jueves, 19 de marzo de 2026

VI

Al final sacamos un ocho y medio. ¡No está nada mal, oigan! Contaba un veinte por ciento de la nota. Teóricamente, si aprobábamos todos los exámenes y nos portábamos bien, como alumnos medio ejemplares, podíamos aprobar la asignatura incluso sin presentar el trabajo; peeero si no presentábamos el trabajo, aunque fuera mal hecho, no podríamos aprobar. Típica jugarreta de profesores.
    Me dio un poco de pena presentarlo tan pronto, cuando aún quedaba un mes de plazo, porque ya no tendría excusa para ir a casa de Richy; pero al menos ya no vería al rarito de su padre fuera del horario lectivo. Porque era la única descripción que se me ocurría, la verdad. Hmm... No veía otra cosa. En clase daba igual porque había más alumnos y no era tan lapa, pero fuera del insti me ponía muy nerviosa.
    Aun así, ya les digo, me dio muchííísima pena no poder quedar más con Richy, no tener una excusa que me permitiera volver a su portal. [Entre risas]. Estaba tan pillada que a veces me planteaba volver a pasar por el suplicio de ver a su padre. Y no sé si fue el universo, Hadi o algún dios de la antigua Mesopotamia, pero lo conseguí; allá por el tercer trimestre volví a quedar con él, esta vez sí, los dos solos. [Aplaude].
    Fue muy, pero que muy, raro porque, de repente, se me acerca un día y me dice: «¿Quieres venirte a mi casa a estudiar mates?». Claro, yo le pregunté que quién más iba a ir. Y entonces me dice que nadie, que solos él y yo; que sabe que lo tengo difícil para aprobar, que su padre pone los exámenes muy chungos y que él me puede ayudar, si yo quiero. O sea: ir yo a su casa. A estudiar, pero conmigo. Solos. [Entre risas]. Obviamente le dije que sí.
    Sí, tía, coladísima. ¡No me interrumpas!
    Empezamos a quedar los viernes después de clase; teníamos la tarde libre, así que yo iba a comer a su casa y después sacábamos los libros. Casi siempre estudiábamos en el comedor, con su padre delante. Imaginaba que no se fiaba de si de verdad íbamos a estudiar o no, ya me entienden... Pero a veces conseguía que fuéramos a su cuarto, lejos de miradas indiscretas. Me enseñaba sus pósteres, su colección de música, sus libros de ciencia-ficción/fantasía. Yo me acercaba lo máximo a él, intentaba cogerle de la mano, le decía que le quedaban muy bien esos pantalones, que el pelo largo le hacía parecer más rebelde, que le quedaría bien ponerse un pendiente en la oreja, como tenían Toni y Bambi. Aunque, bueno, Bambi... Da igual.
    Le besé una vez. Pero sólo una vez.
    Sí, no sé; vi mi oportunidad y la aproveché. [Entre risas]. Creo que no le hizo mucha gracia. [Cubre su rostro con la mano]. Pfff... Pero fue un beso así como muy por encima... Tuvo ocasión de apartarse: ¡que lo hubiera hecho!
    El caso es que, aunque consiguiera estar a solas con el chico que me gustaba, su padre entraba de repente en la habitación y nos interrumpía; me ponía de los nervios, pero imaginaba que era cosa de padres. Al final nos consintió estar ahí siempre que tuviéramos la puerta abierta para que él pudiera venir regularmente a comprobar que de verdad estábamos estudiando.
    Me acuerdo de una ocasión en que Richy no sabía explicarme una cosa, un... un ejercicio, y tuvo que venir su padre a hacerlo. ¡Porque le dio la gana, eh!, no porque le pidiéramos ayuda ni nada. Yo iba ahí para estar con el hijo, no con el padre; para eso mejor esperar a estar en clase y preguntarle directamente, ¿no?
    A ver: estábamos en la mesa del comedor, ¿vale? Ricardo estaba sentado en el sofá, probablemente escuchándome cómo le decía a Richy que no me estaba enterando de nada. Entonces se levantó del sofá e hizo a su hijo quitarse de la silla. Richy lo hizo un poco a regañadientes, pero dejó paso a su padre, que se sentó a mi lado; en plan pegadísimo, más cerca de lo que había estado sentado Richy. Cogió un lápiz y empezó a rayar mis apuntes sin pedirme permiso. Yo miraba con cara de circunstancias al hijo, intentando transmitirle un mensaje con la mente: «¿Qué cojones le pasa a tu padre?». Creía que se le había ido la pinza; típico genio matemático loco, como sale en las películas. Aparté un poco el brazo porque notaba en mi antebrazo los pelillos del suyo y me hacía sentir muy incómoda. Después, al ver que se estaba emocionando demasiado, como si creyera que estaba en clase o algo así, y no paraba de explicarme cosas que yo seguía sin entender, sonreí y dije: «Ah, vale, ya lo entiendo. Gracias». Él paró, me miró sorprendido, me devolvió la sonrisa y me dijo: «Ya sabía yo que en el fondo no eras tan tonta» mientras me acariciaba con su mano mi muslo derecho, que ese día estaba al aire porque me había puesto un short. Después se levantó y Richy volvió a sentarse, alejando un poco la silla y dejándola tal y como estaba antes de que se sentara su padre. Yo terminé copiando en el examen.
 
 
NOTA de la publicación en este blog:
Novela terminada el 22 de febrero de 2020, publicada a plazos en este blog. Puede leerse entera a través de este enlace a Google Drive.
 

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