domingo, 21 de febrero de 2016

Soy esa chica que se sienta en ese banco de madera y observa

Contemplo a los hombres que miran el reloj, contemplo a las madres que tiran de sus hijos, contemplo a los que fingen llevar una vida sana por salir a correr todos los martes. A veces saco un libro de mi bolso y leo. Subrayo un par de frases, señalo una página, memorizo un diálogo. Y después continúo admirando el paisaje. La joven pareja que camina agarrada de la mano, el anciano que pasea con su nieto, el chico que no sabe si venir a saludarme o girar a la derecha. Soy esa chica que lleva consigo una libreta de tamaño mediano. Escribo lo bien que se está en silencio y lo agradecida que le estoy al chico por haber decidido girar a la derecha. Era bastante guapo; esta noche soñaré con él y mañana al despertar ya lo habré olvidado. Me fijo en los pequeños detalles, en los gestos. En ese movimiento de muñeca, en esa tos, en ese fruncir el ceño. Para olvidarlos en cuanto encuentre otra cosa que me llame la atención. Me gusta mirar cómo corren los perros, pero solo los acaricio si se me acercan directamente. También sonrío a los niños. Ellos me devuelven la sonrisa como si la necesitara y yo finjo no ver a los padres así como he fingido no ver a mi antigua compañera de clase, a mi primo por parte de padre o al chico que esta noche soñará conmigo y mañana al despertar ya me habrá olvidado. Porque yo soy esa chica que se sienta en ese banco de madera y de verdad espera que nadie la observe.

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