Yo era virgen en afecto.
Tenían la belleza del salvaje, Dara Scully.
Se admira más al que sale de la droga que al que nunca ha caído en ella. Cómo iba entonces yo a no caer sobre su cama. Si ya estaba desnuda y su pecho me llamaba. Cómo iba entonces yo a no caer una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, si me sentía sola y lo único que quería era un poco de atención.
Pasaron tres días antes de que encontrara un lugar para dormir que no estuviera hecho de nieve. Llevaba horas caminando en línea recta con el estómago vacío y ya estaba demasiado cansada. Al final había decidido seguir los pasos de algunos de mis vecinos y huir también de mi antigua villa. Pero a mí me empujaba el miedo.
Anduve a través de un camino perfumado por una refrescante fragancia hasta un lugar que a primera vista me resultó extraño. No tanto por el hecho de que no esperaba encontrarlo allí de repente, sino por su apariencia. Desde la lejanía se apreciaba como un conjunto de grandes y elegantes casas que rellenaban con delicadeza el tímido paisaje. Demasiado bello para tratarse de algo real. Pero al acercarme, recelosa como estaba, el espejismo recobró su forma natural y observé que no era la próspera urbe que yo pensaba que sería, sino más bien un paisaje donde las casas pequeñas abundaban y se reunían todas juntas abrazando la plaza central. Se trataba de un acogedor nido donde todos los vecinos se conocían y defendían mutuamente, como una gran familia.
Adelanté mi paso con precaución para no resbalar en la pendiente y llegué, no sé cómo y por entre los matorrales, hasta la entrada. En cuanto uno de ellos se percató de mi presencia, los demás aldeanos empezaron a salir poco a poco de sus hogares. Me fijé en sus ojos. Todos, sin excepción, me miraban como se esperaría que miraran a una intrusa que acababa de bajar, en pleno invierno, por la montaña. Como si fuese yo una especie de monstruo que se alimentaba de tristes y solitarias almas; cuando en realidad, la triste y solitaria, en aquel momento, era yo.
Había, como bien observé momentos antes y pude apreciar mejor en los días siguientes, una plaza circular donde se reunían todos los habitantes en los días festivos. En el centro de ésta había una pequeña fuente en la que parecía haber esculpida una estatua de algún ser mitológico, tal vez un dios de la antigua Grecia, que sujetaba con su mano diestra un tridente ya oxidado. Alrededor de dicha fontana había unos bancos de piedra que, por su aspecto, no parecían muy cómodos, pero capaces de aliviar la fatiga un día cualquiera en el que se hubiera decidido trabajar con fuerza. Había también una iglesia románica construida en piedra unos siglos atrás. En ésta se apreciaba el arco de medio punto de la entrada principal y la cubierta abovedada que envolvía toda la parte superior. Nunca supe cómo era por dentro porque nunca se me pasó por la cabeza entrar (nunca he tenido excesivo interés por los temas religiosos), pero seguramente estaría repleta de arcos de medio punto, como el del pórtico, y habría alguna que otra columna de orden corintio. Un pequeño ayuntamiento un poco más actualizado se alzaba al lado del lugar de oración. Casas de paredes en un principio blancas que con el paso del tiempo habían acabado grisáceas, calles estrechas y un pequeño arroyo, ahora congelado, completaban la visión del pueblo.
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