jueves, 9 de julio de 2026

XIV

Por primera vez en mi vida tenía novia; una novia dulce, atenta, cariñosa, buena estudiante y que me hacía reír. No cabía en mí de gozo, pero tampoco lo entendía. Es decir, Álex siempre me había gustado, por supuesto, sólo que no en ese sentido. Sus cabellos estilo Ariel siempre me habían parecido preciosos. Esos vestidos tan bonitos que su padre diseñaba para ella eran, en realidad, la envidia de todas las chicas; incluso de Ivette, por mucho que insistiera en negarlo. Yo al menos sentía envidia. Envidia sana, eso sí; sobre todo cuando de pequeña mis padres me cortaban el pelo porque les costaba desenredar estos cabellos tan rizados que tengo.
    Sí, sí, ja ho se... Per a vosatros era més còmode i jo ho entenc. No passa res.
    Ahora todo era diferente; acababa de nacer en mí un sentimiento que no conocía. Dudaba incluso de haber amado a Ivette. Porque era amor, ¿verdad?, lo que sentía por Álex. Lo que siento por Álex... Ahora ya no tengo dudas, pero al principio era todo muy extraño.
    Empezamos llevándolo en secreto. Aunque habían dejado de meterse con ella, seguía teniendo miedo; sobre todo ahora que Toni había vuelto. Pero había vuelto muy cambiado; venía todos los días a clase y no se metía con nadie. Algunos chicos seguían llevándole la corriente, pero tampoco había ninguna corriente que llevar. No hacía nada, no hablaba de nada salvo cuando le preguntaban, no insultaba a ningún profesor, no se liaba ningún cigarro en las escaleras, no se encendía ningún porro detrás del pilar de la clase de inglés. Admito que era algo inusual, así que, bien pensado, supongo que no era de extrañar que hubiera personas mostrándose escépticas frente al cambio; Álex era una de esas personas.
    Sin embargo, no fuimos las únicas que se juntaron aquella noche. Estoy segura de que Clara y Alberto, tan pegados como habían estado en la terraza, acabaron, como mínimo, besándose en algún escondido rincón de la ciudad. O al menos eso espero, porque se les veía muy bien a los dos, muy en su salsa, mientras bailaban. Luego nunca se les ha visto juntos, pero no significa nada: pudo haber sido un rollo de una noche y ya está. No lo que, sorprendentemente, acabó siendo el lío de Toni e Ivette.
    «Me he tirado a Toni». «WHAT?», creo que, de nuevo, alcé demasiado mi tono de voz. «Sí, tía, el viernes. Su madre trabajaba hasta las ocho y tenía la casa libre». Álex, que también estaba con nosotras ese día en la hora del recreo, le preguntó si no seguía con Lucas. «Qué va. Es un pesado de mierda. Aún me sigue escribiendo a veces; y eso que le he dejado claro que se ha terminado, pero bueno. Toni dice que, como me siga mareando, lo encontrará y le partirá las piernas. Es más mono...». Ivette hablaba de él como el año anterior había hablado de Lucas, que ahora era el pesado de mierda, y el año anterior había hablado de Richy, que ahora... bueno, ahora era Richy. Le brillaba el rostro, sonreía muy tiernamente, estaba encantada. Me alegraba por ella, por supuesto, pero me sentía desconcertada. «Y ¿cómo es que te has acostado con Toni? ¿Te gusta?». No me contestó.
    Después, antes de irse a la fuente, nos preguntó si por fin estábamos saliendo. Me sentí fatal porque no le había dicho a Álex que, nada más salir de su patio, le había mandado un mensaje a Ivy contándole lo de nuestro beso; pero no pareció sentarle mal. De hecho, nos sirvió de empujón para sacar el tema, ya que ninguna lo había hecho hasta la fecha, salvo la brevísima conversación acerca de si recordábamos algo de la noche de Halloween.
    De modo que Ivette pasó de responder a los mensajes de Lu, que a saber dónde se encontraba, a responder a los de Toni, que podía estar a quinientos metros o en el aula de al lado. A efectos prácticos puede parecer que no hubo ninguna diferencia, pero sí la hubo: Toni apenas miraba el teléfono en clase. Guardaba silencio, copiaba los ejercicios de la pizarra, trataba de esforzarse en serio por aprobar; así que Ivette, igual de pendiente que el año anterior de la vibración en su bolsillo, miraba menos la pantalla. Y lo curioso de esto es que, a pesar de que Ivette miraba la pantalla del móvil menos que el año anterior, el profesor de matemáticas se lo confiscaba más a menudo. Parecía estar más pendiente de ella en ese sentido; ya no sólo la sacaba a la pizarra para mirarle el culo, sino que también la observaba de reojo cuando había otro alumno tiza en mano haciendo el ejercicio. Estaba siempre al acecho, como un depredador observando atentamente a su presa, sopesando el mejor momento para saltar sobre ella.
    En cuanto la veía sacando su teléfono móvil, aunque fuera sólo para mirar la hora, se lo quitaba y no se lo devolvía hasta que terminaba la clase, momento en el que aprovechaba para tener una breve charla con ella. «Qué pesado de mierda», se quejaba Ivy a la salida, pero no era la única. También a Toni le mosqueaba el hecho de que, cuando se acercaba a hablar con ella entre clases, para saludarla, para darle un beso, para preguntarle qué tal el examen, apareciera el profesor y los mandara a cada uno a su clase. Se quejaba porque siempre era el mismo profesor; siempre era Ricardo el que estaba pendiente. Una vez incluso, en el patio, estando en hora de recreo, Ricardo separó a Ivette de Toni para hablar con ella sobre un ejercicio que había hecho especialmente mal en el último examen. «¿No hay otro momento para hablar de esto? ¿Tiene que ser ahora?»; fue la primera vez en mucho tiempo que veíamos a Toni encararse a un profesor. Ricardo lo amenazó con ponerle un parte, Toni lo invitó a comerle la polla e Ivette, asustada por si al final le ponían un parte a su novio y lo que esto podría suponer para su historial académico, intentó poner paz yéndose con el profesor de matemáticas a hablar del examen que tan mal había hecho. Toni no se quedó nada contento.