Crujió la madera a mis pies y palpé la rugosidad de las paredes blancas. El reducido pasadizo me condujo directamente hasta el fondo, pasando por delante de dos puertas cerradas, una a cada lado. Llegando al final del pasillo, vi que la puerta que coronaba el corredor estaba medio abierta, medio cerrada. Supuse que allí se encontraría mi anfitrión, así que la empujé y me asomé a la pequeña pieza. Una fuerte mezcla de olores me hizo retroceder, pero me contuve y volví a mirar dentro. Las paredes estaban llenas de estantes y éstos sostenían recipientes de todo tipo. De cristal, de cerámica, de madera. Seguramente albergarían en ellos diferentes especias y alimentos.
Bajé la vista inconscientemente y allí estaba: el cadáver reciente de un recipiente de cerámica yacía desmembrado en el suelo. Cualquier jurado habría tachado el crimen de homicidio imprudente. Por suerte parecía haber estado vacío a la hora de la muerte.
Con una dulce y distraída sonrisa, fui a girarme para buscar al dueño de la morada que acababa de allanar y acabé sobresaltándome de manera exagerada al toparme con éste. O, más bien, ésta. Me encontré con una anciana mujer que me miraba fijamente a los ojos. Era de estatura baja y muy delgada, tanto que incluso llegaban a marcársele los huesos de esos hombros caídos a través de la ropa. Un sencillo vestido grisáceo de lana tejido, seguramente, con sus propias manos o las de alguna antepasada cubría su frágil cuerpo. Su cabello era blanco como la nieve y estaba recogido en un complejo moño que yo jamás conseguiría hacerme. No llegué a ver su calzado, pero estaba segura de que llevaba unas de esas alpargatas fabricadas con piel de algún pobre animal y suela de esparto, escogidas más por la comodidad que por la estética.
—¿Me permite el paso? —Ahí me di cuenta de que llevaba un rato observándola en silencio.
—Po-por supuesto. ¡Se encuentra usted en su propia casa! —Tratamudeé sin llegar a comprender cómo era capaz aquella mujer de hablar tan tranquilamente con una completa desconocida que se había colado en su casa.
—Merci beaucoup —continuó diciendo amablemente—. ¿Se hecha a un lado?
No había caído en que, aunque había decidido dejarla pasar a la galería, ni siquiera había articulado un solo músculo para dejar de obstaculizar el movimiento de la dueña de la casa. E incluso pensando en esto seguía sin ponerle remedio. Tenía que reaccionar como fuera.
Regresé de mis pensamientos y me aparté a un lado. La anciana entró en la despensa, se agachó despacio y con mucho esfuerzo a causa de la avanzada edad que debía tener, recogió los trozos grandes de cerámica y los guardó en una bolsa que sacó de uno de sus bolsillos. Después, con una escoba, barrió el resto del cuerpo inerte del recipiente.
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