martes, 28 de febrero de 2023
MOBILIARIO DEL CUERPO
martes, 14 de febrero de 2023
ANATOMÍA DEL DORMITORIO
domingo, 15 de enero de 2023
DE CARNE Y HUESO
jueves, 29 de diciembre de 2022
2022
Este año me propuse volver a leer más novela*, mínimo una al mes. A continuación veremos si lo he conseguido:
ENERO
- Diario de una anoréxica, de Valérie Valère - LibreandoClub
- Arte de amar, de Ovidio Nasón, primer y segundo libro - empezado el año anterior y abandonado justo al empezar el tercer libro porque la vida es demasiado corta como para andar leyendo estupideces
FEBRERO
- Las frases frágiles, de Emilia Pardo Bazán - antología poética
- El cuadro del dolor, de Ana Castro
- Le petit Nicolas et les copains, de René Goscinny y Jean-Jacques Sempé (dibujante)
- Rojo-dolor. Antología de mujeres poetas en torno al dolor, vv. aa.
- Las madres no, de Katixa Agirre*
- El adiós de Stella, de Linn Ullmann* - LibreandoClub
- Tu sangre en mis venas. Poemas al padre, vv. aa.
MARZO
- Perras de caza, de Irene X
- Lo que yo quería deciros, de José M. Campos
- El diario de Virginia Woolf, volumen IV (1931-1935) - empezado en enero
- Poesía completa, de Catulo
- Diario de duelo, de Mary Shelley (y Percy, en realidad)
- «Juvenilia», poemas de juventud de Sylvia Plath - sección final de Dime mi nombre (dejo el resto para otra ocasión)
- El beso, de Kathryn Harrison - LibreandoClub
- Compro oro, de Violeta Niebla
- Una flor, de Alejando Palomas
- El cielo de la boca, de Natalia Velasco
ABRIL
- Yo, mentira, de Silvia Hidalgo*
- El insensible, de Andrew Miller* - LibreandoClub - leído por encima
MAYO
- Las trompetas de Jericó, de Unica Zürn - empezado en abril
- Diario de Italia, de Marina Hernández
- machi mushkil. aproximaciones al destino magrebí, de Analía Iglesias
JUNIO
- Cartas de Sylvia Plath. Vol. II (1952-1954) - empezado en marzo
- Yo invoqué a las nueve hermanas, de Eladia Bautista y Patier
- Escombros, de Marina Carretero Gómez
- Te di la vida entera, de Zoé Valdés* - LibreandoClub del mes de mayo - leído por encima
- La misma rama, de Concepción de Estevarena
- Crisis, de José M. Campos*
- Una pequeña personalidad linda, de Berta García Faet
- La muerte de mi madre me hizo más libre, de Mari Luz Esteban
- Ética para Julia, de Ricardo Díaz Peris
AGOSTO
- Dime mi nombre: poesía completa, de Sylvia Plath - empezado en abril
- Biblioteca Sandman: Preludios y Nocturnos, de Neil Gaiman (escritor) y Sam Kieth, Mike Dringenberg y Malcom Jones III (dibujantes)
- Sola, de Raúl Quinto - (Re: para enseñárselo a alguien)
SEPTIEMBRE
- El nervio óptico, de María Gainza - empezado en agosto
- Interrupción, de Sandra Vizzavona
- Yo vencí la anorexia, de Nieves Álvarez - LibreandoClub del mes de julio
- Reina, de Elizabeth Duval - leído por encima
OCTUBRE
- Panza de burro, de Andrea Abreu* - empezado en septiembre
- Paula, de Isabel Allende - LibreandoClub del mes de junio - empezado en junio
- El peor escenario posible, de Alejandro Morellón
- La carne, de Rosa Montero* - Libreando Club del mes de septiembre
NOVIEMBRE
- Las voces de Marrakesh. Impresiones después de un viaje, de Elias Canetti - empezado en octubre
- Fragmentos de un diario desconocido, de Noni Benegas
- Tra(n)shumancias, de Luz Pichel
- La canción del olvido, de Ángeles Mora
- La novia de papá, de Paloma Bravo*
- Habitaciones privadas, de Cristina Peri Rossi
- Yo he de amar una piedra, de António Lobo Antunes - Libreando Club del mes de agosto - empezado en octubre y abandonado en noviembre
- Morirse de vergüenza. El miedo a la mirada del otro, de Boris Cyrulnik - empezado en octubre - recomendado por mi psicóloga
- Pasiones romanas, de Maria de la Pau Janer* - leído por encima
DICIEMBRE
- Biblioteca Sandman: La casa de muñecas, de Neil Gaiman (escritor) y Mike Dringenberg, Malcom Jones III, Chris Bachalo, Michael Zulli y Steve Parkhouse (dibujantes)
- Biblioteca Sandman: País de sueños, de Neil Gaiman (escritor) y Kelley Jones, Malcom Jones III, Charles Vess y Colleen Doran (dibujantes)
- Escándalo, de Amanda Quick*
- Todo lo que no te pude decir, de Cristina Peri Rossi*
- El corazón del Tártaro, de Rosa Montero* - leído por encima
*Novela en el sentido de historia ficcticia escrita en prosa (las novelas íntimas, puramente [auto]biográficas, no cuentan)
Número total de novelas: 13
Re: Relectura (estos no cuentan en GoodReads)
jueves, 22 de diciembre de 2022
Poema eliminado de un poemario abandonado
viernes, 9 de diciembre de 2022
*Nuevo mensaje*
domingo, 16 de octubre de 2022
ELECCIÓN - capítulo eliminado de una novela inédita
Tal vez porque nací en viernes trece o porque, mientras mi madre me gestaba en su vientre, una mujer le echó un mal de ojo tras negarse a comprarle un ramito de romero por sobrarle en el apellido, la mala suerte me acompaña desde que nací.
Por ejemplo mis padres no pudieron acudir al bautizo de mi prima más cercana en edad, por coincidir la fecha. Mala suerte. Por ejemplo ese mismo día, tras lavarme la enfermera o la auxiliar (no sé quién de las dos lo haría pero me lo imagino) me devolvieron a una madre que no era mi madre mientras a mi madre le daban otro bebé que no era el suyo. Mala suerte. Afortunadamente el otro era un varón y se dieron cuenta en seguida, así que nos volvieron a cambiar. Buena suerte.
También es cierto que la suerte hay que buscarla, que no llega porque sí, mientras te encuentras tirada en el sofá de tu diminuto apartamento contemplando el techo blanco e inamovible; que en todo caso deberías estar escribiendo tu novela, por muy cutre que te parezca, para ver si consigues algo con ella, bueno o malo.
Por ejemplo, al contrario que mi hermano, yo nunca fui a la guardería porque hasta los tres años (hasta empezar el cole) se me daba genial hacer amigos en el parque. Los buscaba. Por ejemplo un día de Carnaval, en una fiesta de disfraces del colegio, un día en el que hicimos una actividad fuera de clase pero dentro del edificio, en el mismo recibidor al que me toca ir a votar cuando hay elecciones, me hurgué la nariz de manera inconsciente y tan fuerte que me sangró. Estábamos todos en círculo, en grupos de tres o cuatro, cada grupo disfrazado de un ejemplar de la naturaleza distinto (yo era una flor), mientras las que iban de abejitas (entre ellas, la maestra) saltaban de grupo en grupo para seguir con la historia que estábamos contando. Al plantarse delante de mí, la maestra me preguntó en voz alta y sin consideración alguna si me había estado hurgando la nariz, con lo que yo me eché a llorar, paramos el juego y entramos todos en clase: la maestra, los alumnos y mi deseo de desaparecer para siempre de este mundo. Me lo busqué.
Supongo que a lo largo de mi vida me he buscado muchas cosas, pero nos habíamos quedado en mi posible siguiente psicóloga, así que allá vamos.
En menos de una semana, conseguí cita en una clínica con nombre de secta comercial. La cita era dos días después de que se acabara el cursillo que estaba haciendo en ese momento, con lo cual todo parecía cuadrar a la perfección. Recuerdo que el penúltimo día hicimos un examen que acabamos aprobando todos, yo además con una nota bastante aceptable (un siete con seis). También recuerdo que no pasaba nada si suspendíamos porque al día siguiente habría otro examen para los que ese día no habían aprobado o, por el motivo que fuera, no habían acudido a la clase. ¿Y para los que no faltábamos nunca y tampoco necesitábamos la recuperación? Pues bien: a la profesora se le ocurrió la brillante idea de que hiciéramos una pequeña redacción de un tema en concreto. Pero no una redacción cualquiera, a partir de los folletos y apuntes que habíamos tomado durante esas semanas, nooo, qué va... ¡Una redacción con búsqueda en Google incluida!
Miré a mi alrededor y vi a todo el mundo con la cara enfocada en sus teléfonos inteligentes buscando información en Internet acerca del tema que habían decidido desarrollar. Yo elegí la Toxoplasma Gondii porque me pareció lo más sencillo que había en el temario; sin embargo el verdadero problema era que yo no tenía datos en el móvil y, por tanto, tampoco forma de buscar en Google. La escuela ni siquiera contaba con Wi-Fi gratis para los alumnos y, sinceramente, me daba vergüenza levantar la mano y decirle a esa mujer tan parecida a Rossy de Palma, delante de todo el mundo, que era la única pringada de la clase sin una triste tarifa de Internet en el móvil. La ansiedad alcanzó niveles insospechados cuando la profesora nos avisó de que, después de escribir las redacciones, las leeríamos en voz alta para formar un pequeño debate (un speech, según ella, que sonaba mejor). Fue entonces cuando mi cerebro se puso a trazar un plan para escapar de esa planta baja digno de Prison Break.
¿Por qué os cuento todo esto? Pues porque decidimos que, antes de leer las redacciones, podríamos irnos juntos a almorzar a una cafetería, a modo de cálida despedida. Era la ventana que necesitaba para huir despavorida. El día anterior me habían llamado de la clínica para confirmar la cita del jueves y eso me dio la idea de poner la excusa de estar esperando una llamada para no tener que acudir directamente a la cafetería. No fui la única que se quedó en el aula, con lo cual nadie me insistió en acompañarlos, pero eso significaba que seguía sin tener vía libre del todo. Unos minutos después de que se fueran, cogí mis cosas y me metí en el baño a fingir que hacía pis. Un rato después salí, me lavé las manos, me quedé en el pasillo, cogí el teléfono móvil y salí por la puerta de cristal sin decirle nada a nadie, como si tuviera intención de volver a entrar. Entonces comencé a caminar y caminar mirando a todas partes y asegurándome de no pasar cerca de ningún bar o cafetería, ya que no tenía ni idea de qué sitio habían escogido. Cuando estuve a una distancia que consideré prudencial, me relajé, puse en silencio y modo avión mi teléfono móvil para no enterarme de las llamadas que me iban a hacer después para ver dónde diablos me había metido y me dirigí a la calle Colón, para irme de compras. El jueves, sin una razón específica de mucho peso, cancelé mi cita con la nueva psicóloga y decidí no volver a intentarlo hasta el año siguiente.
Al año siguiente volví a coger cita con otro psicólogo, esta vez un hombre, por variar, mediante la misma página con la que había cogido cita la primera vez. Me abrí del todo, le dije que quería suicidarme y que por favor me enviara un mensaje para confirmar la cita porque si no yo no sabría si de verdad la página funcionaba. Cuando llegó el día de la supuesta cita, no había leído ningún mensaje suyo, así que volví a poner el móvil en silencio y modo avión por si acaso (una parte de mí sabía lo que iba a pasar). Un poco más tarde vi que me había llamado un número que no tenía registrado en la agenda. Mucho más tarde vi que sí me había enviado un mensaje para confirmar la cita, pero no a través de WhatsApp como la primera, sino al correo electrónico; así que me sentí la persona más estúpida del mundo y mis ganas de morir volvieron a llegar a lo más alto.
Me lo busqué.
domingo, 9 de octubre de 2022
Capítulo eliminado de una novela inédita
Durante un tiempo estuve adaptándome a la vida de recién independizada, atravesando altibajos en los que a veces llegaba a odiar la casa, desde el ruido que hacían los electrodomésticos por la noche hasta el largo de las cortinas. Odiaba lo incómodas que a la larga resultaban las sillas y lo rápido que se hundía el viejo sofá bajo mi peso, lo mucho que se escuchaba a los vecinos del piso de arriba y el tic-tac del reloj que yo misma había colgado en la pared de justo al lado de mi cama. Y pronto empecé a odiar también la falta de espacio.
Traté de adquirir una rutina, de levantarme temprano, comer sano y hacer un poco de ejercicio, de escribir de manera habitual, ya que en realidad había sido mi mayor motivación a la hora de mudarme. Conseguí trabajo y volví a enamorarme, esta vez de un técnico de rayos con quien apenas intercambié un par de frases.
[Cuatro entradas de mi diario]*
Sí, amigas, en medio de este programa de autoayuda, entre las idas y venidas a este pequeño salón de actos, me he visto en la obligación de soltar la mano que me había sido tendida con tanto cariño.
Veréis, después de unos meses intentando no morir en el intento de vivir por mi cuenta, tratando de ser una mujer autosuficiente, de escribir mi propia entrada en esta enciclopedia cósmica, convencida de que para una mayor estabilidad emocional sólo me hacía falta ser, en fin, adulta, me di cuenta de que