Al comienzo del segundo curso, los alumnos nos sentamos directamente en orden alfabético, porque la verdad es que para qué retrasar lo inevitable: Ricardo seguía siendo el profesor de matemáticas. Todo estaba igual a como lo habíamos dejado y a la vez distinto. Ivette lucía un dorado precioso en sus cabellos un poco más largos de lo habitual, a ras de los hombros. Richy había aprendido a plancharse las camisas, seguramente por influencia de su madre, que lo habría visto muy desaliñado. Teníamos una nueva repetidora que se pasaba las horas del recreo leyendo en un banco mientras escuchaba música o, al menos, llevaba puestos los auriculares. Bambi seguía muerto y Toni había desaparecido junto con su madre, aparentemente para pasar el luto tranquilos.
Los profesores apenas habían cambiado: seguíamos teniendo la misma tutora, el profesor de francés aprovechaba cada oportunidad que tenía de enseñar fotos de su hija recién nacida, la profesora de tecnología se había hecho un liso permanente que no le quedaba ni bien ni mal y el director seguía igual de alegre y despistado como siempre.
Yo había decidido olvidar a la chica que me gustaba, y lo había decidido, esta vez, en serio. Hasta ahora, como nunca la había visto colada por nadie, había mantenido la jugosa idea de que podría corresponderme; ahora ya sabía que no. Había aprovechado esos dos meses sin verla para metérmelo en la cabeza: Ivette era hetero; le gustaba Richy; Ivette era hetero y encima le gustaba Richy. O eso creía yo, hasta que la pillé escribiendo en las escaleras con permanente negro: «I & L» dentro de un corazón amorfo.
Durante las vacaciones de verano, la dirección, o quien fuera que se encargara de esas cosas, había decidido que era hora de pintar las barandillas del instituto; tanto las de dentro como las de fuera. Escogieron un color llamativo que supuestamente nos quitaría a los alumnos las ganas de pintarrajear por encima y ahora lucían un bonito azul eléctrico que no pegaba para nada con el tono anaranjado del ladrillo. Habían desaparecido el «H x I = APS» de enfrente de la clase donde dábamos historia y sociales que tanto había disfrutado plasmar y el «Hadi ♥» que no sabía quién había tenido la desfachatez de escribir sin mi permiso. Pero Ivy, cómo no, se encargaba ya en el primer día de estrenarlas.
Los profesores apenas habían cambiado: seguíamos teniendo la misma tutora, el profesor de francés aprovechaba cada oportunidad que tenía de enseñar fotos de su hija recién nacida, la profesora de tecnología se había hecho un liso permanente que no le quedaba ni bien ni mal y el director seguía igual de alegre y despistado como siempre.
Yo había decidido olvidar a la chica que me gustaba, y lo había decidido, esta vez, en serio. Hasta ahora, como nunca la había visto colada por nadie, había mantenido la jugosa idea de que podría corresponderme; ahora ya sabía que no. Había aprovechado esos dos meses sin verla para metérmelo en la cabeza: Ivette era hetero; le gustaba Richy; Ivette era hetero y encima le gustaba Richy. O eso creía yo, hasta que la pillé escribiendo en las escaleras con permanente negro: «I & L» dentro de un corazón amorfo.
Durante las vacaciones de verano, la dirección, o quien fuera que se encargara de esas cosas, había decidido que era hora de pintar las barandillas del instituto; tanto las de dentro como las de fuera. Escogieron un color llamativo que supuestamente nos quitaría a los alumnos las ganas de pintarrajear por encima y ahora lucían un bonito azul eléctrico que no pegaba para nada con el tono anaranjado del ladrillo. Habían desaparecido el «H x I = APS» de enfrente de la clase donde dábamos historia y sociales que tanto había disfrutado plasmar y el «Hadi ♥» que no sabía quién había tenido la desfachatez de escribir sin mi permiso. Pero Ivy, cómo no, se encargaba ya en el primer día de estrenarlas.
«¿Quién es “L”?», le pregunté. «Mi novio». «¿TIENES NOVIO?». Por favor, esto transcríbalo en mayúsculas porque grité más de lo debido; tanto que los alumnos que nos rodeaban, en su mayoría de otras clases, se nos quedaron mirando. Titubeó un poco y al final me contestó: «Bueno, no es que sea mi novio-novio... Es alguien a quien conocí mientras estaba en Maulévrier». Terminó de hacer esa especie de corazón que envolvía las iniciales y sonrió satisfecha. Cuando sonreía de esa forma, se le iluminaba tanto el rostro que me hacía pensar, pobre de mí, que no iba a ser capaz de olvidarla del todo.
Maulévrier.
Sí: «mau», «le», con tilde.
Sí, hacia la derecha. Y después: uve, erre, i, e, erre. Creo, vamos.
[Entre risas]. Sí, es un poco complicado.
Bueno, entonces le pregunté: «¿Y qué pasa con Richy?». «¿Qué pasa con él?». Su tono daba a entender sorpresa, como si de verdad no supiera de qué hablaba, mientras seguía admirando su propia obra de arte. «Eso digo: que qué pasa con Richy». Se levantó del suelo y se pasó rápidamente las manos por encima de los glúteos y las piernas, limpiando los posibles restos de polvo que hubieran quedado impregnados en su pantalón vaquero. «¡Oh! Ya... Bueno, Lu es más divertido». Me guiñó un ojo, cogió su mochila y se fue para clase; dejándome ahí, pasmada, intentando averiguar de qué nombre podía derivar «Lu».
Tras unos segundos que me parecieron minutos, reaccioné y me fui yo también para clase. Se me ocurrían Luc o Lucien. El primero era demasiado corto como para tener que acortarlo más y el segundo no estaba segura en ese momento, clásico despiste producido por un shock muy fuerte, de que fuera nombre de chico. También estaba Louis, aunque podría haber dicho perfectamente Luc y yo no haber escuchado bien la pronunciación.
A partir de ese momento, no existió nada para Ivette salvo ese misterioso «Lu». Se pasaba el día sonriendo a la pantalla de cinco pulgadas de su teléfono móvil; mirando su rostro atrapado en el aparato electrónico; leyendo sus mensajes y respondiendo cuidadosamente; sin importarle siquiera que los profesores la castigaran por usar el teléfono en clase. Porque la veían, créanme, a veces no se molestaba ni en disimular; y prácticamente todos la castigaron al menos una vez en todo el curso, bien sin móvil hasta que terminara la clase, bien quedándose en el aula en la hora del recreo. Pero a ella le daba igual; lo único que le importaba era conversar con su chico.
Empezó a cortarse un poco cuando la tutora habló con sus padres y sus padres le advirtieron de que como siguiera así iba a quedarse sin teléfono móvil. No fue del todo eficaz porque ella seguía pendiente de aquello que vibraba dentro de su bolsillo, pero sólo lo sacaba de ahí en las clases en las que lograba sentarse por el fondo. Y a veces cuando tocaba matemáticas, claro; por mucho que Ricardo llegara a castigarla, jamás se le habría ocurrido telefonear a sus padres.
Hasta nos llegó a pedir consejo a Álex y a mí para ver qué podía o no contestar. ¡A nosotras!, que no teníamos ni idea de hablar con chicos. [Entre risas]. La pobre Álex acabó un poco harta del tema, porque la verdad es que Ivette puede llegar a ser muy pesada, pero a mí me hacía feliz verla tan ilusionada. Al menos le hacía el caso que se merecía, no como el hijo del profesor. Por primera vez una de nosotras saboreaba lo que era el amor correspondido; y que ella hubiera superado a Richy tan rápidamente me parecía el primer paso para que, poco a poco, todas fuéramos superando nuestros desengaños amorosos. El curso había empezado fuerte, y yo estrenaba zapatos, así que no iba a quedarme atrás.
Maulévrier.
Sí: «mau», «le», con tilde.
Sí, hacia la derecha. Y después: uve, erre, i, e, erre. Creo, vamos.
[Entre risas]. Sí, es un poco complicado.
Bueno, entonces le pregunté: «¿Y qué pasa con Richy?». «¿Qué pasa con él?». Su tono daba a entender sorpresa, como si de verdad no supiera de qué hablaba, mientras seguía admirando su propia obra de arte. «Eso digo: que qué pasa con Richy». Se levantó del suelo y se pasó rápidamente las manos por encima de los glúteos y las piernas, limpiando los posibles restos de polvo que hubieran quedado impregnados en su pantalón vaquero. «¡Oh! Ya... Bueno, Lu es más divertido». Me guiñó un ojo, cogió su mochila y se fue para clase; dejándome ahí, pasmada, intentando averiguar de qué nombre podía derivar «Lu».
Tras unos segundos que me parecieron minutos, reaccioné y me fui yo también para clase. Se me ocurrían Luc o Lucien. El primero era demasiado corto como para tener que acortarlo más y el segundo no estaba segura en ese momento, clásico despiste producido por un shock muy fuerte, de que fuera nombre de chico. También estaba Louis, aunque podría haber dicho perfectamente Luc y yo no haber escuchado bien la pronunciación.
A partir de ese momento, no existió nada para Ivette salvo ese misterioso «Lu». Se pasaba el día sonriendo a la pantalla de cinco pulgadas de su teléfono móvil; mirando su rostro atrapado en el aparato electrónico; leyendo sus mensajes y respondiendo cuidadosamente; sin importarle siquiera que los profesores la castigaran por usar el teléfono en clase. Porque la veían, créanme, a veces no se molestaba ni en disimular; y prácticamente todos la castigaron al menos una vez en todo el curso, bien sin móvil hasta que terminara la clase, bien quedándose en el aula en la hora del recreo. Pero a ella le daba igual; lo único que le importaba era conversar con su chico.
Empezó a cortarse un poco cuando la tutora habló con sus padres y sus padres le advirtieron de que como siguiera así iba a quedarse sin teléfono móvil. No fue del todo eficaz porque ella seguía pendiente de aquello que vibraba dentro de su bolsillo, pero sólo lo sacaba de ahí en las clases en las que lograba sentarse por el fondo. Y a veces cuando tocaba matemáticas, claro; por mucho que Ricardo llegara a castigarla, jamás se le habría ocurrido telefonear a sus padres.
Hasta nos llegó a pedir consejo a Álex y a mí para ver qué podía o no contestar. ¡A nosotras!, que no teníamos ni idea de hablar con chicos. [Entre risas]. La pobre Álex acabó un poco harta del tema, porque la verdad es que Ivette puede llegar a ser muy pesada, pero a mí me hacía feliz verla tan ilusionada. Al menos le hacía el caso que se merecía, no como el hijo del profesor. Por primera vez una de nosotras saboreaba lo que era el amor correspondido; y que ella hubiera superado a Richy tan rápidamente me parecía el primer paso para que, poco a poco, todas fuéramos superando nuestros desengaños amorosos. El curso había empezado fuerte, y yo estrenaba zapatos, así que no iba a quedarme atrás.
NOTA de la publicación en este blog:
Novela terminada el 22 de febrero de 2020, publicada a plazos en este blog. Puede leerse entera a través de este enlace a Google Drive.
No hay comentarios:
Publicar un comentario