciosa que hacías cuando fingías que mi letra era más ilegible de lo
que es en realidad.
—Hasta mañana, buenas noches.
No
te echo de menos. No cometo ese error. Sé que en la vida he cometido
atrocidades, pero tampoco me merezco ese castigo, ese pensar en ti y en
nuestro primer beso, nuestro primer baile, nuestro primer amanecer.
Tampoco quiero que creas que te he borrado para siempre de mi vida. Aún
conservo nuestras fotos, aún guardo el anillo de boda, aún les quito el
polvo a los libros que dejaste en la estantería. Simplemente intento
seguir hacia delante, vivir el ahora. Pero ahora, como comprenderás, es
imposible no intentar ponerme en contacto contigo, no tratar de hacerte
volver, no hablar del pasado. Ha subido esa pareja de vecinos que tanto
odiabas y me han dado el pésame. Se han ido en seguida. Siguen estirando
el cuello para intentar ver qué hay más allá de la entradita.
—Adiós, gracias.
El
entierro es este jueves a las diez. Ya te imaginas dónde. Desde que me
dieron la noticia, no he podido parar de pensar que ojalá estuvieras
aquí para abrazarme y darme fuerzas. Cómo si no iba a poder seguir hacia
delante. Sin embargo, ahora que el momento de guardar a Clara en una
caja se hace cada vez más inminente, pienso que qué suerte que no estés
aquí. Qué bien que no sufras lo que yo. Que estés tan lejos que no
sientas esta pena que es más una condena que tristeza en sí. Que te
hayas ido a tiempo. Menos mal, Rebeca, menos mal que no estás viva.
No hay comentarios:
Publicar un comentario