domingo, 5 de agosto de 2018

El amor prende más rápido si se rocía con gasolina

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I

La doctora Clark siempre me decía que no me preocupase. Con estas pastillas será como si el dolor nunca hubiera existido, decía, y luego soltaba una risita.
            Rosaline Clark no era tan alta como parecía, aunque desde la perspectiva desde la que yo la miraba daba esa sensación. El cabello canoso caía sobre sus hombros como si de una cascada se tratase, pero eran sus ojos los que estaban llenos de aguas cristalinas. El color blanco de la bata le favorecía. Era delgada y esbelta como una gacela. La palidez de su piel no le daba un aspecto enfermizo sino de escultura griega. Las arrugas empezaban a conquistar su rostro, pero tenía tal expresión juvenil que era imposible adivinar su edad.
            Paula me había dicho que en estos temas era la mejor y que debía acudir a ella de inmediato. Después de seguir su tratamiento, parecerá como si alguien le hubiera apretado al botón de reiniciar de tu cerebro. Se te borrará cualquier dolor que tengas. Ya sea físico, mental o emocional. ¡Yo ya ni me acuerdo de por qué fui a su consulta! A Paula siempre le había gustado exagerar, claro, era de esas personas que no conocían punto intermedio; pero, después de haber pasado por tantos otros profesionales cualificados y ver que sólo empeoraba, no tuve más remedio que coger el teléfono móvil y llamar a la doctora para pedir cita.

II

Una pastilla en ayunas nada más despertarse y dos pastillas justo antes de acostarse. Las instrucciones estaban claras, la doctora Clark no paraba de repetírmelo, la etiqueta blanca del bote de plástico amarillo que contenía el medicamento se encargaba de recordármelo en negrita, pero yo detestaba medicarme.
            Tener que tragar todos los días esas malditas cápsulas me enfermaba, así que a veces lo olvidaba, ya fuera aposta o sin querer. Pero la doctora Clark siempre sabía cuándo no me las había tomado aunque yo tratara de ocultárselo.
            —¿Cómo se encuentra esta mañana?
            —Bastante bien. Ayer pasé por una nueva librería que han abierto en la avenida y me compré tres libros.
            —¿Ya se ha terminado los libros que se compró la semana pasada?
            —Leo muy rápido.
            —¿No le preocupa el dinero?
            —Casi siempre compro libros de segunda mano... y no, no me preocupa mucho. Procuro ahorrar en otras cosas. Por ejemplo, un día se me despegó la suela de unos zapatos y en vez de comprarme otros la pegué con cola blanca.
             —Entiendo... Hábleme de más cosas... Hábleme de Tom.
            —Es... Bueno... Era, perdón, un encanto. Tenía el pelo negro como el carbón y los ojos de un verde esmeralda precioso. Siempre sonreía tiernamente y a mí se me derretía el
            Entonces la doctora Clark, antes de dejarme siquiera terminar la frase con un empalagoso «corazón», cerraba bruscamente su libreta azul marino, me miraba fijamente a los ojos con clara expresión de enfado y me reprochaba:
            —No está siguiendo el tratamiento, ¿verdad?
            Y así cada vez que hablábamos de él.

III

La consulta de la doctora Rosaline Clark se encontraba en la última planta de un edificio de doce pisos del centro de la ciudad. A través de su ventana, únicamente se veían más edificios y el cielo azul, pero esto sólo si mirabas hacia arriba y estaba despejado, claro. Era una zona repleta de tiendas de todo tipo y cafeterías, así que siempre que salía de mi cita me sentaba en alguna terraza a almorzar o me compraba algo bonito para alegrarme el día.
            Desde la mañana del doce de julio de hacía dos años (ahora algunos más), no había vuelto a probar la carne. El olor que desprendía mientras se cocinaba me hacía pensar en mi antiguo hogar. En los muebles calcinados, en las blancas paredes ennegrecidas por culpa del humo, en el pobre Tom devorado por las llamas.
            Paula me había ayudado mucho, al igual que yo la había ayudado a ella antes de que descubriera a través de una compañera suya de trabajo a la doctora que después me presentaría a mí.
Paula y yo nos conocíamos desde los tres años. Habíamos ido al mismo colegio y después al mismo instituto. En la universidad nos separamos; ella se volcó en la arquitectura y yo terminé escribiendo la novela que me conduciría al éxito y a partir de la cual escribiría cuatro más, cada una mejor que la anterior. Era de estatura media y muy risueña. Tenía los ojos verdes y había cambiado tanto el color de sus cabellos que ni ella misma recordaba cuál era su tono natural. Así como hacía tiempo que parecía no recordar a su difunto marido. Cada persona vive el luto de una manera, solía decir el mío, a veces es mejor olvidar.

IV

Intenté seguir el tratamiento. Al fin y al cabo, los honorarios de la doctora Clark eran bastante elevados y yo no quería tirar el dinero.
            Mientras me estuviera tomando una medicación cuyo nombre jamás logré recordar por la longitud y dificultad de las tres palabras que lo componían, todos los martes a las diez de la mañana tenía que ir a su consulta. E iba, claro, siempre era puntual, y hablábamos de todo un poco. ¿Qué le parece su nuevo apartamento?, ¿está escribiendo algo nuevo?, ¿cómo se encuentra su marido?, ¿echa en falta algo de su antigua vida? Al principio terminábamos hablando siempre de lo mismo, el mismo nombre resonaba a todas horas en mi cabeza y la doctora Clark parecía leerme la mente al mencionarlo en voz alta, pero con el tiempo ese tema fue perdiendo interés para mí.
            —Hábleme de Tom.
            —¿Qué quiere que le diga? Era un encanto, adorable. Como todos los niños de su edad, supongo...
            —¿Se está tomando las pastillas?
            —A veces.
            Los jueves era día de visita. Entre el tratamiento, la decoración de mi nuevo hogar y los asuntos relacionados con el incendio, no tenía tiempo de ver a mi marido tanto como quería. Así que Mario estaba cada semana más deprimido. Yo lo consolaba diciéndole que todo saldría bien y él sólo me miraba con el rostro desencajado, como atónito por mi actitud, supuestamente sorprendente (¿no es la obligación del cónyuge la de dar ánimos a su pareja?).
—¿Cómo puedes hacer como si no hubiera ocurrido nada? —me decía, pero yo siempre tenía una sonrisa para él.

V

Estuvimos a punto de divorciarnos, hace unos años, justo antes de que ocurriera la tragedia. Y precisamente por eso al final no lo hicimos.
            Después del nacimiento de Tom, yo terminé volcándome en él más de lo que habría imaginado, descuidando, al principio sin querer, un poco a mi esposo. Así que Mario estaba irracionalmente celoso, discutíamos por todo y al final llegamos a estar un año sin hacer el amor. Tiempo que habríamos aumentado sin problema de no ser por las visitas conyugales.
            Ahora Mario me pedía perdón. Perdón, perdón, perdón. El orgulloso de mi marido que por no pedir ni siquiera me había pedido matrimonio aunque era evidente que quería casarse conmigo me rogaba ahora que lo perdonase. Y qué podía hacer yo sino aceptar sus disculpas, yo que tanto lo amaba, yo que tanto me arrepentía de haberlo abandonado de manera excesiva en estos últimos años. Mario me pedía perdón y fantaseaba con empezar de cero, una nueva vida juntos, una nueva familia, un nuevo hogar. ¿Cómo decirle que no?

VI

Siempre me he considerado una persona bastante tranquila, ¿sabéis?, por eso no dudé ni un segundo en decirle a la doctora Clark que el día en que la policía vino a buscarme a la redacción de la editorial con la que estaba trabajando no era yo el hombre al que encontraron. No era yo aquel al que tuvieron que sujetar entre tres bomberos para que no entrara en busca de su familia, no aquel que se enfureció tanto al ver que el único superviviente era su marido, no el hombre al que se le partió el corazón al enterarse de que el único superviviente era también el único sospechoso.
            —Ese hombre no era yo, doctora, no era yo...
            Y ojalá hubiera sido así, ya que de esa forma la vida no habría seguido el curso que siguió.

VII

Pasaba el tiempo y cada vez me costaba menos trágame esas píldoras que me daba la doctora. A veces hasta olvidaba que ya me había tomado la dosis y me metía otra. Así que llamaba por teléfono a la doctora Rosaline Clark y me quejaba de que en el bote había menos pastillas de las habituales. La doctora me decía que no me preocupase y que ya me daría otro botecito, pero no lo hacía hasta que llegaba el día de la consulta.
Paula me animaba diciéndome que a ella también le había ocurrido alguna vez cuando estaba en tratamiento y que era señal de que pronto estaría curado. Supongo que era un consuelo, aunque en ese momento yo tenía miedo de justo lo contrario: de no curarme lo que fuera que me estaba tratando y tener que pasarme toda la vida tomando unas pastillas con un nombre impronunciable.
La doctora Clark me hablaba de cosas que yo no entendía, Mario seguía insistiendo en comenzar una nueva vida juntos, su abogada seguía recurriendo la condena, yo no entendía por qué mi marido tenía que estar tanto tiempo en la cárcel por un accidente que no había causado más que daños materiales.

VIII

Un año después de iniciar el tratamiento, es decir, tres años después de que la policía me comunicara que mi casa se había incendiado, yo ya no recordaba el nombre de la víctima ni por qué decían que había una víctima si en casa vivíamos Mario y yo solos. La única respuesta posible que se me ocurría era que se tratara del pirómano que nos destrozó la vida, pero entonces por qué era mi marido el que se encontraba en la cárcel.
Paula parecía ser la única que me comprendía. Cuando su ya olvidado marido tuvo ese terrible accidente con la avioneta, Mario y yo decidimos olvidarlo también delante de ella para no causarle ningún dolor al mencionar su nombre. No era exactamente lo mismo porque en su caso se trataba de un ser cercano y querido, pero al menos ella parecía recordar que yo nunca la agobié y por eso decidió no torturarme a base de preguntas sobre la casa hecha pedazos en cuestión de minutos, los recuerdos convertidos en polvo y ese niño de cuatro años al que habían encontrado en el sofá de mi casa, sujetando el oso de peluche con el que dormí durante toda mi infancia y con el estómago lleno de tranquilizantes.

IX

La policía se creía una entendedora del psicoanálisis hablándome de traumas y de mecanismos de defensa del cerebro, pero mi psicóloga ya no se molestaba en mostrarme un posible diagnóstico.
—Hábleme de Tom.
—Tom... Tom... Es un encanto. Tiene el pelo rubio como el oro y los ojos castaños. Sonrisa irresistible —irresistible también morderme el labio inferior mientras digo esto—. Una pena que sea hetero, ja, ja. Fue quien me presentó a Mario, hace ya quince años. Aunque yo conocí a Tomás en la universidad, él y Mario se conocían desde bien pequeños, vivían en el mismo barrio. Eran amigos de la infancia, ya sabe, como Paula y yo.
—Sí, recuerdo a la señorita Navarro.
—Sí... El caso es que mi marido y yo siempre hemos querido adoptar a un niño recién nacido y llamarlo como él, ¿sabe? Quizá lo hagamos algún día... Nunca podré agradecerle lo suficiente el hecho de que me presentara a Mario. De verdad. Nunca.
—Señor Jiménez, me complace decirle que está usted curado.
—C-curado...
—Sí, así es. Ya no necesita mis servicios. Le aconsejo que siga tomándose las pastillas durante un mes y ya después se olvide de ellas. Por supuesto, si necesita algo, no dude en llamarme.
—Claro.
Fue mi última conversación con la doctora Clark. Ya ni recordaba por qué Paula había insistido tanto en que acudiera a ella, pero me sentía realmente bien, como liberado de una pesada carga. Seguí tomándome las pastillas durante un mes y no necesité nada más de ella, así que no volví a escuchar esa voz aterciopelada que poseía.

X

Me alegra poder decir que finalmente mi marido consiguió la condicional por buena conducta, aunque nuestra idea de comenzar una nueva vida juntos y adoptar tendría que esperar.
—Lo siento muchísimo, no sé cómo pude...
Me abracé a su cuello antes de que terminara de hablar. No sé qué iba a decir, pero no me interesaba. Por mucho que su palidez enfermiza y su expresión de circunstancias dijera lo contrario, no tenía nada por lo que disculparse. Se quedó estupefacto. Descansé mi dedo índice sobre sus labios antes de que pudiera volver a abrir la boca para protestar y me acerqué más a él para besársela dulcemente.
—¿Cómo puedes seguir amándome? —qué pregunta más tonta, ahora que lo pienso.
No lo sabía. No sabía por qué nos habíamos llegado a distanciar tanto el uno del otro y por qué de repente, tras el incendio provocado, se había reavivado la llama de nuestro amor.
—Supongo que tienes razón, cariño: a veces es mejor olvidar.

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