sábado, 23 de noviembre de 2019

1–0

el otro día mentí en una entrevista. una mentirijilla de nada. tan poco creíble como su cara de «creo a pies juntillas que de verdad te interesa la hostelería». justo después de decirle que mi único trabajo ha sido como celadora y justo antes de confesar que abandoné filología clásica.

si me llaman quedaremos empate y si al final no, 2–1.

siempre juego fuera de casa.

si me hubiera preguntado por qué dejé la universidad, le habría vuelto a mentir. no habría intentado explicarle las dimensiones del agujero negro que invade mi cuerpo. no el desahucio de ganas de estudiar cosas que me gustan por obligación (el mes pasado estuve pasando a limpio mis viejos apuntes de latín ¿porque...?). no le habría contado que iba de banco en banco y lloro porque me toca en los Viveros. que pasaba delante de una facultad que no era la mía por si la suerte estaba de mi parte y me cruzaba contigo. no le habría dicho que no tenía amigos. no le habría dicho que me sentía sola. no le habría dicho que tenía la biblioteca justo al lado.

de ser más inteligente habría llegado a la conclusión, dado mi historial, lo lejos que me queda la academia, el no haber rellenado del todo el cuestionario, de que iba a volver a abandonar. pero no lo hizo. y si lo hizo lo disimuló muy bien.

yo también disimulé muy bien los nervios. practiqué el ejercicio de creer que no todo es culpa mía. que no todos me odian. que no iba a ser la primera en suspender la entrevista y que suspender la entrevista no iba a ser motivo de que el entrevistador hablara después mal de mí. practiqué el ejercicio de intentar ser honesta porque da igual que mi historial no se adapte a lo que buscan. da igual que haya elegido un título al azar sin preguntarme si de verdad voy a seguir por esa línea laboral o voy a volverme a desviar hasta que encuentre algo que me llame más la atención. da igual que llore cuando alguien dice tu nombre. no importa que lo que me haya decidido hayan sido las sesenta horas frente a las trescientas que deduzco que acabaría abandonando. no es asunto suyo. no pasa nada. y aun así, si se volviera a dar el caso, mentiría.

mentiría si dijera que me apunté al gimnasio porque me gusta hacer deporte y no porque a veces, delante del espejo, con este top que tanto me gustó comprar y estos vaqueros que tan bien, me dices, me quedan, me veo gorda. (aunque sí que me gusta el senderismo, Vanesa). mentiría si dijera que me estás ayudando. mentiría si dijera que todo es culpa tuya. que no estuve anoche viendo recitales en YouTube pensando que soy yo la del escenario y no Irene, Bárbara, Alejandra, Alejandra, Alejandra, Marta o Anne Sexton, que tenía una voz hipnótica que te cagas. mentiría si dijera que no me pongo cachonda imaginando que me follas sobre la encimera de granito o de mármol, qué sé yo, de tu cocina. que mi aspiración en la vida no es ser la invitada más sexy de cualquier evento al que me inviten directamente o de rebote. que el motivo por el que le digo a mi hermano que no, que no me presente a ese compañero suyo de trabajo que tantas ganas tiene de conocerme no es porque en el fondo sigo siendo esa chica de dieciséis años que sueña con que sus amigos os presenten. mentiría y te diría que estoy bien. mentiría con tal de que dejarais de preguntarme por un tiempo. mentiría, otra vez, en la entrevista.

pero yo al menos equilibré la balanza respondiendo «obtener el certificado» a la pregunta de «¿qué esperas de este curso?».

2–0.

No hay comentarios:

Publicar un comentario