domingo, 14 de abril de 2024

CONSULTA AMBULATORIA

La primera vez que busqué ayuda profesional fue un desastre. Por mi parte, claro; se me fue el santo al cielo y olvidé la mitad de las cosas por las que había decidido hacer caso a todas las personas que habían insistido en que acudiera a un profesional de la salud mental con tal de no tener que ayudarme ellas.
        La sala de espera era bastante amplia y constaba de seis puertas más la principal: siete. La tercera planta de un edificio de cinco. Una mesa de mimbre cubierta por unas cuantas revistas antiguas de cotilleos señalaba el centro de la habitación. Alrededor de dicha mesa, cuatro sillas a juego. Después un sofá, o puede que dos pequeños, en la pared del fondo, y las típicas sillas azules de sala de espera apoyadas en las dos paredes laterales. También había, colgadas entre puerta y puerta, varias pinturas; cuadros de algún antiguo paciente agradecido por el tratamiento, supongo. Por último, un tablón de anuncios repleto de propaganda.
        La primera puerta de la derecha daba a la recepción, donde dos recepcionistas se turnaban la mañana. Yo pasaba a decirles que había llegado y que tenía hora en diez minutos y ellos me pedían que esperara sentada a que me llamaran. Procuraba siempre sentarme cerca de la segunda puerta, que era la de la consulta de mi psicóloga, que estaba justo enfrente de la de enfermería, que era la segunda puerta empezando por la izquierda, justo después de la puerta que daba a la consulta de la otra psicóloga. Las otras dos puertas de más al fondo nunca supe qué escondían.
        El primer día me atendió una enfermera, y fue tan amable y simpática conmigo que de verdad pensé que iban a curarme. A curarme, incluso, de lo que había olvidado mencionar. Porque yo le dije a mi madre que esperara fuera, y con ella fuera de juego, en lugar del motivo por el que mis padres me obligaban a ir a un psicólogo, le hablé sólo de lo que de verdad me preocupaba. Recuerdo, por ejemplo, que en vez de decirle que esa misma semana había intentado clavarme un bolígrafo en el muslo le dije que me costaba mucho, pero mucho-mucho, conversar con los demás. Recuerdo, y esto es bastante anecdótico, empezar a decirle: «Sólo sé que me cuesta mucho hablar con las personas. Por ejemplo, estoy con alguien y no me sale la» y que la palabra «voz» no saliera de mi boca. Recuerdo estar convencida de no ser una persona introvertida, ya que me encantaba estar con la gente, salir a bailar, jugar, reír y divertirme con el resto. Y recuerdo su sonrisa indulgente al decirme, sin pestañear siquiera un poquito: «Mira el lado positivo; al menos no necesitas un psiquiatra».
        La primera visita real fue al mes siguiente, coincidiendo con el cumpleaños de mi padre, con quien en ese momento no me hablaba. Respondí un cuestionario de satisfacción, le hablé de mi familia, de algunos de los chicos con los que había salido, no todos, del dolor de cabeza. Le dije que le daba tantas vueltas a las cosas que me era imposible dormir por las noches. Le dije que me gustaba escribir, aunque no fuera del todo cierto, ya que no es precisamente «gustar» el verbo que utilizaría en estos casos. Le dije que me sentía paralizada, sola, ausente; pero que en mi cabeza tampoco me imaginaba siendo una persona habladora. Otra mentira.
        En mi cabeza siempre tengo voz, mantengo conversaciones, razono sobre temas que creo que domino, doy discursos de agradecimiento, largas conferencias ante cientos de personas (para muestra un botón: este cuento escrito a modo de monólogo recitado en un pequeño teatro o en el sótano de una iglesia, delante de un puñado de desconocidos que se ríen de mis chistes). En mi cabeza soy una persona divertida, hago reír a los chicos que me gustan, a las amigas que en la vida real no quedan conmigo, a los bebés que me miran embobados en el metro. Quizá de haberle dicho la verdad habría conseguido ayudarme. Y quizá no.
        Al tercer día, más o menos a finales de septiembre, resucité de entre los que creen en la psicología y dejé de querer ir. Pensándolo ahora, en retrospectiva, puede que hiciera mal en desconectar tan pronto. A fin de cuentas, a ella no le importaba que permaneciera callada, y esto es algo que siempre he buscado en las personas: el poder estar en silencio sin sentir que hace falta decir nada. Pero yo tenía miedo, tenía miedo, supongo, porque no creía que lo dijera en serio; quizá por su manera de escrutarme con la mirada, quizá por lo que nunca supe que anotaba en su cuaderno. Yo pensaba que hacía falta decir algo, cualquier cosa, explicar los motivos, narrar el dolor, y me sentía tan paralizada que creía que alguien me había arrancado la voz y jamás podría volver a utilizarla. Además, aclaremos esto: una acude a un psicólogo para algo, ¿no? Para hablar. Pues eso.
        El caso es que no sentía que ir a su consulta me estuviera ayudando realmente. Esto es en parte porque, cuando me pedía que escribiera mis sueños en un cuaderno para leérselos más tarde, yo los modificaba por miedo a que me juzgara, como si una pudiera controlar sus pesadillas y evitar que un pulpo gigante la devore mientras conduce una moto acuática en medio de un barrio residencial. Pero sobre todo es porque me di cuenta en seguida de que era fiel seguidora de Freud, y no iba a dejar que su propio complejo de Electra me otorgara un diagnóstico que no me merecía.
        Así que yo caminaba hacia el ambulatorio sin ganas, con paso lento, memorizando las palabras exactas que iba a escupirle a la cara, interiorizando las mentiras que me hacían quedar menos loca ante una persona cuyo trabajo era el de no juzgarme. Al final las sesiones eran tan breves, por culpa básicamente de la falta de respuestas a sus preguntas, que no merecía la pena seguir yendo. Aunque sí obtuve un pequeño logro, uno que reforzaba mi independencia, que me empujaba unos centímetros hacia la total aceptación de mi yo adulta: logré pedirle a mi madre que dejara de acompañarme al ambulatorio y, aunque a regañadientes, dejó de acompañarme.
 
*
 
La última visita fue la más absurda de todas. La recuerdo como si hubiera sido esta misma tarde y ahora me dispusiera a escribirlo por primera vez en mi diario.
        Para empezar, llegué cuarenta minutos tarde. Tan tarde que, durante todo el trayecto andando (porque aunque llegaba tarde yo no corría), únicamente pensaba en que tendría que llamar a la puerta de su consulta e irrumpir la sesión que estuviera teniendo con alguna otra pobre alma desesperada que hubiera acudido allí en busca de respuestas. Yo irrumpiría desconsideradamente en la habitación. Yo cortaría una frase (¿aceptaría después la sangre en las manos?). Yo partiría en dos la explicación sin tener yo ninguna para haber llegado cuarenta minutos tarde.
        Imaginaos entonces la mezcla de alivio y decepción al comprobar que la consulta estaba totalmente vacía. Y no sólo la de mi psicóloga, sino también la de su colega. Sin mencionar, por supuesto, que las otras cuatro puertas estaban cerradas a cal y canto y no parecía emanar de ellas ni un mísero suspiro.
        Había subido despacio por las escaleras, cogiéndome bien fuerte de la barandilla, sintiendo la rugosidad de la madera, dando pasos pesados, afrontando el vértigo, mirando de vez en cuando hacia abajo, por el hueco, mientras el miedo recorría también despacio mi pequeño cuerpo, desde los pies hasta la cabeza, luchando contra ese instinto de huida. Y todo ¿para qué? Para encontrarme toda la planta dedicada a la salud mental vacía, tan vacía que las dos únicas trabajadoras que allí había esa tarde se encontraban charlando alegremente sobre temas intrascendentes que nada tenían que ver con el trabajo.
        «Llegas tarde», me dijo desde el interior de la consulta de su compañera, con lo que supuse que quería decir «hola», y yo me senté en la silla que estaba justo al lado de su puerta. Rodillas pegadas, manos sobre el regazo, esperando paciente a que ella terminara de contarle su vida a su amiga o al revés. Estaba nerviosa, evidentemente: no sabía qué hacía allí, por qué no me había quedado en casa viendo la televisión, el programa de La Sexta que hacían nada más entrar la tarde, porque ni siquiera eran las cinco. En aquella época recuerdo que escribía un diario en mi teléfono móvil y después lo pasaba a ordenador, para no malgastar papel, a pesar de que después lo imprimí todo, eliminé el documento Word y volví a pasarlo a ordenador años más tarde para no tenerlo almacenado bajo la cama, por falta de espacio; así que recuerdo narrar a cada segundo lo que estaba ocurriendo, escribir que quería, con todo mi corazón, salir pitando de allí.
        La psicóloga me castigó haciéndome esperar unos minutos. El castigo aún era mayor si tenemos en cuenta que la puerta de la consulta en la que conversaba amigablemente permanecía abierta. Una sentada en su silla y la otra de pie con las manos apoyadas en la mesa. Las vagas palabras de sus bocas atravesando el umbral sin consideración alguna. Yo pegada a la silla azul de plástico, amoldándome al asiento como un líquido o un gato dentro de un cuenco de vidrio, con unas tremendas ganas de echarme a llorar.
        Por fin decidió levantarme el castigo y vino a abrir su consulta, que ya estaba cerrada con llave. Entramos en silencio y nos sentamos en nuestros respectivos asientos, una enfrente de la otra, contemplándonos, desafiantes. Aún soy capaz de experimentar el chasco al ver que no había el típico sillón negro que siempre sale en las películas y que lo que tenía que hacer simplemente era sentarme en una silla normal y corriente delante de su escritorio. Aunque sí había en una esquina una mesa baja y redonda rodeada de tres o cuatro sillas infantiles.
        «No me des más citas», fue lo primero que le dije tras unos largos segundos sin hablar. «Para esto no hacía falta que vinieras», fue su categórica respuesta.
        Había un papel colgado en la pared de fuera, al lado de la puerta. El papel, con tinta de impresora, rezaba: «Si no van a acudir a su hora, llamen para anular la cita y así podamos dársela a otros pacientes que la necesiten». Yo no podía simplemente decirle que me sabía mal no haber anulado la cita. Que, más que saberme mal, lo que ocurría era que me daba miedo que me llamara por teléfono para saber por qué no había ido. Que me daba igual que llamara a mi teléfono móvil, ya que lo tenía en silencio y siempre podía ignorar la llamada, que el problema era que llamara al teléfono fijo y contestara mi madre. Que mi madre se enteraría de que había faltado a la consulta y se lo contaría a mi padre. Que siempre podía decirles que se me había olvidado, pero que entonces ellos se quejarían de mi mala memoria, de mi poco sentido de la responsabilidad, de mi falta de respeto. Así que no le dije nada.
        No le dije nada, simplemente me levanté y me fui, aceptando que jamás me curaría, que jamás llegaría sentirme como una persona normal. Después, de camino a casa, contemplé detenidamente el cartoncito que llevaba conmigo siempre que acudía al ambulatorio; un cartoncito que ella misma me había dado el primer día para anotar nuestras próximas citas, más o menos cada dos semanas, para que no me olvidara de ir. Era una especie de Bingo al que todos los pacientes jugábamos: el primero en rellenarlo entero, antes se curaría. Nunca supe quién ganó.

jueves, 14 de marzo de 2024

BIENAVENTURADOS LOS QUE LLORAN

La primera vez que pensé en el suicidio fue durante la catequesis, a la tierna edad de los ocho años. No exactamente dentro de esas cuatro deprimentes paredes amarillas, con una mesa de madera en el centro rodeada de niños, sino durante esa época. Todos los alumnos de mi clase decían que querían tomar la Comunión por los regalos, yo quería tomarla porque creía en Dios.
        El caso es que la catequista (una mujer mayor con aspecto de mujer mayor) nos explicó que, al morir, nuestra alma inmortal permanecía inalterable en el Cielo (si habías sido bueno), en el Infierno (si habías sido malo) o en el Purgatorio (si no habías sido bautizado [algo de lo que por suerte me libraría porque yo sí había sido bautizada]).
        A los ocho años yo me imaginaba muriendo de vieja, claro, tumbada en la cama; durmiendo, sin apenas enterarme de nada, rodeada, quizá, de mis seres queridos. A los ocho años yo me imaginaba abriendo los ojos en las puertas del cielo y viendo a San Pedro gritándome «bienvenida» al oído porque los años habían hecho mella en mí. Después San Pedro me acompañaba del brazo a través del umbral de la enorme puerta de oro y ya ahí les pasaba el relevo a los angelitos. A los ocho años yo suponía que el alma tenía el mismo aspecto y consistencia que el cuerpo que había dejado atrás (la catequista había dicho «in-al-te-ra-ble»). ¡Imaginaos entonces el horror que experimentaba al saber que iba a pasarme la eternidad con el mismo aspecto que el de mi vieja catequista! Chepada, coja, lenta, con dolor en las articulaciones, arrugas, cansancio, medias del color de mi carne para esconder los surcos de la edad, ropa gruesa y apagada. Así que a los ocho años hice un pacto conmigo misma y me prometí morir cuando llegara a los veinticinco (edad en la que suponía que gozaría de la más absoluta belleza, fuerza y agilidad físicas y un buen par de tetas).
        ¿Tenía miedo de ir de cabeza al Infierno? La verdad es que no: nunca creí que el suicidio fuera un pecado. Si es Dios quien nos guía, ¿cómo negar que nos ha guiado hasta la azotea y nos ha dado un empujón hacia el vacío? Si no hubiera querido que muriera, ¿no habría hecho que el cartero llamara a la puerta justo cuando iba a afilar el cuchillo en la piel? ¿No habría hecho que no tuviera suficientes pastillas en la mesita de noche? A los ocho años yo estaba convencida, y feliz, de que no llegaría a los veintiséis. Y hasta que no los cumplí, una parte de mí siguió convencida de ello.
        Pero no fue hasta los catorce cuando me planteé de verdad la idea del suicidio. Hasta ese momento, la imagen de la muerte era algo confusa, borrosa: simplemente pensaba que desaparecería y ya está. Mi cuerpo explosionaría de manera silenciosa y me evaporaría al instante, como una pequeña burbuja de jabón o la ampolla que me salió en la muñeca izquierda después de quemarme con el cigarro.
        A los catorce años fumaba. Esa época no duró mucho porque, no voy a esconderme, me daba mucho miedo que mis padres se enteraran. Durante aquellos años además, y supongo que gracias a la imprecisa idea que tenía de ella, no temía a la muerte: mi miedo era únicamente al dolor, así que empecé a ensayar. Un día, en el cuarto de baño que hay enfrente de mi dormitorio, apagué una colilla en mi piel para ver si era capaz de soportar el daño. Me salió una ampolla que luego reventé para ver correr el agua fresca del manantial, como hago con cualquier otra ampolla, y después me arranqué la pielecilla, cosa que hizo que se me quedara la marca para siempre (vale: sólo se ve si sabes dónde mirar, pero está ahí).
        Un día, de repente, dejé de creer en Dios. Al entrar en el instituto, pasé por una especie de crisis de fe, a lo Lisa Simpson: me alejé del cristianismo y emprendí la búsqueda, a través de ese maravilloso universo llamado Internet, de una nueva religión. Yo estaba en un momento de mi vida en el que necesitaba desprenderme de las cosas, sufría porque no alcanzaba aquello que anhelaba (como todo adolescente) y el budismo, con sus Cuatro Nobles Verdades, fue la única que me convenció. También me atrajo el hecho de que el budismo sea una religión no teísta, y cada vez que leía más y más acerca de esa religión en diferentes páginas web, más me gustaba. «Soy budista», anoté en mi diario. Y durante un tiempo fui budista.
        Sin embargo, la idea de la reencarnación, por muy tentadora que me resultara en ese preciso momento, nunca llegó a convencerme. Y aunque se supone que no es necesario estar totalmente de acuerdo con una religión para seguirla, el negar la reencarnación (un pilar tan básico del budismo, lo primero en lo que se piensa cuando se habla de esta creencia) me hizo pensar que tal vez el budismo tampoco estuviera hecho para mí.
        A donde quiero ir a parar con todo esto es a que, aunque ya no temía pasar la eternidad con un terrible aspecto porque no creía ni en el Cielo ni en el Infierno ni en la inmortalidad del alma cristiana, yo seguí convencida de que debía suicidarme cuando llegara a los veinticinco. Supongo que llevaba tantos años con ella, que la idea había echado raíces en mi cerebro, haciendo mucho más difícil su expulsión. De hecho, se me había metido tanto en la cabeza que había días en los que no había otra cosa en la que pensara.
        No fue exactamente esto lo que le dije a mi primer psiquiatra; al doctor le dije que a veces, en ciertas ocasiones, me entraban ganas de morirme. Una pastilla de anafranil y un zolpidem antes de dormir fue la respuesta a mis plegarias, pero lo malo de los antidepresivos es que no te das cuenta de que funcionan hasta que dejas de tomarlos y vuelves a estar en la mierda. O al menos eso fue lo que me pasó a mí cuando, en un arrebato de locura pasajera, me las tomé todas y me quedé sin pastillas. Pero creo que me estoy adelantando a los acontecimientos.
        La primera vez que intenté suicidarme en serio fue a los quince años con el diazepam de mi madre. Digo en serio porque a veces una intenta suicidarse sin tener realmente ganas de morir; a veces sólo es una forma tan válida como cualquier otra de pedir ayuda. Había empezado a padecer insomnio y una necesidad compulsiva de llorar en todas partes. Lo que en ese momento no sabía cómo nombrar crecía poco a poco dentro de mí: una parálisis destructiva, si Sylvia Plath me permite copiarle el término, se apoderaba de mi cuerpo cada vez que alguien me dirigía la palabra. Daba igual que fuera un profesor, un compañero de clase, un amigo o alguien de mi familia, mis músculos, simplemente, dejaban de moverse. Y después ya no fue la palabra sino que bastó con la mirada. Un sentimiento de soledad, de desamparo, de rechazo, comenzó a envolverme como a un caramelo de anís. Así que un día decidí que no merecía la pena seguir viviendo, y por primera vez en mucho tiempo me fui a la cama con una gran sonrisa en la cara. Al día siguiente me desperté como si nada porque al parecer quince pastillas de cinco miligramos cada una no son suficientes para poder reencarnarte en una bonita mariposa rosa.
        Si echo la vista atrás, si analizo una a una las etapas de mi al parecer no tan larga vida, creo fervientemente que todo fue inevitable. Al fin y al cabo, el primer recuerdo que tengo, y esto es algo que le encantaría escuchar a mi actual psiquiatra porque está OBSESIONADA con encontrar la raíz de los problemas, es también el recuerdo de mi primera humillación.
        Estábamos en mi casa celebrando una cena familiar con el que viene siendo el núcleo de toda mi familia paterna, ya sabéis: tíos, primos, abuelos. Una de las poquísimas veces, y creo que la única que recuerdo, en las que nos hemos reunido todos en casa de mis padres. Yo ya no llevaba pañal porque estaba en esa edad en la que los pequeños de la casa están aprendiendo a ir al orinal. Correteaba por la casa sin camiseta, con mi pelo corto y mis pendientes de plata, la más pequeña del grupo. Y entonces yo, niña rubita de ojos verdes, le dije a mi madre, delante de todos, que a esa edad me parecían gigantes incluso cuando estaban sentados: «Quiero hacer caca». Mi familia, prácticamente una decena de personas, se me quedó mirando fijamente y ella me respondió, delante de todos: «Ya no te hace falta, ¿no?».
        En ese momento el tiempo se detuvo. Yo, niña rubita de ojos grandes, petrificada por culpa de todos esos ojos de Medusa que me observaban desde la mesa del comedor y ese tono acusador en la voz de mi madre, pasé sin pensarlo mi mano derecha por encima de mi culo infantil y se me manchó de mierda. Porque, en efecto, ya no me hacía falta ir al orinal. Ya había hecho caca y la caca había traspasado las bragas y el pantalón. Me miré la mano llena de mierda y todos los gigantes empezaron a reír como ríen siempre los adultos delante de los niños: sin consideración, sin pensar en las consecuencias de oír esa carcajada que ha provocado tu torpeza, como si de verdad creyeran que por ser pequeño el niño tiene unos sentimientos también pequeños e insignificantes.
        Me sentí humillada, fría, distante. Me sentí de una forma que no sabía puesto que aún no conocía las palabras adecuadas. La Tierra dejó de dar vueltas alrededor del sol y a su vez el sol dejó de dar vueltas alrededor del centro de la galaxia, pero mi mente comenzó a girar sobre sí misma. Así que mi madre me llevó al baño, me sentó en el orinal de color rosa o amarillo, no recuerdo bien, por si acaso aún lo necesitaba y me cambió de ropa.
        Voy a ser franca: si no le cuento esta historia a mi doctora es únicamente porque me da vergüenza usar un lenguaje escatológico en voz alta, a pesar de que la ayudaría a entender un par de cosas. Pero estuve a punto de hacerlo, supongo que algo es algo, se me pasó por la cabeza, el día en que me pidió que echara la vista atrás y le contara mi primer recuerdo. En su lugar opté por narrarle el típico momento de estar llorando de la mano de tu madre el primer día de colegio y no encontrar consuelo.
 
porque ellos serán consolados
Mateo 5:4

miércoles, 14 de febrero de 2024

UN ENCUENTRO (tres poemas de amor)

Caricia
 
una falange distal curiosa
emprende camino a mi boca
 
cabalgando decidida este desierto
sin temor alguno hacia lo incierto
 
poco a poco se acerca a mis labios
a esta humedad no vista en años
 
y tantea con delicadeza
la virtud de esta pureza 
 
con mucha paciencia y esmero
consigue abrir las puertas del cielo
 
para adentrarse en lo más profundo
de este cuerpo cálido y fecundo
 
 
Abrazo
 
giran los engranajes de mis huesos
hasta colocarse en dirección a tu cuello
entre caricia y caricia mis dedos
terminan enredándose en tu pelo
 
entonces sucede
 
            alzamos el vuelo
 
encajamos dulcemente y con destreza
de este sencillo puzzle las piezas
una pierna con otra nuestras cabezas
acomodamos sobre esas almohadas viejas
 
entonces ocurren
 
            las turbulencias
 
una cálida explosión entre nosotros
aumenta la temperatura poco a poco
este trayecto se ha vuelto peligroso
y en mi interior siento el maremoto
 
entonces deviene
 
            aterrizaje forzoso
 
 
Beso
 
So, so, so, so, so, so good
Rosalía - HENTAI
 
tus párpados dos velas blancas
dejándose llevar por el viento
disfrutando de la mar en calma
regocijándose en su pasatiempo
 
sin prisa pero sin pausa
tu lengua aprende el movimiento
que hace que prenda la llama
que presagia el alumbramiento
 
una sensación de lo más grata
recorre mi piel suave y lento
surge de mi boca una balada
que me deja casi sin aliento
 
dirijo entonces la mirada
a las estrellas del firmamento
concediendo a la diosa romana
¡menudo descubrimiento!
 
percepción de bienestar asegurada
cariño, tú siempre tan atento
las raíces de tus manos enredadas
con las mías en todo momento
 
una cubierta a dos aguas
hecha de arcilla y alimento
mi cuerpo protegiendo tu cara
de las inclemencias del tiempo

domingo, 14 de enero de 2024

AA

Hola, me llamo Sara y soy acólita.

No en sentido religioso, claro, sino más bien físico.

Normalmente, cuando tengo dudas sobre una palabra, la busco en el Diccionario de la Lengua Española, al que puedes ir escribiendo «dle.rae.es» en el buscador o acceder directamente desde la RAE. Sólo de manera ocasional me dirijo a WordReference.

Ninguno de estos diccionarios da la importancia que se merece a la palabra, que es lo que soy y por lo que estoy aquí. Para la Real Academia Española, es la cuarta y última acepción, que dice así:

4. m. satélite (|| persona que depende de otra).

Como veis, ni siquiera te dicta directamente el significado, sino que primero te da una palabra que puede servir de sinónimo y ya, después, una brevísima definición. Para leer la definición completa debes hacer clic en la palabra «satélite», que te redirige a la acepción que buscas:

 3. m. Persona o cosa que depende de otra y está sometida a su influencia. U. t. en apos.

No vaya a ser, pobre de ti, que te pienses que eres un cuerpo celeste opaco que sólo brilla por la luz que se refleja del sol y gira alrededor de un planeta.

Como digo, en WordReference tampoco es que haya mucha diferencia; lo que pasa es que hay una acepción menos y, por tanto, la que nos atañe no es la cuarta sino la tercera:

3. col. Persona que depende de otra.

Depender de alguien no es tan sencillo como parece.

Primero hay que pensar bien de quién vas a depender. Si eliges, por ejemplo, una persona que viaja mucho, probablemente acabes sintiéndote muy sola; si eliges, por ejemplo, una persona a la que le guste estar a tu lado, pues no.

También debes tener en cuenta si vas a depender totalmente o sólo en ciertos aspectos. Por ejemplo: puede no importarte que la persona de la que dependes no pase la mayor parte del tiempo a tu lado siempre y cuando te escriba algún mensaje, mínimo, cuatro veces por semana. Es muy doloroso comprobar que, encima de que casi nunca está contigo, siempre eres tú la que anda detrás para que mantengáis una conversación. Yo confieso que la mayoría de las veces prefiero el silencio, siempre y cuando el silencio implique que la otra persona se encuentra en mi misma habitación. Pero esta es sólo mi perspectiva, por supuesto, en realidad es una cuestión de gustos.

El tiempo también es muy importante. ¿Tu dependencia va a ser a jornada completa o sólo los fines de semana? A lo mejor trabajas en una empresa informática y libras sábados y domingos; no quiere decir que tus sentimientos hacia la persona de la que dependes varíen de manera regular, sino que en el trabajo estás tan distraída que no te da tiempo a pensar en tus carencias. A mí me ha pasado, no siempre, pero me ha pasado. ¿A alguien más le ha pasado?

A lo mejor son las noches las que te ponen triste y no soportas la soledad que esto conlleva. A lo mejor es el despertar y ver que no hay nadie respirando con fuerza sobre tu nuca. A lo mejor no te gusta comer sola.

En mi tercer año de universidad, tuve la obligación de quedarme a comer dos días a la semana porque tenía clase mañana y tarde y muy poquitas horas de diferencia. Coger el metro y el autobús para comer en casa y luego coger el autobús y el metro para volver a la facultad no me salía rentable, así que tenía que comer en la cafetería. En mi tercer año de universidad, seguía arrastrando las asignaturas de primero. Las clases de por la mañana y las de por la tarde no formaban parte del mismo curso y nadie más las estaba repitiendo, así que comía sola. Nunca comí en la cafetería.

Una cafetería es, según la Wikipedia, «un establecimiento de hostelería donde se sirven aperitivos y comidas, generalmente platos combinados, pero no menús o cartas». Como veis, a veces también leo la Wikipedia. En el segundo párrafo explica que «en algunos países se le llama cafetería a un restaurante donde no se ofrece servicio de camareros, y donde los clientes utilizan una bandeja, para pasar a una barra de menús y escoger sus platos, y luego pasar por la caja para pagar, principalmente en centros comerciales, de trabajo y escuelas». O universidades.

En mi universidad las mesas y las sillas de la cafetería eran de color añil. Las bandejas no lo recuerdo, ya que sólo las usé una vez: cuando me invitaron, en el sentido cortés y no monetario de la palabra, a comer. No era la cafetería más cara de la zona, pero la de la facultad de filosofía, que se encuentra justo al lado, era más económica. Hablo en pretérito porque hace años que no me acerco por allí; puede que las cosas hayan cambiado.

No sé por qué, pero comer delante de alguien que no está comiendo conmigo me pone nerviosa. A lo mejor pienso que me mancharé y haré el ridículo. O que habré elegido algo que se supone que no se come a esa hora y se burlarán de mí. O que algún buen samaritano, sin ninguna mala intención, me deseará que me aproveche.

Sentarme sola en un lugar público al que la mayoría de la gente se sienta por grupos o en pareja no me parecía lo más apetecible, así que lo que hacía era irme a la biblioteca. Claro que a esa hora, en la biblioteca, me daba miedo que alguien me viera y se preguntara por qué no me iba a comer; así que utilizaba mi carnet de estudiante para sacar un libro y me iba al parque a leer. Devoraba libros, que suele decirse, aunque no haya ninguna dieta que lo especifique como algo saludable.

Sí, pensar que alguien pudiera verme a esa hora en el parque y se preguntara por qué no estaba comiendo tampoco era plato de mi agrado; así que procuraba sentarme en un banco lo más apartado posible y nunca más de veinte minutos seguidos, no fuera a ser que el hombre que llevaba el mismo tiempo que yo leyendo en el banco de enfrente empezara a sospechar. Pero no os preocupéis que comer, lo que se dice comer, sí comía: si veía que tenía hambre, me iba a algún supermercado y me compraba alguna cosilla. Papas, frutos secos, napolitanas de chocolate. Gominolas.

Como decía, depender de alguien no es tan sencillo como parece. Si se va la persona de la que dependes: ¿qué haces?, ¿cómo actúas?, ¿con quién comes? Yo en esa época no dependía de nadie en concreto. Lo cual quiere decir que tenía una infinidad de personas de las que poder depender. Lo cual te da una mayor posibilidad de tener a alguien cerca del que depender en un determinado momento. Lo cual, a la vista está, es mentira.

Otra cosa que también es mentira es que nadie más se quedara a comer esos días en la cafetería. Claro que había alumnos de mi curso que tenían clase mañana y tarde, que se habían visto, como yo, en la obligación de repetir alguna asignatura; pero ninguno quería comer conmigo. No eran precisamente los compañeros con los que yo me llevara bien, si es que dicha especie tenía el dolor de existir, y para sentarme sola en la mesa de al lado, soportando sus miradas de reojo, sintiendo en mi piel el ácido corrosivo de sus cuchicheos, prefería no estar allí. De todas formas, ellos no conocían esta dependencia que me arropa como si de una manta de coralina se tratara, así que no es precisamente lo que intentaban evitar.

En mi escaso dominio de lo que viene siendo la navegación en la red, he encontrado un tercer, si no metemos a la Wikipedia en esto, diccionario. Se trata, por supuesto, del Diccionario del Español Jurídico.

El DEJ es más indulgente con nosotras, las personas acólitas, de lo que lo son el resto de diccionarios; y ¡además parece que nos tiene en muy alta estima! Su definición dicta lo siguiente:

1. Gral. Persona que sigue o acompaña.

Como veis, no sólo nos encontramos en la primera acepción, sino que además utiliza verbos más amables. Seguir, acompañar, son verbos dulces, sobre todo el segundo. ¿Quién no quiere seguidores en Twitter que le alimenten el ego alabando su agudeza mental? ¿Quién no quiere estar acompañada en ese día tan especial, como puede serlo tu cumpleaños, el inicio de las vacaciones o una entrega de premios? Pero entonces, quien no supiera de mi condición de acólita y aun así no se acercara a mí, ¿era simple y llanamente porque no deseaba mi compañía? La indulgencia puede ser también un puñetazo en el estómago.

Oigo una voz por ahí al fondo que dice: «¿Por qué no les preguntabas tú si les importaba que comieras con ellos? Al fin y al cabo, ibais a la misma clase y todos erais personas adultas: ¿cómo sabías que te iban a decir que no?». Pues verás: según Raimon Gaja y muchos otros profesionales de la salud mental que utilizan la terapia cognitiva-conductual con sus pacientes, «la mayoría de nuestros problemas surgen porque nuestro estilo cognitivo está distorsionado».

Existen diez tipos de pensamientos distorsionados. Por lo general, incluso la persona más sana mentalmente hablando tiene, ha tenido o tendrá, al menos, uno en toda su vida. Voy a dar un paso más allá y me aventuraré a decir que el más común de los diez se trata, ni más ni menos que, de las conclusiones apresuradas. Dentro de estas conclusiones apresuradas, se distinguen los llamados «lectura del pensamiento» y «error del adivino». Estoy más que segura de que cualquiera deduce, por el nombre, qué quiere decir cada uno; así que me voy a ahorrar la explicación.

¿Para qué preguntarles si les importaba que comiera con ellos si de todas formas me iban a decir que no? Al fin y al cabo, ellos eran tres y yo sólo una. Que ellos me preguntaran a mí habría sido considerado un gesto de amabilidad por su parte; que yo les preguntara a ellos, pura intromisión. Un acólito puro no se entromete. Un acólito observa, escucha, espera, tiene opiniones que no exterioriza a menos que se lo pidan, sonríe y asiente, está ahí. Un acólito está ahí. Un acólito sigue, acompaña; dice a todo que sí, salvo si tiene que decir que no.

Ya he dicho que la única vez que comí en la cafetería fue la vez que me preguntaron si quería quedarme. También he dicho que en esa época no dependía de nadie. Como Abraham diciéndole a su hijo que Dios proveerá el cordero para el sacrificio, y por supuesto esto es una alusión a Mercedes Cebrián, yo también estaba medio mintiendo. No dependía de nadie, pero estaba enamorada: ¿un acólito nota la diferencia?

Algo de lo que no te advierten los diccionarios, detrás de tanta definición, es de que un acólito tiene serias posibilidades de acabar enamorándose de las personas de las que depende si observa que éstas disfrutan de su compañía y además le piden que forme parte de cosas que también son de su agrado. Porque yo no creo que la dependencia esté reñida con tener criterio o personalidad y, estaréis de acuerdo conmigo, no es lo mismo que te pidan esconder un cadáver que ir a tomar un helado en la cafetería de la esquina. El roce hace el cariño y, cuando el roce se trata de una actividad agradable, fácilmente realizable y cero o muy poco peligrosa, es más sencillo dejarse llevar y permitir que los sentimientos florezcan de manera relajada sobre tu piel.

Cuando él me preguntó si me quedaba a comer, después de salir del examen y sin ninguna necesidad de quedarme porque por la tarde no había clase, esperaba que mi respuesta fuera afirmativa. Quiero decir que él quería que yo comiera con él; él quería pasar tiempo conmigo. Obviamente, le dije que sí. Y no, él no estaba enamorado.

De nuevo la misma premisa: una persona que no conocía esta tendencia mía a depender de los que me rodean; pero dando como resultado algo totalmente distinto: el querer estar conmigo, al menos, por unas horas.

Pero en serio: ¿un acólito nota la diferencia?

Sé perfectamente cuándo detesto a una persona. Lo sé, sobre todo, porque me ha pasado más veces de las que estoy dispuesta a confesar. Porque, sí, un acólito sigue y acompaña, me repito más que las persianas, dulcemente; pero a veces es amargo el sabor. A veces no te gusta. La lengua se estremece y se niega rotundamente a volver a lamer la superficie. Probar bocado se convierte en deporte de riesgo para la garganta. Traga y regurgita, qué asco, vuelve a tragar; o lo intenta, más bien, pues no puede.

Pero el amor es difícil distinguirlo, no sólo para las personas acólitas. Saber diferenciar cuándo amas de verdad a alguien, cuándo deseas a una persona, pasar el resto de tu vida con ella, despertarte cuando suene su despertador aunque tú no necesites madrugar, mezclar tu ropa con la suya en la lavadora, atreverte a comer lo que cocine a la hora de la cena, oírla respirar al otro lado de la puerta del cuarto de baño, de cuándo simplemente te has hartado de estar sola.

Yo he estado sola mucho tiempo, a pesar incluso de mi condición, porque ser acólita no es lo mismo que estar ahí. Escuchar las voces de los otros ir y venir a tu alrededor, las risas, los suspiros, los chasquidos de lengua. Estar en el centro. Estar en el centro y no ser capaz de coger nada al vuelo. Literalmente. Estar en el centro y que las palabras te rodeen, esquivándote, rozando tu cabello, sin llegar a alcanzarte realmente porque no perteneces a la conversación. Estás ahí, las ondas de sonido te atraviesan, ves sus rostros, hueles sus perfumes, tocas la misma mesa que ellos tocan, los mismos cubiertos, saboreas la comida, la cerveza; pero nada tiene, en realidad, que ver contigo.

Por eso me sentí tan bien, pero tan bien, cuando él me preguntó si me quedaba a comer. Cuando él se dirigió a mí directamente, sin mirar a su alrededor, sin esperar que nadie más respondiera. También la primera vez, antes de entrar en esa clase de lingüística. O cuando me cogió de la mano con fuerza, entrelazando nuestros dedos, y la descansó sobre su rodilla. Cuando probó, tanteó más bien, qué ocurriría si en vez de su rodilla fuera mi muslo el lecho en el que posarla. Cuando en vez de su mano fue su nuca. Qué pensar entonces, cuando yo lo observaba desde lo alto y él no apartaba la mirada de la pequeña pantalla: un hecho cotidiano, confortable. Qué pensar cuando me besó en la mejilla, cuando me besó en los labios.

No quiero decir que fuera el primero ni el último, porque no lo fue, pero en ese momento fue importante. Estar ahí. De verdad. Formar parte de la obra, ser protagonista de la historia, palpar con las yemas de tus dedos tu nombre en el guion de la película. No ser acólita.

Por eso estoy aquí.

 

jueves, 28 de diciembre de 2023

2023

 ♥ENERO♥

  • La canción del verano y Un sol nuevo, dos brevísimas antologías de La Bella Varsovia leídas durante las primeras horas del año
  • Entra en mi vida, de Clara Sánchez - LibreandoClub del mes de octubre
  • Inventar el hueso y Todas las veces que el mundo se acabó, dos poemarios de Olalla Castro en Pre-Textos
  • Hágase mi voluntad, de Ángelo Néstore
  • Saga: capítulo SIETE y OCHO, de Brian K. Vaughan y Fiona Staples - mi regalo de Reyes por parte de hermano
  • El manifiesto de las mujeres viejas, de Mari Luz Esteban

 

♥FEBRERO♥

  • Libertad, de Jonathan Franzen, empezado en enero - LibreandoClub del mes de noviembre (el de diciembre nunca me llegó)
  • El libro de las lágrimas, de Heather Christle, leído en un día (dicho día fue domingo)
  • Casas vacías, de Brenda Navarro
  • Notar cómo el nombre se aleja de la boca, de Paula R Mederos
  • Matar la geografía de los cuerpos de piedra, de Laura Sanz Corada, leído dos veces para asimilarlo bien
  • Nuestro patio, de Toñi García-Ochoa


♥MARZO♥


  • Dama de pueblo, de Gema del Castillo
  • Releo Drácula, de Bram Stoker, para evitar durante un tiempo gastar dinero en libros

 

♥ABRIL♥

 

  • Releo Listas, guapas, limpias, de Anna Pacheco y continúo sin actualizar mi GoodReads
  • Releo, por no sé cuánta vez, la poesía completa de Alejandra Pizarnik
  • Un amor español, de Luna Miguel
  • Deseo de ser árbol, de Ángelo Néstore

 

☼JUNIO☼

 

  • El diario de Virginia Woolf, volumen V (1936-1941) - empezado en abril, seguido en mayo, terminado en junio
  • Gigoló, de Golden
  • 101 poemas, de Hafez Shirazi
  • Empiezo Primavera silenciosa, de Rachel Carson, pero lo abandono al tercer capítulo

 

☼JULIO☼

 

  • Una selección de poemas de Alí Ahmad Sa'id Esber (Adonis) que me gusta mucho - empezada el 30 de junio y terminada al día siguiente
  • Cien poemas, de Constantine Kavafy

 

☼AGOSTO☼

 

  • Un tercio de Disbauxes, libro anónimo catalán ilustrado por G. Donville - empezado en julio
  • Libro de poemas, de Federico García Lorca
  • Poemas de amor, de Alfonsina Storni - leído en media tarde
  • Un corazón lleno de estrellas, de Álex Rovira Celma y Francesc Miralles
  • Alas para un corazón, de David Almond
  • Los poemas ocultos, de Jim Morrison - versión bilingüe
  • Un corazón sin forma alguna, de Emylia Hall
  • Poemas, de Edgar Allan Poe
  • Desenterrando poemas, de Roque Dalton
  • El café de los corazones rotos, de Penelope J. Stokes
  • Empiezo algún que otro libro que termino aborreciendo

 

♥SEPTIEMBRE♥

 

  • Poesía ante la incertidumbre: antología de nuevos poetas en español
  • El club de los corazones solitarios, de Elizabeth Eulberg
  • Poemas y canciones, de Bertolt Brecht
  • Poemas sueltos, de Rosalía de Castro
  • Terror y miseria del Tercer Reich, de Bertolt Brecht
  • Otro en tu corazón, de Emma Darcy
  • El cadiceño y Las literatas, de Rosalía de Castro

 

♥OCTUBRE♥

 

  • Conversaciones con mi gata, de Eduardo Jáuregui - empezado en septiembre
  • A María el corazón, de Pedro Calderón de la Barca

 

♥NOVIEMBRE♥

 

  • El culto del gato, de Nicholas J. Saunders - empezado a finales de octubre

 

♥DICIEMBRE♥

 

  • Un mensaje para tu corazón, de Niamh Greene - empezado en noviembre
  • Biblioteca Sandman: Estación de nieblas, de Neil Gaiman (escritor) y Kelley Jones, Malcom Jones III, Mike Dringenberg, Matt Wagner, Dick Giordano, George Pratt y P. Craig Russell (dibujantes)
  • pedres i vent, de Carla Santángelo Lázaro
  • Los cuartos por la noche, de Javier Calderón

jueves, 30 de noviembre de 2023

NUBE DE ALGODÓN

Yo soy tu gatita
(La Factoría)

1, 2

Tu mirada se cruza con la mía bajo la marquesina de la parada del autobús. Lleva diez minutos de retraso y tú me hablas del viento, me cuentas del aire, me narras de la brisa. Yo me fijo en tus manos y no imagino, no sospecho, que esa misma noche se entrelazarán con las mías mientras hagamos el amor en la cama de matrimonio de la habitación de tu madre. Lleva veinte minutos de retraso y decido seguirte la corriente, pero no me quito las gafas de sol para que no me des por hecha. Elogias mis tatuajes, no me miras las tetas, me tratas como a un ser humano; con qué poco nos conformamos. Lleva treinta minutos de retraso y aún soy tan ingenua de creer que mis planes siguen intactos, que no pasaré la tarde contigo dentro de unos grandes almacenes que hasta ese día no sabía ni que existían. Ya dentro del autobús tu abrazo me consume. Ya en la última parada tu cautela me embriaga. Ya dentro de la tienda tu boca me llama. Y ese beso que nos damos en las afueras, ese beso que nos damos en el centro del vendaval, me termina conquistando.

3, 4

Te escribo para decirte que yo no cocino y tú me dices que te da igual. Te da igual y te diriges a mi piso después de salir de trabajar. Llegas a mi piso pasadas las cuatro y te pones a rebuscar entre los armarios de mi pequeña cocina office. Te observo desde una distancia reflexiva y no entiendo, no comprendo, lo que está pasando. He encontrado el amor de repente, esperando el 160, y lo he atraído hasta mi puerta. Ahora mismo se encuentra cocinando con ingredientes que ya tenía, que yo misma había comprado, algo que jamás se me había ocurrido. Te beso en la nuca y espero. Me siento en la mesa y espero. Termino de comer y espero. En la cama de matrimonio de mi pequeño apartamento tú y yo nos doblegamos al rito de la carne. La espera ha valido la pena.

5, 6

Caminamos de la mano bajo la luz de la luna. Llevo un vestido tan largo que por poco no roza el suelo. Caminamos despacio, disfrutando de la noche, del silencio de las calles, esquivando a los pocos transeúntes que, como nosotros, continúan paseando. Yo sonrío y pienso en qué envidia deben sentir, cuántos celos deben estar tratando de esconder, todas aquellas personas que no deambulan de tu brazo. Y yo sonrío. Esta vez hemos decidido no irnos al centro, para evitar volver a encontrarnos cerradas las cocinas; seguiremos recorriendo estas calles hasta toparnos con un restaurante cuyas mesas no estén todas ocupadas. Terminamos encontrando un japonés y nos sentamos una frente al otro. Confío en tu criterio pero yo elijo el postre. Bebemos cerveza y nos miramos a los ojos. Te hago reír. La vuelta a casa es silenciosa y apacible.

7, 8

Me acurruco sobre tu cuerpo como un gato, o eso dices: que parezco un gato. Yo ronroneo en tu cuello, refriego mi frente en tu clavícula, te doy un beso en el hombro. Tú me abrazas mientras dormimos o fingimos hacerlo, mi cadera encajada en tu cintura, y respiras suavemente sobre mi cuello. Acaricio tu pecho, tu espalda, tu mandíbula, con las yemas de mis dedos, afilando tiernamente mis uñas con tu cuerpo. Me ruegas que no me detenga y yo continúo depositando mi fragancia sobre tu piel, consolidando el vínculo. De tener siete vidas, las pasaría todas contigo.

9, 10

Suena el teléfono a las seis de la mañana. Ha pasado un tiempo, ya te había olvidado, pero tu voz me reclama desde el otro lado de la línea. Yo acepto tus absurdas excusas, tus frágiles disculpas, y te abro por última vez la puerta de mi casa. Hacemos el amor reiteradamente sin saber que estamos contemplando una supernova. Te abrazo por la espalda sin saber cuán inestable se ha vuelto el núcleo, qué poco falta para el colapso. Cuando te despides de mí con esa dulzura en el rostro, no parece el fin del mundo. Pero cuando cierro a tu espalda la puerta se apaga la luz.

jueves, 16 de noviembre de 2023

EL ARTE DE CONTAR UN BUEN CHISTE

Mi risa inundaba tus oídos en ese salón comedor de la casa en la que vivías. Se hacía más y más fuerte por cada chiste que me contabas. Se hacía más fluida, más tranquila, más valiente mientras nos abrazábamos totalmente desnudos en ese sofá en el que nos habíamos hecho el amor sin pensar siquiera en si debíamos o no correr las cortinas. Mi risa era lo más íntimo que tenía y tú me la sacabas sin ninguna dificultad. Me acariciabas suavemente la espalda con las yemas de los dedos y me hacías reír. Me contabas los mismos chistes que la última vez en la que nos habíamos hecho el amor en la cama de matrimonio de la habitación de tu madre y a mí me hacían la misma gracia. Me contabas nuevos chistes que habías aprendido, o que habías recordado desde la última vez que nos vimos las caras para bebernos juntos una botella de vino, y yo me reía. Me contabas una y otra vez el que sabías que era mi chiste favorito y yo me reía igual de honestamente que el primer día. Yo te quería y tú me hacías reír. Yo te quería y tú disfrutabas de sacarme una sonrisa. Yo te quería y tú te alegrabas de que por una vez dejara de estar tan triste, tan harta, tan cansada. Yo te quería y tú me tratabas como si fuera lo más preciado de este mundo, la mujer más guapa, la mujer más lista. Yo te quería y tú me tratabas como si fuera la mujer más importante, la persona más fuerte que jamás habías conocido. Como si de verdad fuese tan valiente. Yo te quería y tú me convencías de que merecía más que nadie ser feliz. Yo me abría ante ti como la flor del cerezo en primavera, sin que nadie más me viera, y compartía contigo mis secretos. Confiaba en ti como para que me recogieras del suelo si caía o para que me pusieras el pelo por detrás de las orejas si tenía la necesidad de vomitar después de apenas haber compartido contigo esa botella de vino. Cuando lloraba tú me abrazabas y yo no sentía la necesidad de cubrirme la cara con las palmas de las manos. Cuando lloraba tú me abrazabas y yo no pasaba vergüenza. Los silencios no eran incómodos y nunca había obligación de rellenarlos. Yo leía un libro y tú trabajabas en el ordenador. Yo memorizaba con la punta de mis dedos ese rostro tan perfecto que tenías y tú mirabas tu teléfono móvil, leyendo algún hilo de Twitter o hablando por WhatsApp con tus amigos de la universidad. A veces rompías el silencio poniéndome en YouTube tus canciones favoritas. Me hablabas sobre la música y, aunque aficionado, a mis oídos eras todo un experto. Entonces te ponías a cantar mientras yo repasaba el puente de tu nariz y aunque no teníamos los mismos gustos musicales no me cansaba de escuchar esa preciosa voz que tenías. Y nunca quería que se terminara esa canción. Y nunca quería que dejaras de cantarme. Cuando nos íbamos a dormir después de habernos hecho el amor, de nuevo sobre la cama de matrimonio de la habitación de tu madre, yo rozaba el escaso vello de tu pecho, que te dejabas crecer sólo porque sabías que me gustaba, para calmar mi ansiedad. Y tú me abrazabas. Y nuestras piernas se entrecruzaban como una enredadera y nuestra piel estaba siempre en contacto por mucho calor que hiciera. Y si por casualidad nos dábamos la espalda durante la noche y no nos dábamos cuenta como para volver a girarnos, nuestras manos no se soltaban, seguían cogidas para no sentir el abandono. Aunque sólo fuera por el dedo meñique. Para no sentirnos solos.

Y aun así dices que no te enamoraste de mí.