https://drive.google.com/open?id=19Ca-wiXSU578xcfagQP6CyiRDMkaqvzP
O puedes leerlo desplegando esta entrada:
I
La doctora Clark siempre me decía
que no me preocupase. Con estas pastillas
será como si el dolor nunca hubiera existido, decía, y luego soltaba una
risita.
Rosaline
Clark no era tan alta como parecía, aunque desde la perspectiva desde la que yo
la miraba daba esa sensación. El cabello canoso caía sobre sus hombros como si
de una cascada se tratase, pero eran sus ojos los que estaban llenos de aguas
cristalinas. El color blanco de la bata le favorecía. Era delgada y esbelta
como una gacela. La palidez de su piel no le daba un aspecto enfermizo sino de
escultura griega. Las arrugas empezaban a conquistar su rostro, pero tenía tal
expresión juvenil que era imposible adivinar su edad.
Paula
me había dicho que en estos temas era la mejor y que debía acudir a ella de
inmediato. Después de seguir su
tratamiento, parecerá como si alguien le hubiera apretado al botón de reiniciar
de tu cerebro. Se te borrará cualquier dolor que tengas. Ya sea físico, mental
o emocional. ¡Yo ya ni me acuerdo de por qué fui a su consulta! A Paula
siempre le había gustado exagerar, claro, era de esas personas que no conocían
punto intermedio; pero, después de haber pasado por tantos otros profesionales
cualificados y ver que sólo empeoraba, no tuve más remedio que coger el
teléfono móvil y llamar a la doctora para pedir cita.
II
Una
pastilla en ayunas nada más despertarse y dos pastillas justo antes de
acostarse. Las instrucciones
estaban claras, la doctora Clark no paraba de repetírmelo, la etiqueta blanca
del bote de plástico amarillo que contenía el medicamento se encargaba de
recordármelo en negrita, pero yo detestaba medicarme.
Tener
que tragar todos los días esas malditas cápsulas me enfermaba, así que a veces
lo olvidaba, ya fuera aposta o sin querer. Pero la doctora Clark siempre sabía
cuándo no me las había tomado aunque yo tratara de ocultárselo.
—¿Cómo
se encuentra esta mañana?
—Bastante
bien. Ayer pasé por una nueva librería que han abierto en la avenida y me
compré tres libros.
—¿Ya
se ha terminado los libros que se compró la semana pasada?
—Leo
muy rápido.
—¿No
le preocupa el dinero?
—Casi
siempre compro libros de segunda mano... y no, no me preocupa mucho. Procuro
ahorrar en otras cosas. Por ejemplo, un día se me despegó la suela de unos
zapatos y en vez de comprarme otros la pegué con cola blanca.
—Entiendo... Hábleme de más cosas... Hábleme
de Tom.
—Es...
Bueno... Era, perdón, un encanto. Tenía el pelo negro como el carbón y los ojos
de un verde esmeralda precioso. Siempre sonreía tiernamente y a mí se me
derretía el
Entonces
la doctora Clark, antes de dejarme siquiera terminar la frase con un empalagoso
«corazón», cerraba bruscamente su libreta azul marino, me miraba fijamente a
los ojos con clara expresión de enfado y me reprochaba:
—No
está siguiendo el tratamiento, ¿verdad?
Y
así cada vez que hablábamos de él.
III
La consulta de la doctora Rosaline
Clark se encontraba en la última planta de un edificio de doce pisos del centro
de la ciudad. A través de su ventana, únicamente se veían más edificios y el
cielo azul, pero esto sólo si mirabas hacia arriba y estaba despejado, claro.
Era una zona repleta de tiendas de todo tipo y cafeterías, así que siempre que
salía de mi cita me sentaba en alguna terraza a almorzar o me compraba algo
bonito para alegrarme el día.
Desde
la mañana del doce de julio de hacía dos años (ahora algunos más), no había
vuelto a probar la carne. El olor que desprendía mientras se cocinaba me hacía
pensar en mi antiguo hogar. En los muebles calcinados, en las blancas paredes
ennegrecidas por culpa del humo, en el pobre Tom devorado por las llamas.
Paula
me había ayudado mucho, al igual que yo la había ayudado a ella antes de que
descubriera a través de una compañera suya de trabajo a la doctora que después
me presentaría a mí.
Paula y yo nos
conocíamos desde los tres años. Habíamos ido al mismo colegio y después al
mismo instituto. En la universidad nos separamos; ella se volcó en la
arquitectura y yo terminé escribiendo la novela que me conduciría al éxito y a
partir de la cual escribiría cuatro más, cada una mejor que la anterior. Era de
estatura media y muy risueña. Tenía los ojos verdes y había cambiado tanto el
color de sus cabellos que ni ella misma recordaba cuál era su tono natural. Así
como hacía tiempo que parecía no recordar a su difunto marido. Cada persona vive el luto de una manera,
solía decir el mío, a veces es mejor
olvidar.
IV
Intenté seguir el tratamiento. Al
fin y al cabo, los honorarios de la doctora Clark eran bastante elevados y yo
no quería tirar el dinero.
Mientras
me estuviera tomando una medicación cuyo nombre jamás logré recordar por la
longitud y dificultad de las tres palabras que lo componían, todos los martes a
las diez de la mañana tenía que ir a su consulta. E iba, claro, siempre era
puntual, y hablábamos de todo un poco. ¿Qué
le parece su nuevo apartamento?, ¿está
escribiendo algo nuevo?, ¿cómo se
encuentra su marido?, ¿echa en falta
algo de su antigua vida? Al principio terminábamos hablando siempre de lo
mismo, el mismo nombre resonaba a todas horas en mi cabeza y la doctora Clark
parecía leerme la mente al mencionarlo en voz alta, pero con el tiempo ese tema
fue perdiendo interés para mí.
—Hábleme
de Tom.
—¿Qué
quiere que le diga? Era un encanto, adorable. Como todos los niños de su edad,
supongo...
—¿Se
está tomando las pastillas?
—A
veces.
Los
jueves era día de visita. Entre el tratamiento, la decoración de mi nuevo hogar
y los asuntos relacionados con el incendio, no tenía tiempo de ver a mi marido
tanto como quería. Así que Mario estaba cada semana más deprimido. Yo lo
consolaba diciéndole que todo saldría bien y él sólo me miraba con el rostro
desencajado, como atónito por mi actitud, supuestamente sorprendente (¿no es la
obligación del cónyuge la de dar ánimos a su pareja?).
—¿Cómo puedes
hacer como si no hubiera ocurrido nada? —me decía, pero yo siempre tenía una
sonrisa para él.
V
Estuvimos a punto de divorciarnos,
hace unos años, justo antes de que ocurriera la tragedia. Y precisamente por
eso al final no lo hicimos.
Después
del nacimiento de Tom, yo terminé volcándome en él más de lo que habría
imaginado, descuidando, al principio sin querer, un poco a mi esposo. Así que
Mario estaba irracionalmente celoso, discutíamos por todo y al final llegamos a
estar un año sin hacer el amor. Tiempo que habríamos aumentado sin problema de
no ser por las visitas conyugales.
Ahora
Mario me pedía perdón. Perdón, perdón, perdón. El orgulloso de mi marido que
por no pedir ni siquiera me había pedido matrimonio aunque era evidente que
quería casarse conmigo me rogaba ahora que lo perdonase. Y qué podía hacer yo
sino aceptar sus disculpas, yo que tanto lo amaba, yo que tanto me arrepentía
de haberlo abandonado de manera excesiva en estos últimos años. Mario me pedía
perdón y fantaseaba con empezar de cero, una nueva vida juntos, una nueva
familia, un nuevo hogar. ¿Cómo decirle que no?
VI
Siempre me he considerado una
persona bastante tranquila, ¿sabéis?, por eso no dudé ni un segundo en decirle
a la doctora Clark que el día en que la policía vino a buscarme a la redacción
de la editorial con la que estaba trabajando no era yo el hombre al que
encontraron. No era yo aquel al que tuvieron que sujetar entre tres bomberos
para que no entrara en busca de su familia, no aquel que se enfureció tanto al
ver que el único superviviente era su marido, no el hombre al que se le partió
el corazón al enterarse de que el único superviviente era también el único
sospechoso.
—Ese
hombre no era yo, doctora, no era yo...
Y
ojalá hubiera sido así, ya que de esa forma la vida no habría seguido el curso
que siguió.
VII
Pasaba el tiempo y cada vez me
costaba menos trágame esas píldoras que me daba la doctora. A veces hasta
olvidaba que ya me había tomado la dosis y me metía otra. Así que llamaba por
teléfono a la doctora Rosaline Clark y me quejaba de que en el bote había menos
pastillas de las habituales. La doctora me decía que no me preocupase y que ya
me daría otro botecito, pero no lo hacía hasta que llegaba el día de la
consulta.
Paula me animaba
diciéndome que a ella también le había ocurrido alguna vez cuando estaba en
tratamiento y que era señal de que pronto estaría curado. Supongo que era un
consuelo, aunque en ese momento yo tenía miedo de justo lo contrario: de no
curarme lo que fuera que me estaba tratando y tener que pasarme toda la vida
tomando unas pastillas con un nombre impronunciable.
La doctora Clark
me hablaba de cosas que yo no entendía, Mario seguía insistiendo en comenzar
una nueva vida juntos, su abogada seguía recurriendo la condena, yo no entendía
por qué mi marido tenía que estar tanto tiempo en la cárcel por un accidente
que no había causado más que daños materiales.
VIII
Un año después de iniciar el
tratamiento, es decir, tres años después de que la policía me comunicara que mi
casa se había incendiado, yo ya no recordaba el nombre de la víctima ni por qué
decían que había una víctima si en casa vivíamos Mario y yo solos. La única
respuesta posible que se me ocurría era que se tratara del pirómano que nos
destrozó la vida, pero entonces por qué era mi marido el que se encontraba en
la cárcel.
Paula parecía
ser la única que me comprendía. Cuando su ya olvidado marido tuvo ese terrible
accidente con la avioneta, Mario y yo decidimos olvidarlo también delante de
ella para no causarle ningún dolor al mencionar su nombre. No era exactamente
lo mismo porque en su caso se trataba de un ser cercano y querido, pero al
menos ella parecía recordar que yo nunca la agobié y por eso decidió no torturarme
a base de preguntas sobre la casa hecha pedazos en cuestión de minutos, los
recuerdos convertidos en polvo y ese niño de cuatro años al que habían
encontrado en el sofá de mi casa, sujetando el oso de peluche con el que dormí
durante toda mi infancia y con el estómago lleno de tranquilizantes.
IX
La policía se creía una entendedora
del psicoanálisis hablándome de traumas y de mecanismos de defensa del cerebro,
pero mi psicóloga ya no se molestaba en mostrarme un posible diagnóstico.
—Hábleme de Tom.
—Tom... Tom...
Es un encanto. Tiene el pelo rubio como el oro y los ojos castaños. Sonrisa
irresistible —irresistible también
morderme el labio inferior mientras digo esto—. Una pena que sea hetero, ja,
ja. Fue quien me presentó a Mario, hace ya quince años. Aunque yo conocí a
Tomás en la universidad, él y Mario se conocían desde bien pequeños, vivían en
el mismo barrio. Eran amigos de la infancia, ya sabe, como Paula y yo.
—Sí, recuerdo a
la señorita Navarro.
—Sí... El caso
es que mi marido y yo siempre hemos querido adoptar a un niño recién nacido y
llamarlo como él, ¿sabe? Quizá lo hagamos algún día... Nunca podré agradecerle
lo suficiente el hecho de que me presentara a Mario. De verdad. Nunca.
—Señor Jiménez,
me complace decirle que está usted curado.
—C-curado...
—Sí, así es. Ya
no necesita mis servicios. Le aconsejo que siga tomándose las pastillas durante
un mes y ya después se olvide de ellas. Por supuesto, si necesita algo, no dude
en llamarme.
—Claro.
Fue mi última
conversación con la doctora Clark. Ya ni recordaba por qué Paula había
insistido tanto en que acudiera a ella, pero me sentía realmente bien, como
liberado de una pesada carga. Seguí tomándome las pastillas durante un mes y no
necesité nada más de ella, así que no volví a escuchar esa voz aterciopelada
que poseía.
X
Me alegra poder decir que finalmente
mi marido consiguió la condicional por buena conducta, aunque nuestra idea de
comenzar una nueva vida juntos y adoptar tendría que esperar.
—Lo siento
muchísimo, no sé cómo pude...
Me abracé a su
cuello antes de que terminara de hablar. No sé qué iba a decir, pero no me
interesaba. Por mucho que su palidez enfermiza y su expresión de circunstancias
dijera lo contrario, no tenía nada por lo que disculparse. Se quedó
estupefacto. Descansé mi dedo índice sobre sus labios antes de que pudiera
volver a abrir la boca para protestar y me acerqué más a él para besársela
dulcemente.
—¿Cómo puedes
seguir amándome? —qué pregunta más
tonta, ahora que lo pienso.
No lo sabía. No sabía
por qué nos habíamos llegado a distanciar tanto el uno del otro y por qué de
repente, tras el incendio provocado, se había reavivado la llama de nuestro
amor.
—Supongo que
tienes razón, cariño: a veces es mejor olvidar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario