El diablo me posee esta noche.
La humedad de mis labios me
advierte de que ya casi es el momento. Hace calor y no consigo dormir, así que
miro al cielo y acepto este valioso regalo.
Lamo uno a uno los dedos de mi mano
y los introduzco poco a poco dentro de mí. Suben y bajan como el agua de los
géiseres y yo siento ese dulce cosquilleo del único amor correspondido que
conozco: el propio.
Abandono la comodidad del colchón y
me planto en la fría tierra. Si es Satanás quien me controla, lo mínimo que
puedo hacer es mirarlo a los ojos.
Acaricio mi cuerpo ardiente y
siento cómo una oleada de hormigas me recorre entera. Me convierto en una
lluvia de fuegos artificiales y entono el himno de los supervivientes.
Regreso a las sábanas arrugadas
medio llena, medio vacía. Regreso al abrazo de mi amado colchón. Al beso de
buenas noches del cabecero y de la almohada.
Y termino escribiéndote, en esta
noche oscura y solitaria, totalmente desnuda, sobre la cama.
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