Admiro la facilidad que tienen las demás personas para hablar con otras personas. Sí, es cierto, algunas se ponen muy nerviosas al tener
que hablar en público; algunas se agobian cuando tienen que contar algo
íntimo delante de un reducido número de individuos de su mismo sexo;
algunas esquivan las preguntas que les lanza su tía como dardos
venenosos en las reuniones familiares. Pero por lo general todas esas
personas siempre encuentran un lugar o un momento en el que se sienten
cómodas y alguien (un familiar, una vieja amiga, los visitantes anónimos
de un blog en WordPress) con quien pueden hablar de lo que sea con
facilidad y soltura. Yo no. Yo hace años que no me siento cómoda.
Lo peor de todo es que ha pasado tanto tiempo que ya es imposible
corregir la mala postura. Imagínate: se te da bastante bien el inglés
pero si dejas de practicarlo se te olvida todo. Suele pasar. Yo hace
años que no mantengo una conversación larga. Ya no sé cómo contestar
cuando me preguntan qué opino sobre el gobierno actual, si me gusta el
sushi o cómo me encuentro hoy. He perdido la práctica. Creo que ni
siquiera puedo decirte la hora (¿no tienes móvil?). Sólo puedo, a veces, si eso, escribirlo. Y tampoco es que se me dé muy bien.
A veces lo intento, claro. Intento hablar, porque sé que es lo que se
espera de una persona. Que hable. Que se comunique. Que se interese por
las personas de su alrededor, por sus familiares, sus amigos, en fin,
ya sabes, toda esa gente que finge interesarse por ti y espera que le
devuelvas el favor porque evidentemente ellos no lo hacen de manera
altruista. Pero me sale fatal. Y me sabe fatal. Parece que va a llover. Me he comprado unos zapatos, mira. No me importa qué te ha dicho el dermatólogo, pero cuéntamelo. No con esas palabras, claro, pero yo me siento así.
No lo sé, creo que algo no funciona en mi interior. Puede que a mi
cerebro le falte alguna pieza importante. No es culpa mía, ¿vale? No me
he roto, es que me fabricaron mal.
El título de este texto es una cita de Alejandra Pizarnik (en Diarios).
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