Claro, que no eras tú; sólo otro médico que
se te parecía. Con la mascarilla, lo único que pude verle fueron los
ojos. Igual tenía otra mandíbula otros dientes otra boca que besar, pero
estaba escondida.
Me
quedé observándolo un rato, incapaz de apartar la mirada, echándote
—como siempre— de menos. Espero que no se sintiera muy incómodo, pero no
sabría decirte lo que le pasó por la cabeza con sólo verle media
expresión facial.
He
descubierto que no hay que juzgar un libro por su portada hasta cierto
punto. Las editoriales suelen ser fieles a la estética de sus cubiertas y
los catálogos tienden a combinar bien entre sí; ya sea por los temas
escogidos, el estilo o la generación a la que pertenecen. Y una vez
asocias texto con portada, es fácil que ya sepas si te va a gustar o no.
A mí al menos me ha funcionado el noventa y cinco por ciento de las
veces; y de ese otro cinco por ciento, la mayoría de las veces, ha sido
para decepcionarme. *Válido también para los títulos.
Quiero
pensar que, si hubieras sido tú, me habrías saludado. Porque si
hubieras sido tú ten por seguro que tampoco te habría reconocido. Pero
no por la mascarilla.
Me
da pena tener que cubrir mi rostro. Aunque mi estado natural sea el
silencio, aunque permanezca callada durante toda la jornada laboral, yo
sonrío mucho. Con la mascarilla, ya no se me ve sonreír; así que ya no
sé cómo hacer para que sepan que los estoy escuchando, que presto
atención a todo lo que dicen, que no me molesta que hablen, que les
estoy dando la razón.
Tampoco tenía tu voz.
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