Duerme en un cuarto menguante con vistas a su interior. Se quita la ropa mientras baila o viceversa y se recoge el pelo con chinchetas de colores.
Cuando canta atrae a las sirenas para devorarlas. Tiene más hambre que un lobo feroz y su boca es una cueva de murciélagos diurnos.
Siempre que toca fondo, se pone de cuclillas para darse impulso y salir volando hasta más allá de la exosfera. Coge unas cuantas estrellas de cine y las pone a representar «El mercader de Venecia» solo para ella.
Cuando ríe se le ven hasta las polillas del estómago y cuando llora... cuando llora no hay más remedio que rezar para que esta vez la evolución no se deshaga tan rápido de las branquias.
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