el otro día mentí en una entrevista. una
mentirijilla de nada. tan poco creíble como su cara de «creo a pies
juntillas que de verdad te interesa la hostelería». justo después de
decirle que mi único trabajo ha sido como celadora y justo antes de
confesar que abandoné filología clásica.
si me llaman quedaremos empate y si al final no, 2–1.
siempre juego fuera de casa.
si
me hubiera preguntado por qué dejé la universidad, le habría vuelto a
mentir. no habría intentado explicarle las dimensiones del agujero negro
que invade mi cuerpo. no el desahucio de ganas de estudiar cosas que me
gustan por obligación (el mes pasado estuve pasando a limpio mis viejos
apuntes de latín ¿porque...?). no le habría contado que iba de banco en
banco y lloro porque me toca en los Viveros. que pasaba delante de una
facultad que no era la mía por si la suerte estaba de mi parte y me
cruzaba contigo. no le habría dicho que no tenía amigos. no le habría
dicho que me sentía sola. no le habría dicho que tenía la biblioteca
justo al lado.
de ser más
inteligente habría llegado a la conclusión, dado mi historial, lo lejos
que me queda la academia, el no haber rellenado del todo el
cuestionario, de que iba a volver a abandonar. pero no lo hizo. y si lo
hizo lo disimuló muy bien.
yo
también disimulé muy bien los nervios. practiqué el ejercicio de creer
que no todo es culpa mía. que no todos me odian. que no iba a ser la
primera en suspender la entrevista y que suspender la entrevista no iba a
ser motivo de que el entrevistador hablara después mal de mí. practiqué
el ejercicio de intentar ser honesta porque da igual que mi historial
no se adapte a lo que buscan. da igual que haya elegido un título al
azar sin preguntarme si de verdad voy a seguir por esa línea laboral o
voy a volverme a desviar hasta que encuentre algo que me llame más la
atención. da igual que llore cuando alguien dice tu nombre. no importa
que lo que me haya decidido hayan sido las sesenta horas frente a las
trescientas que deduzco que acabaría abandonando. no es asunto suyo. no
pasa nada. y aun así, si se volviera a dar el caso, mentiría.
mentiría
si dijera que me apunté al gimnasio porque me gusta hacer deporte y no
porque a veces, delante del espejo, con este top que tanto me gustó
comprar y estos vaqueros que tan bien, me dices, me quedan, me veo
gorda. (aunque sí que me gusta el senderismo, Vanesa). mentiría si
dijera que me estás ayudando. mentiría si dijera que todo es culpa tuya.
que no estuve anoche viendo recitales en YouTube pensando que soy yo la
del escenario y no Irene, Bárbara, Alejandra, Alejandra, Alejandra,
Marta o Anne Sexton, que tenía una voz hipnótica que te cagas. mentiría
si dijera que no me pongo cachonda imaginando que me follas sobre la
encimera de granito o de mármol, qué sé yo, de tu cocina. que mi
aspiración en la vida no es ser la invitada más sexy de cualquier evento
al que me inviten directamente o de rebote. que el motivo por el que le
digo a mi hermano que no, que no me presente a ese compañero suyo de
trabajo que tantas ganas tiene de conocerme no es porque en el fondo
sigo siendo esa chica de dieciséis años que sueña con que sus amigos os
presenten. mentiría y te diría que estoy bien. mentiría con tal de que
dejarais de preguntarme por un tiempo. mentiría, otra vez, en la
entrevista.
pero yo al menos equilibré la balanza respondiendo «obtener el certificado» a la pregunta de «¿qué esperas de este curso?».
2–0.
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