Después de las vacaciones de Navidad, Ricardo decidió cambiar radicalmente las disposiciones de los asientos: pasamos del libre albedrío al orden alfabético. Ivette se apellida Avignon, así que le tocó sentarse en frente de la mesa del profesor; a la derecha de Sara Andrés, que era la primera de la clase, tanto en apellido como en notas. Las mesas estaban puestas de dos en dos y a mí me tocó sentarme al lado de Richy, ya que los dos, tócate las narices con la casualidad, nos apellidamos Figueroa. El primer apellido de Álex es Sanchiz, así que le tocó al lado de Antón, que se apellida Rius y que tampoco estaba muy contento con este cambio, ya que lo separaba de su amigo Dani, que se apellida Dávalos.
Obviamente, como no es que fuéramos unos niños muy revoltosos, el profesor de matemáticas tuvo que hacer esta redistribución con todos los grupos a los que daba clases. Para que nadie sospechara nada.
Yo tampoco sospeché nada al principio, a pesar de que Ricardo no era muy discreto con sus intenciones. Por suerte en ese momento estaba enamorada de Ivette, así que la miraba mucho en clase. También contemplaba detenidamente todo lo que había en su entorno, todo lo que pudiera absorber un poquito de su luz; su mesa, sus libros, sus botas nuevas, el lápiz que se le había caído sin darse cuenta, Juanjo diciéndole: «Se te ha caído», las personas, en general, que la rodeaban. Al final, de manera inevitable, tuve que fijarme también en el profesor de matemáticas.
¿Sabía alguien lo que yo sentía por ella? Creo que no. ¿Y lo que ella sentía por el hijo del nuevo profesor del instituto? Creo que sólo yo. ¿Y lo que Richy sentía por Álex? Todas las chicas de clase.
La muerte de Bambi no sorprendió a nadie pero detuvo, por un tiempo, nuestras vidas. Fue a finales del segundo trimestre. Bambi y su hermano faltaban mucho a clase, todos teníamos claro que iban a volver a repetir. No sabíamos exactamente qué hacían cuando no venían al instituto, pero nos lo imaginábamos; los rodeaba siempre un halo de misterio y hablaban entre ellos entre risas, como dando por hecho que los demás éramos demasiado inocentes como para entenderlo. No era verdad, pero cada día nos caían peor, así que los dejábamos creerse superiores.
Si su madre no hubiera ido al instituto a explicar a los docentes qué había ocurrido, ninguno lo habríamos llegado a adivinar; habríamos pensado simplemente que habían decidido no volver nunca más a clase. Pero su madre acudió al centro con los ojos hinchados de llevar una semana entera llorando; y después nuestra tutora nos lo explicó como mejor pudo, sin darnos los detalles. Más tarde, el hermano vivo nos contó que había muerto como su padre, sólo que en lugar de una prostituta era una mesa de café sobre la que apoyaba la cabeza con la nariz más blanca que la nieve.
A Toni le afectó mucho más de lo esperado, aunque supongo que es normal, teniendo en cuenta lo unidos que estaban. La muerte de su padre siempre les había dado igual porque no lo habían conocido, pero su hermano ya era otra historia. No volvimos a saber nada de él hasta casi dos años después, lo cual nos sorprendió mucho porque no esperábamos volver a verlo nunca más. Pero aún es pronto para hablar de esto.
Ricardo tuvo la suerte de que Ivette fuera mala en matemáticas; así podía sacarla más a menudo a la pizarra. Porque Ricardo resultó ser también de esos profesores que suelen pedir a los alumnos más atrasados que salgan a hacer los ejercicios: supuestamente para ayudarlos, pero más bien para burlarse de ellos. O, como en el caso de Ivette, para mirarles el culo.
Aprovechando mi posición en la clase de matemáticas, la única clase en la que me sentaba cerca de Richy, Ivette me pidió por favor, por favor, que le hablara, de manera que no se notara mucho, bien de ella. Yo quería hacerle el favor, deseaba que fuera feliz, la quería desde hacía tanto tiempo que no podía soportar que el chico que le gustaba, por muy idiota que fuera, no se fijara en ella. Pero la verdad es que yo nunca he sabido disimular. Me refiero a la hora de hablar: ¿cómo iba a intentar que Richy sintiera interés en Ivette sin decirle que Ivette quería ser su novia? Afortunadamente, padre e hijo, en esa clase de matemáticas de justo antes del recreo, me lo pusieron fácil.
Verán, me encontraba yo felizmente tomando apuntes cuando de repente Richy me da un codazo y me susurra: «Por fa, Hadi, tú que te llevas tan bien con Álex... ¿no podrías averiguar si yo también le gusto? ¿Aunque sólo sea un poco?». Sí, exacto, por poco me atraganto yo también. Me costó contener la carcajada, pero como no quería que supiera que todas las chicas de clase menos Ivette nos reíamos de que de verdad creyera que tenía posibilidades con Álex, me hice la tonta: «¿Te gusta Álex? Si siempre te estás metiendo con ella». «Ya... Pero lo hago de broma». ¡Ya!, ¡claro! «Ella no opina lo mismo», le dije, y él siguió insistiendo: «Por fa... Pregúntaselo». «Mira, no hace falta ni que le pregunte: no le gustas. Así que olvídala».
Esto también iba para mí; claramente yo también debía aplicarme el cuento: tenía que olvidar a Ivette. Sé que yo no la importunaba como Richy importunaba a Álex, pero sí que intentaba estar siempre cerca de ella; procuraba sentarme a su lado en el patio, pasarle la pelota en gimnasia, estar en su equipo. La miraba a todas horas siempre que ella estuviera distraída. Soñaba despierta con ella por las noches con la consecuencia lógica de a veces soñar también dormida. Escribía su nombre en las esquinas de mis libros de texto heredados de la vecina de mi abuela. No era sano. Cada vez que menstruaba, me preguntaba si ella también estaría en esa parte del ciclo. No era sano.
Tampoco era sano por parte de Ivette: amaba a quien no le correspondía, como todos. Formábamos un cuarteto digno de admirar: yo quería a Ivette, Ivette quería a Richy, Richy quería, entre comillas, a Álex y Álex me quería a mí. Pero yo quería a Ivette y, por tanto, deseaba ayudarla. A lo mejor pensaba que si Richy se fijaba de una vez por todas en la chica más guapa de nuestro curso, todo se solucionaría: dejaría en paz a la pobre Álex, tendría a Ivette contenta y yo, al ver a mi amada con alguien, la dejaría marchar. Así que, aprovechando que el pervertido de Ricardo había pedido a Ivette que saliera a la pizarra, yo, como quien no quiere la cosa, le dije a su hijo: «¿Por qué no intentas fijarte en otra chica? Por ejemplo... Ivette». «¿Ivette?». «Sí, no sé... Mírala, es guapa». Guapísima. «Sí... Bueno, da igual. Gracias, Hadi».
No creía que hubiera surtido efecto, la verdad, ya que no pareció muy convencido; pero un día, a la salida del colegio, los vi caminar juntos hasta donde me alcanzaba la vista. Ivette parecía muy feliz y prácticamente saltaba a su alrededor; hablaba con él, reía con él. Tenía un poco de envidia, si les soy sincera. Pero él se mantenía rígido, impasible; como si en realidad no quisiera caminar a su lado, como si simplemente se hubiera resignado a acompañarla porque alguien se lo hubiera pedido. O esa era la sensación que me daba, al menos. En cualquier caso, no parecía saber la suerte que tenía de tenerla a su lado.
Obviamente, como no es que fuéramos unos niños muy revoltosos, el profesor de matemáticas tuvo que hacer esta redistribución con todos los grupos a los que daba clases. Para que nadie sospechara nada.
Yo tampoco sospeché nada al principio, a pesar de que Ricardo no era muy discreto con sus intenciones. Por suerte en ese momento estaba enamorada de Ivette, así que la miraba mucho en clase. También contemplaba detenidamente todo lo que había en su entorno, todo lo que pudiera absorber un poquito de su luz; su mesa, sus libros, sus botas nuevas, el lápiz que se le había caído sin darse cuenta, Juanjo diciéndole: «Se te ha caído», las personas, en general, que la rodeaban. Al final, de manera inevitable, tuve que fijarme también en el profesor de matemáticas.
¿Sabía alguien lo que yo sentía por ella? Creo que no. ¿Y lo que ella sentía por el hijo del nuevo profesor del instituto? Creo que sólo yo. ¿Y lo que Richy sentía por Álex? Todas las chicas de clase.
La muerte de Bambi no sorprendió a nadie pero detuvo, por un tiempo, nuestras vidas. Fue a finales del segundo trimestre. Bambi y su hermano faltaban mucho a clase, todos teníamos claro que iban a volver a repetir. No sabíamos exactamente qué hacían cuando no venían al instituto, pero nos lo imaginábamos; los rodeaba siempre un halo de misterio y hablaban entre ellos entre risas, como dando por hecho que los demás éramos demasiado inocentes como para entenderlo. No era verdad, pero cada día nos caían peor, así que los dejábamos creerse superiores.
Si su madre no hubiera ido al instituto a explicar a los docentes qué había ocurrido, ninguno lo habríamos llegado a adivinar; habríamos pensado simplemente que habían decidido no volver nunca más a clase. Pero su madre acudió al centro con los ojos hinchados de llevar una semana entera llorando; y después nuestra tutora nos lo explicó como mejor pudo, sin darnos los detalles. Más tarde, el hermano vivo nos contó que había muerto como su padre, sólo que en lugar de una prostituta era una mesa de café sobre la que apoyaba la cabeza con la nariz más blanca que la nieve.
A Toni le afectó mucho más de lo esperado, aunque supongo que es normal, teniendo en cuenta lo unidos que estaban. La muerte de su padre siempre les había dado igual porque no lo habían conocido, pero su hermano ya era otra historia. No volvimos a saber nada de él hasta casi dos años después, lo cual nos sorprendió mucho porque no esperábamos volver a verlo nunca más. Pero aún es pronto para hablar de esto.
Ricardo tuvo la suerte de que Ivette fuera mala en matemáticas; así podía sacarla más a menudo a la pizarra. Porque Ricardo resultó ser también de esos profesores que suelen pedir a los alumnos más atrasados que salgan a hacer los ejercicios: supuestamente para ayudarlos, pero más bien para burlarse de ellos. O, como en el caso de Ivette, para mirarles el culo.
Aprovechando mi posición en la clase de matemáticas, la única clase en la que me sentaba cerca de Richy, Ivette me pidió por favor, por favor, que le hablara, de manera que no se notara mucho, bien de ella. Yo quería hacerle el favor, deseaba que fuera feliz, la quería desde hacía tanto tiempo que no podía soportar que el chico que le gustaba, por muy idiota que fuera, no se fijara en ella. Pero la verdad es que yo nunca he sabido disimular. Me refiero a la hora de hablar: ¿cómo iba a intentar que Richy sintiera interés en Ivette sin decirle que Ivette quería ser su novia? Afortunadamente, padre e hijo, en esa clase de matemáticas de justo antes del recreo, me lo pusieron fácil.
Verán, me encontraba yo felizmente tomando apuntes cuando de repente Richy me da un codazo y me susurra: «Por fa, Hadi, tú que te llevas tan bien con Álex... ¿no podrías averiguar si yo también le gusto? ¿Aunque sólo sea un poco?». Sí, exacto, por poco me atraganto yo también. Me costó contener la carcajada, pero como no quería que supiera que todas las chicas de clase menos Ivette nos reíamos de que de verdad creyera que tenía posibilidades con Álex, me hice la tonta: «¿Te gusta Álex? Si siempre te estás metiendo con ella». «Ya... Pero lo hago de broma». ¡Ya!, ¡claro! «Ella no opina lo mismo», le dije, y él siguió insistiendo: «Por fa... Pregúntaselo». «Mira, no hace falta ni que le pregunte: no le gustas. Así que olvídala».
Esto también iba para mí; claramente yo también debía aplicarme el cuento: tenía que olvidar a Ivette. Sé que yo no la importunaba como Richy importunaba a Álex, pero sí que intentaba estar siempre cerca de ella; procuraba sentarme a su lado en el patio, pasarle la pelota en gimnasia, estar en su equipo. La miraba a todas horas siempre que ella estuviera distraída. Soñaba despierta con ella por las noches con la consecuencia lógica de a veces soñar también dormida. Escribía su nombre en las esquinas de mis libros de texto heredados de la vecina de mi abuela. No era sano. Cada vez que menstruaba, me preguntaba si ella también estaría en esa parte del ciclo. No era sano.
Tampoco era sano por parte de Ivette: amaba a quien no le correspondía, como todos. Formábamos un cuarteto digno de admirar: yo quería a Ivette, Ivette quería a Richy, Richy quería, entre comillas, a Álex y Álex me quería a mí. Pero yo quería a Ivette y, por tanto, deseaba ayudarla. A lo mejor pensaba que si Richy se fijaba de una vez por todas en la chica más guapa de nuestro curso, todo se solucionaría: dejaría en paz a la pobre Álex, tendría a Ivette contenta y yo, al ver a mi amada con alguien, la dejaría marchar. Así que, aprovechando que el pervertido de Ricardo había pedido a Ivette que saliera a la pizarra, yo, como quien no quiere la cosa, le dije a su hijo: «¿Por qué no intentas fijarte en otra chica? Por ejemplo... Ivette». «¿Ivette?». «Sí, no sé... Mírala, es guapa». Guapísima. «Sí... Bueno, da igual. Gracias, Hadi».
No creía que hubiera surtido efecto, la verdad, ya que no pareció muy convencido; pero un día, a la salida del colegio, los vi caminar juntos hasta donde me alcanzaba la vista. Ivette parecía muy feliz y prácticamente saltaba a su alrededor; hablaba con él, reía con él. Tenía un poco de envidia, si les soy sincera. Pero él se mantenía rígido, impasible; como si en realidad no quisiera caminar a su lado, como si simplemente se hubiera resignado a acompañarla porque alguien se lo hubiera pedido. O esa era la sensación que me daba, al menos. En cualquier caso, no parecía saber la suerte que tenía de tenerla a su lado.
NOTA de la publicación en este blog:
Novela terminada el 22 de febrero de 2020, publicada a plazos en este blog. Puede leerse entera a través de este enlace a Google Drive.
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