martes, 13 de mayo de 2025

poema para los 31

hoy hace 789 días
que todo empezó a cobrar sentido

que dejaste de dormir sola
que empezaste a creer en el amor
que personalizaste un tono de WhatsApp

y aun así a veces piensas

con el avance de la ciencia
cada vez es más difícil
seguir los pasos de alejandra

no tienes un coche
ni un abrigo de piel 
heredado de tu madre

ya has cumplido más que sylvia
y además los hornos de ahora 
son todos eléctricos

de nada sirve meter la cabeza

de nada sirve llenarse los bolsillos
de piedras

lo que te falta –y empiezas a dudar
de que de verdad te falte–
no lo encontrarás en el fondo de un lago

no lo encontrarás –y empiezas a dudar
de que lo quieras encontrar–
al otro lado del abismo

y aun así a veces piensas

como te dijo Pierce Brosnan* en ese sueño:
ya tienes 30 años,
¿cuándo vas a tener hijos?
 

lunes, 14 de abril de 2025

NO VIVIRÉ, QUIZÁ

Poema ganador del símbolo VINO NUEVO en el LII Certamen Internacional de Poesía "Cata de Vino Nuevo y Anochecer Poético" (España, 2021)
 
 
el tacto de la punta de los dedos de tus pies
contra el interior de mi útero
 
ni tampoco el lento crecimiento
de la cordillera de mi pecho
 
no surcarán ríos violetas
la corteza curva de mi vientre
 
        mi cuerpo
no expulsará tu cuerpo
        mi cuerpo
no tendrá una cicatriz
 
no viviré, quizá
 
la calidez de tus encías desnudas
haciendo frente al fruto
 
vía láctea explorando el universo
de tu aparato digestivo
 
dientes de leche mordiendo con ansiedad
el melocotón maduro
 
        mi cuerpo
no generará alimento
        mi cuerpo
no ocasionará tu condición
 
no viviré, quizá, tu primera carcajada
himno nacional de todos los países
 
ni escucharé tu primera palabra
o te veré dar tus primeros pasos
 
(no expropiaré esos pequeños triunfos tuyos
ni los compartiré al mundo como propios)
 
pero un día vendrás corriendo a la salida del colegio
mochila de ruedas derrapando por el patio
 
chaqueta desabrochada con alma de escapista
vendrás corriendo a mí a la salida del colegio
 
manos manchadas de todos y cada uno
de los colores del espectro visible
 
y apuntando con los brazos a mi cuello
sin vacilar siquiera un instante me llamarás
 
mamá

sábado, 12 de abril de 2025

hasta ayer no pensabas que llamarte puta a ti misma en mitad de la ruta en carril bici que une xirivella y aldaia fuera un pensamiento intrusivo —pero tiene sentido— ya van cuatro farmacias que te dicen que ese medicamento ya no se fabrica pero tu psiquiatra que ha dejado de ser tu psiquiatra insiste en que sigue comercializándose a lo mejor deberías dejar de romantizar el dolor de insistir en la tristeza de bailar sobre el abismo de mentir por omisión al fin y al cabo si hace dos años hubieras dicho que tu novio también era de allí no habrías tenido que pasar hace unos días por la vergüenza de cruzarte con tu compañera de trabajo y desear que te tragara la tierra cuando te preguntó qué hacías en el pueblo (tampoco habría pasado si fueras como hannah montana y trabajaras con peluca) a lo mejor deberías empezar a comportarte como una adulta y asumir las consecuencias demostrar que tienes dignidad si es que la tienes, intentarlo de verdad

miércoles, 19 de febrero de 2025

leyendo los efectos adversos te das cuenta de que eres una entre cien pacientes Víctor te da el alta pero te pide que sigas tomándote los antidepresivos te están sentando muy bien ya apenas quieres herirte ya casi no te odias a ti misma ¿ese destello son tus ganas de vivir? también es conveniente que veas a Inés quizá cada tres semanas pero resulta que Inés ya no está trabajando le ha surgido un problema familiar del que no te ha contado nada por qué no te ha contado nada ¿no os llevabais tan bien? así que ahora tienes que ponerte a buscar otra psicóloga puedes aprovechar para reconciliarte con Marta ¿no teníais un vínculo especial? pero resulta que ya no tienes su teléfono lo enviaste a la papelera antes de que te hiciera más daño antes de que te quemara la piel así que ahora te toca escribir psicólogos Valencia en el recuadro blanco de la pantalla de Google descartar fotografías en la página de Doctoralia recordar a quiénes has besado y a quiénes has dejado tirados en la estacada para no repetir y sentir la vergüenza del reconocimiento la sonrisa burlona del sabía yo que volverías y entonces quizá, sólo quizá, encuentres lo que estás buscando
 

domingo, 29 de diciembre de 2024

2024

Este año he querido ser más consciente de lo que leo e intentar no escoger libros que no vayan a gustarme; para ver si lo he conseguido, anotaré también la puntuación que haya puesto en GoodReads y al final del todo haré la media (los libros abandonados no contarán para la media, puesto que implican que he sido consciente y no he leído por leer):

♥ENERO♥

  • Biblioteca Sandman: Juego a ser tú, de Neil Gaiman (escritor) y Shawn McManus, Colleen Doran, Bryan Talbot y Stan Woch (dibujantes) - 5/5
  • Algo explotó acá adentro, de Macarena Álvarez - 5/5
  • Apuntes sobre el suicidio, de Simon Critchley - 4.5/5
  • Poemas sociales, de guerra y de muerte, de Miguel Hernández - 3.5/5
  • El corazón es un lugar feroz, de Anita Nair - 4/5
  • Poemas prohibidos, de Charles Baudelaire (dibujos de Gustav Klimt) - 3/5 (dibujos 5/5)
  • Del inconveniente de haber nacido, de Emil Cioran - 3/5
  • Las cuatro estaciones, de Ana Blandiana - 3/5
  • Saga: capítulo NUEVE, de Brian K. Vaughan y Fiona Staples - 5/5

4/5

 

♥FEBRERO♥

  • Su mano sobre mi frente, de Nafisa Haji - 4.5/5
  • Abandono Las intermitencias de la muerte, de José Saramago, tras un 25 % de lectura
  • Los primeros cuentos de Proyectos de pasado («Una herida esquemática», «Aves voladoras para el consumo», «En el campo» y «Reportaje», abandonado a la mitad), de Ana Blandiana - sin puntuar
  • Suicidio, de Édouard Levé - 5/5
  • El cuento del cortador de bambú, libro anónimo traducido al castellano por Kayoko Takagi - 3/5
  • Memorias de un gato tonto, de Luis Blanco Vila - 4.5/5
  • Leo la primera mitad de Los salmos fosforitos, de Berta García Faet, pero no entiendo nada y lo dejo
  • Los gatos del Perich, de Jaume Perich - 4/5

4.2/5

 

♥MARZO♥

  • Fuego la sed, de María Sánchez - 5/5
  • El corazón de la serpiente, de Ivan Efremov - 3.5/5
  • Segunda oportunidad a Los salmos fosforitos, de Berta García Faet, leído a la par que Trilce, de César Vallejo - 3.5/5 y 2.5/5, respectivamente
  • Empiezo Una nueva vida, de Lucia Berlin, y me leo la primera parte (cuentos)
  • Corazonada, de Berta García Faet - 4.5/5

3.8/5

 

♥ABRIL♥

  • Termino de leer Una nueva vida, de Lucia Berlin - 5/5
  • Saga: volumen DIEZ, de Brian K. Vaughan y Fiona Staples - 5/5
  • Empiezo el tercer volumen de la correspondencia de Sylvia Plath
5/5

 

♥MAYO♥

  • Inocencia interrumpida, de Susanna Kaysen - 5/5
  • Lo que ellos dicen o nada, de Annie Ernaux - 3.5/5
  • Continúo leyendo la correspondencia de Sylvia Plath

4.25/5

 

☼JUNIO☼

  • Un gato callejero llamado Bob, de James Bowen - 5/5
  • Biblioteca Sandman: Fábulas y reflejos, de Neil Gaiman (escritor) y Bryan Talbot, Stan Woch, P. Craig Russell, Shawn McManus, John Watkiss, Jill Thompson, Duncan Eagleson y Kent Williams (dibujantes) - 3/5
  • Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar, de Luis Sepúlveda - 4.5/5
  • El verano del inglés, de Carme Riera - 5/5
  • Continúo leyendo la correspondencia de Sylvia Plath (termino 1955)

4.375/5

 

☼JULIO☼

  • La gata sobre el tejado de zinc caliente, de Tennessee Williams - 5/5
  • El verano sin hombres, de Siri Hustvedt - 4.25/5
  • El corazón condenado, de Clive Barker - 2.25/5
  • ¿Por qué es divertido el sexo?, de Jared Diamond - 4.75/5
  • Lo que muere en verano, de Tom Wright - 4.5/5
  • Retomo la correspondencia de Sylvia Plath (iba a hacer un parón veraniego)
  • La gata del soltero, de L. F. Hoffman - 1.5/5
  • En el corazón del bosque, de John Boyne - 4.5/5
  • Leo la primera mitad de La mujer que llora, de Zoé Valdés

3.821/5

 

☼AGOSTO☼

  • Termino La mujer que llora, de Zoé Valdés - 4.25/5
  • Agosto, de Tracy Letts - 5/5
  • Leo los primeros cuentos de Brasas de agosto, de Luis Mateo Díez, pero no me termina de enganchar
  • Termino el tercer volumen de la correspondencia de Sylvia Plath - 5/5
  • La mujer endemoniada, de Jim Thompson - 4.25/5
  • Una mujer sin importancia, de Oscar Wilde - 4/5
  • Mortadelo y Filemón: Corrupción a mogollón, de Francisco Ibáñez - 4.5/5
  • Empiezo a leer Una noche en el paraíso, de Lucia Berlin
  • Yo, la mujer del talibán, de Dimitra Mantheakis - 5/5
  • simplemente caminando, de Conchín Soriano - 3.5/5
  • La tienda de los suicidas, de Jean Teulé - 3/5
  • Los caníbales (Mangez-le si vous voulez), de Jean Teulé - 4/5

4.275/5

 

☼SEPTIEMBRE☼

  • Tres sombreros de copa, de Miguel Mihura - 2.5/5
  • 30 días tenía septiembre (selección cuentos de ciencia-ficción), de Robert F. Young, Ray Bradbury, Isaac Asimov, Robert Abernathy y Algis Budrys -  4.25/5
  • Abandono El color púrpura, de Alice Walker, con la posibilidad de retomarlo en otra ocasión
  • Antología de poetas estadounidenses: desde Emily Dickinson a Sylvia Plath (1830-2012), vv. aa. - 4/5
  • Termino Una noche en el paraíso, de Lucia Berlin - 3.75/5

3.625/5

 

♥OCTUBRE♥

  • El camino rojo y otros cuentos, de Ana Basualdo - 3.25/5
  • Mesalina, de Fabrizio Dentice, abandonado justo al final - 2/5

 2.625/5

 

♥NOVIEMBRE♥

  • Tiernos y traidores, de Susana Fortes - 4.25/5
  • Como agua para chocolate, de Laura Esquivel - 5/5
  • Historia del corazón, de Vicente Aleixandre - 3.5/5
  • La niña de sus ojos, de Jessica Barksdale Inclán, leído por encima - 1.5/5

 3.563/5

 

♥DICIEMBRE♥

  • Cómo pensar más en el sexo, de Alain de Botton - 3.5/5
  • La muerte: un amanecer, de Elisabeth Kübler-Ross - 0.5/5
  • Abandono Soledades y otros poemas, de Luis de Góngora, casi a mitad
  • El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, de Oliver Sacks - 4.5/5
  • El gato, de Georges Simenon - 4.5 (porque creo que no entiendo el final)
  • Empiezo algún libro más, como los diarios de Iñaki Uriarte o el Antimanual del sexo de Valérie Tasso, pero decido no leer nada hasta nuevo año


3.25/5 


NOTA MEDIA: 3.9/5

sábado, 16 de noviembre de 2024

ÉRASE UN PEJE ESPADA MUY BARBADO*

*Francisco de Quevedo
«Soneto a una nariz»
 
 
que cruzó el océano atlántico
sólo para venir hasta mí
 
balanceando de lado a lado
su esqueleto de madera
 
y con la punta de su nariz
me tocó el corazón
 
como en el amor
 
tengo que tener mucho cuidado
porque a veces se le despegan las patitas

martes, 15 de octubre de 2024

NOCTURNA

arriba y abajo tu pecho
meciéndose al compás de tu respiración
la palma de mi mano tendida
 
sobre ese bello acordeón
 
el aire que expulsas sigiloso por la boca
es el mismo aire al que yo aspiro
acerco lentamente mi rostro al tuyo
 
 tú duermes, yo vigilo
 
arriba y abajo tu caja torácica
sobre ella trazo un corazón
pequeño pero certero
 
sobre tu corazón
 
el aire que inhalas arduamente por la nariz
es el mismo aire con el que yo suspiro
acerco tiernamente mi rostro al tuyo
 
tú duermes, yo te miro

miércoles, 14 de agosto de 2024

HASTA LUEGO, Y GRACIAS POR LAS GALLETAS

La consulta estaba y sigue estando muy cerca de una de las estaciones de metro que hay en el centro, y como mi apartamento de treinta y cinco metros cuadrados de independizada primeriza también estaba cerca de una boca de metro, pues me venía de lujo. El piso era más pequeño que el de mi anterior psiquiatra, pero estaba mucho mejor iluminado. La entrada era grande y lo primero que había a la derecha, nada más pasar por la puerta, era un mostrador con una secretaria sentada de cara a un ordenador que se encargaba de atender las llamadas telefónicas, realizarlas, dar citas y cobrar el precio convenido a los clientes, entre otras cosas. A mano izquierda había una puerta que daba al cuarto de baño, lugar que no pisé, de nuevo, por miedo a que me dijeran que tenía prohibido el acceso (es decir, a hacer el ridículo), a pesar de que vi a más de un cliente traspasar el umbral.
        La entrada era grande precisamente porque era también la sala de espera, con una decena de sillas típicas de sala de espera, un revistero con folletos sobre la salud mental y un par de plantas decorativas. Una limpiadora se encargaba de dejarlo todo aseado por la mañana, a eso de las nueve, con ayuda de la propia secretaria, que le facilitaba la faena para que no hiciera trabajo de más (como limpiar una consulta que no había sido utilizada desde la última vez que fue limpiada y, por tanto, no era necesario repetir el proceso). Había un total de tres y la mía era la que estaba más al fondo, escondida detrás de una pared. Era más pequeña que la consulta de mi anterior psiquiatra pero, de nuevo, mucho mejor iluminada. La consulta además era bastante austera, aunque no por ello la decoración dejaba de ser bonita, simplemente menos recargada. Las sesiones costaban ochenta euros, pero como quería verme cada semana decidió bajármelo diez euros. Según dijo.
        Al principio, que quisiera verme cada semana, me pareció algo positivo: significaba que quería saber de primera mano cómo iba evolucionando. Gracias a ello, por ejemplo, me ajustaba las dosis cada siete días y no cada tres meses. Poco después vi que también significaba correr. Si me pedía que llamara por teléfono a un familiar, tenía que hacerlo sí o sí esa semana, puesto que en la siguiente cita iba a tener que narrarle la experiencia; si me pedía que socializara un poco en el trabajo, que contara alguna batallita, como hacían los demás, tenía que hacerlo sí o sí en el siguiente turno para poder contárselo después; si me pedía que quedara con alguien, más de lo mismo. Esto me hizo tener miedo de fallarle, de que si no lograba equis tarea ella pensara que no estaba poniendo suficiente empeño en mejorar, y empecé a mentirle muy pronto; le decía, por ejemplo, que había quedado con una amiga y, aunque con cierta ansiedad, en general lo había pasado bien.
        De todas formas, sí intenté seguir el tratamiento. La mayor parte de las veces. Intenté hacer las meditaciones, a pesar del escepticismo y el aburrimiento; hablar por teléfono, sólo que en vez de llamar lo hacía a través de mensajes de texto; seguir en contacto con algunas viejas amigas por Instagram; seguir en contacto con mi familia gracias a alguna que otra visita esporádica; salir de casa para tomar el aire y no sólo a Consum... Yo lo exageraba, claro: le decía que había hablado por teléfono en vez de por WhatsApp, le decía que había hablado en persona en vez de por teléfono. Necesitaba que siguiera creyendo en mí, y para eso necesitaba alimentar mis progresos, que viera que su método funcionaba. Y estoy segura de que así lo pensaba en parte porque, cuando dejé de ir después de tres meses y medio de visitas semanales, estuvo siete días enteros llamándome por teléfono, buscándome, intentando averiguar por qué me había ido.
        También intenté serle sincera, dentro de lo posible, sabiéndome mal decirle que me quería morir y por tanto no sacando el tema. Quiero decir: no le hablé de las veces que intenté cortar mis venas, pero cuando mi ánimo volvió a decaer drásticamente se lo comuniqué y ella me aumentó la dosis de los antidepresivos. Lo mismo pasó cuando mi ansiedad subió de nivel por ciertos motivos concretos y ella me dio otras pastillas que podían o no funcionar y que yo podía o no tomarme dependiendo de cómo me sintiera en el momento o qué iba a hacer a lo largo del día que pudiera causarme ansiedad.
        No le conté, al igual que a mi anterior psiquiatra, que las pastillas para dormir me provocaban alucinaciones, llegando incluso a temer por mi vida e integridad física, pensando en alguna ocasión que iban a violarme, momento en el cual yo procedía a encender todas las luces y a esconderme en el cuarto de baño (única estancia independiente de mi hogar) para llorar acurrucada hasta que se pasaran el miedo o las voces. Tampoco que a veces escribía en mi diario sin percatarme, sin ser yo parte consciente de la historia, o que en vez de algo tan inofensivo como una frase puntual en una libreta que sólo yo iba a leer era un mensaje privado a una persona real que después me contestaba sin saber que le había escrito bajo los efectos de una droga legal. Pero cuando dejaron de funcionarme se lo hice saber para que me pusiera remedio, para que me recetara otra cosa aparte o como aditivo, y ella me aconsejó la melatonina, para que la tomara junto con el Zolpidem.
        Me vais a permitir ahora hacer un pequeño paréntesis, en parte porque me gustaría saborear estas últimas horas, para contaros una anécdota relacionada precisamente con esto, con la melatonina.
        Cuando me la recomendó, yo no había oído hablar nunca de ella. No sabía ni dónde se compraba ni cómo ni en qué formatos se vendía. Sobres, cápsulas, comprimidos efervescentes. ¡No sabía nada! Y al salir de su consulta ese día, yo seguí exactamente igual de ignorante que al principio. Como no me imaginaba que la melatonina pudiera ser algo que se compra sin receta, creía firmemente y con el decaimiento que ello conlleva que a la doctora se le había olvidado hacerme el papelito; así que durante toda esa semana no me acerqué a la farmacia y, en la siguiente cita, cuando ella me preguntó, por miedo a parecer tonta por no haber sabido comprar la melatonina, le dije que había estado durmiendo mejor gracias a esa nueva ayuda.
        Lo bueno es que sólo fue una semana y, justo después de la siguiente consulta, sí me atreví a ir a una farmacia donde, gracias a una farmacéutica muy amable, pude adquirir las que son como golosinas, que parecen menos medicamento y más tentempié de antes de irte a la cama. Porque después de estar tanto tiempo medicándome día sí día también he acabado por aborrecer hasta la píldora más minúscula y ahora incluso evito tomarme un Paracetamol cuando siento fuertes dolores menstruales. Lo malo, claro, es que al parecer simples chucherías no me sentía culpable a la hora de tomarme otra dosis (y otra y otra y otra) hasta que por fin parecían hacer efecto.
        Una noche, cuando los antidepresivos funcionaban y yo llevaba unos días sintiéndome más animada, contenta de estar viva, con fuerzas y convencimiento real de poder conseguir cualquier cosa que me propusiera, cogí una de las cuchillas que utilizo para rascar la grasa de la cocina de inducción y empecé a cortarme la muñeca y el antebrazo. Pensaba, en ese momento, que podía con todo; que no había nada que fuera capaz de pararme aunque fuera ligeramente, que yo mandaba en mi vida, que por fin era capaz de suicidarme. A la mañana siguiente, analizando la escena, pensé que si de todas formas el resultado iba a ser el mismo, que si mi estado depresivo no tenía nada que ver y el deseo de matarme estaba ahí independientemente de mi estado de ánimo, no valía la pena seguir yendo a la consulta de una psiquiatra que intentaba por todos los medios posibles hacerme feliz.
        Pero no fue ahí cuando abandoné, sino cuando me volví a quedar sin trabajo y me di cuenta de que estaba pagando setenta euros a la semana por unas sesiones de diez minutos en las que ya casi nunca decía la verdad.
        Al principio, como siempre, no hubo grandes cambios. Ahorré en gastos, que nunca viene mal. Pronto empezó a costarme más dormir, claro, por haberme quedado sin pastillas; la melatonina por si sola no funcionaba y para el hipnótico necesitaba receta. Pero esto era algo que yo ya tenía asumido que iba a ocurrir. Entonces, a las dos semanas o así, mi cuerpo empezó a notar los síntomas de haber dejado los antidepresivos, algo que ya había experimentado anteriormente pero a lo que parece que una nunca se acostumbra. Vómitos, mareos, temblores, un dolor de cabeza extraño, como si hubiera algo atravesándomela, llantos incontrolados, irritabilidad, nuevos tics nerviosos. El síndrome de abstinencia es distinto para cada persona; no existe una ciencia exacta en cuanto a la recuperación, salvo que al final siempre se sale. Siempre, claro, que vivas lo suficiente para verlo.
        Hoy, aquí y ahora, ya se me ha pasado. Mi cuerpo ha olvidado por fin lo que fue una vez medicarse y ahora trabaja de manera regular. Apetito escaso, vértigos puntuales, dolor de cabeza normal, como si hubiera algo aplastándomela, llantos silenciosos, los tics nerviosos de siempre, con los que ya casi me siento reconfortada. Ahora incluso vuelvo a admitir que necesito buscarme otra psiquiatra.
        Me llamo Sara y soy acólita. No en sentido físico, sino más bien psíquico. A día de hoy no creo que pueda dejar de serlo. Quizá en unos años no necesite depender de una médica o un medicamento, pero de momento prefiero no dejar a mi cerebro a cargo del libre albedrío. Y no creo que haya nada malo en ello. Sé que con el paso de los años he mejorado en muchos aspectos, aunque haya otros tantos que se han agudizado. Por ejemplo ahora vivo sola y sin depender económicamente de nadie, pero es precisamente por estar viviendo sola por lo que no dudo en descuidar, entre otros, la higiene del hogar. También sé que avanzar lento es avanzar y que no pasa nada por necesitar ayuda, aunque a veces le dé la espalda a quien me la conceda. Por ejemplo las veces que he acudido por voluntad propia a un profesional y lo he terminado dejando. O que retroceder no es sinónimo de fracaso y que siempre hay más oportunidades para volver a intentarlo con más tranquilidad. Por ejemplo las veces que he contactado por voluntad propia con un profesional y lo he terminado ignorando. No sé, todas estas cosas me parecen importantes y decirlo en voz alta, un logro. Pero bueno, creo que ya he acaparado suficiente por hoy el micro.
        ¿Alguien más quiere hablar?