Las olas acarician mis muslos de la misma forma en que las yemas de sus dedos pasean por mi espalda.
Hemos pasado la tarde riendo y robándole el protagonismo al mar. Lo sé por la manera en la que nos miraba todo el mundo.
Ahora que el sol se ha ido sin despedirse, la luna (tan brillante allá en lo alto del cielo) agita las aguas y acerca su sexo al mío. Nuestros cuerpos son dos imanes que se atraen. Nuestras bocas son dos estrellas a punto de chocar.
Nos fundimos en un abrazo eterno y el tiempo se detiene. Ya no me importa que se hagan las doce. Ya no me importa haber olvidado el camino de regreso a casa. Sólo quiero que no dejen de besarme esos prediosos ojos azules.
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