miércoles, 23 de diciembre de 2020

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Hace mes y medio intenté suicidarme. Te lo digo por aquí porque sé que no encontraré la fuerza para decirte que te quiero y te echo mucho de menos y ojalá me cogieras de la mano mientras duermes. Era sábado y no encontré ninguna farmacia abierta en la que canjear las recetas que me quedaban de mi anterior psiquiatra, así que cogí todas las pastillas que tenía y me fui a mi casa (he dicho «mi»). Después de volver a guardar mis cosas menos el único recuerdo que tengo de ti, cogí mi botella ecofriendly de Natura y la llené de agua de grifo (por si no lo sabías, yo bebo agua de grifo). Me tomé unas 28 pastillas de Anafranil 25 mg, 10 o 12 de Zolpidem, 10 Diazepames si es que este plural existe, un único Lorazepam, cuatro pastillas que parecían Lacasitos pero que no sabían a chocolate y ahora pienso que probablemente no te parezcan tantas, pero yo me eché en la cama llorando porque tenía miedo. Cuando me desperté, ya no estaba en mi nueva cama sino en la vieja. No estaba en mi nueva casa sino en la vieja. No eras tú el que me miraba mientras dormía y desde luego no me cogías de la mano. Luego me dijeron que me había desmayado, pero no me confirmaron si me había o no golpeado la cabeza a pesar de que me dolía, me dolía mucho el lateral izquierdo y tenía un moratón en la cadera izquierda, señal inequívoca de que me había caído al suelo al desmayarme. Al día siguiente volví a mi casa con miedo de haber roto algún mueble y que el casero se enfadara conmigo y me echara. Pero en lugar de un mueble roto vi medio vómito en el suelo y otro medio en papel higiénico porque al parecer había intentado limpiarlo y por eso mi pantalón nuevo estaba manchado (ya es la segunda vez que me vomito sobre un pantalón nuevo y no sé si es que el universo trata de decirme algo). También le faltaba una patita, y esto me dolió más que cualquier otra cosa, a la única caricia que me queda de ti. Me entraron muchas ganas de llorar, pero afortunadamente la encontré en el suelo y se la puse mientras le pedía perdón. Perdón, perdón, perdón. Alguna sombra de lo que había ocurrido recorría a ratos mi mente y me di cuenta, por último, de que te había enviado un mensaje. Cuando mi cerebro decidió no guardar un registro de lo que estaba pasando, cuando mi cerebro creyó divertido actuar a mis espaldas, te envié un mensaje, normal y corriente, para saber de ti.

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