Me siento en el frío suelo de granito y le doy la espalda a
la ventana. Tengo una habitación con vistas a una habitación desde la
que se ve la espalda de mi cuerpo desnudo. He abierto de par en par.
También se han corrido las cortinas. A veces me giro y lo miro a los
ojos. Me lo imagino pensando en mí mientras se baja los pantalones. Su
ropa interior suele ser oscura. La mano izquierda sobre el cristal,
húmedo de vaho y saliva, justo al lado de la boca. Nos tenemos en
frente. Podríamos tocarnos si no fuera por el abismo que separa los
dormitorios. Los labios saben muy bien de lo que hablo. Los ojos en
blanco, la temperatura en aumento, la respiración. Entrecortada.
Llegamos al orgasmo de la mano y susurramos el primer nombre que nos
viene a la cabeza. Después me ruborizo y vuelvo a darle la espalda a la
ventana. ¿Qué estás haciendo, sara?
Pienso en N.
Derramo un par de lágrimas y me masajeo el rostro con ellas. Él sigue mirándome. Ya se ha abrochado los pantalones.
Escribo.
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