miércoles, 11 de noviembre de 2020

L - II (LVA)

Proseguí mi camino reparando en las puertas de madera que se cerraban a mi alrededor y sintiendo la desconfianza de sus miradas posadas sobre mi nuca. Murmuraban entre ellos quién podía ser, pero nadie se atrevía a preguntarme.

Entonces me di cuenta de que había también una pequeña casa en lo alto de una colina; justo en la colina de enfrente de la que yo acababa de bajar. Ésta, la pequeña casa, a pesar de estar apartada, pertenecía al sobrecogedor conjunto habitado de escamados pueblerinos y seguía a la perfección el canon pactado de los hogares en la villa. Como no parecía que fueran a ofrecerme cama alguna por aquella zona, decidí subir la pequeña cuesta y probar suerte.

Profundamente agotada, terminé de ascender y me paré a descansar unos agradables segundos para recuperar el aliento. El viento soplaba más fuertemente allí arriba y mi estómago aullaba hambriento. No había comido nada salvo unas míseras bayas que encontré en el bosque la noche anterior y ya no podía aguantar más.

Recuperado el soplo vital, me aproximé a la puerta y llamé. Un total de siete pacientes veces hice sonar la madera con mis nudillos, pero no obtuve respuesta en ninguna ocasión. Por respeto, no pretendía abrir la puerta sin serme otorgado el permiso necesario; pero, a la octava ocasión en la que me disponía a tocar, la puerta pareció entreabrirse. Me quedé paralizada unos instantes y finalmente fui capaz de moverme. No parecía haber nadie al otro lado de la puerta y no sabía si debía entrar o esperar a que alguien de dentro contestara y me invitara, como deseaba que lo hicieran, a cruzar el umbral. Así que volví a llamar, pero esta vez acompañando la tonada con un tímido hola que se perdió en el aire sin toparse con ninguna respuesta.

La casa no era muy grande, pero gozaba de dos pisos. En ese momento pensé que seguramente el de arriba contenía los dormitorios y el de abajo, el salón y la cocina. Efectivamente, acerté; pero eso aún no lo sabía. Ni siquiera sabía si habría alguien dentro. Tal vez la casa estuviera abandonada por estar tan lejos del centro del pueblo. O quizá, aunque se encontrara tan lejos del resto de los vecinos, tampoco allí fueran bienvenidas las visitas. Pero la puerta estaba entreabierta, así que decidí pasar.

Me encontraba en mitad de esta ardua misión cuando escuché un fuerte ruido dentro de la casa. Fue como un sonido seco pero estruendoso, como el grito de un objeto delicado al golpearse contra alguna superficie sólida.

Supongo que me asusté y por eso abandoné la tarea de abrir la puerta y entrar, pero también me alegré al advertir que sí había alguien en casa. De nuevo la parálisis, pero esta vez mezclada con un cosquilleo jubiloso. Volví a escuchar algo en el interior. No el mismo canto de antes, sino más bien un susurro, como una pequeña oración. Desperté y terminé de abrir.

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