viernes, 21 de abril de 2017

«Después de tantas experiencias con la gente es evidente que la que funciona mal soy yo»

Admiro la facilidad que tienen las demás personas para hablar con otras personas. Sí, es cierto, algunas se ponen muy nerviosas al tener que hablar en público; algunas se agobian cuando tienen que contar algo íntimo delante de un reducido número de individuos de su mismo sexo; algunas esquivan las preguntas que les lanza su tía como dardos venenosos en las reuniones familiares. Pero por lo general todas esas personas siempre encuentran un lugar o un momento en el que se sienten cómodas y alguien (un familiar, una vieja amiga, los visitantes anónimos de un blog en WordPress) con quien pueden hablar de lo que sea con facilidad y soltura. Yo no. Yo hace años que no me siento cómoda.

Lo peor de todo es que ha pasado tanto tiempo que ya es imposible corregir la mala postura. Imagínate: se te da bastante bien el inglés pero si dejas de practicarlo se te olvida todo. Suele pasar. Yo hace años que no mantengo una conversación larga. Ya no sé cómo contestar cuando me preguntan qué opino sobre el gobierno actual, si me gusta el sushi o cómo me encuentro hoy. He perdido la práctica. Creo que ni siquiera puedo decirte la hora (¿no tienes móvil?). Sólo puedo, a veces, si eso, escribirlo. Y tampoco es que se me dé muy bien.

A veces lo intento, claro. Intento hablar, porque sé que es lo que se espera de una persona. Que hable. Que se comunique. Que se interese por las personas de su alrededor, por sus familiares, sus amigos, en fin, ya sabes, toda esa gente que finge interesarse por ti y espera que le devuelvas el favor porque evidentemente ellos no lo hacen de manera altruista. Pero me sale fatal. Y me sabe fatal. Parece que va a llover. Me he comprado unos zapatos, mira. No me importa qué te ha dicho el dermatólogo, pero cuéntamelo. No con esas palabras, claro, pero yo me siento así.

No lo sé, creo que algo no funciona en mi interior. Puede que a mi cerebro le falte alguna pieza importante. No es culpa mía, ¿vale? No me he roto, es que me fabricaron mal.



El título de este texto es una cita de Alejandra Pizarnik (en Diarios).

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