Es evidente que no estás bien. Se nota.
Las palabras no me impactan tanto como deberían.
No es la primera vez que las escucho.
I
Ve al
psicólogo para que te confirmen lo que ya sabes. Que no se puede estar tan
triste. Que a estas alturas ya deberías haber hecho algo con tu vida. O al
menos haber plantado la semilla que en breve brotará. Que hay que relacionarse
con los demás seres humanos. Que lo normal es querer vivir. Que estás enferma.
Que nadie te puede curar.
II
Intenta
explicar qué te pasa. Repite tu problema como el creyente el canto de su
rosario. Date cuenta de que no sirve de nada. Llora. Llorar es una de las pocas
cosas que no te dan miedo. Sal de la consulta peor de lo que estabas.
III
Rellena el
cuestionario que te ofrece y cuestiona en silencio su forma de proceder.
Contesta vagamente sus preguntas. La mayoría de ellas ni siquiera debería
hacértelas. Están fuera de lugar. Pero no protestes. Finge que su método
funciona para poder irte antes a casa.
IV
Invéntate tu
propia terapia. Espera a que tu terapeuta te pida exactamente lo que ya te
habías pedido tú antes. Satisfaz su deseo y no le digas que vas un paso por
delante de ella. Ahora ya sabes que tu propia terapia tampoco funciona.
V
Abandona la
terapia. Abandona la terapia y admite el miedo a lo desconocido. Admite que es
mejor estar enferma de algo a lo que ya te has habituado que estar sana y
volver a tener que acostumbrarte a tu nuevo yo. Huye como haces siempre y
escóndete donde nadie pueda encontrarte. Porque de todas formas: ¿qué sentido
tiene todo esto? ¿Tienes algún plan para después?
¿Qué harás
cuando te vayas?
¿Cuando
despiertes y no sea demasiado tarde?
¿Cuando tus
manos llenas de sangre sean capaces de volver a abrazar?
¿A dónde irás?
¿Cuando te
des cuenta de que la llave siempre ha estado en el otro extremo de la soga
donde metías la cabeza?
¿Cuando te
desaparezcan las ganas antes de apretar el gatillo por sexta vez?
¿Cuando
encuentres el valor de despedirte?
¿Qué harás
cuando se te curen las heridas?
¿Te
acordarás de mí?
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