En realidad tenía pensado contárselo; el primer día, cuando la acompañé a casa... Pero no lo hice... Me rajé, no sé por qué. Creo que me sabía mal que se preocupara mucho por mí.
Toni suspendió una asignatura y tuvo que ir a la recuperación de septiembre. Había estado estudiando durante el verano, así que estábamos cien por cien seguros de que iba a aprobar. Me preguntó si quería acompañarlo y acepté la invitación; ¿por qué no? [Ríe]. Por qué no...
Mientras él estaba haciendo el examen, yo aproveché para pasearme por el instituto. Estaba más tranquilo de lo que esperaba, la verdad: no había ni un alma por los pasillos. El año anterior había borrado el dibujo con mi inicial y la de Lucas, pero no había puesto nada con Toni; aproveché la ocasión.
Estaba tan abstraída con lo bien que escribía mi nuevo permanente que apenas me di cuenta de que se acercaba un profesor; era Ricardo, que subía por las escaleras. Nada más verlo me dio un respingo el corazón; lo último que me apetecía en ese momento era escuchar un sermón sobre por qué no hay que pintarrajear las barandillas del instituto. Guardé rápidamente el permanente y me levanté dispuesta a bajar por las otras escaleras sin mirar atrás; ya intentaría arreglar el estropicio que había dejado por culpa del susto. Pero el profesor me vio y me llamó; no tuve más remedio que girarme y prepararme para la bronca que estaba segura me iba a comer.
Me pidió que lo acompañara y entramos en el aula en la que dábamos matemáticas cuando íbamos a tercero. Dudé un poco, pero acabé cruzando el umbral. Cerró la puerta para que nadie nos molestara a pesar de que, como ya he dicho, no había ni un alma por los pasillos. Dejó la carpeta con lo que fuera que llevara dentro en la mesa y yo empecé a disculparme, diciéndole que lo sentía, que no volvería a pintar la barandilla, y que si hacía falta podía limpiarlo en ese mismo momento; siempre llevo toallitas encima. Me interrumpió sin que pareciera haber estado escuchándome y me preguntó: «¿Qué haces aquí? Creía que al final lo habías aprobado todo» mientras me acomodaba el pelo detrás de las orejas. Le dije: «He venido a acompañar a mi novio» mientras volvía a taparme la oreja izquierda; me tenía hartita ya con el gesto. Dijo algo que no llegué a entender y [permanece un rato en silencio].
Joder... Perdón, es que aún estoy flipando. Si hubiera caído en ese momento, habría salido corriendo de allí, en serio; pero no fue el caso.
Pasó todo muy rápido. «¿Sabes...?», me soltó de repente, «aún conservo las fotos que me mandaste». «¿Qué fotos?», le pregunté, porque no tenía ni idea de qué fotos me estaba hablando. «Y el vídeo», siguió diciendo, sin hacer caso a lo que yo le había preguntado. Me empecé a sentir incómoda y me dirigí hacia la puerta mientras le decía que tenía que irme; pero, antes de llegar, él alargó la mano y tiró de la parte de atrás del cuello de mi camiseta. «¿Adónde vas? ¿Ya no te gusto?», me dijo, mientras me acorralaba contra la pared; pero yo seguía sin saber de qué estaba hablando.
Sí, claro, ¡ahora lo pillo! Pero en ese momento estaba demasiado nerviosa como para sacar deducciones a lo Profesor Layton. De verdad que si hubiera sabido que era él yo me habría ido cagando leches, pero estaba muy confusa; hacía tiempo que había bloqueado a Lucas de todas partes, ya ni me acordaba apenas del chaval, ¡como para que me viniera a la mente en ese momento! [Cubre su rostro con las manos]. Pfff... Qué asco...
Ya, pero me siento estúpida.
En seguida empezó a manosearme por dentro de la ropa mientras intentaba besarme. Me sobó una teta por encima del sujetador; yo le aparté la mano mientras trataba de dirigir la mirada lejos de su cara. Luego cambió de táctica y la misma mano me la metió por el pantalón, que era un poco elástico; con la otra intentó desabrocharme el sujetador, pero la mayoría de los chicos no saben hacerlo con dos manos, imagínense con una... [Acepta otro pañuelo de papel]. Gracias. [Se limpia las lágrimas]. Le pedí por favor que me dejara en paz, pero no lo hizo. [Se suena los mocos y hace ruido]. [Entre risas]. En serio: no sé sonarme sin hacer ruido, lo siento.
No, no, no pasa nada; puedo seguir.
A lo mejor es raro, pero lo que más asco me daba en ese momento era imaginar su lengua dentro de mi boca. Su mano cogiéndome el coño e intentando con los dedos abrirse paso por un lateral de mis bragas me molestaba, claro; quería que la quitara de ahí. Pero pensar que su saliva recalentada iba a entrar en contacto con la mía; o que su lengua iba a estar chocando con mi paladar, con mis dientes o incluso con mi campanilla... me daba muchas ganas de vomitar, en serio.
Apreté mucho la mandíbula y me retorcí como pude para que no me tocara con sus labios. No sé por qué no grité, la verdad; aunque no hubiera mucha gente en el instituto, alguien me habría oído. Alguien habría salido del aula de enfrente y habría intentado rastrear de dónde provenían los gritos. No es que pensara que al abrir la boca para ponerme a chillar hubiera facilitado la penetración por parte de su lengua ni nada; simplemente no pedí auxilio.
En un momento dado, le puse las manos en la barbilla y conseguí tirar su cabeza hacia arriba; supongo que bajó un poco la guardia al intentar sacarse la polla con una de sus manos. Lo separé un poco de mí y logré escabullirme por debajo de su brazo. El forcejeo no duró mucho, pero sacar su mano de mi pantalón me costó un poco; ya digo que mi vaquero era un poco elástico, pero tampoco tanto. Además me tenía muy bien agarrada. Finalmente alcancé la puerta, salí del aula y corrí escaleras abajo. No dejé de correr hasta entrar en el baño.
Me había imaginado ya qué haría si me encontrara en una situación semejante. Si un hombre me cogiera en mitad de la calle e intentara violarme. Si consiguiera violarme, si viniera alguien a ayudarme, si yo lograra escapar. Si fueran más de uno, si fuera un amigo, los amigos de mi novio, mi propio novio. No me esperaba para nada la reacción que tuve.
Cuando salí del baño, con la ropa bien puesta, bien peinada y sin haber llorado, lo primero que hice fue mirar la hora en mi teléfono móvil. Lo que a mí me había parecido una eternidad, en realidad habían sido unos quince minutos, no llegaba; Toni ni siquiera había salido de su examen. Me senté en uno de los bancos de piedra que hay en el patio, los que se encuentran a cubierto, y decidí esperarlo; pero estaba muy nerviosa y en seguida me levanté dispuesta a irme. Justo entonces llegó Toni con cara de satisfacción, de haber aprobado merecidamente un examen, y estiró un brazo para tocarme con las yemas de los dedos mientras me preguntaba: «Ey, ¿todo bien?». Creo que notó que algo no iba todo bien. Yo lo aparté de un manotazo y le dije que tenía que irme. Me fui a casa sin mirar atrás, dejando al pobre Toni sin saber cómo reaccionar.
Por la noche me mandó un WhatsApp preguntándome si me encontraba bien; me puse a llorar, pero como estaba ya en la cama porque era hora de dormir nadie lo vio. Le dije que me había topado con Ricardo y me había dado la chapa, como siempre; que era un puto cansino de mierda. Me dijo que si se lo hubiera dicho, habría ido a buscarlo para darle de ostias. [Ríe mientras se enjuaga las lágrimas con la camiseta]. Yo le dije que no se preocupara y le pedí que me perdonara por haberme ido de esa forma; que me había puesto muy nerviosa y que necesitaba estar a solas. Pasamos a hablar de lo bien que le había ido en el examen y decidí secretamente no volver a ir a clase de matemáticas.
Toni suspendió una asignatura y tuvo que ir a la recuperación de septiembre. Había estado estudiando durante el verano, así que estábamos cien por cien seguros de que iba a aprobar. Me preguntó si quería acompañarlo y acepté la invitación; ¿por qué no? [Ríe]. Por qué no...
Mientras él estaba haciendo el examen, yo aproveché para pasearme por el instituto. Estaba más tranquilo de lo que esperaba, la verdad: no había ni un alma por los pasillos. El año anterior había borrado el dibujo con mi inicial y la de Lucas, pero no había puesto nada con Toni; aproveché la ocasión.
Estaba tan abstraída con lo bien que escribía mi nuevo permanente que apenas me di cuenta de que se acercaba un profesor; era Ricardo, que subía por las escaleras. Nada más verlo me dio un respingo el corazón; lo último que me apetecía en ese momento era escuchar un sermón sobre por qué no hay que pintarrajear las barandillas del instituto. Guardé rápidamente el permanente y me levanté dispuesta a bajar por las otras escaleras sin mirar atrás; ya intentaría arreglar el estropicio que había dejado por culpa del susto. Pero el profesor me vio y me llamó; no tuve más remedio que girarme y prepararme para la bronca que estaba segura me iba a comer.
Me pidió que lo acompañara y entramos en el aula en la que dábamos matemáticas cuando íbamos a tercero. Dudé un poco, pero acabé cruzando el umbral. Cerró la puerta para que nadie nos molestara a pesar de que, como ya he dicho, no había ni un alma por los pasillos. Dejó la carpeta con lo que fuera que llevara dentro en la mesa y yo empecé a disculparme, diciéndole que lo sentía, que no volvería a pintar la barandilla, y que si hacía falta podía limpiarlo en ese mismo momento; siempre llevo toallitas encima. Me interrumpió sin que pareciera haber estado escuchándome y me preguntó: «¿Qué haces aquí? Creía que al final lo habías aprobado todo» mientras me acomodaba el pelo detrás de las orejas. Le dije: «He venido a acompañar a mi novio» mientras volvía a taparme la oreja izquierda; me tenía hartita ya con el gesto. Dijo algo que no llegué a entender y [permanece un rato en silencio].
Joder... Perdón, es que aún estoy flipando. Si hubiera caído en ese momento, habría salido corriendo de allí, en serio; pero no fue el caso.
Pasó todo muy rápido. «¿Sabes...?», me soltó de repente, «aún conservo las fotos que me mandaste». «¿Qué fotos?», le pregunté, porque no tenía ni idea de qué fotos me estaba hablando. «Y el vídeo», siguió diciendo, sin hacer caso a lo que yo le había preguntado. Me empecé a sentir incómoda y me dirigí hacia la puerta mientras le decía que tenía que irme; pero, antes de llegar, él alargó la mano y tiró de la parte de atrás del cuello de mi camiseta. «¿Adónde vas? ¿Ya no te gusto?», me dijo, mientras me acorralaba contra la pared; pero yo seguía sin saber de qué estaba hablando.
Sí, claro, ¡ahora lo pillo! Pero en ese momento estaba demasiado nerviosa como para sacar deducciones a lo Profesor Layton. De verdad que si hubiera sabido que era él yo me habría ido cagando leches, pero estaba muy confusa; hacía tiempo que había bloqueado a Lucas de todas partes, ya ni me acordaba apenas del chaval, ¡como para que me viniera a la mente en ese momento! [Cubre su rostro con las manos]. Pfff... Qué asco...
Ya, pero me siento estúpida.
En seguida empezó a manosearme por dentro de la ropa mientras intentaba besarme. Me sobó una teta por encima del sujetador; yo le aparté la mano mientras trataba de dirigir la mirada lejos de su cara. Luego cambió de táctica y la misma mano me la metió por el pantalón, que era un poco elástico; con la otra intentó desabrocharme el sujetador, pero la mayoría de los chicos no saben hacerlo con dos manos, imagínense con una... [Acepta otro pañuelo de papel]. Gracias. [Se limpia las lágrimas]. Le pedí por favor que me dejara en paz, pero no lo hizo. [Se suena los mocos y hace ruido]. [Entre risas]. En serio: no sé sonarme sin hacer ruido, lo siento.
No, no, no pasa nada; puedo seguir.
A lo mejor es raro, pero lo que más asco me daba en ese momento era imaginar su lengua dentro de mi boca. Su mano cogiéndome el coño e intentando con los dedos abrirse paso por un lateral de mis bragas me molestaba, claro; quería que la quitara de ahí. Pero pensar que su saliva recalentada iba a entrar en contacto con la mía; o que su lengua iba a estar chocando con mi paladar, con mis dientes o incluso con mi campanilla... me daba muchas ganas de vomitar, en serio.
Apreté mucho la mandíbula y me retorcí como pude para que no me tocara con sus labios. No sé por qué no grité, la verdad; aunque no hubiera mucha gente en el instituto, alguien me habría oído. Alguien habría salido del aula de enfrente y habría intentado rastrear de dónde provenían los gritos. No es que pensara que al abrir la boca para ponerme a chillar hubiera facilitado la penetración por parte de su lengua ni nada; simplemente no pedí auxilio.
En un momento dado, le puse las manos en la barbilla y conseguí tirar su cabeza hacia arriba; supongo que bajó un poco la guardia al intentar sacarse la polla con una de sus manos. Lo separé un poco de mí y logré escabullirme por debajo de su brazo. El forcejeo no duró mucho, pero sacar su mano de mi pantalón me costó un poco; ya digo que mi vaquero era un poco elástico, pero tampoco tanto. Además me tenía muy bien agarrada. Finalmente alcancé la puerta, salí del aula y corrí escaleras abajo. No dejé de correr hasta entrar en el baño.
Me había imaginado ya qué haría si me encontrara en una situación semejante. Si un hombre me cogiera en mitad de la calle e intentara violarme. Si consiguiera violarme, si viniera alguien a ayudarme, si yo lograra escapar. Si fueran más de uno, si fuera un amigo, los amigos de mi novio, mi propio novio. No me esperaba para nada la reacción que tuve.
Cuando salí del baño, con la ropa bien puesta, bien peinada y sin haber llorado, lo primero que hice fue mirar la hora en mi teléfono móvil. Lo que a mí me había parecido una eternidad, en realidad habían sido unos quince minutos, no llegaba; Toni ni siquiera había salido de su examen. Me senté en uno de los bancos de piedra que hay en el patio, los que se encuentran a cubierto, y decidí esperarlo; pero estaba muy nerviosa y en seguida me levanté dispuesta a irme. Justo entonces llegó Toni con cara de satisfacción, de haber aprobado merecidamente un examen, y estiró un brazo para tocarme con las yemas de los dedos mientras me preguntaba: «Ey, ¿todo bien?». Creo que notó que algo no iba todo bien. Yo lo aparté de un manotazo y le dije que tenía que irme. Me fui a casa sin mirar atrás, dejando al pobre Toni sin saber cómo reaccionar.
Por la noche me mandó un WhatsApp preguntándome si me encontraba bien; me puse a llorar, pero como estaba ya en la cama porque era hora de dormir nadie lo vio. Le dije que me había topado con Ricardo y me había dado la chapa, como siempre; que era un puto cansino de mierda. Me dijo que si se lo hubiera dicho, habría ido a buscarlo para darle de ostias. [Ríe mientras se enjuaga las lágrimas con la camiseta]. Yo le dije que no se preocupara y le pedí que me perdonara por haberme ido de esa forma; que me había puesto muy nerviosa y que necesitaba estar a solas. Pasamos a hablar de lo bien que le había ido en el examen y decidí secretamente no volver a ir a clase de matemáticas.
NOTA de la publicación en este blog:
Novela terminada el 22 de febrero de 2020, publicada a plazos en este blog. Puede leerse entera a través de este enlace a Google Drive.
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