Si nadie me ayuda, mucho menos voy a ayudarme yo
Un día te das cuenta de que te has quedado sin voz. Así, de repente, parece que ha desaparecido. Buscas en los bolsillos de tus pantalones vaqueros en los bolsillos de tu chaqueta buscas en tu bolso.
Pero no la encuentras.
Igual se te ha caído en la cesta de la compra, piensas. O te la has dejado en la taquilla del gimnasio. Miras dentro de los cajones de tu mesita de noche rebuscas entre tu ropa interior miras dentro de las botas que te pusiste el otro día dentro de todos los libros de tu pequeña biblioteca.
Pero no la encuentras.
Ellos te miran esperando la palabra, piden a gritos el diálogo, te instan a enseñarles las manos, te empujan por el precipicio. Y tú caes
y caes
y caes
al vacío y ni siquiera eres capaz de chillar. Porque aún no sabes dónde está tu voz. Dónde la has perdido. Quién la tiene. Por qué se la ha llevado.
Ese día te das cuenta de que tenían razón. Nada de lo que dices importa. Da igual lo que salga de tu boca. Lo que escupas después de haberlo masticado y masticado durante horas. Siempre te equivocas. ¿Para qué quieres, entonces, la voz? ¿Para qué la saliva o el aliento? Sólo los malgastas.
Ese día te das cuenta de que deberían aprovechar para llevárselo todo. No sólo tu capacidad comunicativa, sino todo lo que por falta de ahora resulta inservible y no lo vas a utilizar.
No prestas atención
No te sabes ningún número
Has dejado de amar
Y te quedas mirando esa página en blanco que es el mundo visto desde el Teide y ya no sabes si terminar tu historia lanzándote a las nubes o esperar a que el volcán despierte de su letargo y destruya también a tus lectores.
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