lunes, 20 de agosto de 2018

Le he puesto nombre a la alarma del móvil


 

Se llama llora. Además es la misma alarma que me asusta todos los días. Por tanto, aunque en distinto tipo de letra, se lee claramente llora todos los días.

Y cumplo, claro: soy una buena chica.

La soledad me acompaña en los días tristes.

Me coge de la mano, me la besa. Me trenza los cabellos.
Me dice que todo va a salir bien.

Pero de mí sólo salen lágrimas.

De mí sólo sale oscuridad.

La oscuridad me abraza allí donde quiera que vaya.

Me arrastra tras de sí y me hunde en el océano.
Yo nunca aprendí a nadar.

Yo sólo sé ahogarme en un mar de gente

dispuesta a juzgarme a la primera de cambio.

Tengo media docena de cicatrices y todas encierran la misma historia.

Al final siempre me recupero.
Pero sólo porque es la única manera de poder volver a sufrir el abandono.

Yo también abandono, claro. Los libros aburridos, los poemas imposibles, los amigos falsos, los estudios, las ganas de vivir. Pero siempre abandono en el momento menos oportuno. Salgo de la cola, después de siete horas de pie, justo cuando ya van a abrir la taquilla. Y me quedo sin entrada.

Ya te lo he dicho: nunca sé cuándo poner punto y aparte

y a veces
creo
que pongo demasiados.

No conozco término medio.

Conozco el principio                                                                              y el final.

La entrada                                                                                             y la salida.
La salida                                                                                              y la llegada.

Pero aún no he aprendido a disfrutar del viaje.

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