Es increíble
cómo el poco amor que me diste ha sido capaz de engendrar tantas
criaturas mocosas que solo saben llorar, caerse y romperse en mil
pedazos, dejando la alfombra blanca roja.
Soy
tan mala madre como mala amante fui. Ni siquiera sabes cuántos
alumbramientos ha presenciado mi cama. Ningún embarazo ha durado nueve
meses y algunos ni siquiera han dado sus frutos. La mayoría están
pudriéndose en el fondo de mi armario y solo unos pocos tienen la suerte
de salir de vez en cuando de paseo.
Y no los quiero. No los quiero, no los quiero.
Pero tampoco puedo odiarlos. Son mi único legado, mi gran amor, mi vida entera.
Pero también mi condena; están llenos de recuerdos dolorosos y momentos que hubiera preferido no tener que escribir.
He abortado tantos poemas por miedo a que no los quieras...
Ojalá pudiera abortarme a mí misma y desaparecer. Tirarme desde un quinto piso y que el mundo se quedara igual, como si nada hubiera pasado. Pero habría un velatorio. Y luego un funeral. Y falsas lágrimas. Y flores de plástico. Y discursos plantilla. Y un epitafio:
"Murió como vivieron sus hijos: en silencio".
No hay comentarios:
Publicar un comentario